Homilía de Mauricio Zúndel en El Cairo, en 1940. Inédita.

 

Estamos reunidos hoy, unidos por las palabras que resonaron hace veinte siglos: “Esto es mi Cuerpo, esto es mi Sangre”. Si esas palabras no hubieran sido dichas, no estaríamos aquí, ni habría lazo alguno entre nosotros, ninguna amistad. Nuestro verdadero lazo son esas palabras eternas y todopoderosas, lugar de reunión de los cristianos: “Esto es mi Cuerpo, esto es mi Sangre”.

Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús en la fracción del pan. Ese rito tan sencillo fue tan precioso al corazón de la Iglesia que en las prisiones de todas las revoluciones siempre hubo sacerdotes para celebrar en secreto la fracción del pan. Si tenemos amistad unos con otros, es a causa de la fracción del pan.

Como saben, en el capítulo seis de su evangelio, san Juan nos cuenta la promesa de la Eucaristía. Si volvemos a leer ese capítulo recordando el diálogo de Jesús con la samaritana, encontraremos el mismo misterio y el mismo signo de contradicción. Los que aceptan se quedan, los que no, se van.

Jesús quiere procurar cierto descanso a sus discípulos y les ordena tomar el mar para refugiare lejos de la multitud, un poco más lejos. Pero en el momento de desembarcar, ahí está la multitud. Cuando Jesús la ve tan ávida de escucharlo, no puede rehusar de alimentarla con su Palabra, y por la noche, quiere satisfacer sus necesidades materiales y multiplica los panes.

Hay quienes desean llevarlo en triunfo y hacerlo Rey. Viendo lo que sucede, Jesús ordena a sus discípulos tomar el mar. Calma a la gente y luego sube a una montaña para orar. Mientras tanto se levanta una tempestad y las olas ponen en peligro la barca de los discípulos, y marchando sobre las aguas, Jesús hace calmar la tempestad.

La gente viene a Jesús no porque están conmovidos en el corazón, sino porque en ellos se afirmó la obra del Espíritu y desean ser discípulos suyos.

Cuando le preguntaron a Jesús: “¿Cuándo viniste acá? » (Jn. 6:25) él responde: “Me buscan, no porque tienen necesidad de mi Palabra, sino porque les di pan y se saciaron; pero trabajen y Dios les dará el pan de cada día. Busquen el alimento que no tienen y el Padre se lo dará.” La multitud responde entonces: “¿Y qué debemos hacer para realizar la obra de Dios? Y Jesús les dice: “La obra de Dios es creer en su enviado.” Pero la gente responde: “¿Y qué signo haces para que creamos en ti?” Y Jesús dice: “Es el Padre quien les va a dar el Pan del cielo, porque el Pan de Dios es aquél que bajó del cielo y da la vida al mundo.

Señor, ¡danos de ese Pan!” (Jn. 6:35) Jesús dice: “Yo soy el Pan de Vida. El que venga a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed. Yo les he dicho: Me han visto y no creen en mí, pero todos los que el Padre me envía vienen a mí, y los que vienen a mí encuentran al Padre. Al que viene a mí, no lo rechazo, y lo resucito el último día.”

Los judíos decían: “Pero es Jesús, el hijo de José, y a su padre y su madre los conocemos.” Jesús dijo: “No murmuren entre ustedes, nadie puede venir a mí si mi Padre no lo ha dicho. En verdad les digo: el que venga a mí tendrá la vida eterna. Yo soy el Pan vivo bajado del cielo; el que coma de este Pan vivirá eternamente, y este Pan es mi carne crucificada.”

En verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán la vida. El que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él. El que se alimenta de mí vivirá también por mí. No como sus padres que comieron el maná y murieron. Yo les doy la vida eterna […] Sabiendo por el espíritu que sus discípulos murmuraban, Jesús les dijo: […] “Mis palabras son de Espíritu divino, pero hay quienes no me creen, y nadie puede venir a mí si mi Padre no me lo ha dado.” Entonces muchos de sus discípulos se retiraron y Jesús les dijo a los que quedaban: “¿No quieren irse?” y le respondieron: “¡Nosotros sabemos que tú eres el Hijo de Dios!” (Jn. 6:25-69)

Este discurso toma todo su valor si lo asociamos con el episodio de la samaritana. Después de la confesión de san Pedro, “Tú eres el Hijo”, Jesús dice: “El Hijo del Hombre será entregado a los sacerdotes y a los gentiles para ser crucificado”. Cuando Pedro hubo confesado a Jesús como el Mesías, Jesús siente la naturaleza de ese mesianismo, no el Mesías aclamado sino el Mesías crucificado. Todo el acento del discurso está puesto en el mesianismo de la Cruz.

Busquen el alimento que el Padre les dará, el alimento del cielo soy yo, es mi carne y mi sangre”. Comer su carne y beber su sangre es entrar con todas sus fuerzas por la fe en el misterio de Jesús crucificado. Y sabemos que esas palabras tomaron cuerpo la noche de la Cena, la promesa se hizo Palabra eterna. San Pablo dice: “Cada vez que coman ese Pan y beban ese Cáliz, anuncian la muerte del Señor, hasta que él venga” (1 Co. 11:26). Importancia inaudita de esas palabras. Es necesaria una referencia fundamental al tema del mesianismo de la Cruz.

Ser discípulo de Jesús es vivir hasta allá, hasta la muerte de la Cruz, hasta el don total de sí mismo, es decir, por la salvación del mundo. Y encontramos esa adhesión en las palabras: “Esto es mi Cuerpo entregado por ustedes, esto es mi Sangre, derramada por ustedes”. Hagamos esta adhesión en medio de nosotros al tomar su Cuerpo y su Sangre, y entonces él estará en medio de nosotros para hacernos participar en el misterio de la Cruz.

Comulgar no es solo recibir y dejarse santificar por la Presencia de Jesús, lo más importante es que nuestras almas se abran, que consintamos, que traigamos al altar el SÍ de nuestro amor. Y ese Sí que trae al altar un sentimiento de inmolación, es la verdadera comunión espiritual. Y aquella o aquel que los recibe en espíritu puede aceptarlos y vivirlos.

El misterio de la Cruz no es algo para ver, sino una acción que se vive, una acción que se acepta y se entiende. Cada vez que beban de ese vino y que coman de ese pan, anuncian la muerte del Señor. Importancia única de la Comunión: en la misa misma tenemos la realización de la Redención.

Para nosotros, la Cruz es la Misa, pues la Misa es unirse a la Cruz. El que se separa del altar se separa de la Cruz, de la salvación, de la vida de Jesús. Es imposible comprender todo el valor de la Iglesia católica, sin llevar en el corazón la muerte de Jesús, sin anunciar la muerte del Señor hasta que él venga.

Esto es mi Cuerpo, esto es mi Sangre”. No hay en el mundo palabra más grande y más bella. Naciones enteras se han llenado de emoción y admiración ante estas palabras: “Esto es mi Cuerpo, esto es mi Sangre”.

Y recuerdo que cuando estaba en Inglaterra al escuchar esas mismas palabras tenía el sentimiento de una invitación inmensa y de una invitación para todos los que no entendían aún, pero deseaban responder en el fondo de su alma.

Jesús está en medio de nosotros, y en nosotros; escogió los elementos más sencillos, el pueblo, para indicar que quiere ser como nosotros, para nosotros, estar en nosotros. Toda nuestra vida debe ser sacramental. Ustedes saben que la Encarnación de Jesús no supone ningún cambio en Dios. La consagración eucarística no supone ningún cambio en Cristo. Jesús no está encerrado en una hostia como una pulsera e un estuche sino que es una Presencia encima.

Donde quiera que haya un receptor encendido se escucha la voz del locutor de la radio que habla desde un solo lugar. Algo de ese fenómeno hay en la Presencia de Jesús, sin que Jesús mismo sea afectado por la consagración. Toda la novedad sucede por el lado de las especies del pan y el vino, sin que haya ningún contacto visible en la Eucaristía. Con el Cuerpo de Jesús, solo llegamos a la santa humanidad por el Espíritu. En la Eucaristía tenemos el bien supremo de la Encarnación.

Nos podríamos equivocar ante la humanidad de Jesús, pero es imposible adherir al bien y a la Comunión por ella misma. Todo eso es vida y Amor solo para el que ya tiene la fe. La Eucaristía representa la más profunda inmolación y el más perfecto anonadamiento, ya que Dios consiente en darse a nosotros y aparecer bajo las apariencias no de hombre sino de un Dios.

Estamos en el corazón del Reino de Dios. El Reino de Dios es que el yo se despoje y que la divinidad tome posesión del ser. Aquí tenemos el Reino de Dios realizado en su plenitud, oculto bajo el pan y el vino. Nosotros que nos cuesta tanto ser, renunciar a parecer, y que sacrificamos tan a gusto el ser al parecer, ahí tenemos una maravillosa lección de Cristo que se compromete a parecer y permanecer como ser invisible.

Si Jesús nos espera en silencio, si la Palabra de Dios se hizo silencio por Amor, es que nosotros debemos transformarnos poco a poco en hostias vivas que ya no viven sino para llevar a Cristo y llevarlo a los demás. El misterio de la Misa, de la Eucaristía, debe realizarse en su vida, porque ustedes son sacerdotes. Siendo Cristo esencialmente sacerdote, por ser el intérprete entre Dios y el hombre, el lazo entre Dios y nosotros, por el sacerdocio de Jesucristo toda criatura que vive de Jesús se hace esencialmente sacerdote. Todos no somos sacerdotes en el mismo sentido, pero la esencia del sacerdocio consiste en representar a Dios y darlo, y eso es de ustedes, ustedes son sacerdotes.

Hay que vivir el misterio de Jesús. En la Misa hay que repetir interiormente las palabras de la consagración: “Ustedes son UNO con Cristo”, no son extranjeros y por lo mismo, los méritos de Cristo son de ustedes. Y el don que hace por la consagración, lo hace también en ustedes y deben repetir a Jesús: “Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre”. Cada vez que beben de este cáliz anuncian su muerte y toda la vida de ustedes se renovará si participan en la liturgia como en el misterio de Jesús que se vive en ustedes, y se van por el mundo para cambiar toda criatura en la sangre y el cuerpo de Jesús. Así toda la vida se vuelve sacramental.

Hablando de los instrumentos del monasterio, san Benito quiere que los tratemos como vasos sagrados. Toda la vida cristiana es una liturgia, es el desarrollo de la Misa, el desarrollo de la Cruz. Y un alma que vive en el misterio de Cristo, sabe que todo lo que haga, todos sus gestos tienen importancia divina.

No se trata de elevarse a esa altura, sino de dejar que Jesús venga a nosotros. Y los animará el pensar que no han sido olvidados, que todas sus aspiraciones no han sido vanas. El rito de la comunión del vino y del agua en la Misa es figura del pueblo cristiano unido a la humanidad de Jesús. Ahí está toda nuestra vida, debemos mezclarnos con la santa humanidad de Jesús. Y piensen que en esos pocos minutos que pasan en conversación con los demás, jamás deben dejar pasar un segundo no utilizado por el Reino de Dios.

Siendo hostia viva, sacramento de Jesús, debemos dejar en aquellos con quienes entramos en contacto el sentimiento de haber recibido algo divino; así se salvará el mundo. Las palabras no tienen ningún valor, pero Dios es todopoderoso y si todos estamos dispuestos a dejar penetrar a Dios en nosotros, entonces ya nada se perderá ni será absurdo, pues todo lo veremos a través de la Presencia de Cristo. Estas palabras de Pascal: “Hacerlo todo lo pequeño como grande, a causa de la majestad de Cristo en nosotros(1). Entonces podremos decir siempre: “Esto es mi cuerpo entregado por vosotros, esto es mi sangre derramada por vosotros”.

(1) Blas Pascal, Pensamientos, fragmento n° 554 (ed. de Brunschvicg) “Faire les petites choses comme grandes à cause de la majesté de Jésus-Christ qui les fait en nous et qui vit notre vie, et les grandes comme petites et aisées à cause de sa toute-puissance.” (“Hacer lo pequeño como algo grande a causa de la majestad de Jesucristo que lo hace en nosotros y que vive nuestra vida, y (hacer) lo grande como algo pequeño y fácil a causa de su omnipotencia”).

Representación intimista de Caravaggio: "Cena en Emaús", cerca del primer sacramento, y como institución de la Eucaristía.

 

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