Conferencia de M. Zúndel en la iglesia del Sdo. Corazón de Ouchy, Lausana, en 1966. Inédita.

Un filósofo peripatético cuenta esta anécdota que ustedes conocen, a propósito de Epicteto, filósofo estoico del primer siglo de nuestra era: Epicteto es esclavo, tiene un dueño llamado Epafrodito y un día al dueño le da por romperle una pierna torciéndola en un torno. Epicteto lo previene: “¡Me la vas a romper!'” y en efecto, cuando le rompió la pierna, Epicteto añadió: “¡Ya te lo había dicho!

Es una anécdota preciosa porque nos hace sentir en seguida el misterio de la libertad. ¿Dónde está la libertad? Es evidente que aquí la libertad está en el esclavo: el esclavo es libre de sí mismo porque tiene dentro el reino del espíritu que es inviolable y universal. Y el dueño es esclavo de sí mismo, un salvaje en este caso.

La anécdota ilustra admirablemente nuestro tema. Buscamos la libertad y constatamos una vez más que la libertad consiste ante todo en ser libre de sí mismo. Si no somos libres de nosotros, aunque tengamos todos los dones, talentos y poderes estamos en la peor esclavitud, la interior, por la cual nos sufrimos a nosotros mismos. De esta esclavitud debemos liberarnos, y sería muy vano hablar de verdadera libertad cuando no somos libres de nosotros mismos.

¿Pero cómo liberarse de sí mismo? ¿Cuál es el camino hacia la libertad interior? Hay que decir que la mayoría de los hombres lo ignoran, que nosotros mismos lo conocemos muy imperfectamente y que por otra parte nos sería inaccesible si, a través de Cristo, no hubiéramos encontrado la Humildad de Dios. Porque esa es la enorme novedad con que estamos confrontados.

Hasta Jesucristo, quiero decir fuera de la luz de la Humildad de Dios, se concibe la grandeza como una construcción piramidal: ser grande es estar por encima, tener súbditos, imponerse, recibir tributo de homenajes o adoración de seres inferiores y esta imagen está tan profundamente incrustada en nosotros que no logramos liberarnos de ella. La búsqueda de reputación, la necesidad de brillar, de reconoci­miento y alabanzas es universal y lo que menos se perdona es precisamente que no se reconozca la grandeza que cada uno se atribuye.

En los jeroglíficos encontramos homenajes al faraón que reduce su pueblo a un estado de polvo sobre el cual marcha, ¡y así es como concebimos la grandeza! La grandeza consiste en tener súbditos. La grandeza es mirar continuamente más allá del bien y del mal, como decía Nietzsche, mirar hacia abajo.

Estamos tan infectados por esta noción que es difícil superarla, ¡si es que un día lo logramos! Queremos ser reconocidos, queremos estima. No es totalmente falso: no podemos vivir sin la estima de los demás. Y no hay que hacer trampa con lo que somos, hay que presentarles a los demás una verdadera grandeza y esa es precisa­mente la auténtica grandeza que ignoramos, y seguiríamos ignorándola si no hubiéramos encontrado, repito, la humildad de Dios. La luz brilla precisamente, como vimos en el testimonio de Jesucristo, en la confidencia que nos hizo de la intimidad divina en que está enraizada y subsiste su humanidad, la confidencia de la Trinidad en que Dios se manifiesta como eterna comunión de amor, como eterno abandono, como eterno despojamiento.

¡Y eso es lo maravilloso! En efecto, las revueltas son todas legítimas si Dios es un soberano, si no entra en el juego, si él dirige todo nuestro destino, si juega solo toda la pieza, si nosotros no somos sino marionetas en sus manos. Si Dios es rechazado tan a menudo hoy en día, es por ese deseo de autonomía, de grandeza y de libertad que constituye ciertamente lo mejor que tenemos, pero justamente no sabemos ni podríamos saber cómo realizar esa grandeza sin haber encontrado a Jesucristo, y por Jesucristo, la humildad, el despojamiento, la renuncia que constituyen toda la santidad divina.

Y si Cristo puede dar testimonio, si Cristo nos revela a Dios como eterna comunión de amor, es porque en su humanidad se realiza precisamente el supremo despojamiento. Es porque su humanidad no se pertenece, sino que está totalmente expropiada de sí misma y no puede decir “yo” sino que solo puede dar testimonio de la divinidad en que subsiste, porque es puro sacramento, signo vivo en que Dios se afirma y se comunica personalmente, por eso, en el centro de la historia, la humanidad de Jesucristo puede revelarnos el nuevo rostro de Dios, en fin, el rostro más bien desconocido de Dios que es el rostro de la Humildad, de la renuncia y del Amor, que no es sino Amor, y que frente al universo Dios es solo don eternamente ofrecido pero que siempre puede ser rechazado.

Y ese don maravilloso que nos viene por Jesucristo, que se nos comunica en Jesucristo, ese don maravilloso lo vamos a encontrar en el misterio de la Iglesia. Y el misterio de la Iglesia solo puede ser un misterio de renuncia, de humildad, de despojamiento, es decir, un fermento de libertad.

¡Si la Iglesia no nos llevara a la libertad traicionaría a Cristo! Si Cristo no nos llevara a la libertad traicionaría a Dios y no tendríamos otro recurso que rebelarnos contra un destino absurdo que no podríamos aceptar sin rebelarnos.

¿Y qué viene a hacer la Iglesia al descubrir a Jesucristo? ¿Cómo entra la Iglesia en la historia? Es fácil concebirlo si recuerdan que el Viernes Santo, la muerte de Jesucristo, es a los ojos mismos de sus discípulos, un fracaso que les parece definitivo y, en efecto, en el plano de la historia pública, de la historia romana si quieren, Cristo crucificado es solo un crucificado más entre miles, ya que era un suplicio muy común.

El crucificado fue juzgado y eso tuvo cierta publicidad – las autoridades romanas y judías intervinieron – y él desapareció de la historia oficial: está enterrado y su destino parece sellado. Es lo que se comentan entre ellos los discípulos de Emaús al recordar los acontecimientos trágicos a que habían estado asociados, acontecimien­tos que parecen haberles robado su esperanza suprema, ya que esperaban precisa­mente que Jesús de Nazaret fuera el Mesías, en fin, el Ungido de Dios, enviado para salvar al pueblo de Israel. “Y ya van tres días desde que eso sucedió” (Lc 24:2l).

Sin duda, el tercer día precisamente, Cristo se va a aparecer a los suyos que afirman haberlo visto resucitado, y fundarán nuevas esperanzas sobre la resurrec­ción. Pero hay que reconocer en seguida que, según los testimonios de que dispo­nemos, la Resurrección es un acontecimiento confidencial mientras que la muerte de Cristo, es decir su juicio, su condenación y su crucifixión son acontecimientos relativamente públicos ya que movilizaron el aparato oficial romano y judío.

La Resurrección es un acontecimiento que tiene por solos testigos a los discípulos y amigos. Una vez más, es un acontecimiento confidencial, dirigido a la fe y que apela a ella, es decir a la generosidad del amor, a la luz interior que supone ya cierta intimidad con el Dios vivo. Y es extremadamente precioso señalar que los testi­monios evangélicos de la Resurrección tienen todos un carácter ambiguo. Cristo viene por caminos misteriosos, no lo reconocen de inmediato, desaparece y vuelve a aparecer…

Saben que está vivo, pero los discípulos no saben qué hacer de ese evento. Tratan de transferir ahora más allá de la muerte las esperanzas que habían alimentado antes de la muerte y en efecto, según los Hechos de los Apóstoles, ésa será la última pregunta que harán los apóstoles y discípulos a Jesús en la última conversación que designamos como la Ascensión… la última pregunta que le hacen haciendo alusión a la efusión del Espíritu Santo que les estaba prometida: “¿Es ahora cuando vas a restablecer el Reino en favor de Israel? (Ac l:6).

Entonces aún no han comprendido nada: la Resurrección no les aclara lo esencial y les garantiza simplemente que la aventura a que han sido asociados y que era maravillosa no ha terminado sino que va a continuar… ¿pero cómo? Ellos todavía no lo saben. Sólo el día de Pentecostés se va a realizar la transformación esencial del maestro que habían visto ante ellos, sin identificarlo, sin reconocerlo, sin ver en su humanidad el sacramento diáfano en que brilla y se comunica personalmente la divinidad: ¡Por fin ven a Cristo dentro de ellos mismos! Y de repente, por una fuerza misteriosa que los eclipsa a ellos mismos en la Persona misma de Jesucristo, rinden el testimonio que van a rendir en todos los caminos de la tierra entonces conocidos, y a dar testimonio hasta el martirio.

Y en el acontecimiento de Pentecostés vemos el nacimiento de la Comunidad que solo puede ser reconocida por la fe, por una vida de intimidad con Cristo, y ese día vemos surgir el misterio de la Iglesia, que es necesario situar ahora precisamente en la jerarquía de dimisión que es la única garantía, la única revelación y la única realización posible de nuestra libertad, si la comprendemos precisamente como una libertad que va hasta la liberación de nosotros mismos.

Como hemos dicho, la Revelación en Cristo es la suprema Encarnación, es decir la manifestación perfecta, definitiva e insuperable de la Presencia divina en la historia humana. Dios es espíritu, como dice en el diálogo con la samaritana. Dios es espíritu, es decir que Dios es interioridad pura. Dios no tiene exterior. Dios no es un objeto que se puede poner ante nosotros. Es una luz de intimidad, una luz de amor que solo puede afirmarse y percibirse dentro de nosotros.

Y, como en las relaciones nupciales, el conocimiento de Dios es función del cambio que se efectúa en nosotros. Como en una relación nupcial, conocemos en la medida en que amamos, conocemos en la medida en que hacemos de nosotros un espacio para acoger al otro. Con mayor razón en el terreno personal por excelencia de las relaciones con Dios, lo conocemos en la medida en que lo amamos. Y como el amor humano es siempre imperfecto, el conocimiento de Dios lo es en la misma medida y por eso dijimos que era necesaria una humanidad absoluta y radicalmente despojada de sí misma hasta la pura transparencia del amor para comunicar un conocimiento de Dios que fuera sin límites, definitivo y universal.

Entonces, si adherimos a Jesucristo sin por eso negar todos los demás maestros de la historia que son, cada uno a su manera, encarnaciones de Dios, si adherimos a Jesucristo como a la cumbre de la Revelación, es a causa del despojamiento insuperable que hace de su humanidad precisamente el puro sacramento en que la divinidad se manifiesta y se comunica personalmente. Por eso es necesario insistir: la Revelación de Jesucristo es Jesucristo mismo. Jesucristo no es un doctor que enseña, no es el fundador de una academia, no da solamente una doctrina que podría subsistir sin él, como el platonismo que puede sobrevivir sin Platón o el aristotelismo sin Aristóteles. Jesucristo es solo testigo, el testigo por lo que es él, testigo inseparable, testigo perfecto de la divinidad que inscribe en la historia por su Presencia.

Por eso el testimonio de Jesucristo es inseparable de la Persona de Jesucristo. Lo que constituye el Evangelio no son las palabras que Jesús pronuncia, las palabras consignadas en el Nuevo Testamento… o por lo menos no es solamente eso, por la razón evidente de que Jesús se dirigía a sus contemporáneos teniendo en cuenta lo que ellos eran. Jamás habría tenido la menor audiencia si no hubiera utilizado un lenguaje cuidadosamente ajustado a sus auditores.

No hay pues que tomar las palabras del Libro sagrado como palabras definitivas y perfectas que expresan al máximo lo que el hombre puede conocer de Dios, sino que se debe ver en ellas mucho más un diálogo entre Jesús y sus oyentes, diálogo que comporta niveles diferentes según el nivel de los auditores que son siempre imperfectos, y a quienes debe hablar en parábolas porque no entienden otra cosa, aun sus discípulos. Tendrá que decirles: “Tengo muchas otras cosas que decirles, pero no pueden entenderlas.”

Eso quiere decir que el Evangelio de Jesucristo es su Persona misma y que las palabras que pronuncia adaptándose a sus oyentes no son eternas sino en la medida en que la vida, la Presencia de Jesucristo, las penetra y nos revela además su insufi­ciencia justamente porque Dios no es un objeto que puede ser contenido en una fórmula. Dios es espíritu. Dios solo puede anunciarse y ser reconocido en una Presencia que sea ofrenda de luz y solo puede ser reconocido definitiva y perfectamente en una Presencia que sea sin límites, rigurosamente universal, como lo es la humanidad misma de Jesucristo, segundo Adán que está al origen de una nueva creación.

Por eso la Revelación que es Jesucristo no puede trasmitirse en palabras, a través de una institución a menos que, a través de esas palabras y de esas instituciones Jesucristo mismo siga presente para siempre. Y ¿cuál es en efecto justamente el medio que nos permite terminar la jerarquía de renuncia a partir de Dios, por medio de Jesucristo en el misterio de la Iglesia? Es que Jesucristo solo puede ser la Revelación definitiva e insuperable si sigue personalmente presente para siempre en la humanidad.

Lo que necesitamos no son palabras pronunciadas por Jesucristo, pues tan magní­ficas y preciosas como sean las palabras, siempre pueden ser comentadas, glosadas e interpretadas y nunca acabaremos de oponer interpretaciones a las interpretacio­nes. Lo que necesitamos es que Jesucristo mismo permanezca a través de todos los siglos, que siga dando su testimonio de cualquier manera, que haga continuamente estallar los límites de los demás mediante la luz misma y la realidad de su Presencia. El misterio de la Iglesia se enraíza precisamente en esta exigencia absoluta de una revelación hecha por modo de encarnación, en que lo que cuenta no son las palabras sino la Presencia que las dilata y las consume en el fuego del eterno Amor.

La Iglesia naciente – quiero decir la comunidad apostólica, la comunidad de los once, y doce con la agregación de un nuevo apóstol, Matías – no tiene pues por primera finalidad repetir un mensaje que se resumiría en fórmulas suficientes para la misma comunidad, para comunicar la presencia misma de Jesucristo.

Y esa es la esencia misma de su vocación, comunicar hasta el fin de la Historia la presencia misma de Jesucristo. Es lo que Saulo, que deviene san Pablo, reconoce y en ese reconocimiento está toda la luz de su conversión.

Ustedes recuerdan el acontecimiento, alrededor del 36 después de Jesucristo. Recuerdan como el rabino fanático, discípulo de Gamaliel, hebreo hijo de hebreo, de la tribu de Benjamín, ese hombre que lleva en su sangre una fidelidad ardiente y apasionada hacia Israel, que había, con la agudeza de su celo, percibido primero el enemigo de la Sinagoga en la comunidad naciente que es la Iglesia de Jerusalén, resolvió destruir en su germen esa institución que le parecía abominable. Ustedes recuerdan que, con cartas del sumo sacerdote iba a Damasco donde había emigrado el cristianismo, para poner fin al comienzo de una secta que ponía en peligro la Sinagoga.

Y recuerdan que fue deslumbrado en el camino de Damasco. Y cuando pregunta a la fuerza de amor que lo derrumba, obtiene esta respuesta: “Yo soy Jesús a quien tú persigues” (Hechos 9:5). Esa es precisamente la identidad esencial a que nos preparaban las consideraciones que acabamos de hacer sobre esa comunidad. Eso es lo único que sabe. No se encontró con Cristo en persona en los días de su historia. No se encontró con Jesús aunque fue su contemporáneo y pudo encon­trarlo. Se encontró con la comunidad de sus discípulos, que en teoría debía exterminar. Y helo aquí atrapado en el juego maravilloso de la gracia: y se rinde y reconoce en una misma visión a Jesús en la Iglesia y a la Iglesia en Jesús.

Yo soy Jesús a quien tú persigues”. Y será el gran teólogo de la Iglesia, y si habla a los efesios y los colosenses con magnificencia del misterio de la Iglesia como cuerpo místico, cuerpo interior, cuerpo espiritual, cuerpo universal de Jesucristo, es preci­samente porque entró en contacto con Jesucristo a través del misterio de la Iglesia.

Esta identificación que está en el centro de la experiencia de san Pablo, nos da inmediatamente la clave del misterio de la Iglesia. La Iglesia es Jesús. ¿Cómo puede serlo? ¿Cómo pueden ser Jesús Pablo, Pedro, Santiago, los discípulos, los sucesores hasta nuestros días, sino por una sustracción, es decir por una renuncia total a todo lo que en ellos no es Jesús?

Es evidente que la identificación “Yo soy Jesús… solo puede concebirse si la Iglesia misma realiza un misterio de renuncia total, de despojamiento absoluto, de pobreza total. Esto quiere decir que Pedro ya no es nada, ni Pablo, ni Santiago, ni Juan, ni los demás, ni Timoteo, ni sus sucesores. Sólo Jesús cuenta. En una palabra, eso quiere decir en palabras muy sencillas que la Iglesia misma toda entera es un sacramento a través del cual Jesús en persona sigue presente, Dios mismo da testimonio y se comunica.

Entonces, eso es lo que aparece en la experiencia de Pablo: toda esa teología del cuerpo, del cuerpo universal, del cuerpo misterioso, del cuerpo en que Jesús vive difundiendo su vida, transformando la humanidad en él mismo, comunicando a todos los hombres y a todo el universo la libertad que en Dios es precisamente la eterna renuncia del Amor.

Tenemos pues aquí, al origen mismo de la Iglesia la identificación entre la Iglesia y Jesús. No sabríamos nada de Cristo, notémoslo bien, sin el misterio de la Iglesia. Jesús no escribió nada, murió ejemplarmente derrotado. Murió una muerte de esclavo, la muerte más ignominiosa. Fue arrojado al sepulcro y como lo recordaba hace un instante, no compareció resucitado ante las autoridades que lo habían condenado para confundirlas. Se manifestó solo a los que debían tomar la releva, a sus discípulos, a sus amigos, a los que verían justamente – o que estarían llamados a ver – en la Resurrección no un acontecimiento ante todo material y mágico, sino el triunfo del amor sobre la muerte cuyo origen, con todo lo que comporta de obscuridad y sufrimiento, finalmente, se enraíza en el primer rechazo de amor.

No sabríamos nada de Jesucristo sin la comunidad que vive de él y en la cual él es vida para comunicarse a la humanidad y al universo hasta el final de la historia.

Los textos que tenemos, acabo de decirlo, son relativos a cierto estado del auditorio al que Jesús se dirige; esos textos no fueron escritos inmediatamente además en papiros o en pergamino. La Iglesia vivió primero de una tradición, vivió de los recuerdos de los apóstoles, vivió de sus testimonios, vivió esencialmente de Jesucristo al que tiene precisamente misión de comunicarnos.

Los escritos vinieron poco a poco. Fueron aglomerados, re-trabajados, y el canon del Nuevo Testamento se constituyó solo de manera tardía, en la segunda mitad del siglo segundo, pues justamente no estamos ante una religión del Libro. La religión de Cristo es Cristo mismo. Es su Presencia la que nos interesa. Su Presencia hacia la cual nos volvemos. Su Presencia que nos sana de nosotros mismos. Su Presencia que nos comunica la libertad infinita que es Dios.

Y de ahí que todo lo que en la Iglesia no es Jesucristo no es Dios. Y de ahí que los evangelistas, quiero decir el Colegio de los Apóstoles no cuenta para nada sino precisamente a título de sacramento o de signo vivo de Cristo al que deben comunicar. “¿Fue Pablo crucificado por ustedes?”, pregunta Pablo a los corintios. “¿Fueron bautizados en nombre de Pablo? – No: Pablo no es nada, ni Cefas, ni Apolo. Es Jesucristo la vida de nuestra vida.

La jerarquía es pues sola, exclusiva, total y radicalmente una jerarquía de dimisión y cuando el apóstol no se eclipsa en Jesucristo se vuelve anticristo, anti-Iglesia, se vuelve anti-Dios y eso lo hace sentir trágicamente San Mateo precisamente en el capítulo 16 que nos recuerda la confesión de Cesarea, que nos recuerda la elección de Pedro.

Según el primer capítulo de Juan, Simón, hijo de Juan, recibió de Jesús el nombre de Pedro, el cual era además poco difundido en esa época: entre numerosos Pablos, no encontramos casi nunca Pedros. Según Juan, el nombre de Pedro le fue dado por Jesús a Simón, hijo de Juan y hermano de Andrés, en su primer encuentro: “Tú eres Simón, hijo de Juan. En adelante, te llamarás Cefas, la Piedra”. En el capítulo 16 de san Mateo tenemos la retoma significativa esta vez y más explícita del sentido mismo de ese nombre: “Y yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia.

Leyendo unos versículos más abajo, vemos al mismo Pedro tratando de disuadir a Jesús de la vía trágica de la Cruz, y Jesús no lo deja en la euforia de su confesión. Él acaba de confesar: “Tú eres el Mesías, el Cristo, hijo de Dios”, pero, porque Jesús sabe perfectamente lo que recubre esa esperanza temporal y equívoca, ese término de Mesías que además les prohíbe que se lo apliquen a él, aun reconociendo que lo merece, Jesús habla en seguida de la Cruz, de la derrota final que debe ser la expresión auténtica de su mesianidad. Entonces Pedro lo toma aparte, creyendo que cede al desaliento y Jesús lo reprende con los mismos términos con que rechazó la tentación: “¡Lejos de mí, Satanás, pues no tienes los pensamientos de Dios sino pensamientos demasiado humanos del hombre!

El mismo personaje es a la vez Piedra sobre la cual debe edificarse la Iglesia y Satanás, cuando busca sacar adelante sus propios negocios, cuando cede a sus ambiciones, cuando no se eclipsa totalmente y no es total dimisión en la Persona de Jesús, se convierte en el Adversario, se vuelve Satanás.

Es pues necesario escoger siempre lo que es la Iglesia, lo que es Jesús, pues la Iglesia se identifica con él, y lo que es Satanás en nosotros, en los jerarcas, en los demás miembros de la Iglesia. Tenemos que elegir continuamente entre Jesús y Satanás, es decir que la Iglesia es un misterio de fe que no podemos descubrir e identificar, como lo hizo san Pablo en el momento de su conversión, en la luz interior que nos enraíza en la intimidad de Jesucristo, ya que la Iglesia es solo el sacramento a través del cual se comunica la Presencia eterna de Jesucristo.

Aquí se impone una reflexión: es muy evidente que ningún cristiano será jamás igual a Jesucristo en perfección. El santificador es Jesucristo. Él es el camino de nuestra vida. Jesucristo pone en nosotros, o mejor él es en nosotros el fermento de una libertad eterna, la libertad inscrita en el corazón de Dios en el misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Pero es siempre Jesucristo y Jesucristo en persona, Jesucristo en su totalidad, y en su plenitud con quien tratamos, y con quien estamos confrontados y todos los límites de los apóstoles, todos los límites de los sucesores de los apóstoles, todos los límites de los fieles, todos nuestros propios límites, no impiden que es el Cristo total, el Cristo integral el que se ofrece a cada uno pues precisamente los evange­listas, los que llevan a Cristo, el colegio de los apóstoles si quieren, no son sino signos y sacramentos y no deben trasmitir una doctrina separable de Jesucristo sino el Verbo eterno mismo, el Verbo encarnado que es la única Palabra que consuma los límites de todas las palabras de todas las palabras humanas y que, a través de las palabras de todos los días nos comunica a pesar de todo su Presencia la plenitud de Dios.

Pero lo importante es que nunca estamos ligados sino con Jesucristo. Si nuestra obediencia, quiero decir nuestro amor, nuestra confianza en la Iglesia fuera a cualquiera otro que Jesucristo, estaríamos equivocados, seríamos idólatras y la Iglesia nos ocultaría a Jesucristo. En la Iglesia no podemos buscar ni encontrar auténticamente sino a Jesucristo, pero esto supone que hacemos abstracción de todos los límites humanos, lo mismo que debemos hacerlo al leer las Escrituras. La Escritura sería un escándalo si no pudiéramos hacer abstracción, a cada etapa, de los límites humanos recordando que a través de las imprecaciones, las maldiciones, las invitaciones a la venganza, se perfila otro rostro que transparenta en la humanidad en marcha en que podemos dar gracias en la Persona de Jesucristo.

Debemos pues hacer constantemente la sustracción de los límites humanos. Es evidente, si vivimos el misterio de la Iglesia en la fe. Cristo llena la humanidad, llena el universo, lo penetra con su Presencia, se ofrece constantemente dentro de cada uno de nosotros como la fuente que brota hasta la vida eterna, como la Revelación y la comunicación de la libertad original que es la renuncia eterna del Amor.

Si hay límites en los hombres de Iglesia, en Pedro, en Pablo, en Santiago, en Juan y en los demás, en Tito o Timoteo y en Ignacio de Antioquía y en todos los sucesores de los apóstoles, nosotros no estamos jamás atados a esos límites; al contrario, nuestra fe está continuamente invitada a escoger entre Cristo y Satanás. Hubo desde luego en el curso de la historia aspectos en que los límites humanos fueron más aparentes, más hirientes, más chocantes y dolorosos que otros. Pero no hay que olvidar cierta perspectiva que ya hemos indicado en nuestra primera charla, y es que el don de equidad sobre Dios está siempre vivo. ¿Está Dios dentro o afuera? Generalmente decimos afuera, lo vemos afuera, lo imaginamos casi siempre más allá de las estrellas. Lo imaginamos como el que mantiene el mundo en sus manos, que puede hacer lo que quiere, que podría cambiar nuestra situación como le guste, que es finalmente responsable de todo lo que sucede, al que adoramos cuando deseamos atraernos su beneplácito, y quisiéramos maldecirlo cuando sufrimos. Y nos equivocamos continuamente porque justamente nuestro Dios está dentro, nuestro Dios no tiene exterior, nuestro Dios no puede estar delante de nosotros sino sólo dentro de nosotros, siendo Espíritu infinito. Él es justamente la capacidad de entrega, la capacidad de ofrenda eternamente actualizada en una comunión de amor en que todo se intercambia perfectamente.

Pero persiste la ambigüedad, la encontramos continuamente, no digo en la historia de la Iglesia que solo se inscribe en el corazón de Dios, sino en la historia de la cristiandad. No se han roto los lazos con el Antiguo Testamento, no se han roto los lazos con toda la tradición humana, en una palabra, no hemos acabado con el Dios de los pueblos. Sigue siendo el Dios de los pueblos al mismo tiempo que el Dios interior, el Dios de los pueblos, de las naciones, el Dios de los imperios y de los reinos.

Y luego nos encontramos en una situación en el momento en que el Imperio romano se desgarra, cuando se transfiere al menos su capital a Constantinopla, cuando el Occidente fue descubierto y ofrecido en cierto modo a la invasión de los bárbaros, los jerarcas, los papas, los obispos que eran los últimos depositarios de la civilización grecorromana de occidente, que tenían cierta ventaja de cultura sobre los bárbaros, que eran la autoridad que permanecía en el lugar, quisieron naturalmente proteger al pueblo contra los bárbaros. Lo vemos claramente en las intervenciones del papa san León frente a Atila y poco a poco, ante el poder imperial o de reyes en épocas difíciles, ante el poder de los príncipes temporales, se constituyó un poder absoluto de los jefes espirituales.

No se halló otro medio de salvar la Iglesia. No hablo de los santos, no hablo de los míticos, no hablo de los solitarios, no hablo de los monasterios que pudieron guardar en el secreto de Dios la llama de un evangelio perfecto, pero pienso que en el plano de las relaciones públicas hubo por mucho tiempo y hasta ahora el deseo de oponer los límites de un poder espiritual absoluto a la usurpación de un poder temporal absoluto. Fue un inmenso drama que arrastró a los hombres de Iglesia en una política que tuvo con mucha frecuencia sombras y en que la parte de Satanás era quizá más visible que la de Jesucristo.

Pero una vez más, en esta perspectiva hay que entender cómo precisamente, por no haber roto, y no lo hemos hecho todavía, con la ambigüedad de un Dios que no situamos finalmente ni dentro ni afuera, por haber quedado en la vaguedad incierta, por haber proyectado a Dios en el espacio, fuera del hombre, por todo eso hubo ese combate tan desgarrador entre los poderes espirituales o el poder espiritual de la Iglesia, que sigue siendo una tentación además, el poder espiritual de la Iglesia, en nombre de un Dios concebido como soberano absoluto, absoluto, para proteger cierta libertad del espíritu contra la testarudez de un absolutismo temporal.

Mientras haya iglesias nacionales, estén donde estén, en oriente o en occidente, mientras haya iglesias nacionales, mientras el estado tenga cierta parte en la vida de la Iglesia como tal, es de temer que encontremos siempre la misma ambigüedad, y, claro está, en la lenta pedagogía de los pueblos, en la lenta evolución de la historia, hay que ser extremadamente prudentes en los juicios que emitimos pues ¿podría una sociedad enteramente irreligiosa conservar aún en el público, en la mayoría de sus miembros, una religión espiritual? El Islam da el sentimiento claro de una religión pública continuamente proclamada por la voz de los altavoces de todas las calles, en todos los barrios, en todas las aldeas, en todas las ciudades, por doquiera se escucha el mismo mensaje, por doquiera está uno sumergido en el llamado del Corán. Es imposible que esa atmósfera no provoque, aunque no sea sino en el lenguaje, semejante noción de Dios.

No hay pues que hablar mal mientras no se haya encontrado la política de una vida interior que haga de cada uno el centro mismo de la Revelación, ya que precisamente la Iglesia, cuerpo de Cristo, no es una institución como las demás. La Iglesia es un sacramento. La Iglesia tiene su sentido en cada uno de nosotros. No es una aglomeración semejante a la sociedad biológica en que todos estamos integrados por nacimiento carnal; querámoslo o no, hacemos parte de una sociedad cuyas leyes pueden alcanzarnos y forzarnos. En la Iglesia entramos libremente, y salimos también libremente de ella cuando ya no podemos descubrir en ella la libertad divina, pero precisamente por estar fundada sobre una decisión personal, por suponer un encuentro interior, tiene su sentido en cada uno de nosotros.

Cada uno debe llevar toda la comunidad mística. Cada uno debe llevar la Presencia de Jesucristo y en la medida en que cada uno es el centro universal puede encontrar la verdadera Iglesia, descubre el verdadero rostro que es final, original y eternamente el rostro de Jesucristo.

De todo esto hay que retener con absoluta convicción que la jerarquía, quiero decir el colegio apostólico, quiero decir el colegio de todos los “porta-Cristos”, de todos los evangelistas auténticamente enviados, constituyen jerarquías de renuncia, jerarquías liberadoras en que nunca se trata del hombre ni de sus límites sino solamente de la Persona y la Presencia de Jesucristo.

Y claro está, eso lo descubrimos solamente en la medida en que vivimos una vida cristiana auténtica. Cuando nos separamos de Jesucristo nos separamos de la Iglesia y recíprocamente, porque, san Pablo nos da la garantía, es una sola y misma realidad, pues la Iglesia no es sino Jesús que se difunde y se comunica a través de la Historia en la transparencia del misterio de fe que es su Cuerpo Místico.

Y claro está, cada uno de nosotros tiene ocasión de rendir testimonio a la Persona, a la Presencia de Jesucristo. La jerarquía está, tiene sentido, solo para comunicarnos la totalidad y la plenitud de Jesucristo. Si Jesucristo fuera dado a cada uno de nosotros, cada uno lo limitaría a sus necesidades, lo rodearía de comentarios edulcorantes, cada uno haría de él finalmente un ídolo. La jerarquía significa: ustedes no pueden disponer de él, ustedes, Pablo, Pedro, o mejor, Pedro, Pablo y Santiago y todos los demás, están ahí sólo eclipsándose totalmente en la Persona de Jesucristo para comunicarlo e introducir la humanidad en el nuevo nacimiento que se inicia por el bautismo, se desarrolla por la Eucaristía y quiere solo respirar la Presencia de Jesucristo a través de todos los signos, para que la libertad divina de la que es el sacramento inseparable, sea la vida del mundo entero.

Tenemos pues en la Iglesia un sacramento de liberación en el testimonio y, más que un testimonio, en el testimonio que es sacramento que comunica la Persona de Jesucristo. Y ahí está la única verdad de la cual debe testimoniar la Iglesia: el Amor eterno, el Amor infinito, el Amor en Persona, el Amor que brilla en el corazón de la Trinidad y que se encarna para siempre en Jesucristo, segundo Adán que retoma toda la Creación bajo un aspecto nuevo que es justamente el aspecto del espíritu, es decir el aspecto de la libertad, ya que la vocación del mundo entero es llegar a la ofrenda que se nos presenta en una comunión eterna, haciendo de Dios el que es todo en nosotros.

Es perfectamente claro que esta Iglesia es casi desconocida de la mayor parte de los cristianos, que ven en la Iglesia una especie de institución, de sociedad análoga a las demás y que por eso están tentados a la vez de cuestionarla y rechazarla. Y eso se comprende: si vemos en la Iglesia algo exterior y puesto ante nosotros, a priori se vuelve velo que oculta a Cristo en nosotros. Para reconocerla, hay que verla con los ojos de un san Pablo o mejor con los ojos de Cristo mismo que se nos comunica a través de ella.

Por fin, hay que pensar, y eso es lo esencial, que el testimonio que debemos rendir es saludado con nuestra renuncia. La Verdad es Alguien. La verdad es la luz del eterno Amor. La Verdad es la inocencia incorruptible que brilla en la eterna infancia de Dios. La Verdad no es algo que se pueda formular en palabras definitivas, a menos que esas palabras sean sacramentos, precisamente, que nos inician en la intimidad de Dios.

¿Es que finalmente las palabras que valen, las palabras que cantan, las palabras que transportan, las palabras que dan gozo, no son todas palabras que nacen de la intimidad y se dirigen a la intimidad? Es que la frase “Te quiero” que se ha dicho miles de veces, puede tener aún sentido ahora si no brota de un nuevo nacimiento en un corazón que se abre? Hay palabras que dan vida cuando brotan y surgen de la vida. Hay palabras que son personas. Hay palabras que son presencias y son esas palabras precisamente las que constituyen el Evangelio eterno.

El Evangelio eterno no es un mensaje que se puede separar de la Presencia de Jesucristo. El Evangelio eterno es su Presencia viva en nosotros y con el tiempo, a través de nosotros. Y por eso finalmente el misterio de la Iglesia, la Iglesia venerable, de la Iglesia sin mancha ni arrugas, la Iglesia inmaculada de que habla san Pablo a los tesalonicenses, en la que creo de todo corazón, la Iglesia no puede ser conocida sin no hacemos continuamente la distinción entre Cristo y Satanás, ante todo en nosotros.

Jesús nos previene: Pedro puede hacerse Satanás. Es Pedro solo cuando no es él mismo. Sólo es Pedro en el eclipse de todo su ser en la Persona de Jesucristo y también nosotros, no somos cristianos, más bien lo seremos, ¡quiera Dios que podamos! ¡En todo caso, no lo seremos sino en la medida en que nos eclipsemos en la Persona de Jesucristo!

Inútil hablar, inútil difundir en las ondas un mensaje del que no vivimos. Lo único que importa es que Cristo viva en nosotros y que podamos encontrarlo en la autenticidad de nuestra vida y será cuando hayamos hecho continuamente en nosotros la separación entre Cristo y Satanás, cuando tengamos cuidado de no traicionar a Cristo con una vida que lo niega, entonces la Iglesia aparecerá como apareció a Pablo en el camino de Damasco y nuestros conciudadanos y contempo­ráneos la reconocerán como es a los ojos de la fe que respira el Amor: ¡Jesús…!

Y como sabemos, eso es en la medida en que comprendamos que también nosotros somos la Iglesia, como los apóstoles, como los jerarcas. Aunque no tenemos la misma función, tenemos la misma misión: dar testimonio de Jesucristo, hacerlo presente, hacerlo presente en la vida de hoy, por la autenticidad de nuestra vida.

Es lo que san Agustín recordaba ya a los fieles de Hipona, diciéndoles con toda la fuerza de su amor: “Escuchen, hermanos, comprendan, escuchen y entiendan, no solo hemos sido hecho cristianos sino que hemos sido hecho Cristos.

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