Homilía de M. Zúndel, pronunciada en Suiza en 1965, el 3r domingo de Adviento. Publicada en "Ta Parole comme une source " (Tu Palabra como fuente) p. 42. (*).

Ese día, Mauricio Zúndel pronunció seis homilías diferentes!!!

El Evangelio que hemos escuchado nos parece a primera vista extraordinario a causa de la progresión misteriosa que nos orienta hacia el secreto de la Nueva Alianza. Encontramos primero la duda, al parecer increíble, del precursor que investiga con ansiedad: “¿Eres-tú el que ha de venir, o tendremos que esperar a otro?” (Mt. 11:3)

Y tenemos la respuesta de Jesús que es estructural y, refiriéndose a los profetas y en particular a Isaías, se limita a constatar que los tiempos se han cumplido ya que las profecías se realizan. Cuando los mensajeros de Juan hubieron recibido esta respuesta conforme a las Escrituras, Jesús dijo algo inesperado: hace un elogio de Juan que culmina en el más alto nivel. Parece que ningún hombre haya sido glorificado como Juan en este elogio de Jesús: “El más grande de los profetas, el más grande de los hijos de mujer, sin igual, el ángel que precede al Enviado de Dios.” Y cuando ese elogio llega a la cumbre, viene la caída prodigiosa, inesperada y magnífica: “Y sin embargo, el más pequeño en el Reino, el menor, es más grande que Juan el Bautista.(Mt. 11:11)

¿Qué quiere decir eso? ¿Cómo es que ese elogio insuperable cae de repente a tierra ante la constatación revolucionaria de que el menor en el Reino es más grande que Juan el Bautista? Eso quiere decir que entramos en la Nueva Alianza, que en comparación con la nueva economía, la antigua cuyo heraldo supremo es Juan Bautista, ya ha pasado, está superada infinitamente y la distancia entre la Antigua y la Nueva Alianza es tal que el más pequeño de los discípulos de Jesús, por pertenecer a la Nueva Alianza, a la nueva economía, es más grande que Juan Bautista, el cual solo indica el mundo que viene, sin atravesar el velo que acaba de ser desgarrado, y que solo en la gloria divina alcanzará la revelación única de la Pobreza de Dios.

Porque es muy claro que existe una oposición: ¡lo que Juan anunciaba, lo que esperaba, era la explosión de la ira de Dios! Él lo había anunciado: el hacha a la raíz del árbol; Dios está por fin al mando y va a cosechar, a separar el buen grano y el malo; con una palabra de su boca, va a destruir a sus enemigos, una vez más en la Historia, y de manera definitiva; él va a afirmar su omnipotencia.

Y justamente, eso no sucede, no se produce, y es lo que va a provocar la decepción no solo del precursor sino de los apóstoles, los más íntimos de Jesús. De todo lo que predice Juan, nada se produce. El día de la ira no llega. La omnipotencia de Dios se manifiesta finalmente en la derrota, en la humillación, en la soledad, en la noche, en las horrorosas tinieblas, en el grito del Gólgota: “Dios mío, ¿porqué me has abandonado?” (Mt. 17:46)

Perteneciendo justamente a la Antigua Alianza, ¿cómo habría podido Juan concebir que la omnipotencia de Dios era omnipotencia del Amor y que el Amor puede ser vencido si no encuentra la respuesta adecuada, la respuesta libre que es la única que puede fijarlo en nosotros y hacer de él la fuente misma de nuestra vida?

Eso tiene este Evangelio de infinitamente precioso: haciéndonos sentir la angustia del precursor, haciéndonos escuchar la respuesta de Jesús, tan discreta y sacada toda de la Escritura, asociándonos al elogio del Bautista que alcanza la cumbre de las cumbres, nos promete [o bien “nos permite”], nos hace sentir la distancia infinita entre las concepciones que se tenían antes y las que debemos inferir, las que surgen de la Encarnación en que Dios instila [?] a cada hombre un corazón de hombre y nos enseña justamente que la suprema grandeza es el supremo despojamiento.

¿Dios es un poder? ¿Un poder que sabe todo? ¿Un poder que decide de todo y al cual estamos irresistiblemente sometidos? ¿O bien es un Amor, un Amor entregado, un Amor ofrecido, un Amor que puede ser rechazado, un Amor que acepta ser rechazado hasta la muerte de la cruz?

Esa es toda la cuestión y parece que los cristianos aún no han elegido, que aún no han comprendido que aquí estamos en el cruce de los caminos, que es necesario tomar posición y que, o bien Dios es un soberano que puede aplastarnos, o bien es un Amor que nos libera, y nos lleva a la grandeza vaciándonos de nosotros mismos porque él es eternamente dado, comunicado, vaciado de sí mismo en el éxtasis de la Santísima Trinidad.

Cada día tenemos que aprender esta lección tan difícil: creer que la grandeza está en vaciarse de sí mismo, creer que el lugar de Dios es el último y que no podemos unirnos con él sino arrodillándonos para lavar los pies; creer que la acción todopoderosa e irresistible es la de la humildad arrodillada; creer que, en el silencio donde aparentemente no hacemos nada, podemos llegar al confín del universo; creer que el camino de la Historia pasa por el corazón de cada uno y que el más pequeño, amando, eleva el mundo y lo lleva a su plenitud, la cual no puede ser sino plenitud de amor.

A eso alude el Evangelio de hoy, ahí quiere llevarnos, enraizarnos de nuevo en la grandeza auténtica que es al mismo tiempo la de Dios y la nuestra. El adviento, sí, el mundo nuevo al que nos preparamos, es el mundo interior, el mundo del silencio, el mundo que no sabe correr, el mundo en que nos ocultamos en Dios y en que llegamos al secreto supremo de la vida sin decir nada, en una ofrenda de nosotros mismos, único espacio en que la luz divina se difunde.

El Nuevo Testamento, sí, en que comprendemos en este Evangelio que quiere exprimir de manera tan dramática y conmovedora la eterna novedad. En efecto, hada es más apto [?] que estar llamado a una grandeza infinita y que aprender de repente que la grandeza infinita es un despojamiento infinito y que es necesario hacer el vacío en sí mismo para acoger la luz de un pozo eterno, y que hay que ahondar el pozo más y más para obrar en los demás sin violar el secreto de su alma, sin atentar contra su libertad, y que la única revelación irresistible de Dios es precisamente la que comunica ese espacio y revela a Dios como corazón.

Debemos pues escuchar este Evangelio, seguir su progresión, asociarnos al elogio que hace Jesús a Juan Bautista con una delicadeza tan admirable, y al mismo tiempo, dejarnos llevar a esa superación maravillosa, saber que lo que comienza ahora, la Alianza Nueva, se dirige a nosotros, para hacer de nosotros seres nuevos, para introducirnos a una aventura humana de una dimensión ilimitada pero en tal equilibrio de gracia, generosidad y amor que la humildad sea siempre el revés de la grandeza porque toda la grandeza es únicamente grandeza de amor como en Dios.

Amar, sí, amar como ama Dios, amar retirándose, eclipsándose en él, amar ofreciendo a los demás, sin palabras, la revelación del rostro que no puede entrar en ningún lenguaje, pero que puede recibir mediante un rostro humano una revelación discreta y silenciosa.

Queremos pues pedir a nuestro Señor en las oraciones de la liturgia, que seamos la cuna, que seamos el santuario, pedir a Jesús mismo la transformación que haga de nosotros la revelación de su Presencia en el vacío siempre recomenzado en que deberemos acostumbrarnos a amar el último lugar y tomarlo espontáneamente para reunirnos con Dios justamente cuya soberanía entera, cuya total grandeza y poder creador residen en el vacío que brota incesante, eterna e infinitamente de la vida del Padre en el Hijo y del hijo en el Espíritu Santo, en una comunión infinita en la cual precisamente quiere introducirnos hoy Jesús en los abismos de esta liturgia en que vamos a unirnos a la Cruz a fin de que él diga sobre nosotros, enraizándonos en él para hacernos participar en su grandeza de humildad, de despojamiento y amor, a fin de que diga sobre nosotros, si nosotros nos prestamos un día u otro, si ustedes se prestan, para que diga sobre nosotros como sobre hostias vivas: “Esto es mi cuerpo. Esto es mi sangre.” (Mt. 26:26-27). Amén.

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