Conferencia de Mauricio Zúndel en El Cairo, en 1961. Inédita.

El Papa san Gregorio dio un admirable comentario del Evangelio de los discípulos de Emaús.

Pasó el día de la Pascua y Cristo no ha cumplido las esperanzas que sus discípulos habían puesto en él, y, muy tristes, los dos discípulos comentaban los acontecimien­tos cuando Cristo, como un peregrino desconocido, se reúne con ellos en el camino, y participando en su conversación comienza a explicarles las Escrituras para mostrarles que todo lo sucedido era conforme con las profecías.

Pero no lo reconocen cuando les habla, y por fin llegan a casa y, ofreciéndole hospitalidad, instan al extranjero peregrino a que entre en casa. Entonces Cristo toma el pan y de repente lo reconocen en la fracción del pan.

San Gregorio retoma todo el episodio y lo resume en estas magníficas palabras, explicando por qué no lo reconocieron: “Les apareció al exterior como estaba dentro de ellos”. Creían y dudaban al mismo tiempo. Lo amaban y al mismo tiempo vacilaban sobre el cumplimiento de las esperanzas que habían puesto en él. Finalmente, vivía en ellos de manera incierta y ambigua, y por eso no lograban identificarlo en su forma externa. Les era extranjero al exterior porque lo era dentro de ellos. Solo al realizar el precepto del amor se abrieron sus ojos. Y san Gregorio resume todo eso en esta frase densa y hermosa: “No fueron iluminados por escuchar los preceptos del Señor sino cumpliéndolos.

Lo que se debe retener de este admirable comentario es esta frasecita: “Les apareció al exterior como estaba dentro de ellos”. Les era extranjero exteriormente en la medida en que les era extranjero en su interior. Porque en esta frasecita tenemos la exegesis de todo el Antiguo Testamento. En el fondo, todo el Antiguo Testamento es el peregrinaje de Emaús. La humanidad camina con el Señor y el Señor con la humanidad, pero la humanidad no logra identificarlo bajo su verdadero rostro. Proyecta sobre él sus propias escorias, sus imperfecciones, sus tinieblas y su opacidad. Lo cubre, en fin, con sus propios límites y aunque sea en verdad él, todavía no es él bajo su verdadero rostro. Habrá que esperar el pleno sol de la revelación, que precisamente los cristianos reconocen en Jesucristo.

Y si Jesucristo trae la plena luz de la revelación, es que evidentemente la vida divina se realiza en él con una plenitud que supera en mucho todo lo que los profetas pudieron saber y vivir de Dios.

La vida divina sobreabunda en Jesucristo y por esa sobreabundancia, en el pensamiento cristiano, Jesucristo trae la revelación perfecta. La plenitud de vida divina se ha expresado además en la tradición y en el dogma cristiano, en la afirmación de la filiación divina de Jesús. Y ese es uno de los pilares de la fe cristiana: Jesús es el Hijo de Dios. Pero también podríamos decir, refiriéndonos a lo que hemos dicho sobre el Dios desconocido, recordando que si Dios es desconocido, lo es justamente en la medida en que el hombre es desconocido. Se podría decir que en Jesucristo la humanidad alcanza su perfección, que Jesús es el hombre perfecto y que, justamente en razón de la perfección de su humanidad, él es el perfecto revelador de Dios. Es decir que podemos afirmar con la misma fuerza (y ese es el otro pilar de la fe cristiana) que Jesús es el Hijo del Hombre. Y veremos en efecto que es necesario reunir estos dos títulos simétricos que tienen la misma densidad y la misma plenitud: Jesús es a la vez el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre.

Pero hay que observar igualmente que la apelación de Hijo de Dios es un nido de equívocos. Nunca se ha planteado una cuestión más mal que esa, y hasta las expresiones más tradicionales, más sagradas y litúrgicas de la filiación divina de Jesucristo son también profundamente equívocas, al menos para nosotros en la lengua que hablamos.

Y hablando de la divinidad de Jesucristo, el primer equívoco es imaginar más o menos que la filiación divina es contemporánea con la encarnación, que la filiación divina, como la conoce Jesucristo tiene su origen también, en la época de Jesucristo.

Entonces la conclusión más grave es evidentemente, el no haber discernido el sentido de la filiación divina en el seno mismo de la Trinidad.

Se dice de ordinario: Dios tiene un hijo, Dios tiene un hijo, y eso escandaliza a nuestros hermanos musulmanes, y me escandaliza también a mí, porque Dios no tiene nada, y por eso tampoco tiene hijo. Si queremos hablar de manera rigurosa, hay que decir: Dios es, Dios es Padre como también Espíritu Santo. No existe un Dios que tiene un hijo. ¡No existe un Padre que engendra un hijo y lo precede! Vimos que en Dios la paternidad es una relación, es pura mirada, puro impulso que solo puede surgir precisamente en la reciprocidad de otra mirada, de otro impulso, de otra relación subsistente, que es justamente la filiación. Es absolutamente impensable imaginar a Dios Padre residiendo en alguna parte sobre un trono, y a Dios Hijo que viene a visitarlo y a obtener permisos, quiero decir a caminar sobre la tierra. ¡Todo eso es pura mitología!

En Dios la filiación divina es como la paternidad divina, como la aspiración divina: es el modo personal de existir, compatible con la santidad de Dios; el único modo compatible con la santidad de Dios, que solo puede expresarse de manera altruista. Toda la vida divina, sin excepción, como un océano que sería una sola onda, es llevada tres veces en esa relación subsistente, en que se comunican toda la luz, todo el conocimiento y todo el amor.

En la divinidad todo es absolutamente común, excepto las relaciones opuestas que establecen las distinciones del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, excepto las relaciones opuestas que permiten justamente la comunicación total del todo. Todo es común, excepto las relaciones opuestas que permiten justamente una comunica­ción total pues en Dios la distinción se funda sobre la desapropiación y en él, con plenitud infinita, Yo es otro.

Entonces de ningún modo se debe aceptar que la filiación divina comienza con el nacimiento temporal de Jesús, ni tampoco se debe aceptar en modo alguno una disyunción entre las personas divinas, como si la una hubiera podido salir del seno de la Trinidad, como si la una dependiera de la otra. No hay dependencia alguna entre las personas divinas, puesto que, repetimos, todo es común, excepto las relaciones opuestas que fundan la comunicación.

Pero queda otra cosa por clarificar y es que la expresión misma de la filiación divina en dos términos que son consagrados por la liturgia, por la teología y por el catecismo, y más profundamente todavía por el Evangelio mismo, y son las dos expresiones que repetimos cada día: “Bajó del cielo y se hizo hombre”. “Bajó del cielo” es un primer equívoco. “Y se hizo hombre” es otro. Porque para nosotros es evidente que bajar del cielo no significa estrictamente nada pues ya no aceptamos que el cielo está arriba, que hay cielo, quiero decir constituido de una materia particular, de quintaesencia, un mundo diferente del nuestro. Por análisis espectral, sabemos que los astros están compuestos de los mismos materiales que la tierra y no hay en absoluto razón alguna para colocar la morada de Dios en un cielo superior, en las estrellas o más allá de ellas.

Para nosotros no existe otro cielo que el alma humana, otro cielo que el espíritu que vive de Dios, y bajar del cielo es impensable para nosotros ya que eso no significa estrictamente nada.

Para los antiguos era diferente pues su cosmología era diferente: consideraban un engranaje de esferas, tres, siete o nueve, un engranaje de esferas cada vez más preciosas a medida que uno se aleja de la tierra, y las almas debían atravesarlas después de la muerte para llegar al empíreo, a la morada de los dioses.

Para nosotros, toda esa figuración, toda esa imaginería se deshizo pues nuestra cosmología cambió radicalmente. Entonces ya no podemos decir esas palabras sino de manera metafórica, no para expresar una “bajada” sino una condescendencia, es decir, un inmenso movimiento de amor y ternura, de la divinidad para con nosotros. O si preferimos, una manifestación visible y luminosa de la Presencia de Dios.

Y la otra expresión, “Se hizo hombre o “el Verbo se hizo carne”, es aún más sujeta a cautela por la razón que santo Tomás examina además al comienzo del tratado de la encarnación, cuando se plantea esta cuestión, o mejor, cuando se hace a sí mismo la objeción siguiente: “La encarnación es imposible porque introduciría un cambio en Dios. En efecto, si Dios no es eternamente encarnado, no puede serlo en ningún momento, porque para él un cambio significaría dejar de ser lo que era y dejar de ser Dios, o bien ser promovido a un estado que no tenía todavía y comenzar entonces a ser Dios. Por consiguiente, la encarnación es absolutamente imposible.” Y responde a esta objeción a su manera, con una perfecta concisión: “la encarnación no introduce absolutamente ningún cambio en Dios.” Dios no cambia nada ni deja de ser nada… no hay cambio alguno en Dios.

Porque justamente la encarnación quiere decir que Dios se unió de manera nueva a la criatura, o mejor, dice corrigiéndose felizmente, quiere decir que Dios une de manera nueva la criatura consigo mismo. La expresión es admirable: “Él unió de manera nueva la criatura consigo mismo.

Y el credo que decimos de san Atanasio lo repite diciendo: Asumió la humanidad.

No hay pues absolutamente ningún cambio en Dios, todo el cambio está por el lado de la humanidad; es pues en la humanidad de Jesucristo, en esta criatura que brota en el seno de la Virgen María, donde se debe considerar todo el cambio.

Esto es de importancia capital, pues habiendo excluido una bajada del cielo, debemos también observar, porque en Dios nunca hubo cambio, y que la encarnación no podría introducir ninguno, es también necesario que Dios no tuviera que venir. Ya estaba ahí. Y eso es, en efecto lo que nos dice magníficamente el prólogo de san Juan: “La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la reciben.

Él estaba en el mundo, estaba en el mundo, el mundo fue hecho por él y el mundo no lo conoció. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron.” Dios ya está siempre ahí, pero nosotros no. Siempre está ya en nosotros, pero nosotros no estamos. Y está todo el tiempo en nosotros, en la humanidad de Jesucristo, pero nosotros no estamos en él como la humanidad de Jesucristo.

Por el lado de Dios, pues, todo está literalmente cumplido, todo está dado. Dios es el don absoluto, la presencia infinita, es el amor al que nada se le puede añadir.

Por ese lado, el don de Dios era perfecto, como siempre. Dios siempre está en nosotros, es un sol oculto en nosotros, pero por nuestra opacidad no puede brillar.

Así era a lo largo de toda la historia y si los profetas dijeron cosas admirables sobre Dios, y si además su enseñanza era imperfecta, era justamente en la medida en que eran limitados, mezclaban sus límites con el mensaje, en el cual la luz divina chocaba con la opacidad de ellos.

Entonces, si hubo cambio, fue en la humanidad de Jesucristo y hay que contemplarla surgiendo en el seno de María, nótenlo bien, como obra de toda la Trinidad. En Dios todo es común, como acabo de decirlo, excepto las relaciones opuestas que fundan la comunicación. Entonces, la operación de suscitar en María esa humanidad es obra común de la Trinidad, como la oración de Jesucristo se dirige a toda la Trinidad y el sacrificio de Jesucristo se ofrece a toda la Trinidad.

La divinidad es inseparable y la unión con la humanidad, la asunción de la humanidad a la divinidad, naturalmente, no introduce ningún desajuste en la vida trinitaria.

Sea como fuere, miremos el germen que brota en el seno de María, esa nueva criatura, que no existía, que comienza a existir, que es verdaderamente creada por la santa Trinidad, que es limitada como toda criatura y lo será siempre y que nunca será Dios. No hay que decir que la humanidad de Jesucristo es Dios, sino que está unida a Dios como a su verdadero yo.

¿Qué significa eso si nos fundamos en nuestra experiencia? Algo extremadamente sencillo: vemos que estamos bien embarazados con nuestro yo, con nuestro yo posesivo, asfixiado por su opacidad, oprimido por su peso, limitado por su finitud y sufrimos tanto, tanto, a causa de nuestro yo que no podemos permanecer cinco minutos ante nosotros mismos. Tan llenos de nosotros como podamos estar, buscamos continuamente conversar con otro, aunque sea el mayor imbécil, más bien que permanecer ante nosotros mismos. Nos es intolerable mantenernos ante nosotros mismos porque es muy pequeño, porque es abrumador, porque es limitado, porque ahí se respira un aire asfixiante.

Y cuando no estamos con los demás, en la imaginación dialogamos con los demás o con nosotros mismos, nos creamos un segundo personaje que rodeamos de honores, y nos felicitamos y nos congratulamos, y nos hablamos a la segunda persona como si hubiera otra persona, en un desdoblamiento incestuoso y absurdo además, que no hace más que confirmar nuestra cautividad.

Todos tenemos pues un deseo de salir de nosotros, de ir hacia otro yo, un yo nuevo, desconocido, un yo respirable, un yo universal, un yo valor, y es lo que todo el mundo busca en el amor. Buscamos en el amor un cambio de yo, un yo nuevo, un yo desconocido, que esperamos, a menudo en vano, claro está, un yo inagotable.

Y finalmente, cuando por un instante despegamos de nosotros mismos, descubri­mos por fin con admiración y encanto el verdadero yo que es generosidad, que es altruismo, que es impulso y don, que es totalmente espacio y acogida, y sabemos que ahí era donde debíamos llegar. Todos, finalmente, aspiramos a obtener nuestro yo en la divinidad.

Todos estamos imantados por el yo divino y cada vez que realizamos algo que vale la pena, algo que tiene el sello de la generosidad, es porque hemos obedecido a la imantación divina y que de cierto modo gravitamos alrededor del sol interior que se oculta en nosotros y tan raramente transparenta.

Pero en cada uno de nosotros hay un deseo de encarnación, y además, toda la historia es una encarnación. Dios no se expresa jamás de otra manera sino transparentando a través del hombre, ya sea por los genios, o los artistas, o los profetas, y siempre rendimos homenaje a su grandeza en la medida en que nos comunican algo de la Presencia divina. Toda la historia es una encarnación fragmentaria, intermitente, en que transparenta de vez en cuando el rostro eterno en una humanidad de elección.

Por eso, si hablamos de la encarnación en Jesús, no es para excluir todas las demás, sino simplemente para decir que en él culmina la encarnación. Sería absurdo reducir toda la historia a la nuestra, reducir toda la historia a la historia de Israel que comienza en el siglo 19 antes de Jesucristo, en Abraham, como si antes de su época toda la humanidad no hubiera sido objeto de la solicitud divina. Sin duda, Dios se reveló en todas partes y a todo el mundo, bajo formas diversas; no hay duda de que haya manifestado su Presencia a todas las almas de buena voluntad.

Y por nada en el mundo quisiéramos privarnos de la luz que puede filtrarse y comunicarse por los vedas, no quisiéramos renunciar a la santidad de Buda, ni a la sabiduría de los grandes poetas de Grecia o de los grandes pensadores helénicos. Sabemos que todas esas manifestaciones, a su manera, son encarnaciones parciales, fragmentarias e intermitentes, todas son bienvenidas, admirables y todas culminan y encuentran finalmente su realización perfecta en la encarnación en Jesucristo.

En Jesucristo, ¿y por qué en Jesucristo? ¿Por qué en esta criatura que brota ahora en el seno de María? ¿Qué hay de enteramente nuevo en esta humanidad que no es más que un germen por ahora? ¿Qué hay de enteramente nuevo, que lo diferencia radicalmente de todos los que hubo antes, que fueron héroes y mensajeros de Dios? Podemos decirlo en una palabra: su pobreza. Su pobreza, la pobreza absoluta, absoluta, radical, esencial y que va hasta la raíz del ser. Porque ese es finalmente el sentido profundo de la encarnación: en Jesús, el yo posesivo, el yo límite, el yo biológico, el yo pesado, está enteramente consumido. Es prevenido por el hecho de que justamente la humanidad de Jesús, sin dejar de ser criatura, está establecida en la gravitación del sol divino que es su solo y único yo.

Nosotros oscilamos entre el yo divino que nos imanta y el yo biológico que nos oprime y nos aprisiona. De vez en cuando emergemos en dirección del yo divino y recaemos con mayor pesadez bajo la atracción del yo pesado. En Jesús este peso está radicalmente suprimido y solo hay una gravitación, la gravitación solar en que toda la humanidad, toda la humanidad [palabra inaudible] en Dios.

Esa pobreza radical es lo que constituye la característica propia de la humanidad de Jesucristo. Es una humanidad que no tiene nada, que no puede tener nada, que no puede poseer nada, ni puede apoderarse a sí misma pues justamente su yo es otro. En ella se realiza también en plenitud lo que presintió Rimbaud: Yo es otro.

Es pues una humanidad translúcida, una humanidad transparente, una humanidad diáfana, una humanidad enteramente libre, una humanidad que no puede jamás dar testimonio de sí misma, sino siempre del yo solar en que gravita, en fin, más exacta­mente, una humanidad sacramento. La humanidad de Jesucristo es la humanidad sacramento.

La humanidad que no puede jamás atraer nada ni a nadie a sí misma porque todo lo que ella es, todo lo que hace, todo lo que padece, todo lo que dice, es siempre testimonio rendido al yo divino, al yo solar en el cual gravita.

Es el testimonio perfecto, por ser el absoluto despojamiento. Nada puede limitar la luz de la pobreza divina en esta pobreza humana absoluta. Y Jesús es así el perfecto revelador porque no tiene nada y porque es incapaz de toda posesión. Así que era imposible reconocer en Dios la pobreza como lo hizo tan maravillosamente nuestro hermano san Francisco. Era imposible concebir la pobreza en Dios antes de que la humanidad incomparable de Jesucristo hubiera puesto su marca en nuestra historia, pues se necesitaba justamente esa humanidad separada, absoluta­mente desapropiada de sí, para que la pobreza divina pudiera aparecer en nuestra historia.

Y fue en virtud de esa pobreza absoluta que Cristo nos liberó. Pues, en efecto, la pobreza absoluta le permitió identificarse perfectamente con nosotros. Sabemos muy bien lo estrechas que son nuestras fronteras, ¿cómo podrían conocerse las personas de un piso al otro, en este edificio de 28 pisos? Puede que nunca tengan ocasión de encontrarse durante toda la vida. Puede morir alguien en el primer piso, casarse alguien en el segundo sin que haya ninguna interferencia entre los dos acontecimientos, pues cada uno se inscribe en un mundo estrecho, en un mundo pasional que es el único mundo real para cada uno de nosotros. Para nosotros, el mundo que nos concierne, el mundo que hace nuestra dicha o desdicha, que aumenta nuestra felicidad o intensifica nuestra miseria, es el único mundo real más allá del No man's land.

Entonces, lo que les sucede a los demás es problema suyo, no nuestro. Puede que tengamos un momento de compasión por una catástrofe que sucede en Chile o en Kamchatka pero lo olvidamos muy pronto y vamos a comer nuestra tarta con crema.

Justamente por estar presos del yo posesivo, vivimos en un mundo esencialmente limitado y así, a no ser por gracia o por milagro, somos incapaces de asumir el mundo más allá del círculo de nuestros intereses.

Por estar radicalmente despojado de sí mismo, Jesús no tiene fronteras ni de tiempo ni de espacio. No tiene fronteras de raza, ni de grupo, ni de nación, no es propiedad de nadie, sino que es dado a todos y es interior a cada uno.

¿Qué nos impide a nosotros coincidir unos con otros, intercambiar almas, participar vitalmente en las preocupaciones unos de otros, sino justamente que todos estamos encerrados en nuestro yo propietario?

Para Jesús no hay separaciones y él puede justamente vivir la vida de cada uno tan intensamente y más aún que una verdadera madre, una madre perfecta es capaz de vivir la vida de su hijo.

Y esto vale no solamente para sus contemporáneos sino también para todos los que lo precedieron y los que vinieron después. El resplandor de su humanidad es como la luz del sol en que gravita: se difunde en todas las direcciones e ilumina todas las humanidades.

Por eso Jesús puede identificarse con cada uno de nosotros; hacer la unión entre todas las generaciones. Tutankamón es contemporáneo de Jesucristo, o más exacta­mente, Jesucristo es contemporáneo de Tutankamón. Lo asume lo mismo que la momia anónima cuyo rastro no se halla, como los cuerpos contenidos en las jarras de Biblos acostados en posición fetal y que remontan al cuarto milenio antes de Jesucristo. Jesucristo estaba ya presente para ellos. Vivió su historia, totalizó en su vida toda la historia y le dio su eje de gravitación, y es por eso que san Pablo lo llama tan magníficamente el segundo Adán. En él, realmente, el mundo comienza de nuevo, el mundo se recapitula, el mundo alcanza por fin su unidad.

Nosotros pasaremos sin dejar rastro alguno en la historia, como tantos otros que nos precedieron, nosotros nos creemos modernos, como se creían las gentes del quinto milenio antes de Jesús, cuyos nombres desaparecieron por completo. Justamente, a nosotros, absolutamente incapaces de totalizar la historia, se nos plantea la pregunta: ¿cuál es el sentido de esta historia? ¿A dónde se dirige? ¿Qué lazos hay entre las generaciones que solo tienen nexos biológicos unas con otras, que solo tienen dependencia carnal las unas con las otras, pero que no tienen ningún lazo espiritual? ¿Cuál es el sentido de esta historia? ¿Podemos hablar de una sola historia, de una historia única? ¿O bien de una historia heterogénea que solo es una por abuso del lenguaje?

Justamente, en Jesucristo tenemos la respuesta perfecta. En él se totaliza la humanidad, lo mismo que se personifica, porque el yo divino en que gravita, en que gravita su humanidad, ese yo solar que está confiado a toda conciencia humana no conoce fronteras y le permite justamente a Jesús inscribir en su vida de hombre un contrapeso de luz y de amor y llevarlo en su vida de hombre, y ofrecerlo en su pasión humana a toda la historia humana.

En él, de verdad, la historia de todas las generaciones se hace una, una historia imantada en la misma dirección, una historia llamada por la misma vocación ya que finalmente, a través de él, toda la humanidad debe reunirse con el yo divino en que todos estamos llamados a ser, según las palabras de san Pablo a los gálatas: “una sola persona en Jesús.

Jesús asume el hombre, asume toda la humanidad y más aún: Jesús nos convierte a lo humano. Es admirable considerar esta conversión a lo humano, pues justamente es tan fácil engañarse, tan fácil hablar por hablar, tan fácil hablar de Dios y de religión, de perfección, de moral y de despojamiento, sin hacer nada, tan fácil abandonar deberes de justicia y amor hacia los hombres, so pretexto de servirle a Dios.

Jesús no nos dejó escape posible, nos volvió al hombre. Nada hay más conmovedor que ver que la palabra última del evangelio no es amar a Dios sino amar al Hombre. Ver que la prueba última de nuestra pertenencia a Cristo, y quiera Dios que sea auténtica, la prueba última de nuestra pertenencia a Cristo es: “Un mandamiento nuevo les doy, que se amen los unos a los otros como yo los he amado, pues así los reconocerán como discípulos míos, si se aman los unos a los otros.

Es el último mandamiento, el supremo, es el único; y es también en el gesto del lavatorio de los pies, que confirma justamente, el mandamiento único, donde encontramos la conversión a lo humano. Jesús se pone de rodillas delante del hombre, justamente porque el cielo está en el Hombre. Es en el Hombre donde hay que suscitarlo y es por el hombre como se revelará, así como es en un banquete donde se realiza la comunión humana que Jesús nos da cita. Ese es el sentido de la Eucaristía – no es darnos un Dios de bolsillo que podamos poner en una caja o que meter en la boca, todo eso es inmaterializable, no – la Presencia sacramental en que justamente el sacramento, que es pan y vino, simboliza y más aún, puede realizar la comunión humana.

No pueden venir a mi sino juntos, cuando estén todos alrededor de una mesa fraternal, cuando todos juntos me llamen, cuando todos juntos se hayan hecho un solo cuerpo, cuando se hayan hecho mi cuerpo, entonces estarán por fin conectados realmente conmigo: entonces me encontrarán pues justamente no puedo separarme de nadie, yo soy interior a cada uno y me es imposible, imposible, escuchar sus invocaciones si las dirigen excluyendo a los demás que son míos, que son yo, lo mismo que ustedes. Cuando tenía hambre, o tenía sed, estaba preso, estaba desnudo, cuando estaba enfermo… era yo, era yo cada vez, era yo….

Y justamente, por ese despojamiento absoluto, esa pobreza esencial, por estar su yo humano totalmente consumido, por no tener sino el yo infinitamente altruista de la divinidad, puede decir Yo en cada uno de nosotros, asumiendo nuestra vida como asume una madre la vida de su hijo.

Ustedes comprenden que no se trata en absoluto de “bajar del cielo”. Ni tampoco se trata de cambio alguno en la divinidad. La divinidad permanece lo que es eternamente, Padre, Hijo y Espíritu Santo. La humanidad suscitada por la santa Trinidad y la divinidad indivisible en el seno de María, esta humanidad que fue radicalmente transformada por la ascensión que hace de ella el sacramento translúcido de la Presencia personal de Dios.

Y si decimos que fue asumida por el Verbo, esto no implica que el Verbo no contribuyó a su creación, sino que, como la conciencia, la conciencia de Jesús, la conciencia humana de Jesús, era conciencia filial que debía justamente enseñarnos que la creación es un origen personificante. Dios no nos crea para hacernos esclavos, sino para hacernos hijos suyos, muy naturalmente, el segundo Adán a partir del cual debe difundirse en todos los hombres la filiación divina y el Hijo, unido a la divinidad a través de ese yo, a través de esa mirada, del impulso eterno que es el Hijo y participando por el Hijo en la totalidad de la vida divina que es indivisible y donde todo es común, excepto, repito, las relaciones opuestas que fundan una total comunicación.

Abordando, como lo hemos hecho, el misterio de Jesús a través de su pobreza que es la clave del Evangelio, y que constituye el misterio esencial de la vida divina, no hay dificultad alguna para concebir que Jesús realiza el caso límite al que todos aspiramos. Todos estamos en camino a esa asunción, todos convergemos en todos nuestros esfuerzos y todas nuestras esperanzas, cuando son humanos de verdad, hacia el yo divino en que gravitamos ya y por el cual no cesamos de estar imantados y la humanidad de Jesús no tiene otro sentido sino aspirarnos hacia ese yo divino, para despegarnos de nuestro yo posesivo, por medio de la luz misma de su pobreza, a fin de que encontremos por fin el sol que ya está siempre en nosotros y que no cesa de esperarnos, y de que nos dejemos verdaderamente asumir por él, conducir por él, de tal manera que pueda expresarse en nosotros y que la encarnación se termine en ese otro misterio de pobreza que es el misterio de la Iglesia, donde se debe repercutir en cada uno justamente la pobreza y el despojamiento de Jesús para que cada uno a su manera pueda dejar brillar en su vida el rostro y la presencia de Dios.

Quedan todavía tantas cosas por decir. Pero como no es imposible decirlo todo, subrayemos, y jamás olvidemos la conversión a lo humano a que nos invita Jesús.

Porque ese es precisamente el peso que le dio a la dignidad humana, es el caso único que hizo de la grandeza humana, es la transfiguración que ejerció y que no cesa de realizar en la vida humana, en la medida en que lo encontramos en la verdad de esa transfiguración que nos une al Evangelio.

En Jesús ya no hay nada prohibido; en Jesús todo es sagrado, todo es sagrado: el mundo es sagrado, la tierra es sagrada, los astros son sagrados, las montañas son sagradas, el mar es sagrado, el alimento cotidiano es sagrado y se convierte inclusive en la mesa de la fraternidad universal, en la eucaristía del Señor; el cuerpo es sagrado, divinizado como templo de Dios y como santuario del Espíritu Santo; el matrimonio es sagrado, como la respiración del amor infinito en que Dios no cesa de comunicarse. Nada está prohibido, todo es sagrado, toda la vida es promovida a un nivel de libertad, de dignidad y de eternidad inexpresables.

Y de ello tenemos la certeza justamente en el arrodillamiento del Lavatorio de los pies. Ahí está finalmente todo el reino de que habló Jesús, y se trata de descubrirlo y de realizarlo.

No se trata de soñar con un cielo más allá de las nubes, un cielo en que entraremos. Se trata de hacernos cielo, hoy y todos los días de nuestra vida. Se trata de hacernos eternos aceptando la promoción: “Amigo mío, sube más arriba!” Pues justamente, al aspirarnos hacia el yo divino, en la medida en que permanecemos bajo la luz de su presencia, Jesús ejerce la purificación radical que llega hasta la raíz del ser, que cambia nuestro yo, lo convierte de yo propietario en un yo altruista, en yo divino, haciendo de todo nuestro ser una ofrenda, una ofrenda de luz y amor.

Y a eso justamente nos invita. No tenemos más misión que cumplir sino la transfiguración del mundo y la divinización de la vida.

Y justamente, la liturgia que asume los elementos inmateriales en el maravilloso simbolismo sacramental, donde la vida divina es significada y comunicada, la liturgia es simplemente una de las realizaciones que debe recubrir toda la vida, toda la vida. Una de las realizaciones que debe recubrir toda la vida, pues toda la vida es sagrada, toda la vida es divina, toda la vida es encarnación como la vida del carpintero de Nazaret, toda la vida está llamada a llevar a Dios y a comunicarlo.

Pero es un Dios que ya no tiene nombre particular, es un Dios que ya no puede estar contenido en fórmulas, es un Dios que no exige además que cambiemos de fórmula, es un Dios que nos llama a cambiar de vida, a cambiar de vida, a cambiar de aire, a cambiar de yo, a cambiar el mundo, transformando todo, justamente, en la luz de su Presencia.

Y es claro que si estamos llamados a unirnos con el sol interior que ya está siempre ahí, no estamos llamados menos vivamente ni con menos urgencia a reconocer en los demás la presencia del sol divino y a ayudarlos a descubrirlo.

Ese es el único interés de la vida. Tras todos los rostros, todos los rostros que son máscaras, detrás de todos esos rostros contractados, prefabricados, y dentro de esos rostros en que el ser es tan rara vez él mismo, está el gemido de una existencia auténtica que quisiera manifestarse. Y basta escuchar la resonancia profunda de los seres para comprender, para escuchar el llamado, se trata de realizar sin decir nada, sin decir nada, pues no es diciendo como iluminaremos, para repetir las palabras de san Gregorio, sino obedeciendo, como recibiremos la luz y la daremos.

¡Ah! ¡La dignidad humana, la grandeza del hombre, la filiación divina del hombre!, de eso nos encarga Jesús, y si fuéramos cristianos, no tendríamos más trabajo desde la mañana hasta la tarde que prestar atención, a través de nuestro propio trabajo, a todas las presencias humanas a menudo adoloridas y crucificadas por la ausencia, que están esperando de nosotros la comunicación discreta y silenciosa de la única Presencia que pueda colmarnos.

Y lo que nos une tan profundamente con Jesucristo, es que él es, en sentido único, el Hijo del Hombre. ¡Sí, eso es! Él es el hombre en un sentido único. Nadie ha vivido el hombre como él, pues él nos vive a todos y cada uno de los hombres, ya que recapitula la historia de todos y de cada uno. Nadie está enraizado en el universo como Jesucristo. No es solamente un hombre sino el Hombre, él es toda la humanidad, y por eso no nace en la cadena de las generaciones sino como la humanidad, una humanidad origen, nace de modo virginal, por medio de una maternidad que es también origen. Y ustedes vuelven a comenzar por medio de aquél que, asumido por la divinidad, asume a su vez toda la humanidad.

Él es el Hombre, y ese es su nombre propio, y por eso se llama el Hijo del Hombre, el Hijo del Hombre. Así se llama, y es maravilloso poder llamarse el Hombre. Y si creemos que él es el Hijo de Dios en sentido único, como todo lo que es Dios, y si lo es en un sentido único, es justamente, (es al menos un signo que nos lo hace evidente), en la medida sin medida en que es el Hijo del Hombre.

La densidad de la humanidad de Jesucristo es para nosotros la garantía de la densidad de la Presencia divina en él. Pero los términos Hijo de Dios no tienen siempre el mismo nivel, ni siquiera en los evangelios. Y nunca se terminaría una argumentación fundada sobre los textos si justamente no tuviéramos en cuenta la calidad única de Hijo del Hombre que brilla en Jesús.

Él es el Hombre en un sentido único, con plenitud inconmensurable. Por eso no excluye a nadie, a nadie, ningún profeta antes o después de él; él los ilumina, los libera de sus límites, así como nos liberará de los nuestros, porque en él, justamente, toda la realidad alcanza su plenitud y todo el universo se transforma.

En este sentido deberíamos tomar la subida al cielo. ¡Jesús no subió al cielo en un sentido material que no significa nada! Eso significa que sus lazos con nuestra historia visible quedaron definitivamente rotos. Salió de nuestra densidad y en su condición de resucitado, pero no para marcharse. Está en medio de nosotros, más aún, está dentro de nosotros. Simplemente, la encarnación deviene realidad en nosotros y, tomando la releva, nosotros realizamos también la trasfiguración.

Eso es ser cristiano, hacer más bella la vida y más felices a los demás. Eso sería al menos, si fuéramos al menos por una onza verdaderos cristianos. Pero no lo somos. ¡Somos fanáticos encerrados en un confesionalismo pasional! ¡No somos cristianos!

Pero en fin, podemos serlo, siempre es tiempo de comenzar y podemos comenzar mejor si contemplamos la humanidad del Hijo del Hombre, esa humanidad sacramento, esa humanidad tan despojada y transparente, esa humanidad en que resplandece la pobreza divina, pero que quiere actuar en nosotros como fermento maravilloso de liberación y de universalidad para que demos a nuestra generación, a la humanidad y a la historia de hoy su verdadero rostro, para que llevemos por doquiera a todo hombre la dimensión humana y seamos cada día un poco menos imperfectamente el resplandor de su rostro, pues justamente, como decía tan maravillosamente san Agustín: “No solo nos hicimos cristianos sino que nos hicimos Cristo”.

Justamente, el cristianismo no es una doctrina sino una Presencia puesta en nuestras manos. Y no podemos hacer justicia a esta Presencia sino eclipsándonos en ella, pues lo mismo que ella, tampoco tenemos que dar testimonio de nosotros mismos. Debemos dar testimonio de él, dejándolo trasparentar en nosotros, es decir, en una palabra: debemos ser, debemos mostrar el rostro de Jesús a todos y a cada uno, ocultándonos en él.

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