Todo pecado y toda contrición tienen consecuencias universales en que Dios y el hombre están juntos implicados.

Los pecados serán perdonados a quienes vosotros se los perdonareis, y se les retendrán a quienes se los retuviereis” (Jn. 20. 23)

Homilía de M. Zúndel, en el Sdo. Corazón, Ouchy, Lausana, el 17/04/1966.

Quiero decir qué formidables palabras las que acabamos de escuchar: “Los pecados serán perdonados a quienes vosotros se los perdonareis, y se les retendrán a quienes se los retuviereis” (Jn. 20. 23)

Esas palabras se dirigen a hombres, esas palabras de perpetúan en la vida de la Iglesia y basta con mirar los confesionarios que constituyen uno de los muebles de una iglesia para darse cuenta en efecto que la Iglesia tomó en serio esas palabras de Jesús y cree en el poder increíble de perdonar los pecados.

¿Cómo es cocebible? ¿Cómo podemos vivir ese poder infinito? ¿Cómo está dedicada gran parte de nuestra vida sacerdotal precisamente a esa misión divina de perdonar los pecados?

Para confundir y continuar la parábola, basta con recordar el Mandato, la últyima consigna de Jesús a sus discípulos (y a nosotros): “En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amás los unos a los otros como yo os he amado”. (Jn. 13,35)

A menudo hemos observado la paradoja del final del Evangelio, del último mensaje de Jesús, que no es sobre Dios sino sobre el hombre. Las últimas palabras del mayor de los profetas, que es el Hijo del hombre y el Hijo de Dios, no es que amemos a Dios, lo cual parecería lógico, sino que amemos al hombre.

La misma identificación la encontramos en el don comunicado a los Apóstoles en la tarde de Pascua, perdonar los pecados.

Es que hay una unión indisoluble entre Dios y el hombre. Es que Dios solo puede aparecer en el hombre. No puede hacerse Presencia real en la historia humana sino por medio de nosotros.

Imposible encontrarlo sino a través de un rostro humano. Imposible también amarlo sino a través de los miembros vivos que son los hombres, e imposible concebir una falta contra Dios que no sea falta contra el hombre, en el mismo grado.

Toda alma que se eleva, eleva el mundo , decía con profundidad Elisabeth Leseur, y podemos concluir, toda alma que abaja, abaja el mundo.

En toda ausencia de nuestro corazón, en todo rechazo de amor, hay una disminución de la luz divina en el universo, un debilitamiento de la Presencia divina en la humanidad, que nos hace realmente responsable frente al universo entero, porque todo el universo respira en Dios, en la medida en que está vivo.

Por eso es imposible convertirse, volverse hacia Dios, despegarse de sí mismo, sin ofrecer igualmente homenaje de reparación a toda la humanidad y todo el universo. Y por eso es como natural que haya en el camino de regreso hacia Dios una mediación sacramental del hombre que nos absuelve, no solo en nombre de Dios sino también de la humanidad y del universo. Si solidarizamos así como se debe el poder de perdonar los pecados y el Mandato, la última consigna de Jesús a sus discípulos y a nosotros, nada parece más natural en cierto modo que la comunicación hecha al hombre del poder de perdonar los pecados.

Dios es la vida de nuestra vida. Es imposible encontrarlo fuera de una experiencia humana. Y por eso herir al hombre es ofender a Dios y un homicidio es siempre un deicidio, y asesinar moralmente a alguien es lo mismo que asesinar a Dios.

Por eso volver a Dios es también volver al hombre, y restaurar la vida divina en el alma es un aumento de vida y de solidaridad que acompaña inevitable e indisoluble­mente la restauración de la vida divina e nosotros. Y encontramos de nuevo aquí la revelación incomparable del rostro de Dios, que es lo propio del Evangelio, el rostro de Dios encarnado, el rostro de Dios que entra en la historia, inseparable de la tragedia humana y que podemos volver a descubrir solo dando a los demás, como a través de nosotros mismos, un rostro humano, es decir un rostro de valor y una dignidad infinita, porque a través de él, justamente, trasparenta la Presencia infinita que es la vida de nuestra vida.

Y podemos alegrarnos de que la lógica de la fe haya conservado en la Iglesia, más allá de todas las polémicas, el sentimiento de solidaridad absoluta entre el hombre y Dios. Y la afirmación del poder de perdonar los pecados que concierne tanto al hombre como a Dios y vamos a concluir la identificación afirmada bajo tantos aspectos en la vida de la Iglesia, reconociendo por una parte la humanidad de Dios y la divinidad del hombre por otra parte.

Dios es infinitamente humano, infinitamente próximo. Es la dimensión infinita, viva y liberadora de nuestra existencia que solo a través de él puede desembocar en lo infinito. Y el hombre, a su vez, se ennoblece incomparablemente por la habitación de Dios en nosotros, que hace de cada uno de nosotros un templo del Espíritu Santo.

Nada hay más concreto y realista que el Evangelio de Jesucristo, y no hay mística más profundamente enraizada en el suelo que la derivada del Evangelio, ya que es imposible ir a Dios sin pasar por el hombre y nos prohíbe ir a dejar la ofrenda sobre el altar antes de reconciliarnos con los hermanos, si recordamos que tienen algo contra nosotros.

Qué gracia pediremos sino la de estimar al hombre en el mismo grado que Dios lo sitúa y ver en el hombre el equivalente de la sangre del Señor que fue derramada por él. Y permanecer fiel a todas las exigencias de nuestra conciencia, no solo por ofender a Dios, lo cual es ya intolerable, sino por disminuir inevitablemente en el mundo, por disminuir en el mundo la luz, la alegría y la presencia de Dios.

Y puesto que se debe concluir de manera positiva, “Toda alma que se eleva, eleva el mundo”, pidamos pues al Señor, que en el orgullo de ser hombres, en el deseo de ser creadores, demos justamente a nuestro esfuerzo la amplitud universal, que sepamos que en la paz, en la perseverancia, en el combate contra todas las fuerzas que podrían poner en peligro la dignidad humana en nosotros, no luchemos solo por nosotros sino por todo el universo y que el Reino de Dios se realice precisamente en la fidelidad de cada uno consigo mismo, ya que, una vez más, “toda alma que se eleva, eleva el mundo”.

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