Homilía de Mauricio Zúndel en Londres, en 1930. Inédita.

Pax

¿Es posible ser humilde de otra manera que en palabras?

Siempre estamos listos a hablar de lo malo de nosotros – excepto el mal que hacemos – listos a desvalorizar nuestras acciones y obras.

Pero si alguien señala nuestros verdaderos defectos o hace una justa crítica nuestros actos u obras, nos hiere profundamente y nos parece injusto.

En realidad deseamos que nos admiren y no soportamos reconocer que nos hemos equivocado y que no tenemos razón.

Y si lo hacemos, siempre damos una buena explicación del error, que indica que no podíamos obrar de otro modo en ese caso, y que en el fondo jamás nos han faltado razones.

La verdadera dificultad, creo, es el equívoco que reina en nuestra mente respecto de la humildad.

La humildad no consiste en ponernos ciegamente por debajo de los demás. No es humildad decir, por ejemplo, que uno juega menos bien que otro, cuando juega mejor.

La humildad es tomar nuestras medidas según el modelo ideal que tene­mos en Jesús, tomar conciencia de que estamos ante lo que deberíamos ser.

Supongamos que somos mejores y más perfectos que todos los hombres, eso no significa que, a los ojos de Dios, hayamos hecho todo lo que debíamos.

Y justamente, porque hay siempre una margen infinita entre lo que estamos llamados a ser y lo que somos, siempre habrá lugar para la humildad más sincera y profunda.

Jesús y yo ¿Qué soy yo en relación con él?

¡Ahí está la verdadera pregunta!

Y la humildad solo es posible en la conciencia siempre actual, en la clara visión de esta relación.

A partir de ahí podemos ser humildes de verdad en nuestras relaciones con la gente, porque es ante Jesús que nos prosternamos, doblegando, como dice santo Tomás, lo que tenemos de nosotros mismos ante lo que ellos tienen de Dios, y sirviendo a Cristo en ellos, como él sirvió a su Padre, en el lavatorio de los pies, adorando en ellos, adorando en Judas mismo, el rostro luminoso de Dios.

Jesús y yo. Ahí encuentra su fuente la humildad, y por lo mismo ahí es donde el Amor renueva su fuerza.

Pues todo lo que me separa de Jesús me muestra todo el camino que recorrió para venir a mí, y todo lo que mi confianza puede lograr de una amistad que ninguna de mis faltas ha podido disminuir.

Y sin duda por eso es que Dios no puede ser nuestra vida sino mediante consentimiento de todo nuestro ser, mediante un don total de Amor. Él está luchando por suscitar en nosotros la humildad en que tiene su fundamento el Amor, dejando que el ángel de Satanás nos dé bofetadas como quiera, y que el alma sea tan a menudo víctima de la agonía de su propia miseria.

Pero, como dice el Salmista: “Es bueno para mí que me hayas humillado (Sal. 119:71) ya que así sé mejor cuánto me has amado, viendo que no puedo nada, si tú no haces en mí lo que esperas de mí.

Jesús y yo.

¿Cómo no amarlo, a causa de la miseria misma que él quiere sanar, y cómo no desear darle todo lo que somos y todo lo que tenemos?

Y ahí están los hermanos, y en nuestros hermanos él, para recibir todo lo que somos y tenemos. Así podemos de verdad servirles simplemente, con sinceridad, puesto que ya nada oscurece el sentido de la grandeza a que estamos llamados de verdad, puesto que es en realidad ante él que nos arrodillamos.

Libres de nosotros y de los demás, en un acto vivo de fe y en un acto de verdadera caridad.

Jesús era el Maestro, y servía. Sirviendo también, seremos como él: humildes de corazón.

Hermano Benedicto*

*Nombre que Mauricio Zúndel utilizaba, como terciario benedictino.

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir