Conferencia de M. Zúndel en Beirut, el 1 de mayo de 1972, el Sábado Santo. Inédita.

Podemos decir que Dios se hace historia porque es comunicación. Se comunica en persona al universo, y ese es el sentido mismo de la creación. La creación no busca otra cosa que la comunicación de la dignidad, la verdad, la caridad y la libertad divinas.

Por eso el mundo está llamado a resucitar y justamente el sentido de su historia es la resurrección, la cual es un paso de afuera a dentro, ya que la mortalidad es precisamente nuestra dependencia del universo físico en que estamos primitivamente enraizados.

Somos primero arrojados en el universo como fragmentos suyos, dependemos de él esencialmente y no podemos subsistir sin él, de él tomamos continuamente energías y recursos, y cuando ya no podemos prestar sus recursos, cuando ya no podemos aprovisionarnos en el universo estamos virtualmente muertos. Basta que el cerebro deje de estar irrigado por cinco minutos para que venga la muerte.

Si eso fuera todo, no habría problema pues no habría hombre, ni tampoco universo, no habría espiritualidad, no habría libertad, dignidad ni verdad. No habría nada

La vida humana debe recuperarse – y con ella todo el universo – debe recuperarse de la mortalidad, es decir de la dependencia que hace que nos construyamos por fuera, que nos aprovisionemos por el exterior. Existe un aprovisionamiento interior que debe realizarse, en que el ser, en vez de dejarse llevar o a través del cual el ser en vez de dejarse llevar por el universo se lleva él mismo y termina por llevar el universo.

Eso es la inmortalidad: es justamente la transfusión, el paso de afuera a dentro que crea la subsistencia autónoma del ser que ya no es llevado por el universo sino que se lleva él mismo y lleva toda la creación.

Es también una experiencia a realizar y vivir. Es evidente que el ser que se déjà vivir, que no pide a su médico que prolongue su vida para gozar materialmente de la existencia, se entrega a la muerte, ya está muerto pues no emprende la inmortalidad. Ya no tendrá razones para hacerlo en otra parte y en otros modos de existencia, pero es evidente que no se puede considerar la vida espiritual, no se la puede experimentar, no se puede concebir la resurrección sino viviéndola, es decir cesando de dejarse llevar por la existencia que nos rodea para transformarnos en su fuente y origen.

Parece que la humanidad está muy lejos de esa vocación, pero hay dos fenómenos que he indicado a menudo y que ustedes recuerdan: el art, por una parte, y por otra, la ciencia.

Es cierto que la humanidad, desde que tomó conciencia de sí misma, recurrió a un orden armonioso del mundo, trató de expresarlo, le dio al color movimiento, inscribió en las paredes de sus habitaciones, nos inscribió escenas que siguen siendo inmortales, que nos maravillan y nos muestran que en esos hombres que creemos primitivos había ya una manera de percibir el mundo por dentro, y de inmortalizarlo en cierto modo, de no sufrirlo, de contemplarlo y no solo de utilizarlo o de pillar como hacemos actualmente los recursos de la tierra, arriesgando precisamente de reducirla a la esterilidad, a fuerza de tomar sus recursos sin ninguna especie de respeto ni de discreción.

Siempre existió pues en la humanidad una tradición artística que se conserva, se perpetúa, la cual, gracias a los medios técnicos de que disponemos llega o puede llegar a todos los hombres. Y es de notar que mientras los hombres se pelean, mientras los conquistadores trataban de dominar el mundo, había artistas que seguían escuchando las armonías del universo o suscitándolas o expresándolas o poniéndoles música, o haciéndolas brillar con colores, o haciendo cantar el vitral o equilibrando las masas arquitecturales, de modo que no se sintiera su peso.

Hay pues en la humanidad una corriente hacia la libertad, una corriente hacia la inmortalidad, una corriente que va hacia la resurrección. Y eso vale para la ciencia la cual, a su manera –que es además extraordinariamente digna de admiración– que a su manera contempla la verdad a través de los fenómenos continuamente cambiantes.

Cómo se llega a descubrir la verdad, a comulgar con la verdad, sino justamente interiorizando los fenómenos, percibiendo a través de ellos una Presencia de luz y de amor que es justamente la fuente de toda claridad de la inteligencia y de la mente?

El sabio enamorado de verdad, que la canta como lo hace Jean Rostand con palabras que son casi tomadas del lenguaje más místico, es imposible que un hombre tenga ese gusto de la verdad, que tenga esa pasión de la verdad, que la cante con tanto amor, si no percibe las cosas por el interior, si no supera la mecánica del mundo para percibir su orientación espiritual.

Y es absolutamente indiscutible que la ciencia triunfa en ese terreno como triunfa el arte en el suyo, pues los grande sabios como Einstein, como Rostand o como Luis de Broglie, o como Pedro Termier y tantos otros, y como Claudio Bernard en particular, es imposible que tales hombres se entreguen con tanta pasión a la búsqueda de la verdad si no encontraran en ella su liberación y su plenitud.

A través de ellos se interioriza entonces el universo, se espiritualiza, se libera de su peso y se encamina hacia la ofrenda y hacia la resurrección.

Así se debe considerar la resurrección justamente, no como fenómeno aislado y que sería propio de la humanidad de Jesucristo a exclusión de todos los demás. Al contrario, la humanidad de Jesucristo es el fermento de resurrección universal y la resurrección de Jesucristo es justamente la realización típica y ejemplar de una resurrección que debe realizarse en todo el universo. Como dice san Ambrosio: “En él resucitó el cielo, en él resucitó la tierra, en él resucitó el mundo.

Eso implica evidentemente una vez más que estemos atentos a la experiencia humana, que no partamos de la biología molecular simplemente tomada materialmente, que no veamos simplemente una mecánica que funciona sola, que percibamos a través de los fenómenos un rostro, una Presencia, un amor. ¿Y porqué no? ¿Porqué no? Es evidente que la ciencia estaría muerta desde hace tiempos si no se hubiera percibido la atracción misteriosa, si no se hubiera comprendido que a través de fórmulas que cambian, a través de teoremas siempre provisorios, a través de una visión del mundo que no para de cambiar al ritmo del cálculos e instrumentos, se alcanza sin embargo un centro inmutable y eterno que es justamente el centro focal, el rostro adorable, el Verbo que respira el amor. No cabe duda de que la humanidad camina hacia la resurrección.

Debemos también vivir la resurrección de Jesús del interior, haciendo la experiencia de nuestra propia resurrección. Si no vencemos nuestro propio peso, si no purificamos nuestro organismo, si no vivimos el cuerpo virginalmente, no tenemos ninguna razón, ninguna posibilidad de acceder a la Resurrección de Jesucristo que es justamente la manifestación de la interioridad de su humanidad que yo mencionaba hace poco.

Él no tenía que morir, siendo el príncipe de la vida. Para él, la muerte fue una identificación con nosotros: él vivió nuestra muerte, él es la muerte de nuestra muerte para que nosotros vivamos de su vida y él no tenía que prestar su vida del exterior ya que él mismo era su fuente. Al resucitar se identifica consigo mismo. Vuelve finalmente a los principios constitutivos de su personalidad, y esto no quiere decir que sea fácil de definir el modo de existencia que sigue al misterio pascual o que lo constituye.

Tenemos que revivir nuestra propia resurrección, entrar en nuestra propia liberación, una vez más, virginizarnos, para concebir cómo la Presencia de Jesús se manifiesta sin estar ligada ni al espacio ni al tiempo, y puede tomar la apariencia de la fe de aquél a quien se dirige, ya que la Resurrección es un acontecimiento confidencial que se dirige a la fe y que no puede imponerse del exterior como fenómeno brutal

Cada uno verá a Cristo en la medida en que lo desea, en la medida en que su corazón esté orientado hacia él, en la medida en que se purifique de sus límites: lo reconocerá como los discípulos de Emaús, como María Magdalena, después de confundirlo con el hortelano. Existe un modo de existencia totalmente libre, que, una vez más, solo podemos definir a partir de nuestra propia resurrección.

¿Qué es lo que hace nuestro cuerpo? No son los elementos materiales que nos constituyen: es la estructura personal la que organiza o mejor da forma a todos esos materiales y que llega justamente a reunirlos en el punto focal de que hablaba hace un momento, para hacer que todo el ser sea luz y pueda comunicarse en su integridad, precisamente más allá de toda la espacialidad y de toda la temporalidad. Cuando hemos encontrado un ser en el punto focal en que es todo luz, ya no estamos reducidos a verlo en su expansión espacial o en su envejecimiento temporal. Lo hemos percibido en su eternidad.

Entonces, lo que sobrevive es ese punto focal, esa música misteriosa que se anuncia en nuestra voz, o al menos se simboliza en ella, y responde justamente a una calidad única, o al menos a una vocación única, que constituye o con la cual habremos de constituir nuestra personalidad eterna.

Es pues perfectamente inútil temporalizar, espacializar la Resurrección de Cristo, visualizarla de manera material. Es infinitamente real, y sin ella nada se habría realizado claro está. Si Cristo no fuera un ser-fuente, si no fuera el príncipe de la vida, habría estado condenado a desaparecer ya que no escribió nada y que sus discípulos, totalmente desorganizados por su muerte, jamás habrían podido levantarse. Si pudo tomar posesión de la historia, si pudo transformar radicalmente a sus discípulos, si ellos pudieron ir a la conquista del mundo, si nosotros vivimos de su mensaje y de su Presencia, es porque él fue lo que fue y porque triunfó de la muerte, de manera eterna, haciéndose en nosotros fermento de nuestra inmortalidad.

Pero una vez más, lo importante para nosotros no son las pruebas materiales tomadas en cuanto tales, ellas son signos, son vestigios. Y la Resurrección es un misterio para vivirlo. Si no fuera así, Jesús habría sido un charlatán. Se habría impuesto en seguida a los que lo habían condenado. Se les habría mostrado para confundirlos mediante ese argumento masivo: “¡Aquí me tienen! ¿Creían haberme suprimido? ¡Pues no! ¡Estoy vivo! No lo hizo y hacerlo habría sido indigno de él precisamente, porque no era un argumento de prestidigitador o de mago, sino una victoria que decide de todo el ser, que nos vuelve a nuestro origen, que nos pide devenir origen nosotros mismos, que nos pide triunfar en la vida sobre el peso y sobre la muerte, inmortalizarnos desde hoy, a cada latido del corazón.

En la medida en que este misterio se hace nuestro, toma significado como sucede siempre en la Revelación que no es nunca un objeto puesto ante nosotros sino una Presencia que se nos ofrece como don maravilloso, pero que no puede ser asimilada sino en la medida en que nos hacemos presencia real, es decir seres abiertos y ofrecidos.

Además, la resurrección de Jesús, ese misterio admirable que es un testimonio irrecusable de la justicia de Dios, pues si Cristo hubiera desaparecido en la tormenta, si hubiera sido definitivamente sepultado en el sepulcro, se habría producido el mayor escándalo de la historia, de manera irremediable.

El misterio de Pascua es la demostración de la justicia de Dios y la revelación del sentido mismo de la muerte de Jesús, la cual es una muerte de identificación con nosotros y no una muerte impuesta por los principios de su naturaleza. Su inserción, su enraizamiento en la subsistencia del Verbo le habría asegurado la inmortalidad o su transformación final en una existencia eterna, si no fuera el Redentor, es decir, si no tuviera que asumirnos a todos y asumir toda la historia para encaminarla hacia la inmortalidad e imprimirle el sello de la Resurrección.

Además, el misterio de la Resurrección lo conocemos por la Iglesia y podemos entrar en el misterio de la Iglesia que es un misterio capital, ya que es el que nos une al misterio de Jesús. El misterio de Jesús llega hasta nosotros solo mediante el misterio de la Iglesia.

Podemos verlo en los documentos que tenemos, ya que tales documentos fueron escritos por esas comunidades. No los conoceríamos, no existirían si las comunidades no hubieran precedido a la Escritura que nos reporta una parte de la Revelación de Cristo. Las Escrituras solo las tenemos por medio de la Iglesia. La Iglesia fue anterior a las Escrituras y perpetúa el misterio de Jesús.

Además, este misterio nos concierne. Primero, como acabo de decir, porque perpetúa el misterio de Jesús y segundo, porque transforma radicalmente la vida comunitaria en la cual estamos enraizados a rajatabla, ya que todo niño nace en una familia cuya ley debe aceptar, al menos al comienzo. El misterio de la Iglesia, como ya lo presentimos, nos permitirá reconciliarnos con la comunidad humana, ya que esta comunidad ya no nos va a pedir el sacrificio de nuestra personalidad sino al contrario, se va a enraizar en nuestra personalidad realizando el equilibrio ya indicado entre “juntos y solos”.

Habrá pues una sociedad humana única en su género, en que la matriz de la comunidad será la soledad y habrá en ella una simbiosis continua entre estos dos aspectos de la vida humana, juntos y solos, en que la comunidad será tanto más viva cuanto más luminosa y generosa sea la soledad, como en el caso, mil veces señalado, de una música que une un auditorio, que lo mantiene suspendido en unanimidad silenciosa, en que uno está tanto más presente a la música cuanto más recogido esté en su soledad y participa al mismo tiempo y en el mismo grado en la presencia de los demás en su soledad. La comunión del auditorio es tanto más perfecta cuanto más virginalmente esté solo cada uno con la música divina, y recíprocamente, la soledad se enriquece percibiendo la soledad de los demás en el silencio unánime que mantiene toda la sala suspensa a la orquesta si es conducida con genio.

La Iglesia será pues una comunidad que realizará la plenitud de la humanidad: juntos y solos. Pero, naturalmente, el misterio de la Iglesia solo puede ser válido, solo puede explicitarse en la historia, alcanzar su autenticidad en estado de renuncia. Además es claro que en la Iglesia encontramos el vacío sagrado que es la condición de toda libertad en Dios, en Jesús y en nosotros.

Y eso, además, se da desde el principio. Los apóstoles solo devienen apóstoles el día de Pentecostés, percibiendo a Cristo como interior y no exterior a ellos como un objeto; y con la muy clara percepción de que dan testimonio de un Cristo que los habita, que se expresa a través de ellos y se comunica igualmente a través de ellos.

No se trata pues de ellos, de sus límites, de sus concepciones o de su inteligencia, su genio o mediocridad, sino de Él. Y “No fue Pablo el que murió por ustedes, el que fue crucificado por ustedes, no fueron bautizados en nombre de Pablo. Pablo no es nada, ni Cefas, ni Apolos” (I Co. 1:12). Todos somos solo servidores, ministros, sacramentos de esa Presencia que es la única posibilidad de reunirnos, de liberarnos y unificarnos.

Entonces, la Iglesia se constituye de inmediato como misterio de renuncia, en que la misión corresponde a una dimisión. Es decir que la Iglesia se presenta de inmediato como sacramento, sacramento de Cristo, sacramento colectivo en que cada uno tiene la misma misión que es dar testimonio de la Presencia de Jesús y comunicarlo.

Esta sociedad no se constituye desde luego al azar. Tiene como fundamento el colegio de los apóstoles, el colegio de los enviados, que fueron testigos del Señor y recibieron la misión de perpetuar su Presencia en el mundo. Porque de eso se trata. No se trata de perpetuar una doctrina, la cual, por otra parte, puede cambiar en su expresión según las épocas y puede ser entendida a diferentes niveles de profundidad y arriesga siempre además sucumbir a los límites de cualquier lenguaje. No se trata de trasmitir una doctrina, un sistema del mundo como se podría hacer con el platonismo.

El cristianismo no es una doctrina sino una Persona: es Jesús, el Verbo encarnado, que es la única Palabra y la única verdad que se perpetúa como una Presencia real.

En la Iglesia hay pues esos dos aspectos: el aspecto jerárquico en que la Iglesia se concentra en el colegio apostólico; este aspecto que tiene una inmensa importancia, pues justamente los apóstoles no están encargados de una doctrina sino de una Presencia: ¡tienen que comunicar a Cristo en persona! Si estuvieran encargados de una doctrina, aunque tuvieran el genio de san Pablo, siempre podrían reducir la doctrina a ellos mismos, a su experiencia. Las cartas de san Pablo están llenas de su experiencia, y en cierto modo, están limitadas por su experiencia.

Pablo da testimonio de la gracia como él la recibió, de manera excepcional, como un destello. Tiene una experiencia singular de la predestinación, totalmente válida para él, pero que no se aplica a todos de la misma manera. Él ve nuestra predestinación a través de la suya, a través de ese acontecimiento único. Plantea el problema del judaísmo del que procede él y que defendió apasionadamente, y lo plantea como judío: no puede admitir que el pueblo elegido sea definitivamente rechazado. Espera la “revancha” de la gracia para sentirse reconciliado con el desenraizamiento que se le impuso milagrosamente, fue arrancado a su raza haciendo de él el apóstol de los gentiles, pero sin caer en el olvido de sus hermanos: los recuerda, quiere salvarlos y espera la revancha. Se plantea pues los problemas del cristianismo a través de su experiencia que es magnífica y ejemplar, pero que es finalmente una experiencia limitada.

Tan rica como fuere la experiencia, la de Pablo, o de Juan, de Marcos, de Mateo, o de Lucas, tan rica como fuere la experiencia, no es suficiente. No estamos presos de esa experiencia que limitaría la verdad a un tiempo, a una época, a un lenguaje. Todos estamos llamados a encontrar a Cristo en persona. Y ese es el significado de la jerarquía apostólica: trasmitir la Presencia de Jesús en persona. No según el grado, siempre limitado, en que los apóstoles pueden asimilar su Presencia, sino ofreciendo a cada uno la posibilidad de un contacto virginal, enteramente nuevo y perfectamente integral.

La Iglesia no transmite una doctrina separada de Cristo. Transmite a Cristo que ilumina su doctrina, que ilumina la verdad o mejor, que es la verdad en persona, que hace estallar los límites del lenguaje y nos introduce en una confidencia que nos invita y nos permite enraizarnos en la vida trinitaria.

Hay pues en la Iglesia un aspecto puramente gratuito, puramente sacramental en que los límites del hombre son transcendidos en principio por la ordenación conferida a los apóstoles y a sus sucesores. Esos límites existen, pueden ser obstáculo y escándalo, pero no impedirán a la fe el acceso a la persona misma de Jesús.

Y luego hay la misión que nos incumbe a todos, la misión que compromete a todo cristiano al mismo nivel y que es de dar testimonio de la transfiguración en su vida propia, de la transformación que los hacer capaces hacer sentir y comunicar la Presencia de Jesús, con los límites que conlleva su vida, pero también finalmente con toda la infinitud que pueden darle sus momentos de fidelidad.

Nosotros, ay, no somos fieles en todo momento de nuestra vida. Pero hay momentos en que podemos ser, al menos por un segundo, suficientemente transparentes para que la Presencia divina se exprese a través de nuestra vida, independientemente de que el don de la jerarquía pueda comunicarnos, absoluta e independientemente de lo que es la persona misma de los ministros.

Porque en fin lo que Jesús quiere ser en el misterio de la Iglesia es la comunicación de la Presencia y la libertad divinas a todo el universo.

Por eso, el misterio de la Iglesia solo puede ser comprendido como misterio de dimisión. Por eso solo en la Iglesia se puede vivir una vida liberada. El que se apega a la jerarquía en su aspecto exterior, el que toma a la letra la palabras que se pueden pronunciar, sin referencia a Cristo, sin preguntarse lo que quiere decir Cristo a través de ese lenguaje, el que no interioriza el misterio de la Iglesia en su propia interioridad, será naturalmente víctima de las palabras porque será finalmente extranjero al misterio de la Iglesia. Pero el que entra en el corazón del misterio no puede menos que sentirse llamado a una libertad absoluta pues jamás debe aferrarse a las personas, ni siquiera a las que están en la cumbre de la jerarquía, sin hacer la sustracción de los límites humanos que tienen, sustracción que san Pablo es invitado a hacer cuando aprende que la Iglesia es Jesús, de labios de Cristo que viene a derribarlo en el camino de Damasco.

Si la Iglesia es Jesús que vive por los siglos de los siglos, entonces no dependemos sino de él. Y depender de él es entrar en el reino de la suprema libertad. Es pues descubrir siempre, a través del lenguaje, a través de los signos y de los símbolos, el rostro del eterno amor, entrar en la vocación impresa por Cristo a todo el universo, la vocación de resurrección que evocaba yo hace un instante.

Entonces, la Iglesia no es una institución que podemos ver y poner ante los ojos como exterior a nosotros, y cuyas estructuras podemos demostrar, o eventualmente, derribar para remplazarlas por otras de invención nuestra. Para la fe que es la única que puede reconocerla, la Iglesia es un sacramento virginal, un sacramento colectivo y permanente a través del cual se comunica a cada uno la Presencia de Cristo en persona, en la medida en que esté en búsqueda de Cristo.

Es pues imposible no sentirse libre en la Iglesia, si de verdad vivimos su misterio. Y, claro, hay que hacer continuamente la sustracción de la humanidad de los hombres de Iglesia, de la jerarquía de arriba abajo, hacer la sustracción de sus límites y de los nuestros, así como los demás deben hacer la sustracción de nuestros límites, porque la Iglesia no tolera limitar a Cristo.

Ella es Cristo en persona, que debe trascender todos los límites humanos a la luz de la fe, que es justamente la luz de la llama de amor de que habla Coventry Patmore: “La fe es la luz de la llama de amor.

No debemos pues desolidarizarnos de la Iglesia, ni debemos criticarla o querer reformarla a grandes gritos o a fuerza de oposición. Debemos purificarla en nosotros de nuestros límites y de todos los límites para que aparezca en nosotros su rostro inmaculado como dice san Pablo en la Epístola a los Efesios: “Sin manchas ni arrugas, porque así quiso presentársela Cristo, como una virgen pura” (Eph. 5, 27)

A nosotros nos toca pues darle a la Iglesia su rostro de Cristo, ser en la comunidad el fermento de una recuperación continua del rostro del Señor por el cual suspira toda la tierra. Si los hombres de Iglesia no lo entienden, es cosa triste pero no tiene importancia alguna para nuestra conducta personal, ya que de todos modos no son ellos lo que nos interesa sino Cristo a través de ellos, y si necesario, a pesar de ellos.

El primero en recibir la misión, y que fue constituido como piedra sobre la cual está fundada la Iglesia, el Señor mismo lo llamó “Satanás” unos instantes después de que recibió el anuncio del primado; al menos así lo presenta Mateo en el cap. 16 de su Evangelio. En efecto, siempre tenemos la posibilidad de ver al apóstol transformarse en Judas, pasar del Cristo que habría debido ser, a Satanás. Pero nosotros no tenemos lazos con Satanás sino con Jesucristo y justamente la fe separa, sustrae espontáneamente y asegura la libertad incorruptible del corazón y de la mente.

Sería perfectamente vano pretender reconstruir una Iglesia de los pies a la cabeza. Si rechazamos la Iglesia que llamamos tradicional, fundamos otra que no es mejor y vale a menudo mucho menos porque es de una época o de una tendencia que tiene raíces pasionales y acaba por descomponerse muy pronto. La reforma debe ser constante, constante, pero debe ser en nosotros, en nosotros y por nosotros, al precio de nuestra vida. Es la única reforma que tiene sentido, la única que no sea injuria a la libertad humana, la única que nos permite actuar sobre los demás sin violar la clausura de la conciencia que se sabe inviolable por vocación.

Es pues inútil que prestemos oídos a todas las protestas a no ser para ayudar a los que se hunden en todo el tumulto y pierden de vista el gran tesoro que se les ha confiado o que jamás han reconocido, el Cristo vivo que están encargados de transmitir y comunicar.

Los sacerdotes que se preguntan qué hacer, evidentemente no han percibido el depósito incomparable que afecta toda su persona, que hace de ella un sacramento. No han percibido jamás el depósito, la posibilidad que tienen de transmitir a Cristo en persona, independientemente de la transmisión que deben hacer de él en su vida, lo mismo que todo miembro de la Iglesia.

La Iglesia es virginal, la Iglesia es santa, lo mismo que católica, a condición de vivirla en la dimisión, ya que aquí misión equivale a dimisión, pues aquí como siempre en el misterio de Dios se inscribe la eterna pobreza que es la santidad misma del eterno Amor.

Debemos pues reunir la comunidad eclesial en el silencio de nuestro testimonio, en la verdad de nuestra vida. San Francisco que era, ¡Dios lo sabe!, consciente de las fallas de los cristianos de su época y comprendió que la Cruzada estaba condenada a fracasar por las ambiciones que animaban a la mayoría de los cruzados, no criticó, no quiso cambiar las estructuras. Simplemente fue radicalmente fiel a la divina pobreza. Y suscitó innumerables adhesiones: ciudades enteras querían seguirlo, viendo en él la imagen más perfecta de Cristo eternamente vivo.

Si queremos pues que la Iglesia recupere o mejor, que aparezca como el rostro del Señor, debemos primero descubrir nosotros ese rostro, vivirlo y rendirle testimonio en nuestra vida. Eso será lo constructivo y permitirá en efecto la reforma que debe ser de todos los días, de cada instante, sin la cual la Iglesia caerá, por lo menos fenomenoló­gicamente, en nuestros límites que terminarán por ocultar el rostro del Señor.

Desde este punto de vista podemos considerar brevemente la vida consagrada, sobre la cual deseo decir unas palabras. La vida consagrada, que significa la vida monástica o la vida sacerdotal, no es más santa que la vida de los casados, que la vida de los que llamamos seglares y que constituyen la mayoría del pueblo cristiano. Esta vida no es más sagrada ni más consagrada de lo que puede hacer el bautismo o de lo que la Eucaristía puede realizar en la vida de cada cristiano. La vida consagrada o la vida monástica en una comunidad quiere simplemente dar testimonio de la primacía de Dios presente bajo forma comunitaria, lo mismo que todo cristiano debe darlo bajo forma personal.

Que un grupo de hombres pueda vivir bajo el signo del testimonio de Dios y hacer de su vida un testimonio constante para Dios, supone precisamente que pongan juntos sus recursos materiales para no estar aplastados por las cargas materiales. Para aliviar ese peso, se agrupan, renuncian a toda propiedad particular a fin de que, uniendo sus recursos, puedan dar testimonio de la Presencia de Dios en toda su existencia.

Más sencillamente, esto quiere decir que la vida monástica, o como decimos, la vida religiosa, la vida comunitaria solo tiene sentido si la comunidad entera renuncia a estar en ella para estar en Dios, ya que, precisamente, el grupo se constituye para liberarse del peso de las necesidades materiales, está cimentado por la desapropiación de cada miembro de la comunidad, cimentado por una obediencia que distribuye las funciones como misión crística, ya que la comunidad está en misión.

Es evidente que el sentido mismo de la comunidad es estar totalmente desapropiada ella misma. No se trata de reunir los bienes para gozarlos tanto mejor reuniéndolos en un pequeño círculo para protegerse de todo riesgo, y beneficiar además de la veneración de los fieles y de sus dones. Eso sería totalmente escandaloso.

La comunidad se constituye solo para desapropiarse como comunidad, no para instalarse en una propiedad que posee y que puede rodear de cercados para excluir a todos los demás replegándose sobre sus posesiones, consideradas como sagradas por pretender estar al servicio de Dios. La verdad es lo contrario: la comunidad solo puede ser abierta a toda la humanidad y constituir una “casa de Dios” donde todos están invitados a sentirse “en casa”.

Nada hay más catastrófico que la apropiación que pone en manos de una comunidad inmensos bienes materiales, inmensas propiedades raíces o inmensas posibilidades financieras. Pues así se constituye una sociedad cerrada que realiza el espíritu más anticristiano, la posesión de bienes de este mundo, por poseerlos en nombre de Dios que es la eterna pobreza. La desapropiación que quiere asegurar la libertad de una vida que respira a Dios y que quiere dar testimonio de la libertad que encontramos en Dios, supone que la comunidad misma es radicalmente desposeída. Que esté, pues, abierta a todos y cada uno y que cada uno se sienta de verdad en casa de Dios, entonces más en casa, en el sentido de realizar nuestra personalidad en el encuentro de Dios en lo más íntimo de nuestro ser.

La consagración no es pues una manera de constituir un cristianismo superior al de los seglares. No es una manera de formar una clase privilegiada al interior del cristianismo. Es todo lo contrario: es simplemente un ministerio realizado en la Iglesia mediante una reunión que simplifica las necesidades materiales, las hace más fáciles de llevar, libera más de ellas y contribuye así más a la liberación del universo y a su resurrección, pero no en favor de la comunidad que se protegería detrás de la etiqueta de sagrada, en una propiedad intangible la cual sería tanto más escandalosa por pretender protegerse por los derechos de Dios.

La comunidad solo puede existir a título de testimonio y de ofrenda hecha al mundo entero. Así justamente es como la comunidad puede revelar y vivir el misterio de la Iglesia de modo particularmente eficaz, como misterio de dimisión. Esto solo quiere decir que todos y cada uno tenemos que vivir con la misma intensidad, la misma totalidad y continuidad el misterio de Jesús que quiere encarnarse en nosotros y comunicarse a través de nosotros, pues la Encarnación solo tiene el sentido de ser un don hecho al universo que está llamado a renacer, a interiorizarse, a liberarse, a ofrecerse, a inmortalizarse, a resucitar en fin en la alegría de Pascua que debe hacer de nosotros, como dice Dom Gueranger, “un aleluya de los pies a la cabeza.

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