Conferencia de M. Zúndel en el Carmelo de Matarieh, el Cairo, en 1967. Inédita.

El otro día yo decía que el protestantismo se había salvado por la sensibilidad cristiana, especialmente por la sensibilidad cristiana del niño, el cual a pesar de las negaciones mantenía entre los protestantes y sobre todo entre los pastores cierta atracción por Cristo que superaba su espíritu crítico mucho más de lo que hubieran querido admitir.

Lo mismo se puede decir del catolicismo. El catolicismo se salvó también por la sensibilidad. La teología del Sagrado Corazón es ciertamente muy profunda y cubre toda la religión. En síntesis, en un símbolo infinitamente humano, es la expresión más conmovedora del versículo de la primera epístola de san Juan: “Pero nosotros hemos conocido el Amor que nos tiene Dios y creímos, porque Dios es Amor”. ¡Dios es Amor! Y la difusión del culto del Sagrado Corazón, subrayada en las lecturas de hoy en el breviario, la difusión sorprendente y universal de la devoción al Sagrado Corazón responde evidentemente a una necesidad de la sensibilidad.

Numerosos cristianos se han reconocido en este símbolo y han sentido emoción con él, y sin formularlo en palabras, volvieron a entender o a descubrir que Dios es Amor y solo Amor, Corazón y solo Corazón. Y hay que decir lo mismo de las múltiples apariciones de la Santísima Virgen. Ellas se dirigen a la sensibilidad, tocan el corazón humano por la luz de la maternidad universal que se les dirige, y a través de esa maternidad reconocen la maternidad infinitamente más maternal de Dios.

El entusiasmo que suscitó el transporte de la imagen o la estatua de Fátima en todos los países del mundo es un índice sumamente importante. La inmensa mayoría de la gente, de los cristianos, no tiene contacto alguno con el dogma. Los teólogos momificaron el dogma en sus construcciones abstractas, ¡sin sacarle casi nada!

Ya les he hablado de mi sorpresa al leer el De Trinitate de san Agustín, viendo que san Agustín no ve ni una sola vez en la Trinidad un ejemplo infinito de la vida de caridad. Hace consideraciones sobre la psicología humana y sobre las semejanzas entre el conocimiento, el amor y la memoria que se pueden ver en el hombre y las tres Personas de la Santísima Trinidad, y todo eso es muy inteligente pero no alimenta el alma y sobre todo no toca el corazón. La inmensa mayoría de los cristianos son perfectamente incapaces de encontrarle interés a esa especulación y retienen que la Trinidad es algo incomprensible, algo que tienen que aceptar aunque nadie sea capaz de entenderlo.

¡Bueno! Lo aceptamos porque Dios lo dijo, porque su autoridad está comprometida, porque nosotros somos pobres criaturas que debemos obedecer a la Omnipotencia de Dios. Y uno se traga eso como muchas otras cosas si es necesario, pero sin tener la menor percepción del valor vivo, eminente, bendito e incomparable de ese misterio. De modo que finalmente los católicos, sin contacto con la sustancia misma de la fe, se veían reducidos a hacerse indiferentes o a responder a los símbolos muy humanos del Corazón de Cristo y de la Maternidad de María.

Justamente, si la fe se ha despertado en cierto número de personas muy sencillas y de buena voluntad a través de esos símbolos es porque tocaban su sensibilidad y reconocían algo que concierne su humanidad.

Pero todo eso tiene riesgos. Es evidente que tuvo como resultado un desequilibrio entre la fe y la devoción, entre la fe y la piedad, porque el culto de una estatua y de un símbolo que evoca ciertamente realidades esenciales arriesga materializarse, apegarse a la imagen más que a la presencia, y de todos modos, se rompe el contacto entre las fuentes profundas de la fe y la vida cristiana deseada.

A pesar de todo, es finalmente una gracia providencial que tales manifestaciones se hayan producido y que los cristianos no se hayan separado totalmente del Evangelio.

Es evidente que si hubiéramos vivido el dogma como una Eucaristía de luz, si hubiéramos visto en él la luz misma de la intimidad de Cristo, si hubiéramos visto en el Evangelio no una doctrina sino una confidencia de amor dirigida a nuestro amor, todos los textos, todos los dogmas, todas las definiciones de la Iglesia que son expresiones del amor de Dios, habrían sido alimento de la mente, del corazón, de la sensibilidad de manera mucho más equilibrada que las devociones muy especializadas y limitadas a un solo símbolo o a una sola imagen.

Hay pues que encontrar en el dogma la médula misma, la sustancia de la fe, para estar continuamente en contacto con la intimidad de nuestro Señor, y eso es lo que estamos tratando de hacer.

Estas observaciones nos llevan a reflexionar sobre la importancia de nuestra sensibilidad. La sensibilidad tiene un valor inmenso, por ser como la toma de conciencia viva de todo lo que nos sucede: de la existencia, de la existencia de los demás, de la necesidad que tenemos de su presencia, de su amistad, de su benevolen­cia o eventualmente de su hostilidad, todo lo cual nos permite situarnos en la existencia de manera viva.

Perder la sensibilidad es una especie de muerte y finalmente la vida es imposible si la sensibilidad se extingue totalmente. La sensibilidad nos enraíza en el universo, nos hace tomar conciencia de nuestra pertenencia al universo y nos hace entrar en la historia del universo, en toda la historia de la humanidad, en todos los llamados del instinto, de los instintos que son necesarios a la supervivencia de los individuos y de la especie humana.

Y desde luego, mientras la sensibilidad no haya sido humanizada, mientras no haya sido purificada, puede constituir un peligro inmenso. ¡Es el peligro mismo que somos cada uno para nosotros mismos! Porque es claro que la sensibilidad juega un papel inmenso en la complicidad con nosotros mismos que nos lleva de continuo al yo posesivo. Es la sensibilidad la que está a la base de la gula, de la sensualidad, del deseo de dominar. ¡Es verdad! Pero la sensibilidad puede ser transfigurada, puede ser infinita, puede ser purificada, puede y debe ser divinizada porque es un elemento indispensable de nuestra vida.

Recuerdo aquella mujer, agregada en filosofía, que escribía cosas pensadas de manera admirable, y que vino a verme en un estado de mutismo absoluto, sin poder abrir la boca, petrificada, en un estado desesperado justamente porque su sensibilidad estaba en estado de muerte. Por fin, después de muchos encuentros estériles, me dijo un día: “Necesitaría afecto”. Era el grito de su ser: necesitaba afecto y justamente su sensibilidad estaba petrificada por no recibir ninguna muestra de afecto. Así se hallaba en grave peligro, en peligro de entrar en una depresión nerviosa que le habría impedido todas sus actividades y llevarla a un establecimiento psiquiátrico.

La sensibilidad es pues indispensable, tiene un valor inmenso, nos constituye y es para nosotros la toma normal de conciencia viva, no en términos abstractos como podemos encontrarlos en un manual de filosofía sino de manera viva, la toma de conciencia de la realidad que nos rodea, de lo que somos en realidad y de lo que son los demás en realidad. Inclusive la Presencia de Dios no nos es totalmente perceptible si no la sentimos en nuestra sensibilidad.

Sería un inmenso error querer matar la sensibilidad so pretexto de mortificación. Eso sería destruir todo el equilibrio humano. No hay pues que renunciar a la sensibilidad, ni desequilibrarla fingiendo ignorarla, sino simplemente armonizarla, equilibrarla, purificarla penetrándola de la vida divina y haciendo de ella ante todo un don sin retorno sobre sí mismo, un don para Dios, un don para los demás, una ofrenda a Dios y a los demás, una ofrenda a Dios y a nosotros mismos, haciendo justamente de ella una especie de eco vivo y armonioso de la Presencia divina.

Esta mañana cantaron la antífona del Aleluya, o el versículo del Aleluya. Muy bien. Escuchándolas, pensé en el milagro del canto gregoriano, verdadero milagro que da las melodías más profundas y puras, más espirituales y perfectamente armonizadas para tocar la sensibilidad, conmoverla y ponerla en presencia de Dios sin por tanto provocar movimientos sospechosos o histéricos. El canto gregoriano es justamente un admirable sacramento de melodías o de canto, un admirable sacramento de la Belleza siempre antigua y siempre nueva que encantaba el corazón de san Agustín y ¡ay de nosotros si renunciáramos a él!, eso sería justamente una catástrofe, ya que la expresión sensible es aquí tan perfectamente adaptada al misterio divino y es su sacramento tan admirablemente diáfano que mediante el canto nos liberamos de nosotros mismos y de los textos.

Los textos son a veces insoportables. Lo que dicen ya no corresponde al espíritu del Evangelio. Cuando se toman del Antiguo Testamento, lo que sucede a menudo, podrían chocarnos violentamente justamente si las melodías gregorianas no nos liberaran de las palabras, haciendo de ellas un simple soporte de una música que nos comunica una Presencia.

Si la Iglesia acepta la música, si acepta el órgano en sus santuarios, si tantos grandes compositores han trabajado por embellecer la liturgia cristiana, es que hay necesariamente una correspondencia muy profunda entre nuestra sensibilidad y la Belleza divina y que para invadirnos totalmente esta Belleza no tiene mejor camino que nuestra sensibilidad, que es precisamente afectada y purificada por esta música.

La sensibilidad arriesga perturbarnos con los conflictos que suscita en nosotros, con todo el movimiento pasional que hace de nosotros pedazos de universo. La música sagrada (y en el fondo, toda música auténtica es sagrada) ordena justamente los ritmos de la sensibilidad y nos permite respirar la Presencia de Dios.

Cuánta falta me ha hecho a menudo en lo que llaman la nueva liturgia, con todo su ruido, tantas palabras y comentarios, tanta cháchara y exhortaciones al silencio que matan el silencio, cuantas veces me ha hecho falta una hermosa pieza de órgano que nos diera por lo menos una atmósfera de interioridad.

Recuerdo que en una misa de Réquiem solo me di cuenta de que estaba en la iglesia después de la consagración, cuando el organista tocó una coral de Bach. Por fin, eso era algo interior. Hasta ahí solo había palabras, ruido y comentarios, y por fin, en la coral de Bach estaba el silencio, el silencio que cantó Keats tan maravillosamente en el verso de un poema que comienza diciendo:

I stood tiptoe on a little hill.
Then there crept among the leaves
Noiseless a little noise
Born from the very sigh that silence heaves.

Entonces se deslizó sin ruido entre las hojas un ruidito nacido del silencio mismo que el silencio exhala”. Pues bien: un poeta que supo expresar así el silencio nos lo hace vivir, nos lo comunica como una presencia: “Entonces se deslizó sin ruido entre las hojas un ruidito nacido del silencio mismo que el silencio exhala”.

¡Cuántas veces he pensado que la liturgia debería llevarnos al silencio como a una Presencia, como a Alguien!

Cuando estaba donde las Benedictinas de la Calle Monsieur en París, eso fue justamente lo que descubrí con mayor felicidad: que el silencio era Alguien, que el silencio era una Presencia y que el canto gregoriano era su sacramento. Y comprendí porqué venían de todo París, y de aún más lejos, a participar en las misas de las Benedictinas de la Calle Monsieur, donde casi nunca había predicación, donde no había sino la pura liturgia cantada. Era justamente que los artistas, los actores y escritores que se reunían en la capilla encontraban lo que no hallaban en ninguna otra parte: el Silencio como Presencia y como vida.

E Isabel Rivière, la esposa de Jacques Rivière, uno de los fundadores de la Nouvelle Revue Française, se convirtió simplemente por asistir a una misa donde las Benedictinas de la Calle Monsieur. Había nacido católica, claro, como tantos franceses. Pero, lo mismo que su marido, había perdido la fe. Había asistido, como tantos franceses, a misas solemnes de matrimonio o de entierro, donde había que mostrar la fortuna que se tiene mediante profusión de cirios y sacerdotes, y todo eso no había hecho sino alejarla de la iglesia. Llegó de pronto por azar un domingo a una de esas misas de pura interioridad y salió sollozando porque se había encontrado con Alguien. Y se convirtió, tanto que su hijo y su hija se hicieron benedictinos.

Todos los artistas han contribuido de manera eminente a la difusión del Evangelio, comprendido justamente no como un libro sino como Presencia. Cuántos maestros, cuántos Bach, Beethoven, Mozart, Haydn, Fauré, cuántas misas son obras maestras tanto más maravillosas cuanto que cantaban la inmensidad del Amor de Dios.

Bach, el gran Juan Sebastián Bach hacía de la música una verdadera religión. La vivía como una religión. Consideraba que era una gracia inmensa el ser músico y, mientras estaba componiendo la Pasión según San Mateo, su mujer lo encontró un día con los ojos bajos en tal estado de recogimiento que no se atrevió a manifestar su presencia y se retiró sobre la punta de los pies y se sentó en las escalas sollozando. A través de la música que componía con probidad y recogimiento increíbles, Bach escuchaba la música divina de que hablaba el último día de su vida cundo recuperó la vista que había perdido seis meses antes, viendo una rosa que le ofrecía su mujer. Entonces habló de esa música de la que nuestra música terrestre no es más que un eco lejano y les pidió a su mujer y a sus hijos que eran muchos, que cantaran la coral “Todos los hombres son mortales y como todos eran artistas, cantaron la coral y mientras la cantaban murió Bach.

Otro gran músico, el violinista Jacques Thibaud, que murió en un accidente de avión, cuya sensibilidad era admirable, y que sacaba de su violín sonidos que conmovían el corazón, cuenta que de niño tenía una institutriz malgeniada y fea, sumamente severa, especialmente con él, y él adivino que ella sufría. Entonces decidió mostrarse tan dócil y atento como le fuera posible y eso provocó, sin ninguna palabra ni conversación, una especie de lazo entre la institutriz y el niño que era ya un artista admirable. Su papá era un gran violinista que había interrumpido su carrera por haber tenido una herida en la mano. Era un hombre de increíble bondad que hacía el papel de mamá para sus hijos, pues la madre había muerto. Él había enseñado a su hijo Jacques Thibaud a tocar piano.

El niño era ya un virtuoso. Era excelente pianista pero no sabía del violín sino lo que había visto, pues jamás había practicado, pero tenía un hermano mayor que era violinista admirable. Y al saber que la institutriz se encontraba enferma y sola, decidió entonces ir a visitarla. Ella, que tenía corazón aunque no sabía mostrarlo, acogió su visita con el mayor placer y entre los dos se trabó una amistad profunda. Y cuando Jacques Thibaud llegó un día donde la institutriz, la vio completamente descompuesta y comprendió que estaba muriendo.

Al verlo entrar, la mujer, que también tocaba violín, tomó su violín y lo puso en las manos de Jacques Thibaud diciéndole: “Tócame algo para poder morir en paz”. Y el niño que jamás había tocado un violín, se puso a tocar una pieza de Beethoven que conocía de memoria, y para tocar mejor cerró los ojos y puso toda su atención, y escuchó que la respiración de la enferma se sosegaba y cuando hubo terminado de tocar, ella había muerto. Logró pues calmar sus sufrimientos y conducirla hacia la música eterna por el camino de la música.

Por otra parte, ustedes recuerdan que san Juan de la Cruz da a Dios, entre otros, el nombre de música callada, música silenciosa. No es pues de extrañar que tantos artistas nos hagan sentir una Presencia divina, ya que se nutren de la música eterna que es Dios mismo.

Pero no son solo los músicos sino todos los artistas, como lo muestran los versos de Keats, todos los artistas están finalmente a la escucha de Dios.

Uno de los más grandes, Miguel Ángel, el gigante Miguel Ángel, el gran arquitecto, el gran pintor y escultor, Miguel Ángel al que le debo tantas alegrías. Una de mis mayores emociones fue precisamente cuando siendo joven sacerdote estuve en Florencia, en la iglesia de San Lorenzo y en la capilla de los Médicis, donde me encontré con las admirables estatuas de Miguel Ángel que representan a Cosme y Julián de Médicis (1) con las alegorías del día y la noche, de la aurora y el crepúsculo. Jamás olvidaré esa mañana de septiembre cuando estaba allá silencioso, con un amigo. Estábamos cansados de museos. No podíamos más de mirar tantas cosas….

[Y la capilla de los Médicis] se convirtió en Presencia, y yo estaba perdido en ella, pero con tanta tranquilidad como la alegría que sentía. No me la atribuía a mí, sino a ella. Yo estaba realmente totalmente entregado, arrastrado por la luz de la Hermosura, totalmente abandonado a ella. Quizás fue entonces cuando comencé a entender que Dios puede curarnos de nosotros mismos, que puede sanarnos de nosotros y que es necesario estar en su presencia para sanar de sí mismo.

A veces invoco a Miguel Ángel como a un viejo amigo. Creo que habiendo expresado la belleza con tanto poder, debe estar vivo en el corazón de la Belleza y estoy seguro que tantos otros músicos, como Mozart que escribió una misa tan conmovedora y pura para la coronación de la Virgen, estoy seguro que muchos artistas fueron hacia Dios por el culto de la Belleza al que le habían dedicado sus vidas.

Todos, claro está, tocan la sensibilidad, pero para purificarla, para rectificarla, para divinizarla, para permitirle respirar la Presencia divina.

Nuestro Señor tenía la sensibilidad más perfecta y vibrante, más equilibrada y, claro está, más santa y pura, la más pura. Jamás habríamos podido imaginar la escena de la pecadora si la sensibilidad de nuestro Señor no hubiera sido tan pura como delicada. Imaginen el escándalo de una prostituta que viene con sus arreos de prostituta a postrarse a sus pies, a ungir sus pies con perfume y secarlos con sus cabellos, en un banquete dado por Simón el fariseo. Eso habría sido un escándalo increíble si la pureza increíble de nuestro Señor no hubiera brillado en toda su Persona.

Hubo sin embargo escándalo pues Simón era un fariseo endurecido, pero el encuentro fue definitivo. La mujer quedó canonizada, virginizada, quedó, como dice san Francisco de Sales, archi-virgen por ese contacto con nuestro Señor, y sin embargo, ¿qué podría ser más sensible que esta manifestación de amor con el perfume derramado sobre los pies de Jesús y secados con esa cabellera que hasta entonces había servido para otras cosas?

Y si es verdad que esta María es la misma que vela sobre el sepulcro de Jesucristo, lo cual no es seguro pero podemos suponerlo, si es verdad, nada nos conmueve más y entonces poco importa que sea esta María u otra. Lo que nos impresiona es precisamente que es a ella a quien aparece Nuestro Señor en primer lugar. El amor de esta mujer la mantuvo cerca del sepulcro. Ella lo había visto, quería volverlo a ver y no pudo dejar el rastro de su maestro hasta que por fin él la llamó por su nombre.

Nuestro Señor se conmovió por la mujer adúltera y, viendo su angustia, tomó partido por ella con las palabras más magníficas e inolvidables: “¡El que esté sin pecado que le tire la primera piedra!” (Jn. 8:7) Nuestro Señor fue tiernamente amado por los niños. Aceptó sus caricias y los bendijo. Se conmovió por la espontaneidad de Zaqueo el publicano que afirmó que para reparar sus injusticias daría la cuarta parte de sus bienes.

Nuestro Señor se conmovió por la juventud del discípulo amado y lo aceptó sobre su corazón en la última cena y le hizo confidencias que le hizo a él solo.

En el huerto de la agonía pidió la ayuda de sus discípulos y, después de haber implorado en vano que se alejara el cáliz, quiso tener al menos el consuelo de su simpatía y de su amistad, y no lo encontró… pero lo buscó. En su sensibilidad, también él necesita encontrar un eco a su sufrimiento.

No hay pues que hablar con demasiada precipitación de las noches oscuras ni cultivar una especie de sequedad que pretende ser manifestación de ascetismo y perfección. Tal sacerdote les da la mano de manera insegura, apenas sí les toca la mano, como si el contacto pudiera mancharlo.

¡Eso es absurdo! ¡Es absurdo! El miedo del contacto, el miedo del cuerpo humano es malsano. Hay que ver el cuerpo en su nobleza, hay que mirarlo con los ojos de Dios, hay que amarlo de modo divino, como lo ama Dios. Hay que evitar el peligro de ahogar la sensibilidad artificialmente.

Si estamos en la noche, aceptémoslo en unión con la agonía de nuestro Señor, pero no cultivemos deliberadamente la sequedad de la sensibilidad.

Eso quiere decir al mismo tiempo que debemos respetar la sensibilidad de los demás. También ellos la necesitan y no debemos ignorar las exigencias de su sensibilidad. Su sensibilidad es muy a menudo diferente de la nuestra; por eso debemos abordarla con mucha circunspección.

Conozco a un párroco que tuvo que renunciar, siendo por otra parte muy inteligente y de buen gusto, ¡por haber retirado las estatuas de su iglesia y haberlas arrojado en el lago! No eran hermosas, de acuerdo, pero lo hizo con demasiada prisa y precipitación. Chocó e hirió a ciertos feligreses que de cierto modo habían puesto su devoción en ellas, y finalmente él tuvo que salir de la parroquia.

Eso quiere decir que la sensibilidad ajena es un camino indispensable no solo para llegarles, sino para que ellos puedan ir a Dios. No hay pues que desconocer este apoyo que necesitan absolutamente, necesidad que es además una realidad de su persona. Hay que tomar el diapasón de la sensibilidad ajena. Yo no diría delante de un polonés: “Borracho como un polonés”, ni “marcharse a la inglesa” o “interesado como un suizo”. Tampoco diría ante un protestante “más guindado que un protestante”. Cada uno tiene su sensibilidad. Ante un alemán, yo no diría “cabezudo como un alemán.

Hay que aprender todos los lenguajes, como dice admirablemente el himno de Pentecostés: “El Espíritu conoce las voces”, tiene la ciencia de las voces. Hay pues que adaptarse, saber que con quién estamos antes de ponerse a hablar política o sobre el futuro del mundo, o sobre su pasado. Nunca sabemos quién nos está escuchando, con qué prejuicios legítimos podemos chocar, qué sensibilidad podríamos herir.

Cuántas personas están desesperadas solo por falta de amistad, por falta de afecto, por falta de ternura. Hay situaciones que no pueden resolverse sino por un gesto de amistad y ternura justamente porque la sensibilidad está petrificada y eso impide toda comunicación: la corriente ya no pasa y el mundo parece como muerto.

Por otra parte, justamente, a través de la diversidad de las sensibilidades humanas, esto nos lleva a considerar más profundamente la religión personal de la cual ya tuve a menudo la ocasión de hablarles. Cada uno de nosotros es único, ¡único! No hay almas repetidas, ¡ninguna! Toda alma es indispensable para el equilibrio del mundo y cada una recibió un rasgo del rostro de Dios y es la única que puede revelarlo a los demás.

Y por eso no es suficiente tener una religión comunitaria expresada con los mismos gestos, las mismas palabras y los mismos cantos, aunque la religión comunitaria sea necesaria para expresar la unidad del género humano para que Dios aparezca en la historia visible de los hombres como realidad que les concierne, pero esa religión debe suscitar, debe ir acompañada de una religión personal en que pueda expresarse lo más personal, lo más único que tenemos. Porque si lo que tenemos de único no puede expresarse, lo más personal que tenemos quedará reprimido. La religión sería entonces extranjera a lo que nos constituye en nuestra singularidad incomunicable.

Si hemos de ir a Dios con todo nuestro ser, justamente nuestra unicidad, nuestra singularidad, nuestra individualidad deben estar implicadas hasta sus raíces para que todo nuestro ser pueda ir hacia Dios, de un solo impulso. Cada uno de nosotros debe tener una religión personal. Cada uno debe ir a Dios con sus gustos, con sus pasiones ordenadas y purificadas, con el diapasón de su propia sensibilidad, con la música de su voz y de su temperamento, justamente para que Dios lo colme por entero.

Cuántos sacerdotes o religiosos han naufragado justamente por causa de una religión abstracta que no les alimentaba además, y estaban confrontados con una religión abstracta por la cual hubieron podido sentir algún interés a los 20 años. Pero al desarrollarse con los llamados de la existencia no se sintieron agarrados hasta las raíces de su ser, y teniendo necesidad de ser felices, no pudiendo renunciar a la alegría, se alejaron de una vocación que ya no podía, y nunca había podido colmarlos.

Cada uno de nosotros debe pues tener una religión personal. Cada uno debe consultar sus gustos y hacer lo que le interese en la medida de lo posible, leer lo que le interese, gozar de las músicas que le colmen, contemplar con placer las flores de su jardín, asistir a las fiestas de luz que les brinda gratuitamente el sol o la luna, encantarse con la luz de las estrellas en una hermosa noche de verano, etc., etc. Cada uno debe poder encontrar en su vida el alimento de su alegría.

Por mi parte, me apasionan los libros de física y de biología. No me canso de leer los últimos libros publicados en esos temas para estar en contacto con el pensamiento de los hombres y hablar el lenguaje de nuestros contemporáneos y para seguir el surco de Dios en los fenómenos mismos de la naturaleza.

Todo el universo quiere ir a Dios. Estamos precisamente encargados de comunicarle la dimensión de la Presencia infinita. Pero hace falta que lo miremos, que entremos en su conocimiento y confieso mi pasión por los libros de física y de biología. ¡Me alimentan mil veces más que los libros de teología! ¡Mil veces más! Precisamente porque no repiten cosas ya hechas, no persiguen construcciones abstractas en que la lógica se vuelve a menudo absurda a fuerza de ser mecánica. Son libros que dan testimonio de una investigación ardiente, pura, desinteresada, apasionada y apasionante por parte de mentes que no tienen otro camino hacia la verdad que el camino de la ciencia. La ciencia, la música también desde luego, son para mí caminos indispensables para ir a Dios; y si mi pensamiento no envejece, si sigue avanzando, es justamente porque nunca dejo de estar en contacto con el trabajo del mundo sabio.

Claro que hay hombres, rostros de niños, rostros de personas que sufren, de personas desdichadas, y también rostros de gente feliz. Todos esos rostros humanos me son necesarios y gozo dando la comunión, viendo todos esos rostros orientados hacia lo mejor de sí mismos, hacia la Presencia adorable que es la única que los puede colmar.

Tengo pue una religión personal que se armoniza admirablemente con la religión comunitaria. Entre las dos circula la misma Presencia, y es evidente que me siento en perfecto acuerdo estudiando física o estudiando la historia de los Concilios, que es otra de mis pasiones. Siempre es el mismo sentimiento, el sentimiento de que Dios es la realidad suprema y que él brilla en todo nuestro ser, que él es la alegría de nuestro cuerpo “que en él reflorece” (Ps.28:7) como dice el salmo lo mismo que la alegría de la mente.

Además, ¿no quiso san Francisco de Asís, uno de los más grandes santos, uno de los más admirables, morir escuchando cantar el Cántico del Sol? ¿No es esa la manifesta­ción más admirable de un perfecto equilibrio? Va a morir, no: va a vencer la muerte, va a resucitar, va a encontrar en lo más íntimo suyo el rostro que lleva en el corazón y siente una alegría total, en todo su ser, y quiere que la tierra y todo el universo se asocien a su gozo, y pide que canten el Cántico del Sol.

Y san Juan de la Cruz, el gran mortificado, el más grande de los poetas españoles, poeta inmenso en todos los tiempos, ¿era acaso extranjero a la alegría del mundo cuando escribió: “Pasó por estos sotos con presura, y yéndolos mirando, con su sola figura vestidos los dejó de su hermosura”? Ahí está el hombre que vio la hermosura del rostro de Cristo, la hermosura del rostro de Dios en toda la naturaleza. No podía ser extranjero a la alegría del mundo. Debió conocerla en un grado increíble para poder cantarla con tanta perfección.

Es pues necesario que también ustedes tengan una religión personal, que no dejen secar su sensibilidad, que no momifiquen su vida espiritual bajo color de purificación o ascetismo, que cosechen a manos llenas las flores de su jardín, que gocen de las fiestas de la luz, que sigan cantando el admirable canto gregoriano, que sean amigas unas para otras, que no rechacen los testimonios de amistad y ternura que son normales en una familia que vive en la alegría de Dios.

El gran poeta Péguy escribió: “La alegría de una niñita es la mayor gloria de Dios”. Pues bien, esas son palabras que podemos recordar: la alegría de los niños es el homenaje más hermoso al don de la vida y es una forma de oración que debe ser particularmente agradable al Dios que se ha revelado en un corazón, que se ha revelado como corazón, que es todo corazón y nada más que corazón.

Tratemos pues de darle también el testimonio de nuestra alegría recordando estas palabras admirables de san Francisco de Asís: “¿Qué es un servidor de Dios? Una especie de malabarista que eleva el corazón del hombre a la alegría espiritual y lo conmueve.

(1) Se trata del sepulcro de Julián y Lorenzo de Médicis.

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