Homilía de Mauricio Zúndel en Pully, Lausana, 1961. (Ver: Ton visage ma lumière, p.195) (*)

Queridos amigos,

Como ustedes saben, la Antigüedad grecorromana había inventado la magnífica leyenda de Narciso, un joven de extraordinaria belleza enamorado de su hermosura. Adora su hermosura y busca su imagen por doquiera, en todos los espejos de bronce pulido o en los estanques, en todas las fuentes que puedan reflejarla. Y un día precisamente, queriendo unirse a su belleza reflejada en un lago, se arroja en él y se ahoga.

Este mito antiguo es muy conmovedor porque muestra cómo tenían los antiguos perfecta conciencia de la esterilidad de un amor centrado sobre sí mismo. Amarse a sí mismo es morir. Amarse solo a sí mismo es destruirse. Estar enamorado solo de su propia belleza es perderla y, finalmente, perecer.

Es una advertencia que recordamos de manera mucho más dramática, una advertencia para no buscar a Dios en una belleza que se contempla a sí misma y que no cesa de alimentarse de sí misma. Y esa es una de las visiones más comunes y peligrosas de Dios, como personaje infinitamente feliz, que está más allá de las nubes, sentado en un trono de gloria contemplándose a sí mismo, gozando de sí mismo, alabándose e imponiendo a las miserables criaturas que somos nosotros que sumemos a sus alabanzas el pobre tributo de nuestras alabanzas, con temor de las peores sanciones.

Esa visión, ustedes la conocen: Dios puede todo y hace lo que quiere, Dios es eterno, e infinitamente feliz: nada puede perturbar su felicidad; ni la condenación de los que perecen ni la alegría de los que son felices aumenta su felicidad pues toda su alegría la saca de sí mismo y de la contemplación y del amor de sí mismo. 

Esta visión que pasa por sabiduría nos inspira en realidad la repulsión más profunda y soy feliz recordando a la pequeñita que, habiendo oído hablar del poder de Dios, de su felicidad invulnerable, de su alegría sin sombras a pesar de todas las desgracias de las criaturas, y de su capacidad de hacer en todo tiempo lo que quiere, la niñita pensaba: “Pero no es justo que Dios sea así no más, sin haberlo merecido. No es justo que él esté siempre colmado, así no más. ¡No es justo que sea siempre él! ¡Cada uno debería tener su turno!” Y en su candidez, ella esperaba su turno de ser Dios.

Esta objeción del corazón de una niña converge además con la monumental objeción de Nietzsche que decía: “Si existen dioses, ¿cómo soportar no ser dios?

Y en efecto, en esa imagen de un Dios faraón, de un Dios propietario, de un Dios que domina el mundo, de un Dios cuya soberanía inmutable debemos adorar desde el polvo, hay algo inaceptable, y el mundo moderno no retoma el mito de Narciso, sino que construye algo más terrible que es el marxismo, que es, justamente la reivindicación de los derechos del hombre contra las violaciones de ese Dios propietario que quiere ponernos bajo su yugo y aplastarnos en la sumisión de mendigos aplastados en el polvo. 

Y no es necesario decir que estamos totalmente de acuerdo con el mundo moderno, que no queremos pensar en Dios bajo ese aspecto, que no podemos aceptar que Dios sea un Narciso a escala infinita. Y si en el hombre nos repugna la adoración de sí mismo y nos parece condenable, con mayor razón nos es imposible imaginar la perfección divina como una gravitación en torno de sí mismo.

Y justamente, el honor del Evangelio, la gracia de Jesucristo está en habernos revelado horizontes enteramente nuevos sobre Dios. Jesús nos introdujo en la intimidad de Dios, nos abrió el corazón de Dios, nos hizo contemplar en Dios una circulación eterna de Amor, haciéndonos conocer al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, mostrándonos a Dios como una familia en que todo es común, todo es compartido, todo es comunicado.

Y bajo esta imagen es como debemos abordar el misterio de Dios, bajo esta imagen familiar, de misterio inagotable además, la imagen de lo que viven ustedes, la imagen de lo que constituye la condición humana ordinaria de la familia, la familia en que todos nacimos, la familia que añoramos, la familia que se resume en una palabra con resonancias infinitas: la casa.

¿Qué es la casa, qué es la familia, sino justamente un amor totalmente compartido e inagotablemente comunicado? Claro que existen dramas de familia. Claro que las familias perfectas son raras, pero a pesar de todo, en toda unión que se forma están las primicias del amor, las alegrías del nacimiento de un pequeñito que trae al mundo promesas infinitas, hay un deseo de armonía total.

Toda familia quisiera realizar la plenitud de una vida en que todo es común, en que todo se da, y cuando por fortuna, cuando por gracia o por una especie de milagro, una familia perfecta nos da su testimonio, ¿qué vemos, sino que cada persona es mirada hacia el otro: el marido se inquieta por su mujer, tiene cuidado de sus alegrías, evita sus tristezas, consuela sus sufrimientos, piensa en su felicidad y la mujer por su parte se ocupa totalmente de la felicidad de su marido, está en el hogar atenta a dar la respuesta, y juntos el padre y la madre, miran por los hijos a quienes dedican lo mejor de sus energías, de su tiempo y de su corazón, y los hijos son educados en una atmósfera armoniosa mirando hacia los padres como a la más conmovedora revelación de la hermosura, de la grandeza y del amor, más aún, como a la más auténtica e inolvidable revelación de Dios.

Pero en seguida podemos observar que en la familia la felicidad, la armonía, la belleza, la alegría, el amor, todo lo que hace el misterio de esa unión incomparable donde nace la vida, que todos esos bienes son bienes que pertenecen a la persona, son bienes que solo existen en estado de comunicación.

Porque es claro que si el padre quiere ser el centro, si pretende imponerse a los demás, si deja de ser espacio y apertura, si deja de tener en cuenta la presencia de la madre y de los hijos, si quiere imponer su ley como un yugo, se acaba la unidad, la armonía y la felicidad. Y lo mismo si la madre quiere apropiarse todo y controlar a su gusto a todos los que la rodean, eso sería la ruina de la familia; y como el hijo, cuando se separa y se aleja puede envenenar la felicidad de los padres y destruir toda la alegría de la casa. Porque la alegría de la casa viene precisa y únicamente de la mirada del uno hacia los demás, del olvido de uno en favor de los demás, de la perpetua comunicación de las presencias que habitan la una en la otra.

Y esa es justamente la imagen más hermosa, la parábola más sensible del misterio divino. El Dios único no es solitario. El Dios único es una familia. Es la primera familia, la familia incomparable. Es la familia en su santidad suprema en que la vida se comunica eternamente en una generación espiritual, en un nacimiento eterno en una eterna respiración de amor.

Debemos entrar constantemente en este misterio adorable, porque ese es nuestro Dios. Nuestro Dios no es otra cosa que el Amor. Nuestro Dios no es otra cosa que una comunicación eterna, pues en Dios justamente, el conocimiento no es una mirada hacia sí mismo sino una mirada hacia el Otro.

Y aquí podemos recordar la experiencia humana admirable ilustrada precisamente en el mito de Narciso: no nos conocemos, no nos vemos a nosotros mismos sino cuando cesamos de mirarnos. Cuando escuchan música, cuando se vuelven música, cuando están ante una obra maestra, cuando admiran un paisaje, cuando están embebidos admirando, entonces sienten que existen plenamente, sienten que son presencia total, pero solo se ven a sí mismos cuando dejan de mirarse, cuando su presencia no la viven replegados sobre sí mismos sino ofreciéndose a la hermosura cuya belleza cuyo rostro les es siempre desconocido pero siempre reconocido.

Y en esta ofrenda de sí mismos, en esta oblación silenciosa de admiración y amor es como realizan su presencia y se hacen plenamente ustedes. El autoconocimiento es siempre conocimiento en los demás y para ellos, como lo había adivinado ya Rimbaud cuando dijo: “Yo es Otro.”

Y, casualmente, en Dios, en la fuente infinita, tenemos precisamente el altruismo, la mirada hacia el Otro. Dios no se mira, pero el Padre es una mirada eterna hacia el Hijo, lo mismo que el Hijo es una mirada eterna hacia el Padre, y toda la luz divina se intercambia constantemente, o mejor, surge en ese intercambio como la trasparencia límpida de un don realizado eternamente

Dios no se saborea a sí mismo. En Dios, el conocimiento es un impulso hacia el Otro. Es despojamiento. Es don. Es confidencia eterna en que el Uno circula totalmente en el Otro, y así, totalmente despojado, el Amor no puede ya replegarse sobre sí. Es un amor en tensión hacia Otro, un Amor que aspira, que sale de sí mismo, y del que resulta eternamente la respiración viva que es el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, como en la familia, el hijo nace del padre y de la madre.

Hay en Dios toda esa circulación prodigiosa de la luz y del Amor. Hay en él toda esa comunicación eterna. Hay en Dios todo ese despojamiento. Hay en Dios toda esa Pobreza.

Y justamente, ése es el centro del misterio, la divinidad no puede ser poseída, como la felicidad en una familia tampoco puede ser poseída exclusivamente por el uno en detrimento de los demás; como en la familia, la felicidad descansa en la comunicación. Toda la alegría de Dios es la alegría del don. La divinidad no es de nadie, no es del Padre, el cual es solo comunicación hecha al Hijo, no es del Hijo, el cual es solo restitución de Amor hecha al Padre, ni es del Espíritu Santo, el cual es una respiración eterna de Amor, la aspiración del padre y del Hijo.

Y ése es el Dios que se revela en Jesucristo: un Dios que no tiene nada, un Dios que es Dios porque no tiene nada. Hay que entender que, en el orden del espíritu, en el orden supremo, justamente, la posesión es imposible y que la generosidad consiste totalmente en el don de sí mismo. La existencia suprema es generosidad, la existencia suprema es relación, según la admirable sentencia de Bachelard: “Al principio está la relación”. Y por eso en Dios hay novedad eterna. En Dios conocimiento es literalmente nacimiento, nacimiento en el Espíritu, nacimiento en la luz, nacimiento en el Amor, y por ende, inagotable novedad. Dios no es un Dios que envejece, pues justamente, en él la vida se alimenta continuamente de la comunicación en que el Padre engendra su Verbo, en que el Verbo nace en el seno del Padre, en el beso de fuego del Espíritu Santo.

Tenemos pues que reformar totalmente nuestras ideas sobre Dios. Dios no es un propietario, Dios no es un dueño, Dios no es un faraón, Dios no es un déspota. Dios no tira los hilos de la Historia, de una Historia cuyas marionetas seríamos nosotros. Dios es Amor y solo Amor: Dios se da y no puede hacer nada más. No es el fabricante del Universo sino el que nos lo da como regalo esperando que le demos la respuesta que cierre el anillo de oro de las bodas eternas y que le da a toda realidad su rostro de luz y de Amor. Porque sin nosotros Dios no puede hacer nada, como el padre de familia no puede hacer nada sin la madre, ni los padres sin los hijos, ni los hijos sin los padres.

¡Dios es Amor, Dios es don, Dios es generosidad, Dios no se impone nunca! Ahí está, dentro de nosotros, proponiéndose siempre como invitación a una existencia semejante a la suya que es una existencia de generosidad; porque para él como para nosotros, existir en el sentido fuerte, es salir de nosotros; para nosotros, como para él, existir es ser relación viva con el otro, con los demás, es hacer de todo nuestro ser un puro impulso de generosidad.

Jamás debemos pues albergar el sentimiento de estar bajo un yugo o de ser súbditos de Dios. No somos súbditos de Dios sino sus amigos. Son palabras de nuestro Señor: “Ya no os llamo servidores sino mis amigos” (Jn. 15:15). Y ese es el descubrimiento deslumbrante que hizo san Francisco de Asís, que comprendió precisamente que Dios es la Pobreza. Que Dios es Dios porque no tiene nada, porque no puede poseer nada, porque es todo don, todo generosidad, todo Amor.

Y eso es todo lo que pide el Evangelio, que seamos lo que Dios es. Dios no quiere llevarse nada. Dios no tiene celos de nuestra felicidad. Dios no es un rival con el cual estamos compitiendo. Dios nos llama precisamente a ser lo que es él.

En el Antiguo Testamento, cuando todavía no se tenía la Buena Nueva que es el Evangelio, cuando aún no se conocía a Dios bajo el rostro de Jesucristo, uno podía imaginarse a Dios como un dueño y como un faraón, como un déspota que domina al hombre y puede aplastarlo, como un rival de nuestra felicidad y de nuestras alegrías.

Eso es imposible después de Jesucristo. Porque justamente Dios nos llama a ser lo que es él, a liberarnos de nuestros límites, a ser un espacio ilimitado, a hacer brotar de nosotros mismos un don perfecto que circule en toda realidad para llevarle el mensaje de la gracia y de la alegría.

(*) “Ton visage, ma lumière, 90 sermons inédits” (Tu rostro, mi luz. 90 sermones inéditos). Ed. Mame, París, 2011. 510 páginas.

http://www.fleuruseditions.com/livres/zundel/

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