M. Zúndel en Paris, fiesta de la Cátedra de San Pedro, el 22 de febrero. Inédito.
(Notas de M. Masson)

El supremo mandamiento de Jesús: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn. 13:34)

Y la oración suprema de Jesús: “Que sean Uno, oh Padre, que sean Uno en ti, como tú y yo somos Uno. Que sean uno en Ti, como Tú y yo somos Uno” (Jn. 17:21)

Y como la religión de Jesús es la religión de la caridad, la religión del Amor, Jesús no podía concebir su obra sino como una fraternidad divina, fruto de la paternidad divina.

No como fraternidad humana establecida sobre esfuerzos y bajo comandos de hombres, como fraternidad humana fundada sobre cualidades humanas ante una ley establecida por hombres, sino como fraternidad divina, fundada sobre la comunión interior de las almas en el mismo Dios, presente en lo más íntimo del corazón.

La religión de Jesús debía ser la religión del Padre nuestro. Era necesario que las almas desaprendieran a decir yo, y, volviéndose hacia Dios, llevaran al Padre celestial la honra de todos sus hijos, el grito que los une a todos en un solo impulso de amor: “Padre nuestro, que estás en el Cielo…

Jesús no podía pues concebir su obra sino como fraternidad divina.

Pero como los lazos más profundos entre los hombres se expresan mediante relaciones visibles y manifestaciones sociales, esa fraternidad divina, fruto de la Paternidad Divina, debía manifestarse en expresión sensible y dar lugar a manifestaciones sociales.

En fin, lo mismo que la vida interior, la vida divina brota del corazón de Jesús y el lazo esencial, que debía unificar a todos los hombres como un solo ser, en una sola red de amor ante el Padre celestial, es absolutamente insuperable, las relaciones visibles y las manifestaciones sociales no podían ser sino el signo y sacramento de las comunicaciones interiores que constituyen la Comunión de los Santos y la fraternidad divina resultado de la paternidad divina.

Por eso la Iglesia, para darle su nombre, debía ser el Sacramento de Jesús.

Como Jesús en su humanidad es el Sacramento de Dios, la Iglesia es el Sacramento de Jesús.

Y como Jesús quiere enseñar a los hombres los secretos del Padre para llevarlos al Padre, la Iglesia quiere enseñar a los hombres para llevarlos a Jesús, y como Jesús amaba a los hombres por su contacto con la caridad divina, la Iglesia quiere amarlos por la gracia de Jesús. Y es la misma actividad, la misma enseñanza, la misma gracia, la misma Presencia, la misma Persona.

Hijitos míos, no os dejaré huérfanos, yo vendré a vosotros.” (Jn. 14:18) –“Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de poco más me volveréis a ver, pues no os dejaré huérfanos” (Jn. 16:16).

Y sabemos que estas Palabras se realizaron allá el día de Pentecostés, en el regreso misterioso de Jesús en lo más íntimo del corazón de sus Apóstoles, cuando por primera vez, de manera definitiva y con afirmación infalible se dan a él como al Verbo hecho carne. Su maestro está pues en medio de ellos, su maestro está en ellos. Ahora los envía en la misión interior irresistible, en la llama del Espíritu, y ellos se levantan y le rinden testimonio: “No podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hechos, 4:20)

No tienen más respuesta, son testigos suyos, son sus enviados, él está con ellos, ellos hablan en su nombre y por su boca se expresan sus verdades: “Nos pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros” (Hechos, 15:28), dicen ellos a la asamblea de Jerusalén, pues obran en la luz del Espíritu, en nombre del Espíritu. Más aún, obran en la persona de Jesús.

Y ahora se va a realizar el encuentro decisivo de que nos vendrá la teología de la Iglesia, en el camino de Damasco; ahora la violencia de amor se va a poner al servicio de Dios. Saulo, derribado por el Amor de Jesús, exclama: “¿Quién eres tú, Señor? (Hechos 9:5). –“Yo soy Jesús, a quien tú estás persiguiendo”.

Y sin embargo, Saulo no había visto a Jesús en su vida carnal sino que, al atacar a los discípulos de Jesús, había atacado la comunidad cristiana en que vivía Jesús,.

Golpeado en ellos, Jesús reivindicaba su identidad con ellos: “Yo soy Jesús a quien tú persigues”.

Y ahora, habiendo hecho el encuentro decisivo, va a aprender de él lo que debe hacer para obedecer a la luz. Ese encuentro nos dará la teología luminosa de la Iglesia.

La Iglesia es el cuadro místico de Jesús, el acabado del que termina todo en todo. En una palabra, la Iglesia es Jesús mismo.

Y esta identidad debemos conservarla porque es todo el misterio de la Iglesia. La Iglesia es Jesús manifestado en el sacramento social que es justamente la Iglesia. Y lo que pedimos a la Iglesia no es otra cosa que la Palabra, la Verdad, la Presencia, la Gracia, el Amor, en fin, la Presencia de Jesús.

Y si le atribuimos a la Iglesia, si creemos que la Iglesia es infalible, es justamente porque en ella no queremos tratar con una verdad venida del hombre, con un comando militar acordado por hombres, sino que de la Iglesia deseamos recibir solo la Palabra inmaculada que nos viene del Verbo hecho carne.

Y decir que la Iglesia es infalible no es sino decir que no nos da palabras de hombre sino la Palabra de Jesús, que nos pide creer en Jesús, no en el hombre: “No soy yo sino el Señor, y por eso no hay que creerme a mí, sino al Señor.

Y si creemos en el poder infalible de los sacerdotes, es justamente porque pedimos a la Iglesia, no la santidad del hombre sino la de Jesús. Y lo que deseamos recibir de sus manos es la gracia de Jesús, sin contaminación con la indignidad de sus manos o los límites de sus vidas.

La Iglesia es Jesús. Para nosotros, la Iglesia es una Persona: es la Persona misma de Jesús.

Por eso, ante la Iglesia nos sentimos soberanamente libres, libres con la libertad interior de los hijos de Dios que se han dado a la luz que les solicita por dentro.

Somos libres porque no tenemos otro dueño que Cristo, otro señor que el primer Amor que se inclinó hacia nosotros, que fue crucificado por nosotros y que nos abre su corazón para que en él encontremos la vida divina.

A los de afuera, a tantas almas de buena voluntad, mejores que nosotros, a menudo mucho más dignas que nosotros, infinitamente más dignas de beneficiar de los tesoros que tenemos en custodia, puede parecerles que la Iglesia es algo terriblemente complicado y que para ir a Jesús hay que pasar por ella mediante investigaciones dogmáticas enredadas e inútiles que complican las relaciones del alma con Dios.

Pero no es así pues los dogmas no son sino irradiación del relicario cuyo centro es Jesús. Y todos dicen lo mismo, y todos quieren liberarnos de los obstáculos humanos, de los errores humanos, a fin de que lleguemos con seguridad al centro y que podamos recibir el alimento de la verdad en el corazón de Jesús.

Todos los dogmas no buscan sino conservarnos la verdad del Evangelio, conducirnos con seguridad a la Persona y al Amor de Jesús. Y por eso en la Iglesia no buscamos jamás sino la Persona de Jesús y en todos sus decretos disciplinarios que buscan preservarnos de la impureza, buscamos la pureza del Amor de Jesús.

En la medida en que vivimos nuestra fe, no nos molestan sus leyes, como tampoco molestan las reglas de urbanidad al hombre bien educado: son cosas que vienen del interior, por decirlo así, así se hace, sin pensarlo: cuando el alma está bien establecida en la fe y verdaderamente orientada hacia el Amor.

Y en fin, a tantas almas que desearían entrar en la gran fraternidad católica, les parece que en la Iglesia reina una especie de tiranía humana, y que es necesario soportar sin cesar el yugo del hombre, mientras que el yugo de Cristo es un yugo que libera, y que busca que el alma vaya a Dios con un impulso filial de amor lleno de confianza.

Y en esto también nos sentimos infinitamente libres, ya que para nosotros, los hombres en la Iglesia son solo sacramentos de Otro, que es Jesús. Esta es una doctrina admirable, la doctrina tan poco conocida, de sacerdotes cristianos, magníficamente resumida en las palabras mismas de la Consagración que tenemos el honor de pronunciar cada día:

Esto es mi Cuerpo.” No: “esto es el cuerpo de Jesús”, sino: “Esto es mi Cuerpo.” ¿Qué sucede entonces, y qué significa el sacerdocio cristiano sino justamente: las palabras de un hombre expropiado de sí mismo y revestido de Otro, para que ese Otro pueda decir Yo por su boca?

Aquí ya no soy yo, sino Cristo que es yo, yo ya no me pertenezco, soy suyo, para realizar su obra, y que él pueda decir Yo. En efecto, por mi boca él dice Yo: “Esto es mi Cuerpo”.

Y eso es todo lo que pedimos al sacerdote, todo lo que pedimos a la jerarquía: que deje resonar para nosotros ese yo, el Yo Divino, el Yo que es un fuego ardiente de Amor, que nos dé a Jesús.

Solo tratamos con la Iglesia en la medida en que tratamos con Jesús, y dejamos de tratar con la Iglesia cuando ya no se trata de Jesús.

Y el hombre que ha pronunciado esas palabras divinas, que era el sacramento vivo de Cristo, “Esto es mi Cuerpo”, si dice después una mentira, ¡pues esa mentira lo condena! Sabemos muy bien cuál es el padre de la mentira y sabemos que no lo dice como Cristo, como sacramento de Cristo, sino que miente en cuanto hombre. Y entonces ya no tenemos ninguna obligación hacia ese hombre pecador, sino solo la de orar por él para que vuelva a la luz y al Amor.

Y así, en la Iglesia jamás estamos ligados a las faltas ni a los errores humanos. Y así, en la Iglesia, el más alto obispo de la jerarquía, el Papa mismo, en la medida en que no cumple la orden de Jesús, ya no es nada para nosotros, ya no es Cristo, no es sacerdote sino en la medida en que realiza la obra de Jesús y nos pone en contacto con la Persona, con el corazón y el Amor de Jesús.

Por eso somos libres, más que en cualquier otra parte, siempre libres del hombre, siempre libres de lo material, siempre libres de los ritos, siempre, ya que justamente, para nosotros todo ese universo de la materia, del hombre, es trasfigurado, como signo a través del cual debe pasar la luz, la Presencia y la Persona de Jesús.

Por eso no pensamos que la Iglesia sea algo visible que se pueda tocar con las manos; la Iglesia es esencialmente intocable como la realidad divina misma, porque es Jesús, la Persona de Jesús, el misterio de Jesús.

Pero hay algo visible, y es un signo, y dejamos de verlo cuando dejamos de percibir el signo como pura transparencia que deja pasar la luz de la divinidad.

No hay duda de que Pilato veía a Cristo en su humanidad, pero no se puede decir que veía a Cristo, al verdadero Cristo, pues no percibía su estatura invisible de Verbo hecho carne, que era lo esencial.

Sólo había que atravesar la humanidad que es el camino, para encontrar más allá la divinidad que es la verdad y la vida.

Y así mismo, todas las almas que ven la Iglesia por fuera, que se limitan a las apariencias, no ven la Iglesia pues, una vez más, la Iglesia es el Sacramento de Jesús. Y para percibir la Iglesia se necesita la mirada de la fe.

Y si falta mucho para que podamos escuchar las palabras de la Iglesia, y entenderlas a primera vista y sin preparación, falta infinitamente mucho para que podamos escuchar las palabras de Jesús cuando nos pegamos solo a su significado material.

Sabemos que, cuando daba testimonio de la verdad, del Amor del Padre, cuando quería hacernos sus hijos, Jesús encontró resistencias que lo llevaron a la muerte en la Cruz. Y sabemos que, a pesar de rendir de la verdad el más luminoso testimonio que haya habido, Jesús se declaró en cierto modo impotente.

Nadie puede venir a mí si mi Padre que me envió no lo ha llamado (Jn. 6:44)

Para encontrar a Jesús, para que su mensaje fuera legible, para que la luz llegara a los abismos, se necesitaba justamente la docilidad venida del Espíritu Santo, la luz interior que hiciera legible el mensaje presentado al exterior.

Lo mismo sucede con los dogmas de la Iglesia, con sus decisiones y toda su vida.

Y como un espléndido vitral pero cuya luz solo es perceptible a la luz interior, la luz de la fe que la abrasa y la hace legible, justamente, solo la fe viva puede liberarnos de los límites y errores del hombre.

Yo sé que a veces es difícil discernir; hay casos muy sencillos, por ejemplo en que los hombres de Iglesia ejercen un poder sacramental del que sabemos que es infalible y eficaz. Y entonces, la fe se entrega sin vacilar, adora la divina Presencia evocada por las palabras de la Consagración.

Pero hay otros casos en que la sacramentalidad de los hombres de Iglesia es menos aparente y en que es más difícil discernir si tratamos con Dios; pero qué importa, pues la fe es una docilidad que solo ofrecemos a Dios. Es imposible que la engañen por mucho tiempo y que al fin no lleguemos a la fuente viva de la vida eterna que es la luz y el Amor de Dios en el corazón de Jesús.

La Iglesia es pues Cristo, Jesús mismo, en el organismo social que es su sacramento, que lo representa y lo comunica, pero que solo tiene valor de signo trasparente a los rayos de luz divina que en él buscamos.

Y por eso en la Iglesia es Jesús quien tiene razón y no nosotros, y si estamos obligados, tan indignos como seamos, repetimos las palabras de los Apóstoles: “No podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hechos, 4:20).

No decimos: “Nosotros tenemos razón y los demás se equivocan”, sino: “Cristo es la luz divina y tiene razón: la luz divina del Amor que invita a todos a la fraternidad divina que es la Iglesia, fruto de la paternidad divina.

Y sabemos muy bien que nuestras faltas de católicos, de sacerdotes, son las que a menudo impiden que las almas perciban en la Iglesia la embajadora de Cristo.

Y sin embargo, debemos decir con los Apóstoles que así es.

Él nos ha enviado, tenemos una misión, y ay de nosotros si no predicamos el Evangelio, si somos indignos, y no hay que pedirnos que traicionemos la verdad y la gracia de Jesús, y que lo sustraigamos a las almas ávidas que lo están buscando.

No tenemos pues razón nosotros, sino Cristo en nosotros, a través de nosotros, y a menudo a pesar de nosotros.

Así, cuando decimos que no puede haber iglesia fuera de la Iglesia, es decir que no puede haber unidades fuera de la Unidad, y unidades constituidas contra la Unidad, lo decimos sin orgullo, sino, al contrario, con el sentimiento más profundo de nuestra indignidad, de nuestras faltas y errores, todo lo que cierra el camino a personas infinitamente más dignas que nosotros de poseer la luz, la gracia y el Amor de Jesús.

Fuera de la Iglesia puede haber grupos de almas de luz, puede haber voces proféticas difundidas en ciertas personalidades que encaminan a las demás hacia la luz, pues, en fin, Dios no rehúsa la luz a las almas de buena voluntad a causa de nuestras faltas.

Pero no puede haber iglesias fuera de la Iglesia ni unidades fuera de la Unidad o contra la Unidad.

Jesús solo pudo desear una Iglesia porque solo podía desear una caridad, una fraternidad divina, salida de la paternidad divina.

Esto es mi Cuerpo, esto es mi Sangre”. ¿Qué es la Iglesia, sino finalmente, el misterio de la gran dimisión? Como el misterio de la Encarnación realiza en la Persona de Jesús la dimisión total del yo humano que estalla bajo la invasión de la divinidad.

Como en Jesús ya no hay yo humano, como el reino del yo está enteramente abolido para que el reino de Dios se afirme eternamente, así la Iglesia, que es la extensión social del misterio de Jesús, quiere establecer en nosotros la gran dimisión de la fe y la caridad, que rompe nuestro egoísmo bajo la luz y la gracia de Cristo, a fin de que Dios pueda decir Yo mediante nuestra vida.

Y yo sé que estamos muy lejos de ser puros sacramentos de la divinidad. Y sin embargo, esa es nuestra vocación de cristiano, esa es nuestra vocación de miembro de la Iglesia constituida por todas las almas bautizadas.

Los que se han dado a la luz y los que reciben la gracia de Jesús, todos debemos ser testigos. Y no son solo los sacerdotes, los que son designados por este nombre, los que deben ser testigos de Cristo y como mediadores entre Dios y los hombres, sino todos los cristianos que, en virtud de la gracia misma de su bautismo, fueron revestidos de Cristo para que la Persona de Jesús se manifieste en ellos. Y si hay algunos especialmente consagrados para ser sacerdotes, eso es justamente para que todos los demás sean preservados de las faltas y límites del hombre, gracias a la infalibilidad del Sacramento.

Ser sacerdote no es estar por encima de los demás, en el pináculo del orgullo humano, sino al contrario estar expropiado de sí mismo, vaciado de su yo para que Jesús pueda expresarse en nosotros, que su Yo resuene a través de nuestros límites, y que él pueda darse a todos los hombres a pesar de nuestros errores y nuestras faltas.

Así es la Iglesia, el misterio de la Iglesia, expansión del misterio de Jesús que es por su parte la proyección del misterio de la Trinidad en el tiempo. Misterio del Amor, en la absoluta difusión de la vida divina, en el triple foco de altruismo subsistente que es la vida de tres Personas.

Misterio del Amor en el corazón de Dios.
Misterio del Amor en el Corazón de Jesús.
Misterio del Amor en el corazón de la Iglesia.

El mismo misterio, el mismo misterio de Amor, el mismo misterio de la persona divina, que nos quiere reunir a todos en una fraternidad divina que haga surgir de nuestro corazón un solo grito de confianza y amor, “Padre nuestro”.

Así debemos entrar en el misterio de la Iglesia, así debemos verla, como una Persona, como la Persona misma de Jesús, como el misterio de la liberación perfecta y de la suprema dimisión que tiende a liberarnos del yo, para que podamos ser inundados por la plenitud de la luz, de la verdad y de la caridad divina, y que podamos repetir con Jesús la oración que le da sentido a nuestra vocación bautismal y que hoy especialmente, día de la cátedra de San Pedro, debe brotar de nuestros corazones con nueva fe, con esperanza más vibrante y profunda caridad:

¡Padre, que todos sean uno en nosotros, como Tú y Yo somos UNO!

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