Homilía de Mauricio Zúndel en El Cairo, el lunes santo de 1965. Publicada en Vie, Mort et résurrection p. 23 (Vida, Muerte y Resurrección). Ed. Anne Sigier, 2001.

Esta experiencia nos enseña que lo más difícil es creer en el hombre. Y para creer en el hombre se necesita una especie de heroísmo.

Sin duda, muchos se imaginan que creen en Dios porque buscan ser dispensados de creer en el hombre. Pero finalmente, si una religión debe iluminarnos, ¿en qué debería iluminarnos sino sobre nosotros mismos? Y ¿cómo puede afirmar la verdad sino por la transformación que realiza en nuestra vida?

No queremos sistemas, estamos cansados de todo discurso, queremos realidad, y realidad humana. Queremos que la vida se ilumine y alcance la grandeza.

¿Y cómo alcanzar la grandeza?

Hesnard, el gran psicoanalista francés, observó precisamente que el instinto fundamental del ser humano es el deseo de valer, de hacerse valer, de tener valor a los ojos de los demás. Y, en efecto, basta con observar.

¿Por qué tantos niños hacen payasadas sino porque sienten la necesidad de exhibirse, de hacerse notar, de ser centro de atención, es decir de valer como todos?

Y lo que motiva al niño, lo que lo hace tan astuto y lo hace reír tanto es lo mismo que motivaba ¿a quién? ¡A Julio Cesar, a Alejandro y a Augusto! ¿Qué buscaba el primer emperador romano, qué era lo que deseaba? ¿Qué quería César cuando prefería ser primero en una aldea que segundo en Roma? ¡Valer! ¡Ser considerado como valor y admirado como tal!

¿Y qué deseaba el joven Alejandro al fundar su colosal imperio y al buscar su propia divinización en Egipto? ¿Qué deseaba? Lo mismo que su padre: que hablaran de él.

¿Y qué deseaban los faraones cuando levantaban una estatua colosal de ellos mismos? ¿Qué deseaban cuando multiplicaban sin fin las escenas de investidura que los divinizaban, tal como vemos en el templo de Carnac? ¿Qué deseaban?

¡Pues que hablaran de ellos, que los honraran como dioses!

¿Y qué deseaba Nietzsche cuando despreciaba todos los dioses? ¿Qué deseaba Nietzsche cuando decía: si hubiera dioses, ¿qué habría que hacer? ¡No habría nada que hacer! ¡El juego habría terminado, sin nosotros, sin mi persona!

¡Es Imposible! ¡Rechazaba a Dios para hacerse dios él mismo, como Marx que decía: si es criatura de alguien, si es de otro todo lo que él es, el hombre depende esencialmente de ese otro! Es esclavo hasta la raíz de su ser. Entonces, para que el hombre alcance su grandeza hay que suprimir todos los dioses, pues, como dice Sartre: “Si Dios existiera el hombre no sería nada.

En los dos casos, en los dos sistemas, es el mismo pensamiento: Alejandro y Augusto, aceptando ser honrados como dioses, en un sistema, en una sociedad donde se creía en dioses, se colocaban entre los dioses. Otros, en sociedades que pierden la noción de Dios o que están incómodas con la noción de Dios, donde el hombre se siente en rivalidad y competencia con Dios, prefieren, como Marx, Nietzsche o Sartre, presentarse como campeones del ateísmo, afirmando la grandeza del hombre como única grandeza.

¡Extraña grandeza además, extraña grandeza que necesita a los demás, extraña grandeza que corteja las opiniones, que hace la corte a la opinión pública, que necesita aplausos, que necesita publicidad en periódicos, que necesita su retrato en revistas, extraña grandeza que descansa toda en los aplausos de una multitud idiota!

Pero somos tan tontos, tan tontos, que buscamos en los tontos un certificado de nuestra grandeza; una grandeza trágica además, por estar asociada al desprecio de los demás. Pues si el faraón es dios, si Alejandro es Dios, si César es dios, los demás hombres deberán ponerse rostro en tierra para adorarlos.

¿Y no hacemos lo mismo nosotros? ¿No cesamos de compararnos con los demás, de encontrarlos inferiores, descorteses y groseros? ¿No hablamos del populacho como si fuéramos seres excepcionales, como si nuestra vida fuera de esencia particular, como si fuéramos únicos participantes de la divinidad, mientras que la muchedumbre no alcanza ninguna grandeza? ¡Triste grandeza la del que es esclavo de la opinión! ¡Triste grandeza la que desprecia a la muchedumbre de la cual espera justamente que ella la divinice!

¿Y entonces? ¿Podemos pasarnos de la grandeza?

Toda vida está necesariamente apegada a sí misma, porque toda vida está amenazada.

Un guijarro [?] no necesita preocuparse, quiero decir que no tiene inquietudes ya que no tiene que defender una vida continuamente amenazada.

Al contrario, todo ser vivo es un equilibrio frágil, todos deben prestar para subsistir, prestar a la naturaleza, prestar a la atmósfera, prestar a los demás seres vivos; todo ser viviente subsiste solo en un perpetuo combate. Y el combate, para proseguir, necesita apego, apego radical a sí mismo. Basta mirar como se defiende una araña! ¡Una araña se defiende! ¡Una mosca se defiende, una mariposa, un gusano se defiende para escapar a la muerte! Todo ser vivo quiere subsistir, todo ser vivo está apegado a sí mismo porque no podría subsistir en el combate, y el combate no podría continuar sin ese apego a sí mismo!

Y en nosotros que somos seres vivos, ese apego a sí mismo siente necesidad de justificarse, de darse razones, y se vuelve inevitablemente apego a sí mismo, estima de sí mismo, admiración y culto de sí mismo.

Y como todos hacen lo mismo, todos a su manera se colocan en el centro de todo, la competencia no termina, la emulación, la envidia, la rivalidad, la murmuración, las calumnias y toda esa lucha subterránea que no cesa de envenenar la vida.

¿Qué hacer entonces, si no podemos vivir sin autoestima, si no podemos vivir sin creer en un valor que hay en nosotros? ¿Qué hacer si tenemos que seguir luchando, si tenemos que escapar al suicidio? ¿Tenemos pues que seguir dándonos razones de vivir, y por ende, estimándonos, creyendo en el valor de nuestra vida?

Pero ¿qué es nuestra vida sino casi siempre un simple deseo animal de vivir que sostiene la vida de los animales, y qué es nuestra personalidad sino el peso de todos los instintos, de todos los determinismos que se cruzan en nosotros?

Cristo viene aquí a nuestro encuentro. De manera tan sorprendente y paradójica, Cristo viene a enseñarnos la pasión por el hombre. ¿Qué lo mueve finalmente, sino que cree en el hombre, que cree en él infinitamente, que cree en él hasta dar su vida, que cree hasta la muerte en la Cruz?

¿Qué quiere salvar en el hombre sino la dignidad y la grandeza del hombre? ¿Ante qué se arrodilla en el Lavatorio de los pies sino ante la grandeza y la dignidad humana? ¿Porqué muere, después de la terrible agonía, sino para hacer contrapeso a todo lo que le impide al hombre llegar a sí mismo y realizar su grandeza y su dignidad?

¡Lo prodigioso de Cristo es que su Pasión, la Pasión que conmemoramos en esta Semana Santa, es una Pasión por el hombre! ¡Supone el culto del hombre, supone una estima infinita del hombre! ¡Supone que el reino de Dios no se puede realizar sin el concurso del hombre, más aún, en el interior del hombre!

¿Pero, cómo es posible?

¿Es que Jesús se equivocó hasta ese punto?

¿Se habría equivocado también al divinizarnos?

¿No se equivocó teniéndonos tanta confianza?

En realidad, Jesús trajo una nueva escala de valores, así como también una nueva revelación de Dios.

Sí, la grandeza es necesaria; sí, la fe es indispensable; sí, ningún hombre puede vivir sin creer en el sentido de la aventura que es la vida: Jesús no viene a discutir la grandeza humana, él no viene a humillarnos, ni a decirnos que no somos nada delante de Dios. Viene a decirnos que el Reino de Dios va unido a nuestra actitud para con los hombres; que el juicio último es lo que decidamos ser para con los hombres: “Tuve hambre, estuve sediento, estropeado, en harapos, estuve preso… ¡era yo, era yo, era yo en todos ellos! ¡Era yo en cada uno de ellos, en cada uno era yo que estaba esperando, era yo que estaba agonizando!

Pero si cada uno puede tener tanto valor, si cada uno está llamado a ser el Reino de Dios, si la vida de cada uno es estimada al precio de la Sangre misma del Señor, Jesús mismo nos revela otra grandeza, la de un Dios que es la misma eterna Pobreza, la grandeza que es toda don, la grandeza en que uno hace vacío en sí mismo, la grandeza en que devenimos espacio de amor para acoger todo, la grandeza en que jamás, jamás está uno pegado a sí mismo, la grandeza en que toda la dignidad se realiza por el desapego; en que uno deviene totalmente impulso hacia los demás.

Eso es lo que trae Jesús. Porque trae una nueva visión de Dios, del Dios Trinitario, del Dios cuya vida es una eterna comunión de Amor, del Dios que es Dios porque no posee nada, del Dios frágil y amenazado, del Dios desarmado que nos está esperando en lo más íntimo de nosotros mismos.

Sin equivocarse ni desconocer nuestra debilidad, Jesús puede invitarnos a una grandeza infinita, porque la única grandeza es la grandeza de humildad, de generosidad y amor, pero justamente a la manera de Dios, despegando de nosotros mismos, dejando de mirarnos, volviéndonos hacia el tesoro interior que llevamos dentro, rindiendo culto, en la vida de los demás, a la Presencia infinita que los consagra y les devuelve su dignidad inviolable.

Dios está en el hombre como centro de su grandeza, y el hombre está en Dios justamente en la medida en que se libera, en la medida en que deja de ser objeto, un paquete de instintos, en la medida en que pasa de afuera a dentro: porque encuentra a Dios, entra en el diálogo de amor, es llevado por la generosidad divina a hacer de todo su ser un acto de generosidad.

Hay que entender esta respuesta esencial, hay que entender todo el realismo del Evangelio, hay que descubrir en Cristo al Hijo del Hombre e Hijo de Dios, la pasión por el hombre, única, increíble e infinita que lo crucifica para que resucite el hombre en nosotros, para que el hombre nazca, para que llegue hasta sí mismo, para que se haga fuente y origen, para que se haga creador, para que saque todo de sí mismo, pero justamente por medio de la desposesión total, único camino de grandeza.

Esa es una grandeza que ya no depende de la opinión ajena, una grandeza que ya no se apoya sobre el desprecio, una grandeza que excluye toda exaltación, una grandeza que es incomparable con el desequilibrio del paranoico el cual se presenta para ser adorado por los demás, única manera, única posibilidad de llegar a la grandeza.

¿Cómo no conmovernos hasta lo más íntimo por esa respuesta a la invitación que somos nosotros?

Nada nos horroriza más que las palabras, los discursos viles; esta semana no queremos conmovernos de manera sensible ante la imagen de un sufrimiento evocado sentimentalmente. Lo que nos gusta en Cristo, lo que nos apega a él es precisamente que él trae la respuesta de vida, que él es la respuesta de vida, que en él logramos equilibrar el sentido de grandeza al que nunca podemos renunciar.

Porque ahí estamos en los antípodas de una religión que humilla, que desprecia, que reconoce y propaga la idea de que el hombre es nada. ¡Estamos en los antípodas de esa religión deshumanizante!

Al contrario, el Evangelio anima la búsqueda de grandeza, ¡el Evangelio nos quiere de pies! ¡El Evangelio nos quiere creadores! Pero sin exaltación, sin delirio, sin desmesura ni desprecio.

Hoy más que nunca, cuando todos los pueblos aspiran a dominar su destino, cuando todos los hombres quieren ser árbitro de su vida, cuando no soportan más estar dominados – ¡y cuánta razón tienen! – Hoy más que nunca el Evangelio nos aparece como el mensaje esperado, como el mensaje liberador, iluminador, capaz de elevarnos hasta el nivel de nuestra humanidad, y de darnos que realicemos al infinito, y sin rivalidad respecto de nadie, la grandeza que reposa totalmente sobre la desapropiación de sí mismo, sobre el don de sí mismo.

Ningún mensaje sería más actual, y eso es lo que deseamos buscar durante esta Semana Santa, eso queremos grabar en nuestro corazón, al comienzo de eta Semana Santa: en Cristo hay una pasión infinita por el hombre la cual justifica nuestro sentido de valores, da a nuestros esfuerzos cotidianos su importancia infinita, pues en efecto, el infinito no puede afirmarse en ninguna otra parte que en nosotros mismos, en una transfiguración de nuestra existencia, adhiriendo a la manera de Dios, realizándonos como se realiza Dios eternamente, en el vacío que debemos realizar en nosotros, en la evacuación de nosotros mismos la cual es nuestra única liberación, liberación que nos permite aceptar por fin a los demás, soportarlos, esperarlos, amarlos, sin impaciencia contra nosotros mismos, porque finalmente, en cada uno y en todos hay un tesoro, el mismo tesoro frágil, confiado a la conciencia de todos y de cada uno.

Queremos pues fortificarnos en la religión del hombre, la cual tiene sus raíces en el Amor del Hijo del hombre hacia la humanidad. ¡No olvidemos que las últimas palabras de Jesucristo no son que amemos a Dios, sino que nos amemos!

 (*) Vie, mort, résurrection” (Vida, Muerte, Reurrección. Editorial Anne Sigier – Sillery, 2001. 164 págs. ISBN: 2-89129-244-8

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