Homilía de Mauricio Zúndel en el Cairo, en 1962. Inédita.

¿Es Dios poder o amor? Es la pregunta que se plantea al pensamiento. En el Monasterio del Monte de los Olivos se conservan los restos de la fundadora de la orden ortodoxa que es la hermana misma de la última zarina. Esta persona tan venerable, la hermana de la Zarina, era la adversaria más lúcida de Rasputín; ella precisamente, nos permite plantear el problema de Rasputín.

Si entró en conflicto con él, fue porque pudo desenmascarar en él la superchería de una mística fraudulenta, pero es cierto que la Zarina, que se sometió a la influencia de Rasputín e inclusive lo aceptó en el Consejo de Guerra, fue subyugada por los poderes milagrosos de ese hombre.

En esta cuestión trágica, no hay que olvidar jamás que la Zarina tenía un hijo, heredero del trono, que era que sufría de hemofilia (sangre que no coagula) y estaba continuamente en peligro de muerte y para proteger la vida de su hijo el zarévich ella recurrió al poder taumatúrgico de Rasputín y cada vez que el zarévich estaba en peligro Rasputín lograba curarlo: el muchacho se mejoraba y recuperaba la salud, gracias a una oración que parecía implicarlo totalmente a Rasputín. Por eso fue que la zarina vio en él un hombre de Dios, un santo, un profeta, la encarnación del poder divino sobre la tierra.

Así es, en efecto, como la mente humana se deja llevar a desviaciones. Será tanto más excusable porque cuando la impotencia humana no encuentra solución a sus dificultades, cree hallarse ante una intervención divina. Y puesto que la acción divina interviene, Dios está obrando. El taumaturgo lee el porvenir y cura la enfermedad, y aunque se le reproche a Rasputín su ebriedad, la Zarina solo ve el éxtasis.

El taumaturgo puede tener una moral fuera de todo el mundo. ¿Dios no le pidió a Abraham que sacrificara a su hijo? ¿No le dio la orden a Saúl de masacrar a los Amalecitas? ¿No mató Dios a Usa y no persiguió a Moisés que regresaba a Egipto a cumplir su misión? ¿No le perdonó a Rahab la prostituta que había traicionado la ciudad de Jericó en favor de los hebreos? ¿No puede todo la presencia del taumaturgo? No hay creencia ni representación opuesta a la lógica que no pueda ser garantizada por un Dios que se descubre por medio de un taumaturgo y profeta ante el cual se inclinan la impotencia y la ignorancia del hombre.

Y es sabido que esa es la tentación permanente del hombre. La humanidad ha buscado en Dios un poder que lo libere de su impotencia, un profeta que lo libere de su ignorancia, y podemos observar que ese movimiento continúa.

Hay cantidad de gente, ciertos devotos de la Salette, o de Fátima, etc., que siguen esperando una revelación sensacional y se imaginan que Dios va a intervenir siguiendo un programa revelado a una sola nación, y que ese programa está siempre listo a realizarse.

Toda la cuestión está en saber precisamente si Dios se manifiesta como poder que requiere ante todo nuestra ignorancia o si Dios se revela como Amor que nos exige crecimiento, liberación de toda impotencia y de toda ignorancia. La historia humana es una historia de errores, de esclavitud de las razas humanas por profetas y faraones divinizados.

El hombre ha querido siempre confiar su salvación a alguien distinto de él mismo y siempre ha querido que alguien lo libere de todas sus faltas y se encargue de su salvación. Solo eso pide el hombre: que decidan por él, que le muestren la verdad y poder confiar a otros la dirección total de su persona.

A pesar de exigir su dignidad, los pueblos siempre han pedido señores, a condición que éstos encuentren eslóganes. Los señores los han hecho esclavos diciéndoles que los conducían a la libertad.

Se debe pues establecer una regla. O Dios es un poder que se manifiesta en obras extraordinarias y nos mantiene en estado de perpetua ignorancia, o al contrario, Dios es un Amor que nos quiere libres y solo puede manifestarse cuando el hombre encuentra su grandeza y su libertad en una reciprocidad de amor.

En El nudo de víboras, Mauriac mostró bien que la verdad se manifiesta en una promoción del hombre. La grandeza del hombre está en darse y su héroe comienza a entrar en el mundo de la generosidad liberándose de sus límites, entra en el universo de grandeza y hermosura que es el de Dios, y termina diciendo: “Acabo de encontrar el Amor adorable.

A Nicodemo, Jesús le muestra que lo importante no es presenciar milagros sino hacerse nuevo, fuente y creación. Y ustedes saben que san Pablo habla de la caridad en términos únicos. Lean todo el pasaje donde dice: “Si me falta el amor, no soy nada.

Es pues claro que, para san Pablo no son los prodigios realizados lo que constituye la revelación de la Presencia de Dios, sino la transparencia a Dios. Esta transparencia viene de un alma enteramente entregada porque Dios es corazón. Solo puede manifestarse en un alma, y mientras más grande sea el alma, más brillará el rostro de Dios en su auténtica verdad. Por eso jamás hay milagro donde haya ignorancia e impotencia.

Un milagro es la manifestación de la Presencia divina que nos sana de nuestras ignorancias. Es imposible que Dios se manifieste donde se desvaloriza al hombre. Si el hombre es rebajado, ofendido, humillado, reducido a esclavitud, estamos seguros que el verdadero Dios está ausente o mejor, oculto, ya que la Cruz es la garantía de la libertad y de la grandeza humanas.

El centro del Evangelio está en el fermento de la grandeza humana porque la libertad humana es infinita, no puede ser forzada ni obligada, solo puede estar en una generosidad ilimitada. Además, Cristo lo hizo entender en una circunstancia particularmente conmovedora: al volver de Jerusalén a Galilea, recibe un mensaje de un oficial real que le implora en favor de su hijo que va a morir.

Jesús dice: “Necesitan milagros para entrar en la luz de la llama de amor. Casi siempre hace salir de sí mismo al hombre que va a beneficiar de su intervención. Le prohíbe hablar del favor de que acaba de ser objeto, como para decir que no es nada pues finalmente lo importante es que el hombre se libere, sea libre de sus ignorancias e impotencias.

Desde luego, es mucho más fácil atraer a los hombres hacia Dios mediante favores considerados milagrosos, cautivarlos prometiéndoles secretos que nadie conoce. Es mucho más fácil entregarse a inocentes imposturas que convertir realmente un ser humano, llevarlo al nuevo nacimiento, introducirlo en la promoción en que alcance toda su libertad y se haga él mismo creador.

Lo cierto es que el Evangelio está del lado del Amor y que precisamente esta semana en que evocamos al Sagrado Corazón solo podemos considerar la Revelación divina bajo el aspecto de un Amor que solo se hace legible en nuestro amor. Si no amamos, si no nos vaciamos de nosotros mismos, nos confiaremos necesariamente a los taumaturgos, a los falsos profetas, a las falsas revelaciones y en fin de cuentas, a falsos dioses.

El hombre recibe la Revelación de Dios. Finalmente, ¿cómo conocer la Presencia que jamás conocemos pero siempre reconocemos, sino haciéndonos apertura, don, transparencia, universo? En los textos bíblicos que tan a menudo limitan a Dios y le dan un rostro absolutamente intolerable, ¿cómo decidir quién es Dios? ¿Cómo concebir que Dios quería que Abrahán sacricara a su hijo si no lo entendemos como un llamado total de sí mismo? Quiso darle a Dios lo mejor de sí mismo. Pensó que debía inmolar a su hijo. Pero Dios no le pedía eso; le pedía que lo consagrara, es decir, que hiciera de ese hijo el santuario de la Divinidad. No es la sangre lo que Dios pide, sino el corazón, el don.

La religiosa americana que cede su lugar a un joven americano en un avión en llamas y termina por morir en las llamas por salvarlo, para él no es sino un gesto, no es nada, y es todo. Dios es justamente ese matiz, ese criterio, ese intervalo de espacio, de generosidad, que nos libera de la ignorancia, que nos permite la promoción y que hace finalmente de nosotros una fuente como él que brota hasta la vida eterna y hace de todo hombre un universo y una creación.

No se trata de esperar un golpe de estado, sino de ir al hombre en toda su grandeza y toda su hermosura. ¡Que el hombre decida! Dios aparece en la grandeza del hombre de modo incuestionable y cada uno podrá encontrarlo, pues todas las visiones, todos los profetas, los milagros, las creencias, finalmente, tienen un solo criterio: la grandeza y lo universal de la vida.

No me canso de repetir que solo existe una enfermedad y es limitar al hombre, limitar lo universal y limitar a Dios. No se trata de salvarnos sino de salvar a los demás siendo el reflejo de su rostro, y los demás lo verán a través de nosotros. Se trata de que no lo caricaturicemos a lo largo de nuestra vida.

Es la exigencia más radical. Es necesario escoger entre estropear el rostro de Dios, o ser la revelación de Dios. No existe término medio: o somos caricatura de Dios que aparece como tirano, o tratamos de ser ese Amor, esa Presencia que es una persona, la Presencia que es un universo ilimitado.

Tenemos que decidir siempre si Dios va a ser un fósil o el verdadero Dios, decidiendo ser nosotros verdaderos hombres. Para san Juan de la Cruz y para san Francisco de Asís, Dios se ve en el universo, él dejó en las cosas un rastro de su Hermosura.

No queremos religiones que alimentan la ignorancia y la impotencia humana. Queremos creer en el Evangelio del hombre, en que la única grandeza es la caridad, el Evangelio en que la única revelación es la transparencia del mundo y el esplendor de Dios. Se trata de que seamos, o una apertura que revele a Dios como una especie de infinito, o una caricatura que lo estropee. Así queda Dios ahora en nuestras manos, como la Verdad, como el Amor.

Él nos invita a ser lo que es él, a ser amor y todo corazón, y a hacer del universo una ofrenda, dejando brillar su mirada a través de la nuestra, para dejar todas las cosas revestidas de hermosura.

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