Homilía de M. Zúndel en la primera misa concelebrada de Fr. AMADEO, en la fiesta patronal de la parroquia de Santa Teresa. Texto publicado en la revista Choisir, n° 207, Ginebra, el 6 de marzo de 1977.

Amados cohermanos y Amigos,

La televisión francesa difundió el domingo pasado un servicio israelita que presentaba los motivos del Día de la Expiación, el cual caía justamente esta semana. Diversos oradores presentaron el problema de la expiación y un rabino venerable dio finalmente el motivo supremo según él: “Es que en la tierra nosotros somos inquilinos, y Dios en el cielo es el propietario. Por eso, teniendo con él obligaciones que hemos transgredido, tenemos para con él el deber de la expiación.

Si me permito citar estas palabras, es porque expresan admirable y trágicamente la ambigüedad de que está muriendo el mundo religioso. ¿Somos de verdad inquilinos en una tierra cuyo dueño es Dios? ¿Podemos expresar de ese modo nuestras relaciones con Dios y sus relaciones con nosotros?

Es evidente que tal manera de concebir las cosas, tan frecuente entre los creyentes de toda religión, es inasimilable e imposible para las mentes de ahora.

La ciencia actual, yendo hasta el final de sus métodos, nos presenta un universo que está totalmente gobernado por el determinismo y que se hace solo, ya que precisamente, todo el universo físico, accesible a nuestros métodos, es un inmenso automatismo inconsciente, en perpetua transformación según necesidades que nos escapan pero en las cuales estamos sumergidos, pues somos partes de la inmensa maquinaria del universo y que nos explicamos el universo entero mediante automatis­mos inconscientes e insuperables.

No es pues por la vía de estas explicaciones del universo que la religión puede encontrar el comienzo de las nupcias y ponerse en el centro de nuestra vida. Es la vida misma, la vida, la que nos debe llevar a Dios. Es decir que Dios debe ser una experiencia central, esencial e inevitable, enraizada en el corazón de la vida, si no, todo eso no es más que fantasmagoría y palabrería. Y justamente, mientras más se encarnice la ciencia, fiel a sus métodos de laboratorio, en confinar el mundo en una objetividad irrespirable para la mente, mientras más estemos reducidos a la condición de objetos por el conocimiento, además precioso, fecundo magnífico y admirable, pero que no cubre todo el campo de la experiencia, menos podremos aceptarlo. Porque si soy mero objeto, entonces ya no hay hombre, ni sentido en la existencia, ni responsabilidad. Y la vida no significa nada; queda encerrada en el inconsciente y nos encontramos bajo la presión de necesidades terribles que tampoco tienen sentido.

Mas examinando nuestra vida, confrontando la experiencia, nos damos cuenta que en efecto lo esencial de la vida se realiza en automatismos. Somos prefabricados. Venimos al mundo sin haberlo deseado. Fuimos enraizados en un medio que no elegimos. Aprendimos una lengua que nos impusieron. Todas nuestras primeras ideas nos llegaron de afuera. Y nos instalamos en un ser prefabricado. Y no solamente nos instalamos ahí, sino que nos hicimos sus cómplices. No solamente somos esclavos de un universo inconsciente, no solo somos esclavos de un universo pasional que nos gobierna y nos domina, que ordena más o menos todas nuestras opciones, sino que somos cómplices del universo objeto, cómplices del universo inconsciente y pasional. Y defendemos con uñas y dientes la posesión de nosotros y por nosotros, como si fuera de alguna manera realización nuestra.

Ese es justamente el comienzo de una experiencia que desemboca en el infinito. Si nos consideramos como dato, como arrojados al mundo sin haberlo deseado, como confinados en una historia que sufrimos si haberla hecho, si vamos más hondo y observamos que el yo que tenemos siempre en los labios, lo sufrimos sobre todo, entonces brota en nosotros la necesidad de otra presencia, de otra vida aquí y ahora, de otra vida que sea realmente fruto que escojamos, que sea realmente obra de nuestro amor, del que seamos en verdad fuente y origen, una vida que cuente, que sea única, que sea indispensable, necesaria al equilibrio del mundo, una vida que sea en cada uno un bien común y lleve a toda la humanidad una riqueza de que no puede prescindir.

Porque hay que escoger: o somos objeto, no más que objeto y definitivamente incapaces de emerger, totalmente confinados en necesidades de nuestros determinismos y prefabricaciones, o existe una posibilidad de emerger, una posibilidad de hacer brotar una fuente, una posibilidad de ser creadores, una posibilidad de ser valor y bien común universal que la humanidad entera tenga interés en aumentar y defender.

Pero, justamente, en este punto crucial va a hacerse la experiencia definitiva si es liberadora, la experiencia de un encuentro, de un encuentro indispensable, justamente, para que se levante la piedra de la tumba donde yacemos muertos.

Para nacer por fin a una existencia humana es necesario encontrar un amor que suscite nuestro amor. Porque ahí estamos ante el muro infranqueable: yo no existo. Yo no soy lo que me obligan a ser, no lo soy. Y no puedo sufrir mi ser. No puedo sufrir mi historia. No puedo sufrir el mundo pasional instalado en mí. Pues todo eso no es mi ser. Todo eso es imposición. Todo eso es el peso que me aplasta. Todo eso es justamente lo que me impide ser presencia real en el mundo. Todo eso debo superarlo. ¿Y cómo? Me rompo la cabeza contra ese obstáculo.

¿Cómo podría yo ser otro que yo mismo? ¿Cómo emerger de ese yo pasional? ¿Cómo llegar a ser sin límites, estando encerrado en todas mis prefabricaciones? ¿Cómo hallar socorro en los demás, si todos son como yo mismo?

A menos justamente que encuentre a Otro. Otro indefinido, ilimitado. Otro interior a mí, al que designaba Rimbaud cuando decía “Yo es otro”, una de las mayores sentencias de la lengua humana, una de las más bellas, profundas e inagotables.

Sí, eso es. A veces, admirando el descubrimiento de la naturaleza, en los libros, en los rostros humanos, en las obras de arte, en el momento en que surge en nosotros la admiración, a veces somos sanados de nosotros mismos, ya no sentimos el yo posesivo, instintivo, pasional, animal, cósmico y somos libres, podemos respirar. ¡Por fin estamos ante Alguien más! ¡Por fin estamos ante una luz que nos colma, de un amor que nos estaba esperando, de una generosidad que suscita la nuestra! ¡Por fin nacemos en otro universo! Y ese es justamente el descubrimiento esencial, ese encuentro nos introduce en un mundo que no existe todavía y que no puede existir sin nuestra propia transformación, un mundo al que no accedemos sino por el nuevo nacimiento de que hablaba Jesús a Nicodemo (Jn. 3:1-10).

¡Eso es! ¡No se trata de un propietario del que seríamos inquilinos!

Se trata solamente de saber si podemos ser hombres. ¿Es posible surgir en libertad creadora? ¿Es posible no sufrir el peso del universo cósmico? ¿Es posible no ser esclavo de su propia historia infantil? ¿Es posible subir la corriente del yo pasional que nos encierra en un determinismo del que no cesamos de ser cómplices? ¿Y es posible que el hombre permanezca erguido? ¿Es posible que la nueva creación se realice? ¿Es posible volver a nacer con cada latido del corazón?

¡Sí! Justamente, a condición de encontrar un rostro, encontrarlo en la admiración y a veces en medio del más profundo sufrimiento, ante el espectáculo de la miseria más atroz. Un rostro impreso en los corazones. Un rostro siempre reconocido aunque siempre desconocido. Un rostro maravilloso. Un rostro sin el cual todos los demás rostros son aburridos e impersonales. Un rostro que brilla a través de todo rostro humano que se abre a la generosidad y al amor.

¡Ese es el Dios vivo, y no hay otro! Ése fue el Dios que Agustín reconoció, saludó y celebró en esas palabras increíbles y magníficas: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Tú estabas en mí, pero yo estaba afuera.” O “Te estaba buscando, corriendo sin belleza hacia bellezas que sin ti no serían. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo” (Confesiones, X 27, 38. à P.L. 32, 795).

¡Ah! ¡Qué maravilla!... Por fin se abre el camino. ¡Por fin nace el hombre y tenemos esa toma de conciencia extraordinaria: “Yo estaba afuera y no lo sabía.”

Yo estaba afuera y no lo sabía. Estaba afuera como objeto, no me encontraba. Era esclavo de mis pasiones y no podía dominarlas. Las tomaba por la realidad última y no lograba salir de ahí. ¡Y llegaste tú, la hermosura! ¡Llegaste tú, hermosura tan antigua y tan nueva! Llegaste adentro. Y me llevaste al interior. Me hiciste pasar de afuera a dentro. Me introdujiste en mi intimidad. Y entonces nací, y estoy comenzando a existir. Y este es un mundo nuevo, un mundo que no existía y ahora sí. El mundo del amor que solo se puede conocer en el amor. El mundo en que entro como ofrenda de amor. El mundo en que Tú, belleza infinita, te revelas como el amor que solo puede dar. Y es justamente la hora de mi nacimiento y “en adelante, añade Agustín, viva estará mi vida toda llena de ti” (Confesiones, X, 28, 39, P.L.32, 795).

¡Ah! No es un propietario que impone alquileres a sus inquilinos y pide reparación por todo lo que no ha sido pagado.

Es algo muy distinto. Es la respiración en que por fin nace el hombre y comienza a existir. La respiración en que toma sentido la libertad, en que tomamos todo lo que somos, hasta la raíz de nosotros mismos, y lo damos al que se revela en nuestro corazón como don infinito del eterno amor y de la eterna pobreza. Un Dios que no se impone. Un Dios que no obliga. Un Dios que no juzga. Un Dios que no castiga. Un Dios que está dentro de nosotros. Una vida ofrecida. Una vida otorgada. Una vida de amor. Una vida que está esperando la nuestra. Una vida que no se puede expresar sino a través de la nuestra, y no se revela si nuestro rostro no se abre y será cada vez más, más y más a medida que crezcamos, el rostro del amor que no es más que amor y en el cual solo podemos encontrar el Amor.

¡Ah! Desde luego, hay etapas. Hay momentos, desde luego, en que Dios parece exterior. Hay momentos en que tememos el castigo porque somos exteriores. Entonces, claro está, proyectamos todo al exterior hasta que, como Agustín, encontremos la “hermosura siempre antigua y siempre nueva”, hasta que veamos que Dios es la vida de la vida, hasta que podamos decir con él: “Viva estará mi vida en adelante toda llena de ti.

Ese es el Dios que afirma Jesucristo. Ése es el Dios que nos presenta. El Dios que él nos da. El Dios que es él. Ése es el Dios que transparenta en su santa humanidad. El Dios que no tiene nada. El Dios infinitamente despojado. El Dios que es Dios por ser la desapropiación fundamental. El Dios que es Dios porque da todo en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ése es el Dios que se revela en el lavatorio de los pies (cf. Jn. 13:1-20). Ése es el Dios que se revela en la agonía (cf. Lc. 22, 39-45) y en el suplicio de la cruz (cf. Jn. 19:17-37). Ése es el Dios que habla a la samaritana a quien invita a buscar en sí misma la fuente que brota hasta la vida eterna (cf. Jn 4:13-14).

Se debe pues acabar con esta terrible ambigüedad: Dios no está afuera, está dentro. Pero nosotros estamos afuera. Dios no es un dueño que nos obliga, un castigo que nos amenaza, un legislador que nos impone su voluntad. Es el espacio ilimitado en que respira nuestra libertad.

Pues, ¿cómo puedo respirar en mi humanidad? ¿Cómo puedo alcanzar mi dignidad? ¿Cómo puedo ser creador y valor? ¿Cómo ser bien común y universal?

En la medida en que, desapropiado de mí mismo hasta la raíz de mi ser, ya no soy sino don sin límites en que los demás se sienten acogidos, don sin límite que dibuja un espacio infinito donde se respira la Presencia eterna.

Y ése es el testimonio, el único testimonio que podemos dar hoy. Ya no hay que dar explicaciones del universo que se explica solo y sin nuestra intervención, sino descubrir otro universo, de suscitarlo, crearlo, conservarlo y hacerlo crecer, otro universo que no existe todavía, el universo del amor, de la generosidad, del don y de la santa pobreza.

La Iglesia está en crisis. Es inútil querer ocultarlo. Existen numerosas defecciones que provienen todas de que Dios ha sido visto de afuera y no de dentro, que Dios no ha sido percibido como la fuente de vida, que Dios no ha sido experimentado como espacio infinito en que la libertad se descubre y se realiza. Y es inútil buscar procedi­mientos, imaginar trucos para reunir las naciones dispersas. Hoy no hay sino un solo testimonio válido, un solo testimonio digno de respeto, un solo testimonio que pueda ser revelación del Dios vivo, y es nuestra desapropiación. No tenemos nada que decir si no nos despojamos de nosotros mismos. Nada tenemos que dar si somos esclavos de nuestro “yo cómplice”. Podemos hablar de Dios todo el día y es en vano. Será siempre un falso dios si no lo vivimos.

Ese es el único testimonio, el testimonio silencioso de una vida hecha silencio, de una vida que se eclipsa ante la vida infinita, de una vida que hace el vacío en sí misma para acoger el amor infinito, el cual es eternamente vacío de sí mismo en la procesión de las tres personas.

Eso es ser sacerdote hoy. Hoy, ser sacerdote será justamente revelar el hombre al hombre. Pues hacer al hombre, construirlo, crearlo, liberarlo de sus cadenas, promo­verlo a su dignidad, eso es revelar a Dios. Porque el verdadero Dios es interior, totalmente interior, el verdadero Dios no tiene exterior, el verdadero Dios es el único que nos lleva al centro de nuestra dignidad y no se puede revelar auténticamente sino mediante una humanidad trasfigurada, un rostro que deja pasar su luz.

Ser sacerdote hoy es pues vivir en contemplativo. Vivir en un encuentro íntimo permanente con el Dios interior que está en nosotros.

Ser sacerdote hoy es dejar transparentar, sin palabras, la Presencia adorable que se reconoce siempre en que abre un espacio ilimitado en que por fin respira la vida. Eso sería ser sacerdote.

¡Ah! ¡Que Dios nos conceda ser por fin sacerdotes auténticos! ¡Que nos conceda abandonar los ídolos, o mejor, que nos conceda dejar de hacerlo ídolo imponiéndole nuestros límites, haciendo de él, por nuestros rechazos, una caricatura inaceptable. Hay pues un testimonio que el sacerdote puede dar hoy en día, que está llamado a dar de manera suprema. Es el testimonio de la pobreza interior, de la desapropiación de sí mismo, de la unión profunda con Dios, de la transfiguración del hombre liberado de sí mismo y que presenta a los demás en el respeto y el amor, la revelación de la grandeza humana.

¡Ah! Es necesario que se realice la grandeza humana para que Dios tome toda su dimensión por medio de nosotros, para que aparezca por fin, no como el dueño sino como el encuentro íntimo de nuestro corazón que es la fuente de una vida infinita.

Y así el sacerdocio es inseparable de una vida contemplativa. Pues no se puede decidir por decretos que uno va a ser liberado de sí mismo. Sólo se puede ser liberado de sí mismo en un diálogo permanente y retomado sin cesar con la Presencia interior dentro de nosotros, la Presencia de que san Agustín decía que “nos es más íntima que lo más íntimo nuestro” (Confesiones, 6, 11. P.L. 32,688).

Y así el sacerdocio se une con la vida monástica y la vida monástica fecunda el sacerdocio. Es una gracia inmensa que haya en el mundo esos huertos de Dios donde se respira el silencio. El silencio asesinado por doquiera, el silencio expulsado, pisoteado, el silencio sin el cual ya no hay música, sin el cual ya no hay conocimiento, sin el cual ya no existe amor. Es infinitamente feliz, y es una de las últimas gracias que nos quedan, que haya esos huertos de Dios que son los monasterios donde uno se aplica a escuchar para transformarse, donde se acumula para toda la humanidad el tesoro de una Presencia divina que se revierte sobre toda humanidad y todo el universo.

Existe justamente un lazo muy estrecho o mejor un lazo indisoluble entre el sacerdocio y la vida contemplativa. Y ¡ay del sacerdote que piense que puede con métodos y artificios suplir a lo esencial que es vivir a Dios para hacer vivir de él a los demás!

Por eso debemos apoyarnos sobre los monasterios. Necesitamos vocaciones monásticas. Necesitamos sacerdotes que no se dispersen en la acción, sino que estén reconcentrados en la Presencia divina y puedan ser para el mundo un Evangelio vivo.

En efecto, no se necesita hablar, no se necesita gastarse en una acción particular. El verdadero testigo de Dios es únicamente el que vive de Dios, el que lo respira, lo lleva en su ser, y ni siquiera necesita pronunciar su nombre para que inmediatamente lo reconozcan como fuente de toda vida.

Es pues seguro que en este mundo que se opone, desgarrado, en este mundo que se asfixia, en este mundo de tumulto y de ruido, pero también en este mundo de aspiración ardiente y generosa, en este mundo que no sabe dónde encontrar al hombre, en este mundo que necesita nacer a una humanidad auténtica, es seguro que Dios solo, el verdadero, el Dios escondido en nosotros, y que nos está esperando en lo más íntimo nuestro, ese Dios es el único que trae una respuesta: que hay lazo indisoluble entre Dios y nosotros, que encontrarnos es encontrarlo, y que encontrarlo es encontrarnos, que es la misma experiencia desembocar en él y encontrar nuestra propia intimidad.

Y por eso queremos vivir esta liturgia celebrada por nuestro amigo A. E., celebrada por este monje sacerdote rodeado de sus cohermanos, queremos vivir esta liturgia como una invitación a la contemplación, como un llamado urgente a la unión con Dios, como una invitación a descubrir en lo más íntimo nuestro la Presencia amada que es la vida de nuestra vida.

¡Ah! Un mundo puede aún nacer. Nada está perdido. El universo puede aún tener sentido si se hace relicario de Dios. Y solo puede serlo si nosotros somos relicario de Dios.

En la medida en que, sin hablar inútilmente, sin criticar, sin reivindicar, nuestra presencia sea presencia real, es decir, en la medida en que nos mantengamos erguidos como una ofrenda de luz y de amor, en la medida en que respetemos en los demás la Presencia adorable que nos está esperando en lo más íntimo de cada uno, en esa medida el mundo volverá a encontrar la esperanza que necesita, la esperanza que le arrebataron o que no pudo alcanzar, lo más a menudo porque vio en Dios el obstáculo, el límite, la amenaza, el propietario.

¡Pues bien! Por Jesucristo, el Hijo del Hombre, sabemos que no es así. Por Jesucristo sabemos que a los ojos de Dios el hombre tiene el mismo peso que su propia vida.

Y por eso, al entrar en el silencio de la divina liturgia, queremos escuchar en lo más profundo del corazón la invitación de la “hermosura siempre antigua y siempre nueva” para experimentar un poco esta mañana, y cada día un poco mejor, que Dios es la vida de nuestra vida y que “en adelante, viva estará mi vida toda llena de ti”. AMÉN.

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