Homilía de Mauricio Zúndel en Beirut el 1 de mayo de 1972, misa de retiro. Inédita.

No nos queda ni una palabra de San José: es el gigante del silencio y su grandeza inmensa está justamente en su silencio. Su silencio se nos propone en una ocasión única en el Evangelio, a propósito del gran drama de amor, del más grande amor de la historia, que es la confrontación de José con la maternidad de María cuya fuente y origen desconoce.

San Mateo nos resume la situación en unas líneas que son una pura obra maestra. Una obra maestra de discreción, de humanidad y amor. A menudo me pregunto qué Shakespeare sería lo bastante grande como para ilustrar esa tragedia.

Porque ese hombre tiene derechos sobre esa mujer. Según la ley hebraica, la novia debe rigurosa fidelidad a su prometido. La pueden lapidar en caso de transgresión. Y ahí están los hechos: ella está a punto de ser madre. Y José no sabe nada ni tiene parte en ello. Pero no abrirá la boca. No hace preguntas. La conoce lo suficiente como para estar seguro de su inocencia, pero otro podría ser culpable, otro habría podido atentar contra ese tesoro.

¿Cómo hacerle preguntas a esa mujer sin herirla en algún modo? Está resuelto a no herirla: no abrirá la boca, no hará ninguna pregunta. Simplemente la va a abandonar en secreto para ponerla al abrigo de toda discusión y de toda sanción. Por su parte, ella sabe, lo entiende y vive el drama. Tampoco hablará pues su maternidad no es obra humana sino divina, su maternidad es el secreto de Dios. Y si Dios la comprometió en ese camino humanamente imposible, que él lo resuelva.

Y desde nuestro punto de vista humano, ese es el drama supremo. Eso confiere a los dos esposos toda su dimensión humana y divina: el silencio de los dos, ese silencio de total respeto, ese silencio de confianza absoluta, ese silencio sellado por la presencia misma de Dios en el seno de María.

Es entonces cuando José, habiéndose dormido con su decisión y su dolor, porque ama a esa mujer como nadie ha amado, y esa mujer lo ama como ninguna mujer ha amado jamás a un hombre. Se duerme con su decisión y su dolor de abandonarla, su dolor de entregarla a su destino en el momento en que más necesitará de su presencia y protección. Por su parte, ella vela. Ella está en vela ante la cruz que le imponen contra su voluntad y que ella vive más todavía que él. 

Viene entonces el desenlace por el anuncio que recibe José en esos términos tan llenos de ternura, de respeto y de humanidad:

“José, no temas tomar a María por esposa,
pues lo nacido en ella viene del Espíritu Santo.”

Esta obra maestra de humanidad es la más bella manifestación de la gracia divina que transforma al hombre y le confiere esa hermosura única. ¡Cómo crece el amor humano, cómo se santifica, cómo se revela a sí mismo en ese dúo silencioso y cómo se nos invita a entrar en el camino del silencio que es el único camino de la grandeza, la única posibilidad de encontrar el Verbo de Dios que sólo habla en el silencio!

Se podría sentir la tentación de dar a esta fiesta (del 1 de mayo) un carácter obrero, un carácter de clase: José sería un artesano, patrono de los artesanos. Y no: aquí se revela infinitamente más pues se revela la dignidad del hombre que no depende de una clase ni de una situación, y lo que hace la grandeza del trabajo no es que sea manual o intelectual, sino que es creador del hombre. ¿Y cómo puede ser creador del hombre sin estar fundado en el silencio que nos permite encontrar en Dios nuestras raíces? 

Ahí justamente debe situarse nuestra devoción a san José, el mayor de los santos después de María. No se trata de hacer de él el padre temporal de nuestras necesidades materiales. Es un inmenso contemplativo, el mayor de los contemplativos después de María, el que en el silencio de su amor percibió el misterio de Dios sin querer encerrarlo en palabras.

Qué pedirle sino justamente que nos obtenga la gracia de la contemplación, la gracia del silencio interior, que nos dé la pasión, que tengamos la voluntad obstinada de encontrar el silencio interior, de guardarlo, enriquecerlo y comunicar a través de él con la Presencia de Dios en nosotros y en los demás. Entonces habremos puesto a san José en su verdadero puesto, segundo después de María, y él nos enseñará a escuchar la Palabra, no como palabra sino como Presencia, como una Persona, como el Verbo de Dios que respira el amor.

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