Texto de Mauricio Zúndel sacado del libro El Poema de la Santa Liturgia, p. 107 de la edición adaptada de 1998 (*). El texto presentado aquí es de la última edición antes de la adaptación a la nueva liturgia.

Entramos en la liturgia de la Cena.

Aquí nos conduce todo lo que precede. Estamos con los Doce alrededor de la mesa donde preside Jesús.

El diácono extendió el corporal durante el canto del credo: puso el mantel (1), preparó el lienzo sagrado. Es una comida de despedida, la cita misteriosa de la Muerte. “Cada vez que coman de este pan o beban de esta copa anunciarán la muerte del Señor, hasta que vuelva” (I Co. 9:26).

Pero ¿no dijo que vendría pronto? “Ecce venio cito”, “Vengo pronto” (Ap.c22:12).

Hijitos míos, no los dejaré huérfanos, vendré a ustedes” (Jn. 13,33 et 14,18). “Y su corazón se alegrará” (Jn. 16,22).

Dentro de poco el mundo no me verá, pero ustedes me verán porque estoy vivo y ustedes lo estarán también. Ese día sabrán que estoy en el Padre y ustedes están en mí, y yo en ustedes” (Jn 14,19-20)

Es ya la promesa y la fuente de vida en el vestido inefable de su muerte y en la alegría silenciosa de Su retorno en la luz invisible de la fe.

Estamos a la mesa con Jesús, escuchamos las palabras que dirigía a los Doce: “Les digo la verdad: les conviene que me vaya porque si no me voy el Consolador no vendrá a ustedes. Pero si me voy, yo se lo voy a enviar” (Jn. 16,17)

En efecto, su humanidad se había convertido en obstáculo. Tenía que salir de su vista la carne que lo ocultaba a la mirada de su alma; su carne tan sumamente espiritual, pero a la que le aplicaban obstinadamente sus ambiciones carnales.

Tenía que revelársela como el Sacramento misterioso del Amor eterno. Tenía que proponérsela como la carne crucificada con la que solo nos unimos por la cruz. Tenían que entrar en su pasión, aceptar su derrota, alimentarse de su oprobio, hasta morir ellos mismos. Entonces les sería restituida, pero por el interior, como la carne gloriosa y resucitada, como carne totalmente spiritual, interior al Espíritu, que solo el espíritu puede descubrir en la luz de la fe.

Así es les es presentada ya esta noche bajo el signo que la comunica realmente, bajo la figura del pan, en que el elemento visible presenta justo el punto de apoyo que necesitan los sentidos para experimentar a su manera la realidad de la presencia que nos da el sacramento: donde los sentidos no pueden presentir nada si no se han interiorizado en la fe. Su humanidad no les estaría más cercana. Estaría con ellos, en ellos, pero su carne ya no tendría parte alguna y sus ambiciones estarían aniquiladas en su propia aniquilación.

El Verbo hecho carne ya no será visible a nuestros ojos sino bajo un aspecto de cosa. El Verbo hecho carne, la Palabra eterna, iba a ser el Verbo silencioso. La divina Pobreza iba a entrar en su despojamiento supremo.

In cruce latebat sola Deitas,
At hic latet simul et humanitas
.

En la cruz se ocultaba solo la Divinidad,
Pero aquí se oculta igualmente la humanidad.

Solo el silencio de todo el ser, en la muerte del yo, puede escuchar el misterioso clamor de este silencio. Solo la pobreza de espíritu, en que el alma renuncia a poseerse a sí misma, puede adivinar los abismos de sabiduría y amor de esta inefable Pobreza.

¿Comprendemos por fin que la acción debe surgir del silencio y permanecer en él para llevar a él, y que su poder solo puede ser emanación y luz del silencio, si tiene solo como fin poner a los hombres en estado de escucha de la Palabra que resuena silenciosamente en su alma?

Educación, gobierno, enseñanza, dirección, ¡cómo cambiaría todo eso, cuán eficaz y liberador sería si los padres, los poderes públicos, los institutores y los sacerdotes pusieran en su oficio el velo misterioso de la Hostia, si su palabra se hiciera silenciosa, si su autoridad no buscara sino a abrir el alma al silencio de Dios!

Todos los discursos y razonamientos, toda la elocuencia y toda la ciencia, todos los métodos y todos los psicólogos, todas las órdenes y sugestiones no tienen el valor de un minuto de silencio en que el ser, en estado de apertura total, se entrega al abrazo del Espíritu.

Es el adorable secreto de la visita al Santísimo, o de la visita a la Trinidad, más continuamente realizable interiormente, en nuestra alma y en las de los hermanos.

¿No es la primera iglesia que hemos de construir, la catedral invisible edificada en nuestros corazones al Verbo silencioso?

No hay teología más persuasiva que la enseñanza informulable del invisible doctor del Silencio, cuyos ojos bajos respetan tiernamente nuestra vergüenza y cuya magnánima Pobreza cubre nuestra miseria con una compasión tan redentora:

Adoro te, devote, latens Deitas.

Te adoro con fervor, Divinidad oculta,
Amado Huésped del alma.

¡Oh Dios que eres un secreto tan delicado cuyo murmuro solo es perceptible a la interioridad más pura y a la más íntima dilección!

¡Ah, qué cómodos deben sentirse los pobres, los que no tienen nada, los que no son nada! “Vengan a la fuente todos los que tienen sed, y los que no tienen dinero, apresúrense a comprar y comer, a comprar sin dinero, comprar gratis el vino y la leche” (2). No podrán sentirse extranjeros a la mesa del Pobre.

Porque la mesa del Pobre es el centro de la divina Liturgia. Sobre el mantel blanco solo hay el pedazo de pan y la gota de vino traídos por el trabajador en su pobre cesto: “Dame tu vida tal como es, y yo la transformaré en Mi vida tal como es” (3). Esa es la religión del Hijo del hombre, y así es su liturgia.

Nos tomó en el punto más material y elemental de nuestra vida carnal, en la necesidad de comer. Y nos enseñó a comer santamente, a comer divinamente, a comulgar bajo la fragilidad del pan con el Rey inmortal de los siglos, y a calmar nuestra sed con el cáliz de Su Sangre, con el agua que brota hasta la vida eterna.

Si el alimento mismo pudo ser transustanciado, si su ser pudo ceder a la invasión misteriosa del Señor y eclipsarse en él para no ser sino la morada inefable de su presencia, ¿qué podrá escapar a la asunción divinizante de su abrazo fraternal?

Religion of common place” ¡qué verdad expresaba el admirable predicador de San Pablo (4), religión de todo el mundo, religión para todo el mundo, religión de todos los estados y de todo momento, de toda situación y de todos los trabajos honestos, religión cotidiana; religión de las cosas pequeñas hechas con gran amor; religión del Espíritu y religión en Espíritu, religión interior que ilumina todo por dentro, religión que revela la vida y que da la vida, religión de la libertad y religión del amor, religión que es la posesión interior de todo, en la desposesión de sí mismo: religión de la divina Pobreza.

Y ahora, hermanos, acerquémonos y demos al Pobre divino un poco de pan y de vino nuestro, para que nos lo devuelva investido de su presencia, en una comunión de toda su vida con la nuestra.

Y para que esta admirable comunicación tenga toda su eficacia y nos interiorice verdaderamente en él, pongamos en espíritu sobre la patena que eleva el sacerdote en un gesto de ofrenda todo lo que tenemos y todo lo que somos.

Recibe, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno,
esta hostia inmaculada,
que yo, indigno siervo tuyo, te ofrezco
a Ti, Dios mío, vivo y verdadero,
por mis innumerables pecados, ofensas y negligencias;
y por todos los circunstantes;
y también por todos los fieles cristianos, vivos y difuntos;
a fin de que a mí y a ellos
aproveche para la salvación y vida eterna.

Además, el Padre nos escucha por el Hijo, y nos confunde con él en la misma mirada de su dilección eterna. La gota de agua puesta en el cáliz representa esta misteriosa identificación.

Oh Dios, que maravillosamente creaste
en dignidad la naturaleza humana
y con mayores maravillas la reformaste!
Concédenos, por el misterio de esta agua y vino,
que participemos de la divinidad
de Aquel, que se dignó participar de nuestra humanidad,
Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro:
El cual vive y reina contigo
en unidad del Espíritu Santo,
Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

Aquí escuchamos el eco admirable del Felix culpa (bienaventurada falta) del Exultet (5) que magnifica casi la falta que nos mereció un Redentor tan sato y tan grande. En él, entonces, nos vamos a ofrecer ahora. Nuestra oración se descarga del peso de nosotros mismos, y tomando un impulso más vasto en la certeza de ser escuchado infaliblemente, toma sobre sí las necesidades del mundo entero para presentarlas al Padre por medio del corazón del Hijo.

Ofrecémoste, Señor, el cáliz de salvación,
implorando tu clemencia,
para que con suave fragancia
suba ante el acatamiento de tu divina Majestad
por nuestra salvación y la de todo el mundo. Amén.

El mundo entero: El corazón de Jesús no tiene límites, el corazón de la Iglesia no tiene fronteras: es el mismo.

Tampoco puede tenerlas tu corazón. Ven acá con tus hermanos. Ven por tus hermanos. Ofrécete por ellos para que tu vida sea su ofrenda. Comulga por ellos para que ellos comulguen en ti. Entonces conocerás el precio de tu jornada y sabrás que tú también eres sacerdote, a tu manera, o mejor, que Jesús en ti es sacerdote. Y verás en el periódico la suerte de tus hermanos, el duelo y la angustia de “sus hijos” que son los tuyos (6). Y todo ese ruido se hará silencio en tu corazón, y todas esas lágrimas se derramarán en oración, y todos esos crímenes se redimirán en tu amor. Y todas esas agonías tendrán un viático en la Hostia que ha hecho en ti su morada.

Levanta los ojos y mira a tu derredor. Todos acuden y vienen a ti: de lejos vienen tus hijos y tus hijas se levantan a tu lado. Mira, estás colmado; que tu corazón maravillado se dilate viendo venir a ti las riquezas del mar y los tesoros de las naciones” (Is. 60, 4-5), las multitudes sin fin que te traen su alma para que tú les des tu Dios.

Puedes ofrecer a tu amor un campo inmenso. No se puede hacer más grande el privilegio de tu fe: no olvides jamás que ser católico es llevar en el corazón el mundo entero.

Pero ¡ay, cómo lo olvidamos, teniendo la misión de llevar al mundo la luz, la alegría y la paz! Y somos, más que nadie, responsables de sus desdichas.

Con espíritu de humildad y corazón contrito
seamos recibidos por Ti, Señor;
y de tal manera sea ofrecido hoy nuestro sacrificio en tu presencia, que Te sea grato, Señor Dios.

¿Y cómo amarían a Cristo nuestros hermanos si estuviéramos apasionados por Su reino, y cómo amarían la Iglesia si presentara siempre en nuestra vida el rostro de Cristo y si no pudieran darle otro nombre que el nombre de Jesús?

¡Qué indignos somos de Ti, Señor, y cuánta necesidad tenemos de consumirnos en el fuego de tu Espíritu!

Ven, Dios santificador, omnipotente y eterno,
y bendice este sacrificio
preparado a tu santo nombre.

Y que venga pronto Aquél a quien esperamos a Su mesa (Cor. 16, 22 et Apoc., 22, 20.)

Notas

  1. Bishop-Wilmart: Le génie du Rite Romain, p. 40
  2. s. LV. 1
  3. « Propter immensam suam dilectionem factus est quod sumus nos, uti nos perficeret quod est». Irénée, Adv. Haer. V. praef. M. G. VII, col. 120, ap. Grandmaison : Jésus-Christ, II, p. 635. –Por su amor inmenso se hizo lo que somos nosotros para hacer de nosotros lo que es él. Cf. in Vigil. epiph. 4 1. : Factus est Deus homo ut homo fieret Deus. (Sermo Sancti Augustini). Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios.
  4. La catedral anglicana de Londres.
  5. Canto del Sábado Santo en la bendición del Cirio pascual: “Bienaventurada falta que mereció un Redentor tan grande”.
  6. En toda provincia y en toda ciudad, tengo hijos en Dios”, palabras de un mártir del siglo III. (Acta SS. Carpi, Papyli et Agathonicae 32, ap.: Dix leçons sur le Martyre, 5e éd., p. 76.)

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