Homilía de Mauricio Zúndel, texto sin lugar ni fecha.

En el Evangelio de Lucas encontramos un relato que no se puede dejar de meditar. No se lo puede leer sin aprehensión ni remordimientos. Son palabras dichas como de paso, para excusarse por su hermana, mujer que estaba demasiado atenta a la enseñanza de la Verdad como para entregarse a otras preocupaciones: “Solo una cosa es necesaria. María escogió la mejor parte y no se le quitará” (Lc. 10:42).

Solo una cosa es necesaria...

Cómo no sentir el peso de esa afirmación en la boca de quien pudo decirla con tanta seguridad y tanta humildad….

¿Cuál es el juicio aquí? “La luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz”.

Solo una cosa es necesaria...

Es evidentemente importante saber cuál. Pero ya, a pesar de los sacrificios que se deberán aceptar para orientar hacia ella todas las energías y todos los actos, ¡qué inmensa esperanza y qué luminosa restricción!

La unidad, elemento misterioso que domina toda obra de arte perfecta y la hace vivir ante nosotros en un equilibrio de luz, derramando su alma en la nuestra de repente liberada. También en la vida humana la unidad es constitutivo formal del orden y la paz.

Los deseos y los pensamientos, la inteligencia y la voluntad no pueden moverse en la discusión y lo indeterminado, ni pueden ir indefinidamente de un objeto a otro. Hay jerarquía en su aspiración, por lo menos tanto como en nuestra búsqueda.

Es necesario detenerse en una y otra parte: en un primer motor inmóvil, en una Verdad que sea una especie de guía sintética para toda investigación, en una felicidad sin mezcla donde todos nuestros sueños hallen satisfacción definitiva. Es lo que Jesús dice en una palabra con irresistible firmeza: “Solo una cosa es necesaria.

¿Pero cuál? ¿La ciencia, el arte, la gloria o el Amor? Estos términos parecen ser solidarios. De verdad, los cuatro representan cada uno con qué tentar nuestras ambiciones. Parece inclusive que toda mente cultivada tiene derecho de obtenerlos juntos pues no se puede conocer el porqué de las cosas sin sentirse urgido a traducirlas en belleza, y por otra parte, es apenas posible que una obra sea bella sin solicitar la admiración del público y la ternura de sus íntimos.

Y esta solidaridad es precisamente la que representa de hecho la más terrible esclavitud. Descubrir la verdad para recibir la aprobación de los demás. Crear belleza para merecer aplausos. Es exponerse necesariamente a mentir y trampear para llegar a un éxito más tangible. Y es finalmente recaer en la peor miseria: el culto del yo, la egolatría o adoración de sí mismo, que es la forma y la esencia misma de las herejías modernas.

Porque sabemos muy bien que hoy lo necesario de saber no es la solución que resuelve problemas dignos de nuestras angustias y meditaciones, sino el nombre de quienes se han ocupado de ello, su opinión, los argumentos que avanzaban, y, naturalmente, los que podemos oponerles. Poco importa el final del debate, ya que todo es relativo.

La erudición remplaza el pensamiento y el orgullo, que venera necesariamente todas las autoridades de las cuales toma su subsistencia, sigue buscando con la esperanza de no encontrar nunca.

Es la razón de tantos libros actuales que constituyen verdaderos delitos, que acaparan la atención debida al objeto, la verdad, en provecho del autor o del sujeto.

Por eso tantas fórmulas sabias son auténticas supercherías, en razón de todas las cuestiones que se disimulan sin siquiera aflorarlas. Por eso se siente a veces tanta tristeza y asco en los medios intelectuales.

Porque la mente no puede dejar indefinidamente que se coman su pan. Aspira a conocer el plan de las cosas en otra parte y no en la verba sin color de mentes tan mediocres como ella misma. Quisiera penetrar al corazón mismo de los objetos que aprehende: leer dentro de cada ser el pensamiento que realiza y la voluntad de donde procede. ¿De quién es pues?

En su fatiga, la mente aspira de verdad al descanso soberanamente activo de la contemplación. Vivir, para la mente, es llegar a la explicación exhaustiva de todo lo que es, la causa que puede explicarlo todo porque puede explicarse ella misma.

Lo único necesario... dice san Juan, “es conocerte a ti, Padre, y al que tú enviaste, Jesucristo” (ver Jn. 17:8). Jesús, el Hijo único, el Verbo, la Palabra, el pensamiento vivo del Padre. La eterna sabiduría en que Dios ordena al comienzo la obra que va a realizar, discurso en que todo es verdad, como dice Bossuet, y que es la verdad misma. Volvamos a leer el primer capítulo de san Juan: “Por él fue hecho todo, y nada se hizo sin él. En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1:3-4) “Y el Verbo se hizo carne y habitó en medio de nosotros” (Jn. 1:14). Deleitémonos pues, continúa el gran obispo, con el pensamiento, con la sabiduría de Dios. ¡Escuchemos la palabra que nos habla en un profundo y admirable silencio!, dejando suavemente fluir el corazón hacia el Verbo.

Sin duda es allí donde encontraremos el descanso del corazón y de la mente en el esplendor único de una visión capaz de abrazar todo lo que es y de dar a cada ser su propio valor.

Superándonos ahí, elevados infinitamente por encima de todos los genios humanos, tendremos parte en la vida intelectual de Dios y gozaremos inefable­mente del Dios vivo que se hacen mutuamente el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo.

¡Qué silencio, qué admiración, qué sorpresa, qué luz nueva, cuando todas las operaciones de la razón, en una adhesión cada vez más perfecta a la única verdad, y todos los movimientos del corazón obedezcan al ritmo indefectible del Amor eterno, cuando toda nuestra actividad en convergencia ordenada, nos lleve hacia lo único necesario, y cuando de nuestra alma liberada brote el cántico de los elegidos, la oración perfecta que da todo sin pedir nada, el grito de la admiración respetuosa del misterio! ¡Amén, así sea! ¡Amén!

Eso es todo lo que me queda de todo el discurso fuera de un simple e irrevocable adhesión por amor a la verdad que me muestra la fe. ¡Amén! ¡Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios por los siglos de los siglos! ¡Amén!

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