8ª conferencia de M. Zúndel a unos oblatos benedictinos en Ballaison, en septiembre de 1965.

Los títulos intermediarios, las notas y la oración son del P. Paul Debains

Se habla una vez más del cuerpo, de la mujer, y del organismo sacramental.

No debemos tratar jamás el cuerpo como objeto. Sólo el "ocuparse" de Dios puede dar a la mujer la plenitud de su libertad… Su sector es el Amor porque ella es la segunda persona de la Trinidad…

Tenemos que crear nuestro cuerpo, como también nuestro pensamiento, ya que estamos destinados totalmente a ser personas. El interés del cuepo humano es precisamente de ser revestido de su humanidad. Mientras el cuerpo no esté humanizado no presenta ningún interés, y presenta la trampa de un falso misterio. Finalmente el cuerpo es sólo fuerzas oscuras de una naturaleza inconsciente. El cuerpo no alcanza su belleza, que es suprema, sino en la medida en que ha sido revestido de su humanidad, en que se ha convertido en alguien. Tenemos que hacer de nuestro cuerpo alguien, respetarlo, jamás tratarlo como objeto, y tenemos que hacer lo mismo respecto del cuerpo de los demás: jamás hacer de él un objeto. Hay que concurrir a su humanización mediante el respeto.

Y respecto de la mujer, creo que la última palabra es que hay que darlo a Dios. Hay que darlo a Dios, porque si la mujer no tiene a Dios no puede estar de pie. No tiene el recurso de la zona intermediaria que es, en el hombre, el sector relacional. No es que la mujer sea incapaz de manejar los conceptos, ellas son primeras en los exámenes y salen admirablemente, pero eso no les interesa: su mayor interés es siempre el amor, y el amor tiene necesidad de todas las complejidades que hemos señalado. El amor es imposible y no alcanza jamás el equilibrio si no está centrado en Dios. Solo Dios puede dar a la mujer la plenitud de la libertad y hacer de ella verdaderamente la fuente, la fuente admirable de una vida que progresa.

El juicio de las mujeres es increíble, prodigioso. Supera todo lo imaginable, a condición de estar centrado en un amor bien equilibrado. Pero si la mujer no ha conquistado su amor, si lo está buscando, si está inquieta, si no es amada, puede ser atroz. Una mujer muy inteligente me hacía notar que la serpiente a los pies de la Virgen de (la catedral de) Notre Dame de París tiene cabeza de mujer. Decía: “es muy normal porque el destino de la mujer es tan duro, le paga a la vida un impuesto tal desde su adolescencia: está encargada de la maternidad, del hogar, de la educación… Todo recae sobre ella, todo le toca, a pesar de que pueda tener, también ella, gustos intelectuales, necesidad de estudiar y de escribir… Todo eso puede hacerle la vida tan amarga que puede sacar las uñas, por revancha, llegar a una especie de agresividad, de perfidia y de perversidad sin igual, porque justamente la vida es demasiado dura para ella, y esa dureza no puede serle aliviada sino por el amor que es su todo. No hay que contar con una vida intelectual para equilibrarla, no será suficiente; la mujeres capaz y triunfa magníficamente, es verdad, pero eso no le basta: su sector es el Amor, porque ella es la segunda Persona de la Trinidad, porque normalmente ella debe nacer del corazón del hombre, porque ella es el Hijo”. (1)

Esta mujer me contó que su marido, al que acompañó en el sanatorio, con quien se había preparado, con quien había comulgado, a quien había asistido realmente hasta el final de la agonía, le había dicho antes de morir: “Tú eres mi primogénita”, y estas palabras la habían colmado, ¡y mucho! Ella sentía en efecto que era lo que ella esperaba: “nacer del corazón de su marido”.

La mujer es mediadora entre el hombre y el hijo. Ella recibe del hombre para dar al hijo: es su situación normal. Nosotros (los hombres) tenemos que darle, pero sólo podemos hacerlo con un respeto infinito, tenemos que darle Dios. Si le damos Dios, todo está salvo. Ella encontrará sus bases y será capaz de las cosas más grandes. Es nuestro papel precisamente, y muy especialmente, darle la respuesta que buscaba en todas partes. La repuesta que el marido no quiere darle, la mayor parte del tiempo. Hay que darle Dios: es la más bella manera de amarla.

Entonces podemos considerar otro tema, el tema sacramental. Hemos meditado sobre el misterio de la Iglesia. La Iglesia tiene un lenguaje realista, el lenguaje del símbolo eficaz, el lenguaje del sacramento. Este lenguaje prolonga la Encarnación ya que la Encarnación supone precisamente la inserción de la Vida divina en la Historia, en la Humanidad y en el Universo.

El organismo sacramental prolonga la Encarnación hasta el mundo de las cosas, expresando así que la vocación del Universo es vocación espiritual, expresando que el sentido de lo que llamamos materia es expresar el espíritu, ser su símbolo y su sacramento. Hay ahí una especie de divinización del universo que está totalmente en la línea del gemido de la creación en espera de la revelación de la gloria de los hijos de Dios (Romanos 8,21). Si la naturaleza justamente se encuentra sometida a la vanidad, si está esperando su liberación, el sacrametno le da una respuesta haciendo de ella el vehículo de la Vida divina.

No pueden venir a mí sino constituyendo el Cuerpo místico.
La Eucaristía está instituida por el Señor con este fin.

El sacramento se ordena alrededor de la Eucaristía, que es en el fondo el único sacramento. San Bernardo notó con mucha profundidad que el bautismo contiene el voto de la Eucaristía, y podemos decir lo mismo de todos los sacramentos: cada uno contiene el voto de la Eucaristía. Están ordenados a la Eucaristía, o llevan su resplandor. De todos modos, la Eucaristía es el Sacramento de los sacramentos.

La Eucaristía es difícil de concebir porque toda una teología objetiva la cargó de significación. Ya lo dijimos, en la Eucaristía la Presencia de Cristo (está) a la mano: tenemos a Cristo con nosotros, Lo tenemos en la casa, lo tenemos en su Tabernáculo, lo tenemos en el copón, lo transportemos en la custodia, tenemos un paladio, una protección, como también tenemos una protección divina. Es difícil salir de una especie de materialización de lo divino en esta concepción, y de no sentir cierta repugnancia como ante la constitución de una magia: Dios al alcance de la mano, Dios que uno lleva, Dios que uno come! ¿Es eso realmente?

En todo caso, si queremos situar la Eucaristía, hay que recordar por una parte su asociación estrecha, su conexión rigurosa con el mandamiento nuevo, y por otra parte la suprema consigna de Nuestro Señor de amarnos unos a otros como Él nos amó, hasta el punto que el criterio de nuestro amor por Él es el amor por los hombres, criterio realista, tan profundamente evangélico, tan conforme con la densidad de la humanidad de Nuestro Señor, que es por excelencia el Hombre-hijo-del-Hombre.

Esa suprema consigna da lugar a la lección que es el Lavamiento de los pies, en que se pone inmediatamente en acción la revelación increíble de la humildad de Dios. La humildad de Dios que es simplemente otro aspecto de su Amor, ya que el amor es la evacuación de sí mismo, y que la humildad es precisamente la ofrenda del espacio, del vacío que hemos hecho para acoger al otro que Dios ama.

Por tanto la Eucaristía es también una afirmación del amor del hombre, una invitación a comulgar con el hombre, y se comprende a Nuestro Señor que fracasó y acaba de confesar su fracaso: “Os conviene que yo me vaya porque si no me voy no recibiréis el Paráclito” (Juan l6:6). ¡Se comprende a Nuestro Señor, que sabe que el velo no será desgarrado sino por su muerte, que la Nueva Alianza no comenzará sino en su Sangre, Nuestro Señor que sabe que sus apóstoles no han entendido nada puesto que acaban de disputarse por el primer puesto a la Mesa de la Cena, habiéndoles anunciado ya la traición de Judas y la negación de Pedro!

Nuestro Señor que entró en la soledad terrible de la agonía sabe muy bien que toda esa incomprensión viene de que los apóstoles no Lo veían de adentro, que Lo veían delante de ellos, pero no dentro de ellos. Entonces no ven que nuestro Señor, que quiere retirarles su Presencia visible que constituye un obstáculo que les impide llegar a su Personalidad divina, no quiere restablecer una especie de magia para ponerse en sus manos.

¡Es todo lo contrario! Nuestro Señor, que les quita su Presencia visible, los va a poner ante una exigencia de universalidad sin la cual, sin la satisfacción de la cual no podrán llegar a Él jamás ya que Él es también el Segundo Adán, el Hombre universal, la catolicidad del Amor, ya que Él es interior a cada uno, ya que Él es la Unidad de la Historia y el lazo de unión de todas las conciencias. Nuestro Señor no puede ser alcanzado en su realidad propia, su Humanidad no puede ser accesible en su diferencia específica, en su naturaleza de Sacramento diáfano a la Presencia Divina, si no entramos en su desapropiación.

Tendremos que hacernos tan universales como Él para estar en contacto con Él. Esto quiere decir: “¡No pueden venir a mí sino JUNTOS! ¡No pueden venir a mí si no se toman a cargo unos a otros! No pueden venir a mí si no constituyen primero mi CUERPO MÍSTICO. Es mediante mi CUERPO MÍSTICO como ESTARÁN EN CONTACTO CONMIGO. Entonces, comiencen por constituir ese Cuerpo místico, comiencen por constituir la comunidad humana, y cuando estén reunidos, cuando nadie falte, cuando nadie quede excluido, cuando sean realmente representantes de toda la humanidad y de todo el Universo, entonces podrán invocarme eficazmente, porque entonces estarán de verdad en ecuación de Luz y de Amor conmigo.

La Comunión, la Eucaristía, debe pues ser concebida inmediatamente como distancia de humanidad entre Cristo y nosotros. No se trata de agarrarlo, se trata muy al contrario del: “Noli me tangere” (Juan 20,17) que le dice a la Magdalena: “¡No me toques!”, ¡no me toques! Se trata, pues, primero de desapropiarnos de nosotros mismos, de hacernos universales para ¡encontrar al Verdadero Cristo y no hacer de Él un ídolo!

La presencia real de Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento es comunitaria. La comunión es siempre un gesto universal.

A los niños les cuento esta historia:

“Hacia 1900, un ingeniero aceptó la oferta de construir una gran represa en el Amazonas. Como en esa época no había aviones, eso significaba un exilio prolongado. Pero lo hizo por amor de su familia, ya que tenía una decena de hijos, y, a pesar de ser un técnico muy competente en esa época, estaba escaso de dinero. Para asegurar la mejor educación a sus hijos, en vista de las ventajas financieras de la proposición, aceptó pues el exilio por amor por ellos. El exilio duró por lo menos una decena de años si no más. Durante ese período tuvo el inmenso dolor de perder a su esposa. Dejados solos ya que él estaba ausente, los hijos se pelearon y se separaron unos de otros y llegaron hasta a ser enemigos unos de otros. Cuando el ingeniero hubo terminado su trabajo regresó a París. Los encontró desunidos y, como los hijos habían perdido contacto con él y habían crecido prácticamente sin él, no tuvo suficiente autoridad para ayudarles a superar la enemistad y lograr reunirlos. Murió aplastado por una gran pena y entonces los hijos se reunieron como gallinazos alrededor del testamento.

El testamento era muy sencillo. Tenía solamente estas líneas: “Encontrarán mi fortuna en un cofre que se encuentra en tal lugar. La encontrarán si se reúnen para abrir la cerradura gracias a una clave que no les revelo y tendrán que BUSCARLA JUNTOS”. Había pues que buscar la clave con que abrir la cerradura, y los hijos se agotaronrecordando todos los nombres de la familia hasta los bisabuelos. Ninguno de esos nombres era la clave. Volvieron a leer el testamento y notaron que la palabraJUNTOSestaba subrayada dos veces. ¡Y la chapa cedió a la palabra JUNTOS!

Entonces comprendieron el testamento del papá. Esa palabra fue una revelación que los conmovió. Se reconciliaron y realizaron, más allá de la muerte, el deseo de su padre.”

Esa palabra JUNTOS resume la consigna de Nuestro Señor. Juntos encontrarán el TESORO. Juntos tendrán contacto conmigo. La Comunidad, el CUERPO MÍSTICO, es pues el único habilitado para evocar la PRESENCIA DE CRISTO. Y aquí es necesario notar – como lo hicimos al hablar de la Encarnación: (En la Eucaristía) no se trata de hacer presente a Nuestro Señor: Él está presente siempre. NUESTRO SEÑOR ESTÁ SIEMPRE PRESENTE en nosotros con su Humanidadya que la Humanidad de Nuestro Señor es el Sacramento de los sacramentos, y es por la Humanidad de Nuestro Señor como se nos comunica toda gracia.

Por consiguiente, en la medida en que recibimos la gracia, en que estamos en "estado de gracia", la Humanidad de Nuestro Señor está presente para nosotros, así como su Personalidad, y todo Él. No se trata pues de hacerlo presente. ÉL ESTÁ SIEMPRE PRESENTE, ¡SOMOS NOSOTROS LOS QUE NO ESTAMOS PRESENTES!

¡La Eucaristía no tiene pues como fin HACER PRESENTE A CRISTO, SINO DE HACERNOS PRESENTES A JESÚS! Y la Eucaristía, precisamente, nos hará presentes a Jesús– es la condición fundamental – MEDIANTE LA COMUNIÓN CON TODA LA HUMANIDAD, ¡es esencial! Es lacondición sine qua non de la consagración, pues la consagración no es un rito mágico, es el llamado del Cuerpo Místico a su Cabeza, su Jefe, llamado que no es eficaz si no emana del Cuerpo Místico.

La consagración no se hace así no más fuera del Cuerpo Místico, y la hipótesis de la película El renegado, del sacerdote que consagra una jarra de champaña en un bar es absurda. Tal consagración es inválida, inválida porque el sacerdote no puede consagrar fuera de la comunidad! Porque el sacerdoteno es ahí sino la expresión de la voz del Cuerpo Místico y no puede consagrar sino en el Cuerpo Místico y para él, porque la Presencia de Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento, precisamente, es una PRESENCIA COMUNITARIA, una Presencia en la Comunidad, mediante la Comunidad y para la Comunidad.

No tiene sentido una comunión que sería rito privado, una comunión que sería un gesto que no concierne sino al individuo. LA COMUNIÓN ES SIEMPRE UN GESTO UNIVERSAL Y LA EUCARISTÍA ES SIEMPRE UNA PRESENCIA COMUNITARIA y nunca comulgamos solos sino con los demás y para ellos. Si estuviéramos solos no tendríamos necesidad de la Eucaristía. Estaríamos en contacto singular con Dios y no habría necesidad de un símbolo colectivo. Es justamente porque tenemos que tomar a cargo a los demás por lo que existe un rito común que expresa, precisamente, la unidad del género humano, y la ecuación de amor (entre el del género humano unificado y el Amor de Dios) pone al género humano todo unido en Cristo y para Él en contacto con Él mismo que es el Jefe y la Cabeza.

Y por eso se puede decir que si no hubiera ya en la humanidad ni un alma en estado de comunión universal, en estado de catolicidad de amor, todas las consagraciones serían inválidas porque ya no tendrían la caución del Cuerpo Místico (2). Estamos pues fuera de la realidad de la Eucaristía haciendo de la comunión algo fácil y corriente en que pensamos que abrir la boca, es recibir al Señor. No es verdad, porque no recibimos al Señor en la boca, porque además la más rigurosa expresión, la de Santo Tomás de Aquino, afirma netamente que la Presencia de Cristo en el Santísimo sacramento es absolutamente insensible, no física, y que ningún procedimiento físico puede alcanzarlo. Todo lo físico se refiere a las especies, y no se debe olvidar nunca que al decir: “El Cuerpo de Cristo”, se expresa en resumen: “El sacramento del Cuerpo de Cristo”. No hay que olvidar que se trata de un sacramento, de un signo, del sacramento del Cuerpo de Cristo. En rigor, decir “El Cuerpo de Cristo” no es justo (3)

La Misa es la reunión cósmica en que todo el Universo vuelve a comenzar…

Hay pues una mediación necesaria en las especies sacramentales, primero por la Encarnación, y que es necesaria también como soporte de las operaciones físicas. Se dividen las especies pero Cristo no se divide. Comemos las especies, pero no a Cristo. Se traspasan las especies pero no a Cristo. Todas las operaciones físicas se hacen sobre las especies y Cristo permanece inaccesible a todas ellas. Tanto que, como ustedes saben, Santo Tomás excluye toda aparición de Cristo en el Santo Sacramento. Todos los que han tenido visiones de Cristo en el Santo Sacramento tuvieron visiones que no eran sino cambios subjetivos de la mirada (ejemplo: el caso del cabo de Bolzano), y no modificaciones de las especies mismas que habrían dejado aparecer al Señor. Cristo, dice Santo Tomás, no puede aparecer en el Santísimo Sacramento porque justamente está Presente bajo un modo que excluye toda especie de alcance físico, de tal manera que las profanaciones que se podrían ejercer sobre la hostia no son profanaciones sino en la intención del hombre pero no tocan al Cuerpo de Cristo, precisamente porque Cristo está presente de manera NO FÍSICA, REAL. Es una PRESENCIA REAL PERO NO LOCAL, como dice también Santo Tomás: “una presencia no localizable, no accesible a cualquier experiencia física”.

Y esto es importante: por la manducación de las especies sagradas comulgamos a la Presencia del Señor. Entonces todos los problemas de digestión son evidentemente eliminados porque no se trata de eso: hay MANDUCACIÓN ESPIRITUAL que nos REFIERE A LA CRUZ, ya que finalmente se trata de alimentarse de la paradoja de un Dios que muere, y de sacar la Vida en Su Muerte, de reconocer en el Crucificado al PRÍNCIPE DE LA VIDA.

Es pues extremamente importante vivir la Eucaristía como comunión universal con toda la Humanidad y todo el Universo, y no es menos importante presentarla así si hemos de catequizar: hay que presentar la Eucaristía con esa exigencia formidable de la COMUNIÓN POR LOS DEMÁS…

Es además la mejor manera de invitar a los fieles – es decir a gente que tienen la fe y están centrados en el Señor – es la más hermosa manera de invitarlos a COMULGAR COMULGANDO POR LOS DEMÁS, con los demás, invitarlos a SER EL VIÁTICO DE TODA LA HUMANIDAD, a ser comunión de todos los moribundos, de todos los accidentados, de todos los desesperados, de todos los prisioneros, de todos los solitarios, de todos los muertos, de todos los vivos, invitarlos a reunir la Historia, toda la Historia alrededor del Altar.

Me parece que eso es la Misa, que eso es la Eucaristía: que toda la Historia se reúna, todos los personajes de la Historia, ya sea César, Platón, Aristóteles, Demóstenes, Cicerón, Plotino, Descartes, Arquímedes… Todos están presentes alrededor del Altar, y quizás esperan ese momento, si se trata de un momento, para más allá del velo y en la vida intemporal que es la vida liberada de todo lazo terrestre, quizás esperan ese momento para entrar en la plenitud de la Vida.

La Misa es la reunión universal y cósmica en que todo el Universo comienza de nuevo, y en que millones y millones de hombres son alimentados por el gesto de amor que realiza la Iglesia que totaliza toda la Humanidad y realiza en la Eucaristía una comunión realmente universal.

No hay pues que hacer estadísticas sobre el número de comuniones distribuidas en la parroquia como si fuera un elemento normativo. Hay tantos y tantos niños, tantas jóvenes en las instituciones que comulgan todos los días porque eso está bien, porque es bien visto, porque no les molesta, también con frecuencia porque, para su sensibilidad muy despierta, Dios es como un sucedáneo del amor esperado y su fervor se orienta hacia Dios porque no hay nadie más, ¿verdad? Ustedes conocen mujeres jóvenes muy enamoradas de Dios ¡hasta que encuentran un hombre! Y cuando han encontrado un hombre – que les conviene – se dan cuenta de que eso era lo que buscaban finalmente.

Entonces cuántas de esas comuniones no cambian absolutamente nada en el ser, y cuando quedan libres esas niñas y llegan a la Universidad, vemos que no son más sólidas que los demás, que no resisten mejor que los demás, porque justamente, ese gesto no era un gesto realizado en lo universal, no era un gesto experimentado en la comunión mística con todos los hombres, para encontrar a la Cabeza y al Jefe de los justos. Además, los que no tienen una noción muy viva de Cristo reaccionarán más fácilmente al aspecto de una comunión humana.

Alguien me decía, justamente, que tenía a veces dificultades y yo le aconsejé: “Pues comience por ahí, por la comunión humana. Haga fructificar lo que ya es claro en usted. Antes de vivir la totalidad de la fe bajo todos sus aspectos simultáneamente y con la mima profundidad, hay que hacer fructificar lo que, para usted, ya es vivo”. Si pueden considerar la Eucaristía como comunión humana, como comunión con todos los hombres y por ellos, como totalización de la Historia, como reunión de todo el Universo, tendrán ya una cosecha muy grande que recoger y que realizar fuera de ustedes mismos, el resto vendrá poco a poco. Mientras más se comprometan en una comunión humana, más cerca estarán de Cristo y finalmente, llegarán a vivir la totalidad del Misterio.

Es pues muy cierto que la Eucaristía es la exigencia de nuestra presencia, la exigencia de nuestra presencia real a Cristo el cual está siempre presente, pero que nos es inaccesible cuando no estamos presentes, como sucede en la vida del espíritu. Si tienen en la biblioteca toda la sabiduría del mundo, siguen necesitando leer los libros que contiene. Si los dejan en los estantes, toda la Sabiduría que contienen se les escapa. La vida del espíritu es vida de reciprocidad y nada sucede si no estamos presentes a ella (4).

Toda vida cristiana debe estar ordenada a la constitución del Cuerpo místico de Cristo.

Todos los sacramentos, principalmente la Eucaristía, están instituidos por el Señor para la constitución del Cuerpo místico. Es la Iglesia la que "fabrica" el pan eucarístico, y es el pan hecho Cuerpo del Señor el que constituye la Iglesia, su Cuerpo místico… Esto debe marcar el espíritu de reunión en que se debe hacer la visita al Santísimo Sacramento. La transustanciación debe situarse en el contacto con el Cuerpo místico… (El amor del Cuerpo místico de Cristo y una verdadera pasión por constituirlo deberían ser aún más nuestros y estimular de manera muy fuerte nuestro Amor del Señor. ¡Nada desean más el Hijo, el Padre y el Espíritu!)

CRISTO NOS ESPERA PERO JUNTOS. Por eso la Presencia eucarística no puede ser sino Presencia comunitaria. Y aunque hagamos la visita al Santísimo, no puede ser sino en espíritu de asamblea, y con el lazo cuyo centro es precisamente la Eucaristía, lazo con toda la Humanidad. No sé además si el culto de la Eucaristía separado de la liturgia es la mejor inspiración. Que el Santísimo Sacramento sea Presencia que permanece y que por consiguiente se le rinda culto, no veo inconveniente a condición de que no se pierda nunca de vista que se trata de una PRESENCIA COMUNITARIA, y que por tanto no se la puede abordar sino asumiendo toda la Humanidad y todo el Universo.

Y ahora podemos cuestionarnos – si esto puede abrirnos un horizonte – sobre lo que sucede en el momento de la Consagración. Este acontecimiento se sitúa desde luego en el contacto del Cuerpo Místico con su Jefe. Y puesto que en las especies hay un vehículo indispensable, ¿qué es lo que pasa? ¿Sucede algo? Calvino tenía una teoría bastante particular, que se resume a esto: “En el momento en que se repiten las palabras de la institución, Cristo se nos hace Presente. Las especies no cambian, pero SE ASEGURA LA PRESENCIA DE CRISTO. Algo así como en el Bautismo, cuando se pronuncian las palabras, se confiere la gracia de Cristo sin que pase necesariamente – según las escuelas teológicas – por el agua misma”. Para Calvino, la Presencia no pasaba por las especies pero era real. Era real en el sujeto, en el que comulga.

La Iglesia católica insistió sobre la transformación de las especies como condición sine qua non, y fue hasta el fin de su afirmación creando la palabra transustanciación que ha sido tratada al infinito por los teólogos a partir de la concepción de la sustancia, de los accidentes, etc. ¿Es muy, muy convincente? ¿Qué es la sustancia? ¿Qué son los accidentes?

Lo que se puede retener en todo caso como definitivo en esta afirmación es que no sucede nada visible. Visiblemente no hay cambio. Entonces si hay cambio es invisible. Y llamemos lo visible accidente e invisible la sustancia. Es cuestión de convención, si quieren. Entonces, en este caso, diremos transustanciación: el cambio se traduce de manera invisible.

¿Cuál es el cambio? ¿Podemos sacar provecho de la física actual? Sería quizá temerario, pero dado que ya hemos encontrado la noción de número como constitutivo de la esencia del cuerpo, ¿no podríamos considerar – es una simple sugestión – considerar la Eucaristía en efecto como la comunicación del número, del número que constituye la esencia del Cuerpo del Señor? Si imaginamos que el número corresponde a un largo de ondas, podemos imaginar el Cuerpo de Cristo mismo como una especie de inmensa irradiación que se difunde, continuamenteademás, lo cual converge con la visión paulina de una cosmicidad de Cristo. Él estaría presente a todo el Universo y le volvería a dar su estatuto divino.

Cristo estaría entonces en su Humanidad en razón de la música propia de su Humanidad, en razón de su número. Sería como una inmensa vibración, una irradiación inmensa siempre ofrecida, siempre esperada, que llega a todo el Universo en una especie de "pasaje" que no obedece naturalmente a las leyes de la física puesto que estamos fuera del espacio-tiempo. ¿Se puede considerar que la consagración pone, de cierto modo, en vibraciónlas especies comunicándoles el número de Cristo? ¿Sería eso quizá?

En todo caso es una imagen que no repugna a la realidad de nuestra experiencia ya que nuestro cuerpo es eso, nuestra voz es eso. Toda realidad se reduce, finalmente, a una vibración en que nada vibra además, en todo caso a un número, a cierta música, al menos a una música esencial. Puede que sea eso lo que constituye el cambio, simplemente. Poco importa entonces que se afirme la realidad de la Presencia, esa realidad corresponde naturalmente a la realidad de la humanidad.

Pero como todavía estamos tratando de definir nuestra propia humanidad, de buscar el número de nuestro cuerpo, no podemos pensar apodícticamente todo lo que puede ser la Humanidad del Señor. Concebimos por analogía las especies de vibraciones siempre presentes, siempre difundidas, siempre ofrecidas, pero que no recibimos porque nos falta el receptor. Ahora bien, la consagración abriría el receptor, que recibiría entonces la emisión siempre y continuamente difundida en todo el Universo por la Presencia de Nuestro Señor, que es la coronación del Universo, y que asume su unidad y su divinización. Esta imagen pueden echarla a la basura o quedarse con ella si les puede servir.

En todo caso está fuera de duda que la Eucaristía es el vinculum unitatis, el lazo de la unidad, que la Eucaristía supone nuestra presencia eclesial. Una presencia total a todo el Universo y a toda la humanidad. A este título, ella es el resumen del Evangelio, ya que no se puede llegar a Dios sino poniéndose al servicio del hombre en el arrodillamiento del lavamiento de los pies. Entonces se puede decir que las tres cosas no hacen sino una: el mandamiento nuevo, el Lavamiento de los pies y la Eucaristía. Es siempre la misma expresión, la misma exigencia, la misma universalidad, el mismo amor. Pero esta concepción, en todo caso, no se presta a ninguna interpretación mágica, se ve bien que no pone a Dios al alcance de la mano, Lo pone al alcance del corazón, lo que es muy distinto. Es dándonos, y precisamente constituyendo esa inmensa cadena de amor universal, como entramos en el espíritu de Cristo.

Lo que es verdad para la Eucaristía lo es también para los demás sacramentos. En todos los sacramentos hay igualmente una ordenación a la humanidad entera, una ordenación a los demás(5). ¡No habría sacramentos sin los demás! No habría necesidad de símbolos si estuviéramos solos. Hay que encontrar un lenguaje, un lenguaje que no traicione la persona que comunica, un lenguaje común, un lenguaje realista, un lenguaje que reúna a todos los hombres. Y los signos sagrados que son los sacramentos, que derivan de la Eucaristía o que preparan a ella, que contienen el deseo de ella, como el Bautismo o la Confirmación que son los primeros sacramentos de iniciación, un conjunto que forma la pareja de la liturgia oriental y que no hay que separar, al menos espiritualmente, ya que son los sacramentos de iniciación y que son, por lo mismo, los sacramentos de la misión: pues toda gracia es una misión. ¡Toda gracia es una misión! Por consiguiente, no se recibe el Bautismo para sí mismo sino para los demás.

El sacramento de Penitencia... está ordenado a la construcción del Cuerpo místico, más aun que los demás.

Y esto tiene gran importancia porque si queremos desarrollar la conciencia de una exigencia bautismal en los padres, ya no podemos utilizar hoy el argumento del pecado original, es demasiado difícil de manejar y también muy difícil de definir. El pecado original es además colectivo, es toda la Humanidad la que está en estado de rechazo, toda la Humanidad la que descompone el Universo sustrayéndolo a Dios por el rechazo mismo de amar a Dios, no por el pecado original.

Una mujer que acaba de dar a luz un hijo no tiene el sentimiento de que su hijo está bajo la ley del pecado. Está jubilosa, lo adora, se emociona, no cree que sea presa del demonio. Sería una ofensa decírselo, eso chocaría contra todas sus capacidades de entrega y de amor cuando ella llevó ese hijocon muchos contratiempos. Es parte de ella, le ha consagrado su propio ser y ahora necesita prodigarle todo su amor.

No se le puede decir a una madre que su hijo está bajo la dominación de Satán y que va a ser purificado, liberado e investido de la gracia de la salvación. Es más sencillo decir que el hijo va a ser introducido en la comunión del amor donde ya no será un simple bebé sino una conciencia habitada por Dios y que va a irradiar sobre la Humanidad entera, sobre todo el Universo, una conciencia habitada por la Presencia de Dios del que se hace templo, santuario, tabernáculo y cáliz… Es algo prodigioso que un niño que está revestido de una fragilidad extrema, que depende a cada instante de sus padres y de los cuidados que le dan, pueda ser al mismo tiempo custodia de Dios, ser fuente de la irradiación divina para la Humanidad.

Bajo este aspecto nadie puede ofenderse porque esa es una verdad muy auténtica, y sabemos que, finalmente, precisamente, lo que importa es que el hombre surja de sí mismo, lo cual no puede hacer sino estando enraizado en Dios. Ese enraizamiento en Dios lo podemos presentar de manera muy positiva, como ordenado hacia el Cuerpo Místico, hacia el género humano, ordenado hacia todo el Universo, y los padres aman a los hijos y no pueden no emocionarse si les presentamos el Bautismo como una apertura inmensa que saca al niño de su parasitismo inevitable ya que depende radicalmente de los demás, haciendo de él desde ya una fuente, un origen, un espacio y un creador.

Es el templo lo que se construye en el niñito, ¡él es santuario de Dios! Eso le confiere una nobleza extraordinaria y establece el diálogo entre la madre y el hijo, diálogo que será más y más de persona a persona, utilizando cada vez menos el lenguaje porque la luz de las intimidades que se encuentran hará todos los gastos. Hay pues un ennoblecimiento del niño al ser introducido en un orden divino para ser portador de la Vida divina a toda la Humanidad y a todo el Universo.

La Confirmación, evidentemente, va en la misma dirección, ya que es nuestro Pentecostés, ya que confirma de manera explícita que toda gracia es una misión y que no se puede guardar a Dios para sí mismo quedándose en un rincón, sino que necesariamente somos apostólicos, somos enviados como apóstoles y recibimos la gracia para comunicarla.

Es pues perfectamente cierto concluir que los sacramentos de iniciación se ordenan a la humanidad y fundan una comunión humana universal, y esta comunión humana universal es la que compromete nuestra fe. Los sacramentos están rigurosamente ordenados a la construcción del Cuerpo Místico, a expresarlo, extenderlo, a hacer sensible a través de Él la Presencia del Señor.

Los sacramentos de la restauración son el de Penitencia y el de Extrema Unción, que forman una nueva pareja, que son complementarios uno del otro, y que deben restaurar en nosotros un orden que hemos recibido en el Bautismo, un orden natural que rompimos con nuestras infidelidades. Digámoslo como hipótesis, ya que no nos confesamos necesariamente si no tenemos faltas, y no se recibe la extrema unción sino con un fin de purificación.

Entonces podemos considerar primero el sacramento de Penitencia. El sacramento de Penitencia que, en la Iglesia latina se ha precisado con normas jurídicas extrema­mente precisas, con consignas muy estrechas y rigurosas, porque los latinos tienen necesidad de poner puntos sobre las íes, mientras los orientales en general hacen las cosas de manera más sencilla, sin preocuparse demasiado por esto o aquello, sin precisiones, porque tienen otra mentalidad. Pero es cierto que el sacramento de Penitencia mismo tiene un valor muy particular, quiero decir que, como todos los sacramentos, conlleva una dimensión humana y una referencia a los demás. Lo cual lo hace además necesario.

Si estuviéramos solos no necesitaríamos el sacramento de Penitencia, nos dirigiríamos a Dios sin la mediación de Cristo y de Cristo-Iglesia. Pero no estamos solos, justamente, y por lo mismo no hemos ofendido solamente a Dios, sino también a los demás. Hemos roto la comunión de los santos, hemos puesto un obstáculo a su difusión, hemos quizá precipitado a los demás a la desesperación, quizá cambiaron o inclusive perdieron su vocación por causa de nosotros. En todo caso, ¡no hay una sola falta que no tenga influencia sobre los demás! los arrastramos en nuestras tinieblas, como también, afortunadamente, los arrastramos en nuestro amor.

Entonces está muy claro que, habiendo ofendido a la humanidad y no solo a Dios, debemos recibir la absolución de la humanidad. Por eso la confesión es urgente. No a causa de Dios – se puede muy bien restablecer nuestra situación ante Dios mediante un acto de amor, no hay que perderlo nunca de vista –. Es cierto que un acto de amor nos vuelve a poner en equilibrio ya que, suponiendo que hayamos perdido el contacto con Dios, lo volvemos a encontrar mediante un acto de amor; porque el pecado no es un acto inscrito en un libro y percibido en sus consecuencias visibles. El pecado somos nosotros, nosotros en estado de rechazo, como la gracia somos nosotros en estado de aceptación, irradiados por la Presencia divina que nunca nos falta, pero a la que faltamos nosotros y que, inmediatamente nos llena cuando estamos en estado de apertura. Es cierto que por la contrición, que es un acto de amor, tenemos los medios de restablecer nuestra situación con Dios, de volver a su amistad si la habíamos perdido, lo que es poco probable, y de comulgar con los demás en el gozo de la reconciliación.

Por eso – esto es perfectamente cierto – por eso digo sin cesar, cuando hablo a religiosas que tienen dificultades, que no pueden confesarse, sea porque el capellán no es su confesor, sea porque les incomoda recurrir al confesor habitual, sea por otra razón, les digo: “No se preocupe nunca, vaya a comulgar como esté, haciendo un acto de amor. Estén seguras que un acto de amor es incompatible con el pecado, ya que el pecado es un acto de rechazo, y si amamos ya no hay problema, pero nos queda una deuda con la humanidad y tenemos que ofrecer a la humanidad visible una reparación visible en el gesto de la confesión sacramental, coronada por la absolución sacramental. Entonces, les digo a las religiosas, se confiesan cuando puedan, cuando tengan la ocasión. Cuando estén con un sacerdote que les inspire confianza, podrán descargar su alma sin temor de que sea profanada por manos indelicadas de un confesor indelicado. Mientras tanto, vayan a comulgar sin ninguna especie de inquietud.

Y eso puedo decírselo a ustedes: hay que elegir siempre el estado de gracia. Cuando sentimos el deseo de comulgar ya estamos con deseos de amar, y basta explicitarlo en un acto de amor para poder ir a comulgar, y confesarnos después, cuando tengamos la ocasión, para obtener la absolución de la humanidad a través de la Humanidad de Nuestro Señor que nos asumió no solamente en nombre de Dios sino también en nombre de la humanidad.

Esto tiene también una gran importancia para la gente de afuera que imagina difícilmente qué puede ser la confesión, qué conlleva y su porqué. Si les explicamos que somos deudores con la humanidad, que toda alma que se eleva eleva al mundo, y que toda alma que se rebaja rebaja al mundo, la gente de afuera comprenderá mejor la importancia de la confesión, la cual podría además tomar otras formas.

He dado a veces la absolución colectiva por falta de tiempo y urgencia. Veía que había gente que quería comulgar y no se había podido confesar y di la absolución en grupo. Podríamos desear abandonar toda esa nomenclatura de exámenes de conciencia y no entrar en detalles. Finalmente, amo o no amo. Ya les dije: si no amo, estoy afuera, y si amo, estoy dentro. Es inútil de epilogar sobre cada una de mis falencias. Eso sería volver a caer, sería una manera de centrarme en mí mismo y de permanecer en mis propios límites.

Pero hay que recordar que sigue en pie la orientación hacia el Cuerpo Místico y a los demás, y que somos deudores mientras no hayamos ajustado nuestra posición para con ellos. Es lo que constituye la nobleza de la confesión sacramental, que es un reconocimiento de la grandeza humana, un reconocimiento de la grandeza de los demás que nos están confiados, que finalmente no pueden llegar a un resultado creador si no somos para ellos justamente un espacio ilimitado.

Creo pues que hay que sostener esencialmente la ordenación de todos los sacramentos a la humanidad, y más especialmente la del sacramento de Penitencia, que es el más controvertido y que parece controvertible porque el estado de gracia puede ser restablecido por un acto de amor, pero eso no es incompatible.

Dios no necesita signos puesto que es interior a nosotros, pero los demás, que no están dentro de nosotros visiblemente, los necesitan. Y la confesión tiene además mucha virtud pues previene con frecuencia las crisis más graves, previene las tentaciones más peligrosas, y pone en estado de verdad, anticipa el Juicio final, que será justamente la expresión de lo que somos realmente. Si no tuviéramos motivo de confesarnos, tendríamos pues que tomar conciencia al menos de que estamos en deuda con la humanidad y que debemos pagar la deuda mediante un don de nosotros mismos adaptado a las circunstancias.

Los sacramentos son una manera de irradiar sobre todo el Universo y de comunicar a Dios a todas las criaturas.

La Extrema Unción termina esta obra de purificación y busca hacer de la muerte un acto de vida, un acto de vida en la comunidad y para ella. No se trata absolutamente de macerar en el miedo, de alimentar el terror de la muerte, ¡es todo lo contrario!... Se trata de vencer la muerte en la comunidad y para ella, y de recibir la Unción de los enfermos en espíritu de participación y de unión con toda la comunidad. El hombre que quiere hacer de su muerte un don a toda la comunidad cumple evidentemente el máximo de la caridad.

El Matrimonio: no es necesario extenderse sobre el Matrimonio que es, por excelencia, el sacramento de la comunidad. San Pablo lo definió en la carta a los Efesios, de manera única para todos los tiempos, aunque subordina todavía la mujer al hombre. Lo dice de manera magnífica hablando del Cuerpo de Cristo: “Cristo cuida de su cuerpo, lo honra y preserva su integridad, así pues…”

Entonces vamos a considerar el matrimonio, como lo hace San Pablo, como el Cuerpo de Cristo, o más bien el sacramento que representa y realiza el desposorio de Dios con la humanidad”. Es el sacramento más eclesial en la formulación paulina, con ordenación formal al misterio de la Iglesia y a la comunidad, es decir que lo sitúa en su verdadero plano, que hace del Matrimonio una sociedad de Personas que intercambian el Infinito, que encarnan a Dios en la transmisión de una vida personal, y constituyen su duración mediante los nuevos miembros que ofrecen al Señor. Es pues indiscutible que este sacramento eminente está ordenado a la comunidad.

El Orden: No es necesario decir que el Orden también está ordenado a la Comunidad. Constituye el sacramento de su unidad.

Todas esas iglesias dispersas que son los hogares unidos por el sello del matrimonio-sacramento, todas esas pequeñas iglesias, tan admirables e indispensables para la fe cristiana cuando se la vive realmente, están enraizadas en la grande Iglesia, en la Iglesia Única, por el sacerdocio del sacerdote, sacramento de la unidad, que ejerce, por esta función unificadora precisamente, su paternidad universal. El hecho de que, justamente, el fiel llame “Padre” al sacerdote, dice bien que, en la perspectiva del fiel, el sacerdote tiene el papel de reunir, que él es el padre de familia para toda la humanidad, y que por tanto puede dispensar en la ordenación a la unidad todos sus poderes de amor, de entrega y de ternura.

Una vez más, no se trata de ser eunucos y de retirarnos de la circulación, sino, al contrario, de entrar de lleno en la masa humana, de hacernos solidarios de todos y de cada uno, y de llevarles a todos y cada uno la Presencia del Señor.

En esta mirada extremamente rápida, vemos pues que en el sacramento hay una ordenación a los demás que es consustancial a los sacramentos (6). Por eso se puede decir que cada sacramentolo recibimos para los demás y no para nosotros.

Eso nos libera de todas las cuestiones de escrúpulos, o de indiferencia, porque los sacramentos podrían sernos eventualmente indiferentes. Podríamos no sentir la menor atracción hacia la comunión o hacia los demás sacramentos, pero si vemos en ellos una manera de irradiar sobre todo el universo y de comunicar a Dios a todas las criaturas, el problema parece diferente.

Ahí llegamos de nuevo justamente a una grandeza humana ilimitada y tomamos verdaderamente en cargo toda la Historia de la Humanidad. Me parece que en este espíritu es como tenemos no solamente que comunicar sino presentar a los demás los misterios de la vida del organismo sacramental, insistiendo siempre y únicamente sobre los lados positivos: una comunicación que tiene en miras a los demás, que se dirige a ellos, y que es finalmente para ellos la manera concreta de manifestar que somos la Iglesia, que somos la mejor Iglesia, y que estamos presentes aquí, ahora, para los demás, a fin de comunicarles lo mejor que tenemos por la gracia de Dios.

Toda magia queda excluida del organismo sacramental, toda facilidad también, ya que la exigencia de estar juntos y de crear el Cuerpo Místico es la más rigurosa que existe. No hay exigencia que pueda comprometernos más que ésa. Deberá hacerse cada vez que recibimos el sacramento, deberá hacerse universal. Nada puede interesar más a la Humanidad que la universalidad que los sacramentos nos invitan a realizar.

*

***

*

Oración :

Oh Dios, Padre, Hijo y Espíritu, Tú quieres con toda la fuerza de tu Amor que todo hombre se salve. Tú quieres que todos nos apasionemos por la construcción del Cuerpo místico de tu Hijo: Él quiere con todas sus fuerzas de Amor, que todo hombre tome el lugar a que lo destina tu Amor desde toda eternidad. En el inmenso Cuerpo místico de Tu Hijo, en ese Cuerpo perfectamente Espiritual, en ese Cuerpo en el que Tú quieres reconocer al Padre y vivir Su perfección de Amor, concédenos que no lo desfiguremos sino que, para su construcción, cada uno de nosotros sea la imagen perfecta del Hijo muy amado, todo don y todo ofrenda, que vive y reina contigo y con el Espíritu por los siglos de los siglos.

Notas :

(1) Estas palabras inéditas y sorprendentes pueden ser mal entendidas por la mujer. En el misterio de la Santísima Trinidad, Dios Padre hace eternamente del Hijo su perfecto igual, y no hay un instante en que no lo sea. Pero hay que pensar también que es el Hijo el que da al Padre, eternamente, el ser Padre. Sucede lo mismo con la mujer: el hombre debe hacerla su igual, al mismo tiempo que es ella su primera cuna. Las palabras de Zúndel son entonces aceptables y luminosas. En la Trinidad hay una inferioridad aparente del Hijo. Por eso Jesús nos dirá que el Padre es más grande que Él, pero es solo apariencia. Lo mismo la mujer: aparentemente tiene una inferioridad respecto del hombre, subrayada en el relato de la creación en el libro del Génesis. Pero en realidad tal inferioridad no existe.

(2) El Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia, debe dar su caución a toda consagración eucarística para que sea válida. Este pensamiento no es habitual para nosotros y hace desvanecer en nosotros toda concepción mágica del sacramento.

(3) Esta expresión de la realidad sacramental trataría de impedir toda concepción mágica de las palabras de la consagración y todo culto idolátrico del Santísimo Sacramento.

(4)La pregunta ¿por qué instituyó Cristo la Eucaristía?, tiene una respuesta muy sencilla: para darnos, o mantener en nosotros, al Espíritu y para dárnoslo a cada uno Y a todos juntos. Toda comunión está al servicio de la vida Espiritual. Es el pan que da al Espíritu, decía San Ireneo. La Eucaristía fue instituida para permitir la constitución, la construcción, del Cuerpo de Cristo. Es el alimento esencial del Cuerpo de la perfecta esposa que hace vivir, que recibe en la comunión eucarística al esposo mismo, lo recibe en la comunión a Su Cuerpo y, en Él, indisociablemente, a toda la humanidad. Es un alimento eminentemente Espiritual.

(5)La esencia misma del sacramento es estar ordenado por Cristo mismo a la construcción de Su Cuerpo místico. Es por excelencia el medio para vivir la vida cristiana, el medio que da la gracia de poder vivir la vida como cristianos. Se puede decir que es el don de sí mismo realizado por la ordenación y que la gracia de los sacramentos es lo que permite a cada uno realizar el don de sí mismo.

(6) Es como un lema de Zúndel, la “ordenación” de todos los sacramentos hacia los demás y no hacia el que los recibe porque toda gracia es una misión. Ahí encontramos la perspectiva auténticamente cristiana de la ordenación de los sacramentos a la constitución del Cuerpo místico. Ahí debemos ver al mismo tiempo la similitud con lo que eternamente sucede en el Dios Trino en el que el YO divino de cada Persona divina es siempre el Otro.

 

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