Homilía de Mauricio Zúndel, a fines de 1971, ante los organizadores del Sínodo de las diócesis de Suiza (lanzado en 1969 y realizado de 1972 a 1975, llamado “Sínodo 72” (1)). Publicada en Tu rostro, mi luz, pág. 181 (4).

 

Hace unos 50 años que Dom Renaudin nos dio los elementos de una teología del Sínodo. Pasó en revista la historia de la creencia de la Asunción. Demostró con autoridad documentaria incontestable que la creencia en la Asunción de María (2) había sido afirmada primero en la fe del pueblo cristiano. La piedad marial fue la primera expresión de esa creencia.

Antes de ser consagrada por la jerarquía y los doctores, Dom Renaudin demostró admirablemente que el pueblo fiel había sido de cierta manera el órgano del Espíritu Santo y el canal del testimonio apostólico, viviendo y expresando en su piedad esa creencia. Y cuando la jerarquía consagra la creencia le da expresión litúrgica.

Al celebrar el misterio, los doctores no hicieron más que reconocer que a través del pueblo cristiano y bajo la inspiración del Espíritu Santo, se manifestó el testimonio apostólico. Existe pues en el pueblo cristiano, precisamente en sus creencias vividas, en la conformidad de su vida con las exigencias del Evangelio, una especie de depósito apostólico que puede llegar a recibir consagración oficial, aún más, definición dogmática, porque a través del pueblo precisamente se trata siempre de un testimonio apostólico.

Por eso, a propósito de una teología del Sínodo, podría uno preguntarse, y sin duda ya se ha hecho, si se consulta el pueblo fiel para que exprese sus opiniones, las opiniones del día, las opciones personales, o si se lo consulta verdaderamente a título de testigo de la tradición apostólica.

Eso tiene consecuencias. Es evidente que si nos colocamos a la luz de una autoridad eclesial, del misterio de la Iglesia en su profundidad insondable, el pueblo fiel no es llamado por un Parlamento a expresar sus opiniones o como cuerpo electoral para decidir por mayoría de votos lo que conviene hacer o aceptar. Se lo consulta como si fuera un organismo del Espíritu Santo, como si pudiera atestiguar de la tradición apostólica, la cual es la única regla, la única autoridad, la única fuente de toda luz.

La Iglesia vive el testimonio, lo explicita y saca toda su luz según la oportunidad de la época y la urgencia de los problemas. Hay pues una teología del Sinodo que consiste justamente en apelar al pueblo cristiano como órgano del Espíritu Santo y en cuanto que puede ser su testigo por una presencia vivida, por una conformidad de vida con el Evangelio. En un sentido, también él es depositario de la tradición apostólica. Es pues de inmensa importancia interrogarlo sobre este aspecto y hacerle quizá tomar conciencia que debe encontrar la respuesta en la vida eclesial que es sobrenatural, que tiene su fuente en el Espíritu Santo y que se difunde en nuestros corazones.

Sobre estas bases, podemos preguntarnos cuál eje de testimonio debe tomar el pueblo cristiano. ¿Cuál es su centro de luz? Sólo hay un centro de luz, deslumbrante e inagotable que se inscribe en la Historia del nacimiento de Jesús, y es la Trinidad divina. ¡Esa es la grande e inmensa novedad!

En Jesucristo, el Dios eterno que era imperfectamente conocido, se revela como Trinidad. Es decir que se revela como una eterna comunión de amor. Ya no se trata de un ser solitario que se mira, se contempla, se alaba, se admira y goza de sí mismo, y pide que lo alaben y lo admiren.

El Dios que se revela en Jesucristo, el Dios que entra en el corazón de la Historia en Jesucristo, (y toda la Historia se refiere precisamente a este acontecimiento inmenso e inagotable), no puede mirarse, volverse sobre sí mismo, ya que en él el yo es relación con el Otro. En el corazón de este despojamiento, de esa desapropiación, es donde brilla el candor de la luz eterna.

Si Dios es pura trasparencia, si es verdad infinita, es precisamente por la desapropiación, por el vacío eterno que hace en sí mismo, en la eterna comunicación de todo su ser, en la circulación de amor que va del Padre al Hijo, del Hijo al Padre, en la respiración viva del Espíritu Santo.

Ese Dios realiza la bienaventuranza de la pobreza, como tan profundamente la vivió san Francisco: “Bienaventurados los que tienen corazón de pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt. 5:3).

Ese Dios, total despojamiento, total desapropiación, total transparencia y Amor es también libertad total. Esa es justamente la maravilla de las maravillas, que él es libre de sí mismo. No se apega a sí mismo, solo puede darse y solo puede suscitar una criatura y una creación libre, llamada a darse como él, a ser lo que él es: ofrenda, trasparencia, amor y libertad. Este acontecimiento colosal de la Encarnación enraíza la Trinidad en nuestra Historia y nos emancipa en Dios: “Ya no los llamo mis siervos sino mis amigos” (Jn. 15:15). Ya no hay servidores sino amigos. Hay confidencia, intimidad, luz, lazo nupcial: “Os he consagrado como virgen para Cristo vuestro esposo único” (2 Co. 11:2).

Justamente, Jesús nos llama a una libertad infinita, a liberarnos de nosotros mismos, precisamente porque estamos ante un Dios que está en nosotros como fermento de nuestra liberación. Libertad, palabra que resuena por doquiera: libertad de los pueblos, de las clases, de trabajo, del sexo, del amor, de la anarquía.... Todas las libertades, pero eso no significa nada si no hemos aprendido que la auténtica libertad está en liberarse de sí mismo.

Ese es justamente nuestro problema. Somos prisioneros del mal, nos chocamos contra las tinieblas, y cuando nos interrogamos, nos preguntamos: “¿quién soy?” solo encontramos prefabricación, cosas que sufrimos. No descubrimos finalmente nada que venga de nosotros mismos. Entonces, ¿quién somos?

¿Cómo llegar a la responsabilidad, a la grandeza, a la dignidad, al valor, a la inmortalidad, cuando solo hay en nosotros prefabricaciones, cuando nuestro yo es simplemente el centro de gravedad de todo lo que soportamos, sin haberlo elegido?

En Jesús aprendemos el camino de la libertad. En él, precisamente, aprendemos que la grandeza suprema es la total evacuación de sí mismo, que el valor supremo está en no tener nada, que existir en forma de don es la característica misma de la divinidad. Entonces se abre un camino hacia la libertad, entendida como liberación, porque vivir de ese Dios, de ese Dios que es fuente que brota hasta la vida eterna, como dice Jesús a la samaritana, vivir de ese Dios es entrar en el corazón de la libertad, es hacerse valor, bien común y universal, capaz de jugar el papel de fermento de liberación en todos los hermanos humanos y en la creación.

Ahí está el centro de perspectiva, el testimonio que el pueblo cristiano debe dar.

Ahí está todo el dogma, en el despliegue magnífico de la revelación de la libertad divina a la cual estamos llamados. Nada más actual, más ardiente y apasionante, justamente porque es el único problema.

El hombre debe hacerse, y solo puede hacerse si encuentra en él el espacio infinito de luz y amor en que se respira a Dios. Debe hacerse dándose, haciéndose perfecto como el Padre celestial. (Mt. 5:48)

Ahí está la respuesta que el pueblo cristiano debe dar, no en palabras sino en la vida. Cuando estemos liberados de nosotros mismos ya no habrá problemas, todos tendrán solución. Todas las minusvalías, todos los obstáculos, los muros de separación, todas las guerras y los odios provienen finalmente del yo posesivo, individual o colectivo que se adora a sí mismo y pretende ser la fuente de todo bien, mirando siempre al otro como fuente de todo mal.

Y Jesús vino para sanarnos de nosotros mismos dándonos el Dios que es eterna comunión de amor. Él no tiene nada, es todo porque no tiene nada, él es la anti-posesión. Él es quien consagra la humanidad y nos enseña el camino de la libertad por ser el camino de nuestra libertad. Libertad dura y magnífica, libertad a conquistar sin cesar. Libertad creadora en que, vaciándonos de nosotros mismos, podemos abrirnos a una vida infinita que lleva la luz hasta los confines del universo.

Este es, me parece, el camino que debemos tomar y al que debe responder el pueblo cristiano. Dar testimonio de esa vida de intimidad que nos es más íntima que nosotros mismos. San Agustín encontró el júbilo cuando pasó de afuera a dentro, cuando lo sorprendió en su intimidad el encuentro con la “Hermosura siempre antigua y siempre nueva que hoy nos está esperando y que vamos a acoger en el silencio de la Eucaristía, repitiendo con Agustín las palabras que vibran siempre con el gozo del descubrimiento: “¡Viva estará mi vida en adelante, toda llena de ti!

Respuesta a la pregunta del Obispo

El problema: ¿A qué hombre hablamos, y de qué Dios? Me parece que en eso hay una ambigüedad fundamental.

Primero, sobre el hombre, porque suponemos su existencia, cuando debe hacerse. Le atribuimos derechos que son derechos de la persona por construir. Eso supone una exigencia fundamental y una evacuación de sí mismo que es la condición misma de su liberación.

¿A qué hombre le hablamos? No le debemos atribuir privilegios cuando todavía no existe y está por hacerse. Y por otra parte, ¿de qué Dios estamos hablando?

Nos referimos de verdad al Dios que se manifestó en Jesucristo, al Dios que es esencialmente libertad por ser absolutamente libre de sí mismo, y que nos llama a una libertad idéntica a la suya, que respeta de rodillas nuestra autonomía y la consagra por la muerte de la cruz pues pudiendo hacer violencia a la autonomía cuyo fundamento es él mismo, solo puede conquistarla finalmente por esa muerte que significa su total compromiso en una creación de la que sigue siendo infinitamente responsable, y que no la abandonará jamás pues la creó para que fuera como es ella, es decir investida de libertad total y creadora.

Por otra parte, quisiera indicarle, lo que ya conoce probablemente, el bellísimo libro del prior de Taizé sobre los violentos pacíficos (3). En un equilibrio muy justo, trata de mostrarnos todas las complementariedades de nuestras diversidades y cómo, en el respeto total de las personas, se puede llegar a superar todas las barreras. Para mí, Taizé es un lugar muy alto, y creo que debemos dar gracias a Dios por el don prodigioso de esa Comunidad que vive una vida cristiana tan auténtica, haciéndonos partícipes de sus experiencias. La lectura de ese libro y una colaboración cada vez más estrecha entre Taizé y nosotros no pueden menos que ser fecundas y felices.

 

(1) “El sínodo suizo de 1972, permitió a las iglesias particulares realizar la aceptación de Vaticano II y una actualización de la legislación sinodal para responder a los desafíos del mundo contemporáneo en pleno cambio” (tesis Aleksander Pietrzyk 1988)

(2) La asunción de la santísima Virgen, presentacion e historia de una creencia católica. Dom Paul Renaudin, edición original, 1908. Se pueden encontrar reproducciones recientes.

(3) Violence des pacifiques, Roger Schutz, Prior de Taizé, Presses de Taizé. Año: 1968

(4) Libro Ton visage, ma lumière, 90 sermones inéditos. Editorial Mame, Paris, 2011. 510 páginas. ISBN : 978-2-7289-1506-4

http://www.fleuruseditions.com/livres/zundel/

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