Del libro de M. Zúndel "Recherche de la personne (Búsqueda de la Persona) 1938 (Œuvre st-Augustin y Desclée de Brouwer), 2ª ed. Desclée 1990, (fin de la p. 197), y 1999, 2012 Mame. (*)

Usted me pidió que le hablara de la Iglesia. Y le dije: es Jesús.

Y usted me dice que le es imposible reconocer en ella el rostro de Cristo. Me habla de las honras “casi idolátricas” que rinden al Papa, del lujo que lo rodea, de la realeza irrisoria que ejerce sobre la Ciudad Vaticana, en fin, de la pretensión tan desmedida de infalibilidad que le parece una barrera infranqueable para todo hombre inteligente. Y en postdata me recuerda la inquisición haciendo alusión discreta al papa Alejandro VI.

¿Necesito decirle que comprendo sus dificultades? Usted mira la Iglesia de afuera, es decir que no la ve.

La Iglesia es un misterio de fe oculto en los abismos de la Trinidad, inaccesible a toda mirada carnal, lo mismo que la divinidad.

Usted que ama a Cristo, me dirá que Caifás o Pilato vieron a Jesús. El carácter divino de su misión y de su Persona les era invisible, pues solo una mirada interior puede percibirlo.

Permítame decirle que la perspectiva totalmente exterior en que se coloca arriesga que usted se vuelva tan exterior a la Iglesia como lo eran ellos a la Persona de Jesús.

Yo sé que la santidad de Cristo era tal que un alma de buena voluntad no podía sustraerse a su luz. Y si arriesgo esta comparación es para confesar en seguida que nuestra mediocridad le da a usted bases más que suficientes para que su rectitud tenga vacilaciones.

Los católicos serán siempre inferiores al catolicismo. Pero esta discusión no es sobre ellos y a usted no le chocará que no trate de defender los hombres que pueden hacer parte de la Iglesia o representarla por diversos títulos. Son hombres, y como tales tienen derecho a toda indulgencia, respeto y caridad que el Evangelio y la experiencia nos prescriben para con nuestros semejantes.

Ser hombre es un oficio difícil, usted lo sabe mejor que nadie, y ha mirado la vida con suficiente profundidad como para no ignorar qué dolores y desgarramientos acompañan más a menudo las faltas provocadas por nuestra debilidad.

Le confieso que me impresiona mucho más la santidad y el heroísmo de algunos que la mediocridad de la mayoría.

¿Y por qué excluir de esta amplia comprensión los hombres cuya vocación exige a cada segundo de su vida una actitud sobrehumana?

Como quiera que usted los juzgue, le repito que no debe tenerlos en cuenta para nada en esta discusión, pues solo juegan un papel indispensable en la Iglesia en la medida en que no son ellos mismos.

Pedro en Cesarea nos implica para siempre en su confesión, que será siempre la nuestra: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo.(Mt 16:16)

Cuando reniega a su maestro en el pretorio, no es sino un pecador con el cual lloramos nuestras propias negaciones.

Pedro es nuestro jefe para conducirnos a Jesús. No puede serlo para separarnos de Jesús. Su autoridad solo puede ejercerla en el sentido del bien pues reposa totalmente sobre la misión de Cristo y tiene por condición esencial la renuncia del apóstol, el eclipse de todo su ser en la persona del Señor.

Cuando Simón, hijo de Juan, busca sus propios intereses, queda sin autoridad y ya no se trata de la Iglesia, precisamente porque ya no se trata de Cristo.

Nuestra fe hace esta distinción con tanta espontaneidad que la mayoría de los católicos ni siquiera piensan en ello.

Tenemos un solo maestro, Jesús, que sigue vivo en la humanidad sacramental con la cual se identificó en el camino de Damasco, diciendo al que perseguía la comunidad cristiana: “Yo soy Jesús a quien tú persigues.(Hch. 9:5)

Porque así fue desde el comienzo. Como factor activo, Cristo solo entró en la historia bajo la forma de Iglesia.

Todo lo que hubo antes de su muerte, toda su carrera humana hasta la Cruz, todo eso habría sido probablemente olvidado si no se hubiera mostrado vivo en la Iglesia: de la cual recibimos el Nuevo Testamento que contiene, con la tradición viva en que se integra en su contexto inseparable todo lo que podemos saber de Jesús.

¿No resulta llamativo el espectáculo de una comunidad que crece de siglo en siglo repitiendo interminablemente con obstinada lealtad: “¡No somos nosotros!”?

No somos nosotros, Él es el que habla. No crean en nosotros sino en Él. Arrodillados con ustedes ante la doctrina cuyo depósito se nos confió, nosotros somos los testigos y no la Fuente.

La certeza que contiene viene de Él que es la verdad misma: siempre con nosotros para que no le revolvamos nada nuestro.

Nuestro mensaje lleva su luz, nuestras manos suscitan su gracia y nuestra autoridad es la autoridad misericordiosa del Amor crucificado.

Ya no hay Pedro, ni Pablo, ni Juan, sino Jesús. Todo lo que ven sus ojos, en palabras, personas y ritos, no es nunca más que el signo que representa y comunica la realidad divina de su Presencia y de su Vida, que solo por la fe pueden alcanzar.

Nada es más celosamente cristocéntrico que la autoridad que nos pide percibir en transparencia toda la organización visible de la Iglesia, como puro sacramento por el cual actúa solo la Persona de Cristo, y solo ella está en el misterio de identificación que nos incorpora en Él, para que Él pueda vivir en cada uno de nosotros las palabras supremas de la liturgia: “Esto es mi cuerpo. Esto es mi sangre.

La infalibilidad del Papa y de los Obispos unidos a él se sitúa a esa altura. Es la afirmación de su Presencia real en la doctrina, así como las palabras de la consagración afirman la realidad de su Presencia en el santísimo Sacramento.

No son palabras humanas: el dogma es una eucaristía de verdad y el alma que de ella se alimenta lo encuentra solo a Él, siempre.

Si la Iglesia no creyera en la infalible verdad de su mensaje, eso sería no tener conciencia de ser Iglesia, signo misterioso, sacramento universal en que Cristo prosigue su carrera y mediante el cual no cesa de invitar a todos los hombres a las fuentes de vida.

Ya no sería sino sociedad humana que invoca a Cristo y simpatiza con él, tratando de encontrar su Palabra en los textos y dando testimonio de la experiencia que pudo tener de su Presencia.

Todo eso sería ciertamente muy digno de respeto. Pero no habría Iglesia. Y sin Iglesia, ¿qué sabríamos de Cristo?

Desde el principio hay entre ella y él una solidaridad indisoluble o mejor, una verdadera identidad: “Yo soy Jesús a quien tú persigues.

¿Necesito, después de todo, decirle que los honores que rendimos al Papa como tal, abstracción hecha de lo que su valor personal pueda exigir de admiración humana, de estima y afecto, se dirigen solo a Cristo, porque de todos los miembros de la Iglesia, él es el más explícitamente sacramental y el más inmediatamente orientado a la persona de Jesús?

Estoy seguro que usted estará de acuerdo que, tomándolo desde dentro, un católico no puede tener opiniones distintas de las estoy tratando de presentarle.

Pero quizá piensa que de hecho esa identificación sacramental ha ocultado más a menudo a Cristo en el hombre y comprometido su reino con las fallas de sus servidores, en vez de revelarlo.

No puedo negar que las fallas de los hombres de Iglesia arriesgan velar la santidad del misterio de la Iglesia con el cual no podemos identificarlos, como le dije, sino en la medida en que no son ellos mismos sino sacramentos de Cristo.

La doctrina que acabo de recordarle nos libera sin embargo de todo escándalo y nos garantiza contra todo abuso, en la medida misma en que la vivimos, pues nos prescribe adherir siempre solo a Cristo y nos enseña que solo utilizamos los signos sacramentales adhiriendo a su Persona y para aumentar nuestra intimidad con Él.

Así, Cristo nunca es cautivo de nuestros límites pues la fe vivificada por el amor debe hacer retroceder continuamente la sombra, como lo exige la palabra católico que quiere decir universal.

La soberanía vaticana subraya precisamente este aspecto, afirmando el ecumenismo de la fraternidad cristiana. – Por otra parte, la universalidad del catolicismo no está ligada a las diferentes modalidades en que se ha expresado a través de los siglos.

La Iglesia no está ligada con ninguna nación, ni Dios es monopolio de ningún pueblo. Ella corona divinamente el esfuerzo de cada nación en la medida en que ésta reconoce la primacía del espíritu; propone a todos los pueblos una unidad en que sus diversidades colaboran superándose en la búsqueda común del reino de Dios, en el cual se puede realizar la humanidad verdadera.

Que el deber de unidad no haya sido siempre perseguido ni defendido a la manera de Cristo, yo lo sé demasiado. Pero solo se nos pide que aprobemos lo que es conforme a su espíritu. Todo lo que le es contrario solo es imputable a los hombres como tales y no compromete la santidad de la Iglesia ni obliga en lo más mínimo la adhesión de nuestra mente, como tampoco la negación de Pedro.

Solo tenemos un maestro, y es Jesús.

Usted me dice que se siente demasiado unido a él como para sentir la necesidad de otra cosa. ¿Pero no hay otro punto de vista?

¿Busca ante todo la religión a satisfacer nuestras necesidades o más bien a cumplir los proyectos de Dios? – Nuestra experiencia religiosa puede estar ampliamente condicionada por nuestros límites. ¿No tenemos el deber de abrirnos y de comulgar en la experiencia de todas las almas, en el cuerpo místico en que se expresa y se realiza el Cristo total? –

Permítame recordarle lo que me dijo, que no podía leer sin emoción: “Mi alimento es hacer la voluntad de Aquél que me envió.(Jn. 4:34)

La Iglesia procede de la voluntad del Señor y de su más íntima dilección(1): esa es la cuestión. Con san Pablo, creemos que ella es el pleroma(2), la plenitud, la plena realización de Cristo.

(1) Dilección: devoción, ternura que ama y estima.

(2) Pleroma: plenitud, en griego. “Sí, todo lo sometió bajo sus pies y a él lo constituyó cabeza de la Iglesia por encima de todas las cosas; la Iglesia es su cuerpo, la plenitud de todo lo que existe.(Ef. 1:22-23) (Texto de La Biblia para el pueblo de Dios)

 

 (*) TRCUSLibro « Recherche de la personne »

 Ed. Mame, colección spiritualité".

 reeditado el : 15/03/2012

 288 pages.

 ISBN : 978-2-72891-595-8

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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