Conferencia de M. Zúndel en Vevey, Suiza, en 1933. No publicada.

Señoras y Señores,

El problema de Dios es uno de los problemas de que uno, sintiéndose apabullado por la incapacidad y la indignidad, jamás quisiera hablar, pero es un problema tan vital y urgente que estamos obligados a abordrlo aunque sintamos muy profunda­mente nuestra incapacidad y nuestra indignidad.

Ustedes vinieron esta noche a oír hablar de él, a escuchar hablar de Dios porque en sus corazones sienten por él un hambre irresistible que los atrae.

Ustedes me perdonarán mi incapacidad y la pobreza de mis palabras y con la luz de sus corazones y con toda la fuerza de su buena voluntad, ampliarán las sugestiones que trataré de presentarles. Es lo único que puedo hacer. No voy a presentar demostraciones, sino solamente, si fuere necesario, tratar de orientar su mirada en la dirección que conviene. Y puesto que vinieron motivados por él y que su gracia actuará seguramente en ustedes, yo me atrevo a abordar el tema.

El problema de Dios es el problema mismo de nuestra vida; no se introduce de afuera en ella sino que nos lo propone la vida misma. Nuestra vida es progreso, o al menos, exigencia esencial de progreso. Tiene valor por la novedad imprevisible que un nuevo impulso nos permitirá lograr, y la novedad misma es una invitación y una solicitación aún más apremiante a superarnos. Impulso, progreso, toda la acción y la obra del hombre tiene valor por ese impulso siempre creciente, por el esfuerzo de superarse, por la corriente que pasa y que nos arrastra más allá.

La vida es progreso, exigencia de progreso y de esfuerzo, impulso a ir más lejos.

En el dintel de su vida, el escultor se vuelve hacia la obra que acaba de terminar y mira sus primeras obras en que se adivina sin dificultad la imitación de sus maestros, pero ya se perfila su propia personalidad, y recorre con su mirada toda la serie de figuras nacidas de su ternura, y sus ojos se detienen en la última de sus obras. Y ahora sabe que es demasiado tarde para seguir actuando, no puede ir más lejos, pero sabe que toda su obra es solo un impulso hacia más allá, y que cada una es solo un testimonio de una corriente que pasaba y lo llamaba a superarse y mejorar sus obras, con el fin de acercarse más a la hermosura ante la cual se encuentra ahora, y expresarla más perfectamente.

Y lo realizado no es esencialmente la obra que está fuera de él y que puede permanecer después de él en el mármol como testigo de su esfuerzo; la obra realizada es ante todo él mismo, es su corazón dilatado por el amor, es su corazón purificado por la contemplación, es el corazón ebrio de incapacidad, es la aspiración a ir ahora más allá de los símbolos visibles.

Toda su obra era solo impulso hacia la belleza, pero la belleza no pudo encerrarla en el cuerpo de su obra, la belleza está más allá, y ahora él tiene que pasar el dintel y toda su obra le ha dado el impulso para pasarlo, y tiene que ir al encuentro inefable que sigue siendo absolutamente imposible de expresar.

Todos los rincones de la tierra tienen algunos testigos de este esfuerzo, de este impulso del hombre hacia la belleza, pero no existe una obra de arte que pueda hacernos encontrar la belleza; todas son testigos del esfuerzo hacia ella, pero ninguna encierra la belleza. Todas quieren darnos simplemente el impulso que nos obliga a superar todos los símbolos visibles y que nos proyecta hacia adelante, en un impulso de adoración, en el dintel de la belleza inefable que no es ya la belleza parcial con mezclas de sombra, sino la belleza de la obra perfecta.

La obra perfecta no es la que vemos, sino justamente la que después de un momento dejamos de ver porque está toda impregnada de otra cosa, cubierta de una presencia invisible y que así, por su medio, como a través de un sacramento, estamos en contacto con la fuente luminosa que es la belleza misma. La obra perfecta es la que no vemos porque está llena del sueño, de esa Presencia, y porque nos arrastra hacia la belleza pura, el infinito que llamamos Dios.

Y como el arte, la ciencia es un esfuerzo hacia el más allá. No la ciencia de los maestros de escuela – tan digna de estima además y tan necesaria cuando se limitan a trasmitir lo que recibieron – sino la ciencia de aquellos que descubren, la ciencia de los que ven antes de deducir, y que tienen la intuición de la realidad, antes de expresarla en sus fórmulas.

La ciencia no procede de otra manera porque busca la posesión del universo y supone que el universo es con base de inteligencia y que, a fuerza de investigación, encontraremos un día la razón de ser de las cosas. Y para el sabio el descubrimiento se realiza en el momento en que capta en una razón de ser muy universal la fuente luminosa de las cosas, donde reúne en la luz de la fuente fenómenos hasta ahora dispersos. Pero por universal que sea la razón de ser que alcanzó, el sabio sabe muy bien que con su descubrimiento no agota todo el fondo de lo real; y el problema resuelto es solo el comienzo de un problema nuevo que se plantea y que jamás logra expresar en sus fórmulas una razón de ser bastante total y universal como para explicar el Todo; jamás llega a la fuente sino justamente a los bordes luminosos que superan infinitamente las fórmulas que puede ofrecer al público y que contienen para él todo el precio de su descubrimiento. Los bordes luminosos que hace brotar de su corazón cuando piensa haber hecho por medio de ellos el encuentro decisivo.

Incluso las fórmulas que nos da son pobres, comparadas con su visión. Hay en la investigación del sabio un momento único en que, lo mismo que el artista, hace el encuentro que no se expresa en ninguna fórmula; y ese encuentro que cada uno debe hacer por sí mismo, mediante un contacto personal, porque es el encuentro de una persona con una Persona, de una mente con una Mente.

Sin saberlo quizás, el sabio y el artista buscan la razón de ser de las cosas, la inteligencia que es la fuente luminosa de lo real, el Espíritu en fin, el Espíritu que es el fin, la luz que es el gozo del universo.

Y lo mismo que la ciencia llega al encuentro con el Espíritu, y que el arte llega al encuentro con la belleza, así el amor nos hace la misma confidencia.

¿Cuál es la materia del amor, el objeto del amor, toda la tragedia del amor, sino el esfuerzo por captar en un ser la fuente? Al dar la mano a un amigo, no lo hacemos para tomar su temperatura sino para comunicar con el amor, para entrar en ese ser, para identificarlo.

El amor, como el arte y la ciencia, es un esfuerzo hacia más allá. “Estamos enamorados solo del amor”, dice Goethe.

Lo que le pedimos al ser amado no es él sino ese otro que el más allá expresa en la belleza y que la ciencia buscaba bajo aspecto de la verdad y que ahora quisiéramos alcanzar en el símbolo del amor. Siempre se trata de él, siempre es la fuerza que brilla, que llena de claridad y de esperanza al ser amado y que jamás logramos encerrar, poseer definitivamente; hay que ir más lejos, cada vez más lejos, porque es como una atracción irresistible y la perdemos cuando queremos encerrarla en un abrazo carnal.

Hay, por fin, en nosotros una exigencia moral, un “deber ser” incoercible. Somos o llegamos a ser, y, en cierto modo, llevamos dentro la exigencia de ser superior a nosotros, que nos pide ser cada vez más y mejor, y sabemos muy bien que no podemos satisfacer este llamado de la conciencia sino mediante una obediencia fiel. Y a pesar de todo rechazo y resistencia, a pesar de todas nuestras negaciones, su voz sigue siempre tan pura y tan clara.

A pesar de nuestras rebeldías, y de nuestros desvíos, esa voz sigue siempre pura, transparente y clara expresando el “deber ser” que todavía no hemos realizado pero que sigue estando a la medida de nuestro ser obediente.

Si rehusamos obedecer, eso no destruye el “deber ser”, esa exigencia no se destruye con nuestras infidelidades, sigue siendo la misma, fuente de inquietud inmensa, hasta que por fin digamos SÍ y nos rindamos a la invitación.

Y sabemos que, entre los hombres, quienes obedecen perfectamente son los santos, y sabemos que al contacto con ellos somos llevados inmediatamente más allá del mundo, hacia el Otro del que son testigos vivos. Sabemos que los santos son el más corto camino para encontrar a Dios, para llevar al mundo la antorcha del Amor, y si hubiera un solo santo en el mundo de hoy, todo el universo estaría transfigurado, todas las almas se volverían hacia él para pedirle el secreto de sus angustias.

Por eso la santidad de las almas que buscan y están ávidas del alimento esencial van al encuentro del Dios inefable. Los santos son los testigos de Dios, y mirándolos, vemos a través de ellos la luz de Otro.

Como el Arte es impulso hacia la belleza, la Ciencia busca el Espíritu* que es fuente de lo real, y el Amor quiere crear el misterio inefable del Ser, así la santidad es la luz irresistible del primer Amor, y nos lleva más allá, hacia el Otro.

¿Y quién es ese Otro? ¿Quién es ese Otro que está dentro de nosotros, como impulso incoercible; que está delante de nosotros como atracción irresistible; que está arriba de nosotros como objeto inaccesible? Dentro, delante, arriba, más allá… presente siempre, siempre vivo, siempre inaccesible, ¿quién es? ¿cómo llamarlo?

Sabemos que nos espiritualizamos en la medida en que nos acercamos a él, sabemos que su cercanía nos desmaterializa y nos individualiza y nos hace personas y espíritus. No podemos pues concebirlo como algo inerte, porque es la claridad de toda cosa, la alegría de toda presencia y el misterio de todo ser.

Debemos pues concebirlo como Espíritu* y como Persona, y no teniendo idea más perfecta que la de Espíritu* y Persona, es necesario que digamos a ese Otro que nos empuja, nos eleva, nos envuelve, debemos llamarlo Espíritu y Persona. Debemos llamarlo Espíritu y Persona, pero sin querer atribuirle palabras e ideas con los límites irrisorios con que las concebimos nosotros: ESPÍRITU*, más allá de todo lo que podemos expresar, y PERSONA, más allá de lo que podemos concebir, porque son las palabras más nobles de nuestra lengua, se las debemos atribuir.

En él tenemos el movimiento, el ser y la vida, y no está lejos de nosotros dice san Pablo en su discurso a los atenienses (Hch. 17:28) – pues en él tenemos el movimiento, el ser y la vida, y su nombre es inefable, no podemos pronunciarlo, y lo nombramos solo para designar el término hacia el cual nos lleva nuestro impulso, pero sin pretender llamar con ese nombre lo que no podemos ni decir ni concebir, y por eso todos los místicos hablan de Dios como del inefable. Él es aquél que no se puede decir.

Y si me preguntas ahora cuál es su nombre, te diré: “Yo no sé”, dice a sus discípulos el autor de La Nube del desconocimiento. No podemos decir cómo es, cuál es su naturaleza, ni enumerar todos sus atributos.

Está más allá de todo lo que podemos decir o pensar, y por eso Dionisio el Areopagita dice que en las cosas divinas la negación es más verdadera que la afirmación. Y también por eso, seis meses antes de morir, santo Tomás dejó caer la pluma que había escrito la Suma, su obra de amor y claridad, no pudiendo llevar más lejos su deducción de lo divino, pues había entrevisto en su contemplación los secretos que no se pueden decir, y confió a su discípulo Reinaldo de Piperno: “Todo lo que he escrito es como paja”.

Todo lo que he escrito es como paja…” “Dios es inefable, y como dice santo Tomás, hay dos visiones de Dios: una por la cual se puede decir de Dios lo que es, por la cual se ve de Dios todo lo que es él – y esta visión es propia de los bienaventurados en el cielo – y existe otra visión de Dios, por la cual vemos lo que él no es”.

Y mientras más progresemos en el conocimiento de Dios en esta vida, más vemos que él supera infinitamente todo lo que podemos concebir y expresar. Así nuestra investigación llega a constatar en nuestra vida la Presencia que nos lleva, nos mueve, nos atrae, que es la alegría de todo y la gloria del universo, pero que no se confunde con nosotros, pues podemos rebelarnos contra él y el nombre de ese más allá es inefable.

Y sin embargo, la investigación no es vana, la vía de la negación nos conduce a un conocimiento admirable de Dios pues, justamente, haciéndonos tomar conciencia de la trascendencia infinita de Dios, nos da también conciencia de Su Amor infinito. Aunque la vía de la negación sea la más perfecta para acercarnos a Dios, es también verdad que esa vía pone en relieve magnífico la intensidad de la ternura de Dios.

Aunque no podemos decir lo que es Dios sino solamente – y qué imperfecta­mente – lo que no es él, podemos hacernos cierta idea de la ternura infinita que lo hizo inclinar hacia nosotros. Y, justamente, mientras más constata el hombre la trascendencia de Dios, más abraza ese misterio inaccesible y más cuenta se da que el término de la búsqueda humana es bien concebir lo que Dios no es, más se da cuenta de que Dios es Amor.

¡Qué lejos estamos de él, y qué incapaces somos de concebirlo y expresarlo! Y sabemos que es Espíritu porque en la medida que entramos en contacto con él nosotros mismos nos espiritualizamos.

Sabemos que la atracción que ejerce no puede ejercerla sin saberlo ni quererlo, y como es el infinito y el inefable, y nosotros no somos nada comparados con él, sabemos también que esa nada que somos no puede motivar su amor sino que es solo por su bondad que recibimos todo. Él no recibe nada, él lo da todo y nosotros recibimos, nosotros recibimos y no podemos dar nada que no hayamos recibido; él recibe como don gratuito lo que nos ha dado gratuitamente; acepta el don por una ternura divina, como si nosotros fuéramos sus iguales.

Debemos profundizar la trascendencia de Dios, penetrarnos de la inmutabilidad de Dios, entrar en la nube del desconocimiento para concebir el término de la ternura de Dios, fuente del universo. Todo depende del Amor, del Amor gratuito que solo puede dar, del Amor gratuito que no puede sino dar, del Amor gratuito que vuelve todo hacia sí mismo, no por necesitar nada, sino porque quiere colmar de su riqueza toda criatura, y el amor crea y dirige el universo; es el Amor el que lo juzgará pues como las relaciones de Dios con el universo son esencialmente gratuitas – ya que la trascendencia de Dios permanece siempre total – siendo gratuitas las relaciones de Dios con el universo, por la misma razón, son relaciones de Amor y su justicia está bajo la sombra luminosa de su Amor, al servicio de su Amor, es la realizadora y consumadora de su Amor.

Para terminar, no hay otras relaciones posibles de Dios con el universo sino relaciones que dejan intactas su independencia y su trascendencia, y que, sin embargo, hacen brillar a todo nivel la gratuidad absoluta de sus dones, y la infinitud de su ternura. Para decir como san Juan. “Creímos porque Dios es Amor” (1 Jn. 4:16).

Hay que meditar estos misterios, hacer frente a la trascendencia de Dios que todo esfuerzo humano pone en valor, en el Arte, en la Ciencia, en el Amor y en la búsqueda de la santidad, y ante la trascendencia que arriesgaría hacer demasiado lejano a nuestro Dios, tenemos que meditar más profundamente lo que surge de la contemplación de su trascendencia, contemplar el Amor: todo depende de su Amor. Dios puede tener con el universo solamente relaciones en que brillan la trascendencia absoluta y la gratuidad de sus dones, es decir, relaciones de Amor.

Y la creación es como una inmensa efusión de amor hacia afuera, como la Trinidad es una inmensa invasión de amor hacia dentro; pues ustedes conocen el misterio de la Trinidad y saben que en la medida en que las palabras humanas pueden significar algo del misterio de la divinidad, el misterio de la Trinidad significa que Dios es relación viva, don total de sí mismo, y que el Padre es solo mirada viva hacia el Hijo como el Hijo es solo impulso vivo hacia el Padre y el Espíritu Santo es un beso de amor vivo que los une.

En Dios, la conciencia de sí, lo que constituye la Persona, es justamente el don, la efusión, el éxtasis. La esencia misma de la divinidad es Amor, y como Dios es Amor en el interior, como es pura efusión de Amor, es también Amor al exterior, en la misma medida además. Y si Dios es Amor, podemos plantearnos la cuestión difícil e imposible de resolver a no ser justamente en la promesa de la trascendencia del Amor: si Dios nos es tan cercano, si nuestra vida tiene en él su movimiento, si no podemos desear nada fuera de él, si todas nuestras actividades son solo un impulso hacia él, si por otra parte solo podemos concebir a Dios como el Amor que es causa de toda cosa y que todo lo orienta hacia su Persona, podemos preguntarnos cómo es que hay en la tierra tanta ignorancia y tanta oscuridad, y cómo es que tantos hombres no han encontrado todavía a Dios, cómo podemos nosotros tener en ciertos momentos tantas vacilaciones, como el camino que conduce a él está tan rodeado de dificultades, de combates y desolación, cómo es que en esta creación que la Presencia de Dios invade por doquiera sea tan poco visible en cierto modo esa Presencia divina.

Ustedes recuerdan la petición que hay en la Biblia, en el libro del Éxodo: “¡Haznos un Dios que marche delante de nosotros!” (Ex. 31:1). Esta petición traduce muy bien las inquietudes de nuestro corazón, ¡sentimos tanto que nuestra vida es un progreso, que se debe superar! Pero enloquecidos en la búsqueda, nos parece que jamás va a terminar y quisiéramos que nuestro Dios fuera más cercano y pudiéramos cogerlo con las manos. Y entramos aquí en el gran misterio que podríamos designar como una impotencia divina – hay en Dios una forma de impotencia, una impotencia de amor – Dios podría mostrarse y entonces nada existiría, y toda criatura estaría consumada en su Presencia y nosotros nos asustaríamos de su majestad y su gloria, y no podríamos rehusar el don que debe brotar de un acto libre de nuestro corazón, y quizás ese es el punto culminante de la ternura de Dios: Dios se oculta, se rodea de silencio, de tinieblas, a fin de darnos las mismas oportunidades, que no estemos obligados, asustados, sino que el amor pueda nacer en nuestro corazón mediante un don libre de nosotros mismos.

No puedo menos que invitarlos a prolongar esta meditación en sus corazones: la impotencia de Dios, impotencia deseada, la inmensa ternura que respeta la libertad, libertad que él mismo dio, que no quiere un amor de esclavo, un amor obligado, sino un Amor interiormente libre, interiormente filial, que aclimate en nosotros la vida divina que debe ser nuestra vida eterna, mediante una acogida de todo el ser, una acogida libre; porque si Dios es Amor en su vida íntima, si es Amor para con la creación, si todas sus acciones en el universo son acciones de Amor, el retorno de la creación a Dios solo podrá realizarse mediante acciones de amor. Y por eso Dios se inclina hacia nosotros por Amor, solicita nuestros corazones en silencio y de noche, y nos pide que nos volvamos hacia él, pero libremente, como hijos que ponen la mano en la mano de su padre, y que no lo llaman “Dueño nuestro” sino “Padre nuestro”.

Y ahora, recojamos en él nuestros pensamientos, tratemos de hacer un poco de silencio interior, y sacando de nuestra mente el impulso que nos lleva más allá de todos los campos del Arte, de la Ciencia, del Amor y de la Santidad, dejémonos llevar por el impulso irresistible que surge del fondo de nuestro ser, por la atracción, el amor que está delante de nosotros, por el objeto inaccesible que está arriba de nosotros, por el poder al que debemos la vida, el cual es siempre la fuente que brota de nuestro ser y que es el Amor.

Nosotros hemos conocido el Amor que Dios nos tiene y hemos creído”, dice san Juan (I Jn. 4:16).

El problema de Dios no viene de afuera, es el problema mismo de nuestra vida. Estamos agotados porque nos encerramos en nuestros límites y ahora se nos invita a salir de ahí, a recibir la invitación que nos quiere llevar a Dios; Dios que habría podido imponérsenos, deslumbrarnos con su luz y forzarnos mediante su Presencia, se encerró en la “Nube del desconocimiento” y es dentro del alma donde solicita en secreto a cada uno de nosotros, pues no quiere ser nuestro amo sino nuestro Padre.

¿Y ahora, qué podemos hacer sino ponernos en sus manos, prestando oídos a su voz en el silencio de nuestro corazón? Y tan indignos como seamos y tan alejados como estemos de la fuente de toda luz, qué podemos hacer sino repetir el grito que el Señor Jesús nos autorizó a dirigir a su Padre celestial:

¡Padre nuestro que estás en los cielos, venga a nosotros tu Reino!

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