Conferencia de M. Zúndel en Lausana (Suiza) el 21 de diciembre de 1948. Inédita.

Texto de un manuscrito incompleto, de preparación de la conferencia (*)

 

Definamos los términos del problema: ¿Qué es el Arte? ¿Qué significa aquí la palabra salvar? ¿Y de qué Hombre hablamos?

El Hombre, ese desconocido, decía Carrel. Es verdad, más que nunca, inclusive después de la nueva Declaración de los Derechos Humanos. Y la razón profunda es que el Hombre no existe todavía. Lo que llamamos el Hombre, no es casi siempre más que una mezcla de instintos individuales y colectivos, un animal gregario, esclavo de sí mismo y de la tribu, cuyos comportamientos tienen todos su fuente en el sistema endocrino, glandular, o en las exigencias biológicas de los grupos a que pertenece.

Es verdad que es un animal que razona, pero casi siempre los principios de su razonamiento le son desconocidos y no son sino los instintos individuales o colectivos. Su yo condiciona su visión, pues siempre vemos como somos.

¿Y qué es el yo? Un azar al cuadrado. Primero, resultado de influencias biológicas que convergen en nuestro nacimiento: un elemento singular entre millones posibles en el mismo instante, el cual fecundó el huevo del que procedemos, la herencia contenida en dos células germinales que constituyen nuestro origen, los accidentes posibles de la vida uterina, y los que acompañaron quizá nuestra llegada al mundo; el medio físico que nos acogió, el régimen alimenticio a que nos sometieron, el sexo, la edad, las enfermedades, en fin, todo lo que hace de nosotros el organismo que somos, y que no escogimos, ni en su principio ni en su evolución.

Después, el resultado de todos los medios que hemos atravesado, de todos los grupos a que pertenecemos: familia, escuela, profesión, raza, clases, nación, lengua, religión. Todas esas influencias, cada una de las cuales la sufrimos, mientras no la hayamos transformado en libertad por elección, pues cada una ha imprimido en nosotros un nuevo determinismo que se suma a los que constituyen el paquete de instintos que llamamos nuestra individualidad.

Eso es el yo: todo lo que sufrimos, que nos viene del exterior y que no es sino un resultado, un cruce de fuerzas cósmicas y de servidumbres sociales. Por eso me agoto repitiendo que no hay nadie. Estamos en un museo de cera, donde los personajes parecen vivos pero en realidad están fijados en la actitud que el modelador les ha impuesto, sin que ninguna iniciativa de parte de ellos los haga salir de su rigidez monstruosa. No hay nadie detrás del tapiz verde en que se juega el porvenir de nuestra especie: instintos colectivos que se miden, individuos que son portavoces de su grupo, intereses oscuros que buscan su oportunidad, retórica de propaganda que deslumbra los ojos.

Pero no hay nadie, y así es por doquier. Estamos inundados de eslóganes, siguierndo órdenes a las que respondemos según los instintos más básicos que llamamos derechos, y que no son la mayor parte del tiempo más que costumbres, prejuicios, servidumbres, lo mismo que el tipo del frente hace en sentido opuesto, sometido a complejos diferentes.

Es verdad que muchos protestan, pero por lo general es solo para dar salida a otros impulsos de naturaleza no menos biológica. Porque todo lo que le sucede al hombre mientras no haya nacido, se convierte automáticamente en determinismo: la ciencia, los principios del derecho, el arte, la moral, la religión. El yo se sirve de todo, y nada queda finalmente fuera de la órbita de que él mismo está preso, mientras no lo haya transformado radicalmente.

Esta reserva supone, claro está, que es posible una transformación. En efecto, biológicamente el hombre es un animal fallido. Puede entender el juego de sus instintos y no se priva de ello para con los demás. Pero sus instintos no resuelven todo. Inclusive, no resuelven nada sin su consentimiento. Tiene que decidir no ser más que un animal: no lo es naturalmente, o por lo menos siempre y en toda circunstancia. Su vida puede ser problema y entonces puede ser capaz de juzgarla, de condenarla, de rechazarla o aceptarla.

Yo sé que para la inmensa mayoría el problema se aleja apenas se plantea, y que simplemente reivindican el derecho de gozar al máximo posible. Prefieren el azar al esfuerzo. Pagarán lo que sea necesario, contando con la suerte, y se matarán cuando ya el juego no valga la pena.

En el estado biológico en que todavía se encuentra, con su moral de tribu, la sociedad no puede ni ayudarles ni condenarlos. ¿En efecto, por qué preferiría ella los instintos del grupo a los del individuo? En biología no hay moral ni responsabilidad ante el azar. Si el problema rebota, es que los individuos no aceptan sufrir lo que son por el nacimiento y el medio, y algunos no consienten con recibir la solución de los instintos, por ninguna voz desviada.

¿Y qué otra solución pueden descubrir? También los instintos son dados, el hombre animal es dado, y el yo biológico, con su doble articulación, individual y social. Esa es una realidad. ¿Cómo salir de ahí sin hacer un salto al vacío? Eso es lo que explica la magnificación de los instintos del grupo o del individuo: no queremos saltar al vacío.

Para ser bien justo, tengo que añadir: no se puede saltar al vacío. ¿Y entonces? Hay que concluir que los que dan el salto saben que hay algo más allá, quiero decir, más allá del hombre animal, más allá del registro de los instintos, más allá de todo lo que nos viene del exterior y de lo que debemos sufrir. Saben que existe un interior en que la humanidad nos ha estado esperando y donde se puede desplegar una libertad creadora de nosotros mismos.

¿Y cómo lo saben? Simplemente porque fueron arrojados allá un día, por un encuentro que abrió todo, revelándoles el misterio de su propia intimidad. Nunca olvidaré las palabras de una mujer pobre a cuya angustia quise remediar durante años: “El gran sufrimiento de los pobres es que nadie necesita su amistad.” ¿Qué pedía ella, delante de sus hijos sub-alimentados? Ante un porvenir sin esperanza que hacía más trágica la inseguridad del presente? ¿Qué reivindicaba con su rostro angustiado y su mirada loca de inquietud, sino el derecho de salir de ese infierno por un acto gratuito, por el don de sí a un ser que aceptara el tesoro de su amistad?

Un acto gratuito salido del corazón de su intimidad era lo que ella se sentía capaz de ofrecer y cuyo rechazo representaba para ella una catástrofe más dolorosa que todas sus tragedias.

Pero es claro que no se trataba de su yo biológico, inasimilable a no ser por servidumbres ordinarias, ni pensaba tampoco en dedicarse al yo biológico de los demás cuya dureza la aplastaba.

Ella pensaba en un valor interior mediante el cual un individuo puede liberarse de sí mismo y hacerse al mismo tiempo capaz de enriquecer a los demás haciéndolos libres de ellos mismos. Y si aspiraba con todas sus fuerzas a ese intercambio, era justamente para confirmar el sentimiento de un valor interior que era su único bien.

Poder darse y darlo todo al darse, darse a lo que en su interior y en los demás, supera el yo biológico, el yo sufrido, individual o social, la posibilidad de salir así de todo límite y de toda frontera, ¿no es lo mismo que descubrir en sí misma una Presencia cuyo encuentro suscita nuestra intimidad, nos invita de afuera a dentro, y hace de nuestra soledad un universo de gratuidad, de libertad y de amor?

Eso es perfectamente cierto, pues cuando la mirada se vuelve hacia sí mismo, cuando viviendo nos acordamos de nosotros mismos, recaemos de inmediato en el yo biológico, en la oscuridad de los instintos, en las noches de nuestra esclavitud.

Veamos por ejemplo los versos de Keats, entre los más hermosos que se hayan escrito:

¡Entonces se deslizó entre las hojas,
sin ruido un pequeño ruido,
nacido del suspiro mismo
que el silencio exhala!

E imaginen a Keats que se delecta, pavoneándose por su invención. Ya no habría más que un pobre tipo con palabras vacías de la Presencia que les da vida, un hombre-sánduche con el afiche de un espectáculo al que no participa.

Es decir que nuestra intimidad se constituye ante una Presencia interior diferente de nosotros, y dejamos de ser algo para ser alguien, un ser fuente, libre de sí mismo y creador de sí mismo, origen y no resultado, bien común de todos: en la medida misma en que permanece más secreto el don de sí mismo que es el tesoro de su soledad.

Dicho de otro modo, el hombre nace a su humanidad en el momento preciso en que Dios nace en él como fermento silencioso del diálogo por el cual nuestra existencia se hace presencia eficaz. Si no, no hay nadie.

Antes de alcanzar ese diálogo, somos solo candidatos a la humanidad, embriones de almas. Aún no somos hombres y dejamos de serlo tan pronto como recaemos en nosotros mismos.

Esta humanidad así constituida por un altruismo sin reservas, en lo más secreto de la consciencia es la única que tenga derechos, porque el derecho no significa nada si no es garantía de una gratuidad pura, si no representa la posibilidad efectiva de darse y de dar todo dándose, la cual es la única concepción de la libertad que pueda tener sentido.

Peo darnos así no es concebible si no somos invitados por un don que precede el nuestro. Justamente porque es imposible saltar al vacío, se necesita el contacto con una Presencia que nos absorbe en ella para que todo nuestro ser se despegue de las posesiones que lo poseen. Cuando este despegue es total, lo cual es la libertad misma, cuando es su resultado, al menos por un instante, una transparencia sin sombra en que el hombre recibe sin mezcla el don que se le ofrece, aparece el genio, que es el Otro que transparenta en él.

Ese es el momento creador para el que es capaz de expresar lo que recibe, sin mezclarle nada de sí mismo.

Y el Arte no es otra cosa que la encantación verbal, pictural, plástica, rítmica o sonora que nos hace sentir mediante una especie de éxtasis que resulta de relaciones imprevisibles, la Presencia por la cual nos hacemos presentes a nosotros mismos y a todo.

Por eso el Arte digno de ese nombre es de esencia religiosa, como una lectura divina del universo, atravesado por todas las alusiones en que se afirma la relación que suspende toda realidad a su fuente divina. Como individuo, el artista puede ser sin duda un completo sinvergüenza. El momento creador no es por eso menos un momento virginal en que el hombre deviene realmente encuentro con Dios. Que un instante después se saboree y caiga en el fango y se sirva inclusive de su obra para glorificar sus basuras, no deja por eso, en una palabra, de ser alguien para volverse algo, haciendo como la mayoría de nosotros que solo nos humanizamos por intermitencia, pero su obra, que no le pertenece y que le ha sido dada en todo lo que la convierte en obra maestra, ya no es algo sino alguien, y suscita en los demás el gozo de un encuentro que él no supo conservar mediante un don de sí mismo igual al don que se le hizo.

El Arte entendido así, como brote de pura gratuidad, en un momento de pura libertad, es evidente que puede contribuir a salvar al hombre, a salvarlo, quiero decir, de las servidumbres biológicas, creando el clima en que le será posible descubrir su intimidad y todas las riquezas que se elaboran en una soledad atenta al tesoro que le ha sido confiado.

Y yo pienso que en un mundo como el nuestro, en que las disciplinas tradicionales se han desmoronado, en la medida misma en que representaban aún una moral de tribu, para dar lugar, lo sé muy bien, a consignas que están aún más profundamente comprometidas en las fuerzas cósmicas del hombre animal, creo que el arte puede ser uno de los elementos más preciosos de nuestra humanización tan necesaria y urgente.

Y quizá no será inútil hacer aquí cierta reserva sobre el tema de la descristianización general de nuestra civilización que nos llevaría a buscar medios de salvación en cualquier parte.

Yo no creo, y puedo confesarlo, que el mundo haya sido jamás cristiano. El Occidente, inclusive Bizancio, hasta la caída de Constantinopla, pudo legalmente y hasta teocráticamente ser cristiano, pero no lo fue en su conjunto, libre, espiritual y personalmente.

Se identificó con el Evangelio en estructuras perecederas, a menudo en contradicción con la esencia del mensaje de Cristo, y que parecían hacerlo solidario de protecciones que trataban de domesticarlo. Hecho cosa de Estado, el cristianismo sufrió por todas las fallas de los regímenes con que apareció ligado. Y a medida que el temor perdía vigor, las masas se alejaron de una institución que seguía siendo a sus ojos la sobrevivencia de tutelas autoritarias de las cuales pretendían haberse liberado, como desearíamos que lo hubieran sido en realidad. Se creó pues una fosa que ahora es necesario colmar.

Pero nada hay más difícil que interesar una opinión indiferente y volver a ganar la confianza de alguien que se ha creído engañado. Y eso es tanto más difícil cuando se trata de operar con conceptos, con palabras que, si no son manejados por artistas o proferidos por santos ya no trasmiten una Presencia y arriesgan por lo mismo aparecer como abstracciones complicadas que exigen un esfuerzo que ningún interés inmediato viene a sostener.

Y aquí es precisamente donde el Arte puede prestar un concurso indispensable, instalando la Presencia en el corazón del Hombre, llevándolo sin que piense en defenderse al recogimiento silencioso en que descubre su espacio interior, donde le llega en el silencio de sí mismo, el eco de la música jamás escuchada, con que Bach moribundo alimentaba su esperanza.

Así se construirá el lugar espiritual en que la Palabra de Cristo comience a tomar resonancia personal, dándole rostro a la Presencia cuya realidad hacía ya sentir pero sin precisar sus rasgos.

Basta haber sentido el poder educador del canto en grupos juveniles para desear que la escuela se hiciera en música y para convencerse de que el Arte, fiel a su misión, es capaz de establecer entre los hombres una comunión basada en lo mejor que tiene cada uno en sí mismo.

Naturalmente, se trata de un Arte que escucha, de un Arte que eternifica en unos instantes de pura gratuidad – y no existe otro – conservando intacta la impronta viva de pasos que revelan al hombre los abismos de luz y el espacio de su libertad.

 

(*) el correo de la invitación a la "charla" (Lausana, 16 de diciembre de 1948) precisa:

“El tema preciso que deseamos ver presentado: ¿PUEDE EL ARTE SALVAR AL HOMBRE? La pregunta me parece plantearse después de las proposiciones siguientes:

Parece que la cuestión de la salvación del hombre apremia más intensamente a los hombres, ahora que en cualquier otro momento de la historia. De todos modos se plantea.

- Pero una descristianización general de nuestra "civilización de Occidente" empuja al hombre a buscar una respuesta en falsos absolutos.

- El Arte, algunos lo presentan cada vez más como el único medio de reunir y poner en comunicación a los hombres y "salvarlos" en cierto sentido.

- ¿Cuál es realmente la situación?

Público: unas quince personas: 2 profesores, 4-5 estudiantes, 2 escritores, la mitrad de confesión protestante, varios vagamente deístas, 1/3 de católicos. Esto más o menos.

 

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