9ª conferencia de Mauricio Zúndel en la Abadía de Timadeuc. Viernes 06/04/2012. Publicada en Fidelidad de Dios y grandeza del hombre. Se añaden títulos. (Ya publicada en este sitio, del 10 al 13 de diciembre de 2010).

Nuestra interioridad caracteriza el advenimiento de Dios en nosotros y nuestro nacimiento en Él.

“Me encontraba un día con un amigo en Florencia, en la capilla de San Lorenzo, o más bien en la capilla de los Médicis (1), que es un apéndice de San Lorenzo. Nos habíamos refugiado en esa capilla porque estábamos que no podíamos más de admirar las obras maestras que abundan en la metrópolis del arte. Queríamos simplemente respirar, tranquilamente, sin ver nada, y estábamos solos en esa mañana de otoño, y no decíamos nada, y sin embargo, en medio del silencio yo no podía dejar de ver las extraordinarias obras maestras de Miguel Ángel que son la tumba de Julián y de Lorenzo de Médicis, adornadas, como ustedes saben, con las alegorías del día y de la noche, de la aurora y del crepúsculo, y, quizá precisamente por estar totalmente disponible, me sobrecogió poco a poco la presencia de la Belleza a través de esas obras de arte que iban más allá de ellas mismas, más allá de la noche y del día, más allá de la aurora y del crepúsculo, hacia la Belleza que esas obras, como toda obra de arte auténtica sugiere, la Belleza infinita de la que estaba suspendido, y recuerdo muy bien que en mi admiración había algo tan tranquilo, tan apacible y silencioso que mi admiración misma era ofrecida: admiraba en cierto modo “de adentro” y, por cuenta de esa Belleza, no me veía, no me decía “¡qué maravilla!”, no me forzaba por encontrar un motivo de emocionarme, era algo mucho más profundo lo que me asumía hasta la raíz de mí mismo, me liberaba de mí mismo, y hacía de mí una pura mirada de amor hacia la Belleza. Yo me percibía lateralmente en cierto modo, a través de ella y por cuenta suya, ya que mi admiración era para ella, en ella y por ella, como si me hubiera identificado con ella.

Esta experiencia incontestable y auténtica nos hace sentir inmediatamente el carácter de interioridad de Dios. Ahí está Él, más íntimo a nosotros que lo más íntimo nuestro, Él es el único camino hacia nosotros. Nos es mucho mejor conocido que nosotros mismos. Una teología apofática (2) hace contrapeso a la visión exterior de Dios en que uno se eleva por medio de la analogía del espectáculo del mundo, grada por grada, en que uno sube hastala Causa Primera, yla teología apofática subraya con razón que toda esa conceptualización es imperfecta y que no podemos saber de Dios sino lo que Él no es. Es verdad, en el campo de la conceptualización.

Al contrario, nuestra experiencia nos muestra a Dios mucho más conocido que nosotros mismos. ¡Somos nosotros los desconocidos! Somos nosotros los que no podemos llegar hasta nosotros mismos, es el "yo" el que se nos escapa, y cuando por azar lo alcanzamos, cuando somos por fin “nosotros mismos”, cuando surge en nosotros un “yo” original, es porque hemos sido llevados por Él, es porque lo hemos encontrado, es porque ya no somos más que una mirada hacia Él, es porque despegamos de nosotros mismos en la ofrenda que responde a la que Él es.

Nada es más conocido que Dios si comparamos este conocimiento con el que tenemos de nosotros mismos. No llegamos nunca hasta nosotros fuera de Él, ¡siempre chocamos, todo el tiempo, con lo prefabricado y no salimos de ahí! tratamos de dar sentido al “yo” original, y vemos que no somos su creador, que justamente, no es “original”, que no tenemos derecho alguno de emplear el pronombre personal “yo”, ya que no es obra nuestra en absoluto. Cuando lo hemos encontrado, nace el “yo” oblativo, y llegamos justamente a ser fuente y origen, en la desapropiación que suscita en nosotros por la que Él es.

“Intus ab intus”: la interioridad es justamente lo que caracteriza la venida de Dios y nuestro nacimiento en Él, y todas las dificultades que uno encuentra a propósito de Dios vienen primero de que Lo hemos exteriorizado, de que hemos cortado los puentes entre Él y nosotros, hemos hecho de Él una especie de entidad cuya existencia aceptamos: “¡Sí, acepto creer que hay un Dios!” – ¡Como si Dios fuera un objeto! Como si un hombre pudiera decir: Sí, acepto creer que mi mujer existe, ¡o que existen unos niños que son hijos míos! ¡Pero quien habla así los niega! – Ellos le son interiores y así es como los conoce.

Sólo conocemos a Dios en la medida en que entramos en la realidad de nuestro ser bajo sus auspicios, precisamente cuando comenzamos a salir de la muerte, a emerger del cosmos en que estamos enraizados, y arrastrándolo con nosotros, ya no somos sino impulso hacia Él.

Hay que vivir interiormente la Encarnación de Cristo, a partir de la que comienza en nosotros.

Pero sabemos muy bien que eso es lo que hace toda la diferencia entre Cristo y nosotros, sabemos bien que la encarnación se produce en nosotros incoativamente (3), de manera intermitente, que la ponemos sin cesar en duda recayendo en el viejo “yo” posesivo. Sin embargo, la experiencia es bastante profunda y auténtica como para poner en camino la Encarnación.

Se comprende que, si Dios debe manifestarse con plenitud incomparable en el centro de la historia, ello sólo puede ser en una humanidad cuya desapropiación llegue al límite supremo, o mejor, sea sin límites, en la dirección en que nosotros nos movemos cada vez que comenzamos a despegar de nosotros mismos. Es pues necesario vivir la Encarnación de Cristo “ab intus”, a partir de la que comienza en nosotros, que se afirma en nosotros cada vez que nos perdemos de vista convirtiéndonos en simple mirada de amor hacia Dios.

Y, claro está, en Cristo, inmediatamente somos sumergidos en el corazón de la pobreza divina, ya que al testimoniar de lo que Él es, da testimonio de la Trinidad en la cual está enraizado, puesto que su “Yo” es Dios, puesto que su “Yo” es la pobreza divina, puesto que, sin que la humanidad se haga Dios – ya que no hay confusión de las dos naturalezas – Su humanidad sólo llega pasando por la subsistencia del Verbo, tanto que no puede jamás expresarse por cuenta propia – quiero decir: esa humanidad no puede expresarse jamás por cuenta propia, sino que se expresa siempre por cuenta del Verbo, y revelándolo, y comunicándolo.

Claro está – como decía esta mañana – esta comunicación, esta gracia soberana que fue dada a la humanidad de Nuestro Señor, es dada a través de Él a toda la humanidad y a todo el universo, ya que todo el universo está comprometido en nuestro destino y la redención tiene carácter cósmico, lo mismo que la resurrección: si estamos plantados en el universo, si tenemos en él las raíces carnales, el universo tiene en nosotros las raíces espirituales. Si surgimos en el universo, y si a través de nosotros, el universo accede a la inteligencia y la libertad, es que la inteligencia y la libertad son la coronación de toda la creación y que cada realidad está llamada a participar en la intimidad de Dios, y a su manera, a enraizarse en el corazón de la Santísima Trinidad.

Entonces, la gracia dada a Cristo es una gracia dada a todos y a todo, pero es una gracia que Cristo habrá merecido en cierto modo después de recibirla. Toda gracia debe merecerse después de recibida, en el sentido muy preciso de que la gracia, por ser don de Dios, el don debe ser asimilado libre y voluntariamente, debe ser asimilado en toda la profundidad que lo constituye, y como el don hecho a la humanidad de Nuestro Señor es infinito, tendrá que “pagar el precio”, si puedo expresarme así tan vulgarmente – por un don infinito de sí misma, tendrá que asumir esa humanidad y el universo como son, y como al entrar en la Encarnación, Nuestro Señor entra en un mundo caído, es necesario que lo asuma “como está”, descompuesto por el pecado, y que con su amor haga contrapeso a todos los rechazos de amor.

Así es como podemos considerar el Misterio de la Redención a partir de un símbolo muy conmovedor, que es el título de un librito de Maurois: Maurois escribió un librito lleno de sabor, intitulado “El Pesador de almas”, en que muestra a un médico durante la primera guerra mundial, que pesaba a los moribundos y los cadáveres para demostrar que había una diferencia de peso entre el moribundo y el cadáver, y establecer que el alma tenía peso, y que su desaparición era sensible a la balanza. Y en su ameno librito, precisamente Maurois traza el perfil de ese “pesador de almas”. Y podemos decir que Nuestro Señor es el pesador de almas, y el pesador de almas va a pesar la vida humana, va a pesar nuestra vida y la vida de todo el universo, con el peso de Su propia Vida. Nuestro Señor va a escribir en la Historia la ecuación sangrante: ¡a los ojos de Dios, el hombre iguala a Dios! ¡A los ojos de Dios, el hombre iguala a Dios!, ya que justamente Nuestro Señor, que expresa y comunica personalmente la divinidad en su humanidad sacramento, Nuestro Señor pone pues en balanza con nuestra vida la Vida de Dios. ¡Es imposible honrar más profundamente al hombre, revelarle más su grandeza que en esa ecuación sangrienta!

Como ven, tenemos que devolver al hombre el sentido de su grandeza. El hombre se niega a sí mismo, el hombre se pone al nivel de los animales, el hombre se desprecia sin cesar, el hombre niega sus responsabilidades, el hombre rehúsa la inmortalidad o al menos la pone en duda, y en Cristo, el hombre va a volver a aprender el sentido de su grandeza que es infinita, el sentido de su responsabilidad que es eterna, precisamente porque Dios pesó la vida humana con el peso de Su propia Vida. 

Claro que si Dios pesa nuestra vida con el peso de la Suya, fue que quiso hacer de nosotros sus dioses, es que al origen del mundo hay una ecuación: “¿Quién eres tú y quién soy yo? – Tu es ego!” Esa era la fórmula del matrimonio en la India antigua, así expresaban los esposos la mutua donación, mediante esa magnífica ecuación: “¡Tú eres yo!” Y, al origen de la creación hay ese “Tú eres yo” que vendrá a ser en el Calvario la ecuación: “A los ojos de Dios, el hombre pesa tanto como Dios”.

Por otra parte, San Juan de la Cruz hace eco a ese “tú eres yo”, en el Cántico espiritual, con la fórmula de la estrofa 36: “Gocémonos, Amado, y vámonos a ver en tu hermosura”. Estos versos que él comenta diciendo: “Transformándome en tu hermosura,… seré yo tú en tu hermosura, y serás tú yo en tu hermosura; porque tu misma hermosura será mi hermosura” (1). Ahí encontramos una vez más el lazo nupcial entre Dios y la creación, entre Dios y nosotros, el lazo nupcial que no es una especie de lujo en la vida espiritual. Con frecuencia se ha presentado la vida mística como una especie de floración suprema de la vida cristiana: ¡no lo es, absolutamente no! La vida mística es la vida cristiana, es la vida, punto.

La vida humana sólo puede realizarse a través del lazo nupcial con el Dios Vivo. Ese lazo nupcial fue roto. Jesús, que es infinitamente solidario con Dios ya que su humanidad subsiste en el Verbo de Dios, e infinita­mente solidario de la humanidad, ya que por la desapropiación radical de ella misma, su humanidad está totalmente abierta a toda la humanidad y a todo el universo. Jesús tendrá pues que asumir el cosmos, asumir la humanidad y redimirla.

Carácter inaceptable de una idea corriente todavía sobre el misterio de la Redención

¿Qué quiere decir la palabra “rescate”, “apolutrosis” o “lutron”? (4) Según el sentido literal, se trata de pagar un rescate para compensar una ofensa a la divinidad, cosa que ningún hombre puede pagar además! Así se ha presentado muy a menudo la Redención y además su teoría San Anselmo construyó bajo una forma muy precisa y jurídica.

El pecado es una ofensa infinita hecha a Dios, y la criatura es totalmente incapaz de repararla. Solo puede repararla un Hombre-Dios que tiene la dimensión infinita necesaria para hacer contrapeso a la ofensa, por pertenecer al mismo tiempo a la humanidad por ser el Hombre-Dios.

Esta concepción era corriente en todos los catecismos hace 50 años y puede que todavía ahora, y, asombrosamente, la encontramos en la Biblia de Jerusalén. En varios lugares, especialmente en Mateo 20:28, “El Hijo del hombre no vino a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por una multitud”, la Biblia de Jerusalén comenta: “Los pecados de los hombres causan una deuda para con la justicia divina: la pena de muerte exigida por la Ley. Para liberarlos de esa esclavitud del pecado y de la muerte, Jesús va a pagar la deuda con el precio de su sangre, es decir, muriendo en lugar de los culpables”.

Esta concepción me parece totalmente inaceptable porque exterioriza a la vez al hombre y a Dios, la falta y el rescate. Gandhi nos orienta hacia una concepción infinitamente más profunda. En efecto, nos cuenta en su Diario que cada vez que al regresar de un viaje le informaban que se había cometido un delito en su ermita-escuela él comenzaba a ayunar. Antes de llamar a los culpables, se ponía a ayunar. Y los culpables se conmovían infinitamente más por ese ayuno que hacía por ellos que por los reproches que habrían podido recibir, y venían a enmendarse antes inclusive de que los llamaran.

Ahí tienen un hombre profundamente espiritual, que comprendió, que adivinó que se trata de un lazo nupcial, que se trata de crear de nuevo un amor, que la falta solo será superada y borrada por haberla reconocido y aceptado el castigo que merece. El corazón se debe transformar, debe restaurarse la situación nupcial, y para ello, el que ama, el que no ha traicionado el amor, debe perseverar en su amor.

Eso lo experimentamos todos los días. Si queremos desarmar una enemistad o una antipatía, sabemos muy bien que debemos dar el primer paso. El otro no desarmará jamás si la manera de venir a nuestro encuentro implica para él humillación; perseverar en su actitud hostil es cuestión de honor para él. Si nosotros desarmamos primero, si hacemos el vacío dentro de nosotros para acogerlo, el camino está abierto, ya no hay humillación para él en acoger nuestra amistad y darnos la suya.

Ese es aún mucho más profundamente el caso en el amor humano, en un amor conyugal que se ha deshecho. Si uno de los dos cónyuges persevera en su amor sin reproche, en una espera totalmente abierta, es posible que el otro encuentre razones en esa generosidad para amar, cuando creía ya no tenerlas.

Recuerdo el caso de una mujer a quien conocí muy bien. Ella estaba en Indochina en esa época cuando había colonias todavía. Era la única blanca en un grupo de administradores coloniales, del cual hacía parte su marido. Muy adulada y admirada desde luego, se creía una estrella de Hollywood y aceptaba con gusto que otros hombres la cortejaran. Finalmente se enamoró locamente de uno de los colegas de su marido y dejó a su marido y a sus dos hijitos, diciendo como Gide, “Tengo deberes para conmigo mismo”. Cuando estuvo encinta de su amante, este la abandonó y su marido que seguía esperándola y amándola, fue a buscarla, la acogió con todo su amor, aceptó asumir la paternidad del niño y le dio su apellido, sin que los demás hijos se dieran cuenta o lo supieran. Y la mujer descubrió al fin el verdadero rostro de su marido y lo amó como nunca antes. Y cuando yo voy a ese hogar, siento en ella el rostro de la mujer transfigurada por el amor, la inmensa gratitud que siente hacia ese amor que no la humilló sino que la esperó, la regeneró, le devolvió el rango y borró todo con la magnanimidad de su ternura.

El amor humano es pues capaz de generosidad, de una generosidad que resucita el amor, y si es capaz de ello, eso le viene de Dios.

¿Cómo puedo desarmar mi ira, cómo puedo dar el primer paso, cómo puedo olvidar las ofensas del otro sin percibir en el otro la vida divina que me está confiada, sin percibir en el otro el primer prójimo que es Dios? Percibiendo el peligro que corre Dios: si persevero en la hostilidad voy a apagar a Dios, voy a impedirle el paso y el otro, bloqueado en su amor propio, seguirá en su ira y por tanto bloqueado contra mí y contra Dios, e impermeable al amor creador. Es pues necesario que yo desarme para que el bien le parezca como suyo, que le parezca como su vida, que le bien le parezca como el mayor secreto de amor que lo está esperando en lo más íntimo de su corazón y como una liberación maravillosa. Entonces ya no tendrá más razón de oponérseme, pues, precisamente, del fondo del corazón de Dios, yo fui a su encuentro. Fue Dios el que me inspiró la renuncia a mí mismo para crear en mí un espacio capaz de acoger al otro y revelarle el infinito amor.

Entonces, si él me inspira esta actitud, ¿cómo podría Dios tener otra diferente para con el universo? Es evidente que la Redención no significa un rescate que se le paga a alguien, sino que DIOS mismo va hasta hacer con su amor el contrapeso a todos los rechazos de amor.

Y puesto que ese amor se expresa en la humanidad de Nuestro Señor, puesto que la humanidad de Jesucristo deberá hacernos sentir la desapropiación de Dios en el universo tal como es, en el universo en estado de desagregación, el universo en que Dios ha muerto por los rechazos del hombre. Jesús expresó justamente la muerte de Dios en el universo en su propia muerte, muriendo de nuestra muerte, muriendo la muerte sórdida que resulta del rechazo de amar, de la muerte que resulta de la ruptura del lazo nupcial entre la creación y Dios, la muerte que resulta del primer rechazo y de todos los que siguieron, del rechazo de ser origen, que hace caer en las tinieblas toda la creación.

El que era sin pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros a fin de que en él nosotros estemos en la justicia de Dios o seamos justicia para Dios.” San Pablo fue hasta el fondo del misterio cuanto es posible en la experiencia humana. En efecto, Jesús no podía expresar su solidaridad, fruto precisamente de la gracia de la Encarnación conferida a su humanidad para provecho de toda la creación, y ante todo de toda la humanidad. Nuestro Señor no podía vivir esa solidaridad sino haciéndose pecado por nosotros, dando al pecado su verdadero rostro que es el de la muerte de Dios, en nosotros y en el universo. Y su muerte tendrá carácter sórdido justamente por estar impregnada de pecado.

Nuestra muerte puede ser iluminada por la Redención pues Cristo la vivió, por haber muerto de nuestra muerte. Y eso es lo capital. Jesús no murió de muerte suya, murió de nuestra muerte. Él era Archegos tes Zoe, el Príncipe de Vida” (Hechos 3:14)

¡Él no tenía que morir! Su humanidad estaba enraizada en la fuente de la vida, en él no había lugar para la ausencia de Dios que es el camino de la muerte. Su muerte es un milagro. Se puede decir paradójicamente que el milagro no es su Resurrección sino su muerte. Porque en su estructura Jesús vive por los siglos de los siglos. Si muere, es por identificación con nosotros. Muere de nuestra muerte, por eso su muerte es tan horrible, porque muere de una muerte impregnada del pecado, de una muerte que procede del rechazo de amar, de una ruptura del lazo nupcial que suspende toda la creación al corazón de Dios.

Va pues a estar en la noche más horrorosa, hasta el “lama Sabajtani”. Va a conocer el infierno de la separación –al menos así lo sentirá– estando en lo sumo de la inocencia, desgarrado por la identificación con Dios que hace que sienta de lleno todos los rechazos de amor que desconocen al eterno amor y siendo al mismo tiempo solidario de los hombres que está encargado de recuperar, de llevar de nuevo a su origen, y en los cuales debe resucitar el lazo nupcial, único que puede borrar la falta. Jesús murió de nuestra muerte, y va a resucitar de su vida, de su vida.

La Resurrección corresponde a las exigencias mismas de su ser personal. Va justamente a manifestar que él es el Príncipe de Vida y que solo conoció la muerte por solidaridad con nosotros, para arrancarnos a las tinieblas y restaurarnos en el matrimonio de amor con Dios, el cual es nuestra eterna vocación. Porque no se trata solo de borrar una falta en el libro de cuentas de que nos habla el Dies irae (5), el cual es por demás una poesía magnífica, pero finalmente, una imagen que es necesario rebasar.

El mal, somos nosotros en estado de rechazo y el bien, nosotros en estado de aceptación. El bien es Dios viviendo en nosotros si lo dejamos irradiar en todas las fibras de nuestro ser, y el mal es cuando le oponemos nuestra ausencia a la Presencia de Dios que jamás nos abandona, ya que él está siempre ya ahí, siempre ya presente. Pero nosotros estamos ausentes.

Una oración, del martes de Pentecostés, decía de manera magnífica Quia ipse est remissio peccatorum, el Espíritu Santo mismo “es el perdón de los pecados”. El perdón es Alguien, como el bien es Alguien, por ser justamente la reintegración del lazo nupcial, y en el mismo grado podemos decirlo eminentemente de la Redención por Jesús: “ipse est remissio peccatorum”: por la cruz, Jesús nos restituye la Presencia de Dios, o restituimos en la presencia de Dios. Él hace contrapeso a todos nuestros rechazos de amor, nos toma por dentro y opera la nueva creación.

Es un nuevo Génesis: “Deus qui dignitatem humani generis mirabiliter constituisti et mirabilius reformasti. (6) ¡Un Génesis más admirable que el primero! Jesús es el segundo Adán y María la segunda Eva. En esta pareja virginal roda la creación resucita y de nuevo se ofrece a toda criatura el matrimonio de amor. Justamente porque el don de Jesucristo nos toma por el más íntimo interior: se trata del ser, en lo más radical que hay, en lo más profundo, pues la persona es lo sumo del ser en nosotros. ¡El “yo” oblativo es el coronamiento de la existencia! Se trata pues de la creación en lo más profundo y esencial que tiene. Y justamente el ser solo surge de la desapropiación infinita que es la vida de la Santísima Trinidad. El ser surge del fondo de esa pobreza, y en la Redención, esa pobreza brilla justamente en la agonía y en la crucifixión de nuestro Señor.

¿Qué le podemos decir? Aquí, solo el silencio puede introducirnos en el centro de la inmolación en que brilla de manera incomparable la eterna pobreza de Dios en Cristo hecho pecado por nosotros. En todo caso, lo que podemos comenzar a vivir es la ecuación sangrienta inscrita en nuestra historia por la cruz de nuestro Señor. A los ojos de Dios, el hombre iguala a Dios.

Para entrar en la grandeza de nuestra vida, para comprender hay que hacer de ella una obra maestra de luz y de amor. Entonces, ¡cómo necesita la humanidad escuchar este evangelio que revela el hombre a sí mismo! Sí, eso es, a través del rostro de Cristo Jesús, a través de esta humanidad sacramento, a través del Dios presente en el mundo, a través del Dios que se revela como el gran tesoro escondido en el fondo de nuestros corazones, como el fermento y el espacio de nuestra liberación, de repente brilla el esplendor del rostro del hombre. Shakespeare pudo decir: “How beauteous mankind is” – “¡Oh, que Hermosa es la humanidad!” ¡Sí, es verdad, es verdad! A condición de mirarla, de descubrirla a través del rostro festivo de Cristo Jesús.

(1) Son las tumbas de Julián y Lorenzo de Médicis.

(2)Una teología apofática, que calla, que solo pretende saber de Dios lo que no es él.

(3) incoativo: paso de un estado a otro.

(4) apolutrosis palabra griega que significa redención, liberación, rescate, compuesta de apo y de lutron.

(5) Dies iræ, locución latina que significa “Día de cólera”, primeras palabras de un poema latino de la liturgia católica de los difuntos.

(6) “¡Dios que fundaste la dignidad humana de manera admirable y la restableciste de manera más admirable todavía!”

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