Notas de una homilía de M. Zúndel en Matarieh, cerca de El Cairo, en 1959. Inéditas.

 

La verdad llega de puntillas. No puede nada si no se instala en una vida que la acepte y la haga dar fruto. No tiene más armas que su propia luz y no puede nada si no encuentra eco vivo en nuestro corazón. Debemos vivir de puntillas. Si no lo vivimos el credo se convierte en algo inerte, incapaz de comunicar la vida. No nos le acercamos sin superarnos. Cuando un sabio percibe algo de la verdad, eso muestra en él un poder de silencio extraordinario. Cuando pregunta a Pilatos: “¿qué es la Verdad?” (1), Jesús nos ofrece otras armas que no se pueden comparar con la violencia y la brutalidad. La Historia nos dejará la victoria a través de los siglos de la fragilidad cautiva.

En el mundo en que estamos hay seres que tienen el sentido de la humildad, del silencio y de la verdad y que parecen no estar en relación con el Evangelio, pero están listos a escuchar los más altos secretos de Dios.

El gran pianista que hacía silencio y escuchaba cuando tocaba, vivía el silencio como a alguien, como presencia. En su música uno sentía que él había hecho silencio y que escuchaba. La vivía como presencia. La verdad viene de puntillas en un lejano caminar. Ella es la que sale victoriosa. Uno se siente vencido por su silencio y cede al reino de la verdad que es también el reino del amor. En la admiración uno ve surgir una dimensión humana que no conocía.

El sentido de la liturgia es llevarnos al silencio. El canto gregoriano es silencioso, solo despierta en nosotros cosas claras y profundas. Es imposible escucharlo sin estar en el misterio del silencio.

La presencia de la verdad es un país inviolable donde todos los hombres de espíritu tienen su patria. Los gritos ahí están excluidos. Solo se entra en él de rodillas y en el silencio de la contemplación. Es la piedra de toque que permite distinguir entre las vidas profundas y las vidas estériles. La acción importante y duradera no es publicitaria. La única eterna es la acción silenciosa en que de repente se abre un alma a la Presencia de la verdad. Es una especie de juicio infalible. De puntillas, la vida es creadora y fecunda, y hace su camino. Si no, está destinada al olvido.

Debemos interrogarnos sobre nuestra situación. ¿Vivimos de puntillas? Si lo hubiéramos hecho, toda la vida sería el paso de la verdad.

Francisco, el hombre incomparable, que deja brillar a su través el poder de la pobreza y del amor, se nos propone como verdadera expresión del cristianismo. A eso se reduce toda la importancia del Evangelio. Estamos en el estrecho vértice donde se trata de la verdad. A cada instante podemos hacer algo que desgarra el espíritu, que hiere el alma. Es una invitación que Dios nos dirige. No es fácil ser cristiano. Es tan fácil caer en la trampa de una afirmación material de la verdad.

Nuestro Señor dijo a María Magdalena: “¡No me toques!” (Jn 20:17). Uno no puede apropiarse la verdad. Sólo puede acercarse a ella totalmente despojado y nadie más que un cristiano está expuesto a la idolatría pues arriesga continuamente transformar la verdad en objeto del que ya no vive. No hay ídolo más opresor. La deformamos, la vaciamos de su sustancia eterna, la cargamos de biología….

La Iglesia necesita siempre una reforma que comienza por nosotros. Los hombres de Iglesia tienen siempre tentación de presentarnos la Iglesia como un seguro. Metemos fórmulas para toda la vida en la memoria de los niños. Así quedan deformados desde la tierna juventud, iniciados en una serie de definiciones que no se les pide vivir. No tienen la menor sospecha que detrás de las palabras existe el fuego de la ternura eterna. Pero es el mejor medio de protegerse contra las fantasías individuales. Y nos quedamos con esas fórmulas de por vida. No se necesita comprender su sentido. Se ha dado a la verdad la apariencia de objeto, de obligación en que no hay nadie, ni se trata de vivir, de descubrir, de admirar y de nacer.

Cristo no tiene enemigo más grande que los cristianos. Maurras no se equivocaba cuando veía en la Iglesia tal como se presenta, el antídoto de la Biblia y del iluminismo de los profetas. Es la traición perfecta confundir el método de gobierno, el bastón de mando, y la verdad que transforma, penetra y crea, y no que aplasta a los que no se someten a hombres que pelean por palabras con el encarnizamiento que arriesga transformar la verdad en cachiporra.

La vida cristiana se convierte en receta para la inmensa mayoría de cristianos sometidos a esas fórmulas como condición de una seguridad prometida. El dogma se ha secado. Los cristianos están dispuestos a crear cualquier cosa pues para ellos los dogmas ya no tienen significado. La Trinidad ya no significa nada. A la caza de nuevos desastres, solo la Virgen está en las noticias del día. Solo ella puede apelar a lo que les queda de sensibilidad en su vida cristiana privada de fe profunda. No hay que alarmarse por las persecuciones sino por la vida del alma cristiana donde ya no hay nada que descubrir. Todas las respuestas están dadas. Un alimento tan pobre no merece el heroísmo de toda una vida como la del aventurero incomparable que fue san Francisco.

La vida claustral misma se ha vuelto conformismo y no nupcias personales con el Verbo de Dios. La Iglesia es un velo místico que invita a cada uno de nosotros a una sabiduría personal, a una encarnación de Dios, vivida a través de una vida humana. Nos presenta cada día una presencia por vivir que cada uno descubre a su manera y según el grado de su generosidad. Nos conduce cada mañana más adentro en el país de la verdad. Ahí está Alguien a quien debemos encontrar. La Iglesia solo existe para proponernos el encuentro que es el misterio y el secreto de cada uno. Tenemos que tomar conciencia del cambio y de la conversión que necesitamos.

Así podemos más por la vida de Cristo que vaticinando contra los musulmanes. El peligro no son ellos, sino nosotros. Si Cristo hubiera estado bien ardiente en la vida cristiana, si los cristianos hubieran sido la sal de la tierra, el islam no habría nacido. El cristianismo concebido al modo de un Teófilo no es apto para comunicar el Evangelio y lo toma de por fuera. Afortunadamente, nadie puede confiscar el Evangelio. Basta con el silencio de Jesús delante de Pilato, con un alma viva para que de nuevo brote la fuente.

Es un llamado extremamente urgente. Mientras sigamos viviendo en falso, las palabras nos pasarán por encima de la cabeza sin cambiar nuestra vida.

Hay que vivir de puntillas para dar la oportunidad a Dios y para que su voz nos alcance. Los teólogos no escuchan porque para ellos no hay problema. No pueden entender lo que significan las palabras, privados de una auténtica experiencia como la de los santos. Las palabras del Evangelio son una confidencia llena de la Presencia y del Amor de Cristo, y las escuchamos si estamos en la confidencia. El cristianismo debe temer mucho de sus adeptos. Se ha convertido en una mezcolanza de tal modo que ya no se sabe lo que significa.

El siglo 18 tenía razón de desconfiar de esta religión. Pero no supo con qué remplazarla. La respuesta de Dios a la burla de la Enciclopedia fue la Fiesta del Sagrado Corazón. Para escuchar a Dios hay que vivir en el nivel del amor, estar consumido por la llama de la caridad, entrar en esa intimidad. Si hemos entendido este mensaje reconocemos el Evangelio. La Iglesia es tan silenciosa que es imperceptible fuera de la fe y el amor. Quienes no la vean así, son idólatras.

Debemos pedir al Sagrado Corazón que nos preserve de la confusión que cierra el camino a su mensaje. ¿Cómo reconocer la verdad? Nunca está donde gritan, y casi nunca donde hablan. Debemos construir nuestro monasterio como sacramento del silencio. Para eso es. Si no, sería un infierno. Las parroquias están tomadas por inmensos clamores. Los monasterios deberían ser el antídoto de todo ese ruido. Hay que vivir el silencio como presencia y acogerlo como a una persona. Si no, Dios no aparecerá nunca. Lo que convierte el mundo es el silencio encarnado hecho Alguien. Es necesario apreciarlo por encima de todo. Si herimos lo que san Benito llamaba “la majestad del silencio”, seremos por siempre falsos testigos de Dios. Él sufrirá, será desfigurado y aparecerá como un ídolo.

A todos los sarcasmos, el Sagrado Corazón opuso la revelación silenciosa de su Amor. Quienes lo escucharon fueron transformados y son los únicos testigos verdaderos de Dios. Debemos acallar el ruido que somos el cual aniquila la caridad de las obras pues pisotea la dignidad de las personas.

La verdad la conocemos cuando nos comprometemos a fondo, cuando la escuchamos y la vivimos de puntillas.

(1) Estas notas no fueron revisadas por M. Zúndel. El texto y el contexto parecen indicar que pone en labios de Jesús la pregunta de Pilato: “¿Qué es la Verdad?”

La TOB dice: “Y Pilato le dijo: ¿Entonces tú eres rey? Jesús le respondió: “Tú dices que yo soy rey. Yo nací y vine al mundo para dar testimonio de la verdad. Todo el que e de la verdad escucha mi voz.” Pilato le dice: “¿Qué es la verdad?” (Jn. 18:37-38).

 

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