Conferencia de Mauricio Zúndel en el Cairo, en 1948. Inédita.

 

Newman fue uno de los primeros en la época moderna en plantear el problema de la Evolución Dogmática en su "History of the Development of Christian Doctrine". (1845)

Este libro es remarcable sobre todo como documento autobiográfico. Da testimonio del progreso realizado en el pensamiento de Newman entre 1839 cuando sintió con susto la primera llamada hacia la Iglesia Romana, y en 1845 cuando fue recibido en su seno después de una larga agonía moral cuya confidencia encontramos en su “Apologia”. Se trataba de llenar el abismo entre la sencillez de la enseñanza apostólica y la complejidad del dogma católico.

¿Cómo pudo una cosa producir la otra, si existe real continuidad entre esos dos estados, si en verdad tal complejidad resulta de esa sencillez? Para Newman, la palabra clave se encuentra en esta frasecita: “La religión es para los hombres”.

Pero a la naturaleza humana le gusta discurrir. Es pues inevitable que todo lo que penetra en el pensamiento humano sea sometido a discurso, es decir, al movimiento perpetuo que va de un principio a sus consecuencias y de ahí a las conclusiones que se sacan de ello. Es decir que la mente humana es incapaz de agotar de un solo golpe todo el contenido de una idea. Capta un aspecto y luego otro, y así sucesivamente, al infinito. O bien proscribe el significado general en una aprehensión confusa que exige pensarse en el tiempo.

Cuando la mente emprende ese doble esfuerzo que busca no omitir nada y clarificarlo todo, introduce fácilmente nuevos datos que engendran nuevos problemas cuya solución exige nuevas precisiones. Estos procedimientos dependen de la naturaleza de nuestra mente y no están desprovistos de peligros cuando se trata de un mensaje sobrenatural dado una vez por todas y cuyo estado primitivo ha sido abandonado bajo la presión del discurso. Porque a mayor extensión y complejidad del conjunto de consecuencias, mayor facilidad de abandonar la línea recta que une las conclusiones lejanas a los primeros datos, llevando la luz de los principios a las últimas consecuencias que se quieran sacar.

Newman creyó encontrar la línea recta en la Iglesia romana, comparada con la Iglesia de Inglaterra, a través de los documentos históricos que estudiaba, en especial los que se referían a las controversias religiosas del siglo V. si lo pudo hacer a pesar de sus fuertes prevenciones contra la Iglesia romana, fue porque admitía sin discusión la autoridad de los grandes concilios que intervienen en esos debates y que a priori consideraba heréticos a quienes no aceptaron su decisión.

Esto muestra que la mera lógica no basta para hacernos evidente el desarrollo del pensamiento cristiano. Es finalmente cuestión de fe; y aunque la lógica juega aquí un papel indispensable, solo interviene como instrumento de la fe. Los documentos históricos jamás podrán resolver solos el problema de la evolución dogmática, por la razón fundamental que nos dispensa de todas las demás, que no hay una sola doctrina cristiana que no haya existido primero en estado fluido con un nivel de imprecisión compatible con afirmaciones contradictorias en el mismo nivel de imprecisión hasta que se cristalice en una fórmula destinada a poner fin al flotamiento con un decreto de fe que es precisamente el dogma. Se sigue de ahí que quien estudie los textos anteriores al periodo de fijación encontrará siempre como invalidar la decisión final declarándola arbitraria y usurpada pues se limitó a ahogar la oposición con un acto de autoridad, ajeno tanto a la lógica como a la libertad. En este punto, el debate no tiene fin jamás y solo puede servir a exasperar las oposiciones.

Conviene pues reconocer, para comenzar, que la evolución dogmática es un problema de fe que solo tiene sentido para la fe y que saca de ella toda su luz.

Inmediatamente tomamos conciencia de la legitimidad de este punto de vista si recordamos el hecho capital que el cristianismo y Cristo son una sola y misma realidad, o mejor, una sola y misma persona. Por eso los primeros misioneros cristianos, los apóstoles, no tenían sino un solo pensamiento, a saber, llevar los auditores a hacer de Cristo su vida, entrando en contacto por su ministerio con su Presencia e identificándose con ella. Todo lo que dicen se resume en esta sola cosa necesaria: no se trata de enseñar una doctrina e inculcar un sistema, sino de presentar una persona cuya luz se vuelve fuente de toda luz y bondad para quien se rinde a ella. Para comenzar, los apóstoles reciben de la persona de Jesús todas sus aspiraciones, toda su fuerza y todo su gozo, tanto que san Pablo puede escribir a los filipenses: “Para mí, vivir es Cristo.

¿Pero qué Cristo? ¿El Cristo histórico con quien vivieron los primeros discípulos, o el Cristo místico cuya carrera comienza en ellos el día de Pentecostés? Esta pregunta parece insidiosa. Los apóstoles son ante todo testigos de la actividad pública de Cristo desde su bautismo hasta su muerte y, después de ella, testigos de su resurrección. No pueden pensar que hay dos Cristos, uno histórico y uno místico. De esto no cabe duda.

Pero sigue cierto que el Cristo de la historia los orientó hacia una enseñanza del Espíritu, hacia un bautismo del Espíritu, que debía dar origen a una verdad que las palabras no pueden transmitir sin estallar como odres viejos bajo la presión del vino nuevo.

El mismo Cristo de la historia confiesa que él no dijo la última palabra. Las circunstancias limitaron su mensaje obligándolo a adaptarse a su auditorio. El Cristo místico completa y comenta al Cristo de la historia en todo lo que tuvo que tomar de las condiciones de su medio para lograr actuar sobre él.

Es quizá lo que mejor explica la distancia entre la perspectiva de los sinópticos (los tres primeros Evangelios) y la de san Juan. Éste que fue el último en escribir, sin ser menos cuidadoso con los hechos (al contrario), trata de situarlos lo más concretamente posible, les da otra claridad que elimina ciertos particularismos descubriendo al mismo tiempo más relieve a su significado espiritual. De cierto modo, el interior de Cristo dispone aquí de los materiales de la historia, haciéndolos transparentes a su propia claridad.

Vamos hacia el Evangelio del Espíritu cuyo anuncio llena de tan melancólica alegría las últimas charlas de Jesús.

Así llegamos al centro de nuestro tema. En efecto, la evolución dogmática no es otra cosa, como ya lo he insinuado, que el comentario del Cristo histórico por el Cristo místico.

En pentecostés Jesús se hace interior a sus apóstoles. Respiran su Presencia y juzgan de todo iluminados por él. De verdad, como dice la liturgia, en ellos él es la luz que ilumina el día. Por eso también, sin tener que pensarlo, sin que eso le ponga problema alguno a su pensamiento del más estricto monoteísmo que haya jamás existido, perciben Cristo y lo viven como idéntico a Dios. Así precisamente se convierte naturalmente en ellos el intérprete invisible del mensaje sobre el misterio que es él, como una carta de amor toma vida en el intercambio de las personas que por ella se comunican, la eternidad del Dios que los habita los inicia en su punto de vista y los invita a encontrar bajo cada palabra de la enseñanza recibida la intimidad suprema de la cual es tanto la revelación como el velo.

Las vistas contingentes, las perspectivas provisorias que constituyen los deshechos de una historia enraizada en el tiempo, serán eliminados por sí mismos bajo el influjo de la Presencia que es el fermento de su pensamiento.

Sin duda eso no se hará todo de una vez ya que es más fácil cambiar el corazón que abandonar los automatismos del lenguaje y las rutinas de la memoria. Y sin embargo, ya en los escritos apostólicos vemos desvanecerse poco a poco la espera de la parusía, del próximo regreso de Jesús que pondrá fin a nuestra historia y nuestro mundo. El tiempo, claro está, obra en su contra. Pero lo remarcable es que ese desvanecimiento no provoca ninguna crisis notable, como si la espera del regreso próximo no hubiera tenido ningún lugar en las preocupaciones de los primeros cristianos. El cuarto Evangelio no lo menciona y omite en el relato de la pasión la expresión de los sinópticos respecto de la venida del Hijo del Hombre sobre las nubes del cielo.

Aquí captamos en vivo el sentido de las conveniencias divinas que interioriza las perspectivas suprimiendo lo accidental y toda la materialidad de las interpretaciones que incluía. Bajo el drama judío que opone a Jesús a los sacerdotes y a los doctores de la nación, el 4° Evangelio nos hace sentir el drama eterno en que cada uno de nosotros se encuentra frente a la verdad.

El juicio ya no viene de las nubes del cielo sino que se ejerce continuamente en lo más íntimo de nosotros y resulta precisamente de nuestra actitud ante la verdad que siempre se propone sin jamás imponerse. ¿Todo el interés que le ponemos al relato de la pasión en los Sinópticos, no viene justamente de que lo leemos a través de la transposición juánica en que los rasgos del Cristo místico iluminan los del Cristo histórico con una luz de eternidad, en que el sentido universal de la historia brilla en el enunciado mismo de los hechos que constituyen su trama? Ése es seguramente un ejemplo. Habrá pasajes más difíciles de franquear, como el de la Sinagoga a la Iglesia, en que los apóstoles mismos encuentran con dificultad su camino, en que su fidelidad al Cristo histórico les impide reconocer de inmediato su identidad con el Cristo místico.

Pero precisamente, el largo debate entre los dos testamentos, entre la ley y la gracia, ilustra admirablemente lo que yo afirmaba más arriba, a saber que la evolución dogmática no concierne el desarrollo lógico de una doctrina sino la presentación auténtica de una persona. El Cristo de la historia no rompió abiertamente con la Ley. Para que los primeros discípulos como Pedro y Santiago acepten la ruptura tienen que reconocer que solo ella le da un sentido definitivo a su misión y un relieve único a su rostro. No pueden adoptar plenamente el punto de vista de Pablo y experimentar toda su verdad sino descubriendo en el Cristo místico el rostro transfigurado del Cristo histórico. Como nos sucede en ciertas horas privilegiadas ante un rostro amado, de repente despojado de todo lo accidental que hasta entonces nos privaba de su misterio, reconocerlo por fin, descubriendo los rasgos auténticos en que nuestro amor había ya esbozado en secreto su faz.

Todo el desarrollo dogmático gravita precisamente alrededor del rostro de Jesús y solo representa una tentativa continuamente renovada de captar mejor su autenticidad en el debate siempre abierto en que el Cristo místico responde a las cuestiones planteadas por el Cristo de la historia.

Por el hecho de que para el cristiano Jesús es la vida misma de su conciencia, le importa esencialmente en efecto que la carrera terrestre del Señor pueda ser toda en él un acontecimiento espiritual, separándose de todo lo que las condiciones temporales puedan oponerle a la transposición.

La evolución dogmática es pues una gran epopeya de amor en que el alma vuelve sin cesar al jardín pascual para escuchar con María Magdalena la voz en que reconoce la Presencia de su Dios.

Por eso yo no puedo aceptar la falsa imagen de una sencillez primitiva que, por el juego del discurso, termine en complicaciones inevitables. Como el Cristo de la pasión según san Juan me parece menos judío, es decir menos comprometido en las particularidades de su proceso y de su nación, en una palabra, más universal y por tanto más sencillo que el Cristo de los Sinópticos en los relatos paralelos, me parece tan cierto que la evolución dogmática, de la que el cuarto Evangelio representa una de las primeras etapas, tiende hacia una expresión cada vez más universal, más interior y más sencilla del misterio de Jesús, que yo no vacilo en considerar como el supremo Evangelio, como el Evangelio eterno que la fe no cesa de darse de su objeto en la vida inmortal de la Iglesia.

Eso parece completa paradoja si se considera el proceso a menudo muy laborioso que precede a las definiciones dogmáticas. Pero deja de parecer tal si distinguimos la sencillez terminal de la sencillez primitiva, como hace Eduardo Le Roy a propósito de la intuición cuando escribe: “La sencillez a que llegamos es diferente de la sencillez anterior a la complejidad discursiva, que solo pertenece a la pre-intuición confusa del niño. Es una sencillez rica y luminosa, que sucede y remplaza, sobreviviéndole, a la dispersión del análisis. Solo ella es el fruto de la verdadera intuición, estado de libertad interior, de fusión del alma pacificada en el Ser, paz, no pasiva, sino acción a su máxima potencia.

Esta palabras de Le Roy, que recuerdan la famosa distinción pascaliana entre la ignorancia natural en que se encuentran todos los hombres al nacer y la ignorancia sabia que se conoce, evocan un entre dos en que reina el claro-oscuro de los ensayos y las aproximaciones.

La evolución dogmática es la región donde se aplica el axioma de Newman: la religión es para los hombres. Es el lugar de las discusiones y los conflictos en que los raciocinios arriesgan prevalecer sobre la fe. Mgr. Duchesne, que fue gran historiador y mediocre teólogo, sentía náuseas al penetrar en el campo de batalla de las ideas y se indignaba de ver al Señor sobre la mesa de juego en que los teólogos oponen silogismos y sometido a un sacrilegio de vivisección por pedantes que lo descuartizan para hacerlo entrar en las pequeñas casillas de su pequeña mente. Hay algo de verdad en este juicio severo: Siempre y en toda época, en el campo del pensamiento religioso, encontramos un sector en que los sarcasmos de los provincianos encuentran aplicación útil. Pero eso representa solo un aspecto, limitado, totalmente exterior y puramente instrumental del desarrollo de la doctrina cristiana.

Yo personalmente siempre he descubierto tesoros inagotables de sabiduría y amor cada vez que me ha sido dado de revivir las etapas que terminan en una definición dogmática. No conozco nada más maravilloso al respecto que la inscripción de la Trinidad en el monoteísmo bajo el aspecto de un altruismo interior a la divinidad.

Por una pluralidad relativa como condición esencial de una unidad de valor, afirmar que Dios no posee su propia naturaleza sino comunicándola, concebir que solo tenga contacto con su poder de conocer y amar mediante el impulso con que se proyecta el Uno hacia el Otro que son los nudos vivos entre los cuales vibra eternamente la onda de despojamiento, admitir que en Dios la persona precede en cierto modo a la naturaleza y que la naturaleza es para la persona, para formar ese relieve altruista y ese movimiento en que se despega de sí mismo, reconocer en fin en Dios la pobreza infinita que encuentra su felicidad en el gozo del don, qué manera más magnífica de sacar del lagar de la fe el contenido inagotable de las palabras de san Juan en que el “Yo soy quien soy” del Exilio rinden su último secreto: “Dios es Amor.

Los teólogos, ocupados en forjar conceptos o en agudizar el filo de las controversias, pudieron no saber exactamente a dónde iban. Pasiones partidarias, prejuicios de raza, rivalidades naturales, querellas de órdenes y escuelas, inclusive intereses políticos, pudieron obnubilar su juicio y poner en peligro la evolución del dogma. Y fue peor cuando los emperadores se entrometieron imponiendo por fuerza sus propios concepciones personales de la ortodoxia o cuando los papas y los reyes pretendieron destruir el error mediante las torturas y las brechas de la Inquisición.

Pero, como en el Evangelio, el Espíritu sopla donde quiere, el hombre es a veces instrumento de sus designios, aunque solo piense en jugar su propio juego. Porque es importante repetirlo: solo hay un agente decisivo y eficaz de la evolución dogmática y es el Cristo místico, en la Iglesia que es el sacramento de su Presencia. Él pone la luz de su persona a todos los sistemas de ideas que pretenden expresar su misterio. Una de esas ideas puede impregnarse de su luz y dejarla brillar. Otras la ocultan. Ése es el secreto de esa evolución.

Una especie de conciencia siempre despierta, que Vicente de Lerins llama “el sentido católico, imprime infaliblemente a la vida de la Iglesia el discernimiento de las conveniencias crísticas que permiten identificar siempre al Cristo de la historia con el Cristo de la fe, escapando a todas las especulaciones desordenadas que sacrifican la objetividad del primero a la materialidad histórica que compone la espiritualidad y la interioridad del segundo, el cual no es tampoco sino el primero que se explica él mismo en el silencio del Espíritu.

Vemos que al fin de cuentas siempre volvemos al arbitraje de la fe. Sin duda el trabajo crítico de la razón sobre los textos es indispensable, pero a título puramente instrumental. No es de ahí de donde viene la luz. Solo una unión profunda con Cristo, una vida realmente identificada con la suya podrá reconocer las palabras que se le pueden aplicar. Por eso siempre hay que suponer, detrás de los jefes de la Iglesia, cuando son indignos, la fidelidad heroica de aquellos que esperan como vida para ellos un mensaje cuya letra saben transmitir correctamente esos malos pastores sin ser capaces ellos mismos de penetrar su espíritu, mediante un carisma que pone la fe al abrigo de su indignidad.

Esta breve aclaración que acabamos de aventurar sobre la naturaleza de la evolución dogmática, a más de su propio interés, reviste una importancia capital por las divisiones de la cristiandad. ¿Cómo reunir todos esos grupos separados que pretenden un solo Señor y se acusan mutuamente de herejía y cisma?

Creo que es necesario comenzar por reconocer que en cada uno de esos grupos hay quienes viven auténticamente de Cristo y que viven de él apoyándose en fundamentos idénticos. El admirable “Peregrino ruso” cuyo Diario publicaron los Cahiers du Rhône (Cuadernos del Ródano), vivía en la Iglesia Ortodoxa la plenitud de su adhesión a la Iglesia de Jesucristo sin sospechar que pudiera haber Iglesia fuera de la Ortodoxia.

Esto pide toda nuestra atención y nos invita a desenmarañar una visión común a todos los grupos cristianos. Esa visión tiende hacia la persona de Jesús.

Siempre recordaré una conversación con el muy apreciado Pastor Wilfrid Monod (q.e.p.d.) en que me habló con tanto fervor de Nuestro Señor que le hice muy naturalmente la pregunta: “¿Usted cree en la divinidad de Jesucristo?” A lo cual él tuvo la humildad de responder: “Nunca me lo he preguntado.” No deduje que así confesaba su herejía, sino que podemos tomar una decisión que decide de toda nuestra vida sin sentir la necesidad de analizarla.

Como sucede además a muchos de nuestros amigos protestantes anglicanos, y una pregunta que debería haber sido acompañada de una definición precisa del sentido que yo le daba a la afirmación de la divinidad de Jesucristo, pues hay mil maneras de hacerla inaceptable y la fe misma nos impone rechazarlas.

Tratemos de precisar un poco más esto en otro terreno. Aquí cerca, en nuestro medio, los amigos y hermanos coptos ortodoxos, armenios ortodoxos y siriacos jacobitas cuya fidelidad a Cristo así como la de las Iglesias de Oriente tiene algo de milagroso, se quedó, como se dice, en el Concilio de Éfeso, el cual rechaza la concepción atribuida a Nestorio de una doble personalidad de Jesús.

No hay dos personas en Jesús. Cristo es uno e indiviso y es reducirlo a un probable ver en él simplemente un hombre habitado por el Espíritu divino, aunque esa cohabitación sea permanente. Se dice que las Iglesias coptas ortodoxas, armenias ortodoxas y siriacas jacobitas niegan el Concilio de Calcedonia el cual afirma en Jesús dos naturalezas distintas sin perjuicio para la unidad de su persona, 20 años después de Éfeso. En Jesús hay la naturaleza divina y la naturaleza humana. Pero no hay sino un solo Cristo cuya personalidad es una e indivisa. Es posible ahora que las Iglesias mencionadas no reconozcan la autoridad del Concilio de Calcedonia por la tutela imperial que podía hacerles ajena sus decisiones. Pero ¿qué copto o armenio ortodoxo o siriaco jacobita, teniendo realmente la fe, no está dispuesto a reconocer en Jesús un verdadero hombre y a amarlo como hermano mayor y a adorarlo como su Señor y su Dios?

¿Entonces el monofisismo atribuido a esas Iglesias no es una calificación demasiado sencilla para que ellas se identifiquen? Pues en tiempos de Éfeso aún no se habla de monofisismo. La doctrina que el Concilio de Calcedonia opone a Eutiques, padre del monofisismo, está todavía en estado fluido de suerte que las fórmulas de san Cirilo de Alejandría, gran campeón de Éfeso, parecen singularmente más cercanas del monofisismo que de las posiciones que prevalecen en Calcedonia. Y aferrarse a una doctrina en estado fluido es una actitud mental que no excluye de por sí las precisiones que va a recibir después ya que el estado fluido permanece de por sí abierto a esas precisiones.

Es decir que conservar la línea de la visión del Concilio de Éfeso no excluye de por sí la visión del Concilio de Calcedonia pues, con menos precisión, la visión de Éfeso va en la misma dirección que la de Calcedonia, como afirmar la unidad de Cristo en el sentido de Éfeso no excluye de por sí la afirmación de la misma en el sentido de Calcedonia, pues la primera afirmación contiene implícita la segunda.

Guardadas las proporciones, haré las mismas observaciones a propósito de los hermanos nestorianos cuyo destino ha sido tan trágico. En la medida en que adorar a Cristo con la conciencia cierta que tienen de no ser idólatras, no pueden identificarlo con el Verbo de Dios y su visión coincide prácticamente con la nuestra, aunque las tesis de Nestorio que la mayoría de los cristianos nestorianos ignoran no sean probablemente más que especulaciones.

Es aún mucho más fácil reunirse con nuestros vecinos ortodoxos más cercanos de obediencia bizantina. Se dice en general que rechazan la primacía del Papa. Estoy seguro que eso es mal plantear el problema. Su posición es anterior a la época en que la primacía del Papa podía ser objeto de definición dogmática. Ellos siguen su propia tradición en la cual la cuestión de la primacía papal estaba todavía en estado fluido y podía legítimamente discutirse y lo estaba tanto en Oriente como en Occidente. Ellos aceptan como infalibles las decisiones de los Concilios Universales, lo mismo que hacía y hace aún la Iglesia romana. Entonces, su visión no excluye de por sí las precisiones romanas que definen bajo qué condiciones un Concilio puede ser considerado como universal, afirmando que la presencia del sucesor de san Pedro o su aprobación es el signo y el sacramento de la universalidad y que, además, el ministerio papal, para ser ejercido, no necesita la garantía del Concilio universal cuya caución es, aunque deba siempre ser concebido al menos como actualmente presente cuando el Papa enuncia una definición dogmática inexorable.

Me debo limitar a estas indicaciones muy incompletas. Creo que son muy importantes. Es imposible aceptar que tantos cristianos perfectamente auténticos en la Ortodoxia o en el Protestantismo gasten deliberadamente una fe por demás fecunda en virtudes incuestionables negando posiciones que son para nosotros expresión transparente de la Presencia del Señor. Al contrario, estoy convencido de que en nombre de su fe afirman verdades que conviene afirmar y que lo que afirmamos nosotros sin que ellos lo afirmen, su fe implica en el estado fluido en que las precisiones futuras ya están virtualmente inscritas en prolongación de la línea de visión presente orientada hacia Cristo expresado en la Iglesia.

Se trata pues de que nos identifiquemos con la opción de su fe, respetando sus escrúpulos para que ella se abra a las perspectivas que son ya realmente suyas.

Hace poco yo distinguía en parábola las verdades-guijarro que son las verdades de la tribu encarnadas en un régimen o en una constitución representados por el gendarme. Verdades a la vez elementales y provisorias, prácticamente necesarias y teóricamente practicables, que la sociedad mete en la cabeza a punta de piedras, según las épocas, o a golpe de ametralladoras.

Les verdades-juego en que lógicos o matemáticos se pueden complacer jugando en vano y sin objeto con el hermoso instrumento que es la inteligencia, explorando todas las posibilidades e inventando combinaciones que se vuelven matrices en que de fenómenos imprevistos puede un día nacer el pensamiento.

Las verdades-imágenes en que las teorías científicas expresan su visión del mundo mediante una serie de aproximaciones discontinuas y complementarias, cada una de las cuales se impone en su hora y desaparece frente a otra hipótesis más comprensiva y fecunda que sufrirá la misma suerte que ella en el progreso sin fin que durará mientras haya un mundo y sabios en el mundo.

En fin, la verdad-Fuente que ninguna fórmula puede definir, ni representar, ni contener, y que no conocemos sino transformándonos en ella, así como la intimidad de un ser no es accesible sino a nuestra intimidad, en identificación mutua.

La evolución dogmática gravita alrededor de esta verdad-fuente. No se trata de expresarla ya que es inefable, sino de indicar su presencia mediante una dirección de pensamiento que nos prepara a encontrarla liberándola al liberarnos de todo lo que no es ella.

El único progreso compatible con esta inefabilidad consiste en expresar cada vez mejor lo que no es la verdad-fuente, para impedir que la confundamos con las verdades-guijarro, las verdades-juegos, las verdades-imágenes, ya que no se puede deducir ni de necesidades biológicas, ni de posibilidades de nuestra inteligencia, ni de una representación provisionalmente coherente del universo. Debemos superar todo eso para eliminar todo obstáculo al conocimiento por contacto que Jesús llama “nuevo nacimiento” y que se realiza por una transformación de amor.

La verdadera evolución dogmática, precisamente, como lo vimos, es el rostro cada vez más puramente revelado en palabras-sacramento aptas para comunicarnos su Presencia a condición que estemos realmente presentes como espacio de amor capaz de recibirlo.

Por eso también, la única manera de acreditar el ritmo cristiano que es lo dicho por el Señor por boca de la Iglesia, es ser para los demás el rostro del amor en que Dios afirma su Presencia.

 

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