Homilía de M. Zúndel en San Mauricio, en 1953. (Fuente: "Avec Dieu dans le quotidien" (con Dios en lo cotidiano) 2ª edición, 1991, p. 19 (*)

Una de las parábolas más conocidas del Evangelio es la del buen samaritano. Lo más notable es que nuestro señor escoge precisamente un samaritano como ejemplo de caridad, comparándolo con un sacerdote y un levita.

No hay que olvidar qué eran los samaritanos para los judíos. Eran los seres más detestables: eran un pueblo mezclado, compuesto en gran parte de colonos asirios transportados a Samaría después de la caída de Samaría, en remplazo de los judíos transportados a Babilonia. Conservaban la fe en Moisés y los cinco primeros libros de la Biblia, pero no aceptaban los profetas y habían construido un templo en el Monte Garizim. Eran pues cismáticos a los ojos de los judíos y estos los detestaban tanto que preferían a los paganos, a pesar de no ser circuncisos.

Es pues muy significativo que nuestro Señor haya escogido un samaritano como ejemplo de caridad. No fue por accidente sino algo simbólico.

En la curación de los diez leprosos, uno solo de los diez regresó a dar las gracias, y fue un samaritano.

Por otra parte, saben por el Evangelio de san Juan que una de las mayores revelaciones del Nuevo Testamento fue dada en el pozo de Jacob, a una pecadora que era samaritana. A ella le dice Jesús algo de lo más revolucionario que hay en el Evangelio: “Dios es espíritu y quienes lo adoren deben adorarlo en espíritu” (Jn. 4:24).

Nos obliga a mirar hacia dentro, hacia el Dios que es Espíritu.

El favor que hace Jesús a los samaritanos lo hace también a los paganos. Un gran ejemplo de fe es el del centurión, pagano simpatizante con los judíos, que, siendo pagano, se siente fuertemente atraído hacia el Dios único. Nuestro Señor lo propone como ejemplo de fe, diciendo que no encontró igual en Israel.

Está también el célebre ejemplo de la cananea que insiste en sus ruegos, sin dejarse desanimar por la manera de recibirla: “No se les quita el pan a los hijos para darlo a los cachorros”, y ella replica: “Sí, Señor, pero los cachorros pueden comer las migajas que caen de la mesa de su dueño” (Mt. 15:26-27). Y nuestro Señor alaba la fe tan grande de esa mujer. Esos paganos llegan a la cumbre de la fe, y superan a los judíos que tenían toda la Revelación.

Igual es la ternura de nuestro Señor para con los pecadores. Alabó como la que más amor tenía a la que el fariseo en su justicia miraba bien de lejos, y ella obtiene inmediatamente la canonización que hace de la pecadora la primera contemplativa.

Recuerdan el episodio de la mujer adúltera que iba a ser lapidada y que nuestro Señor defiende con ternura tan llena de respeto, bajando los ojos delante de ella para mirarla con una mirada de bondad cuando queda sola: “¿No te condenaron? ¡Yo tampoco te condeno” (Jn. 8:10-11). “Muchos vendrán al Reino de Dios sin ser hijos de Israel, mientras que los hijos del Reino serán echados fuera…” (Cf. Mt. 8:11-12).

Y, como se lee en cada fiesta de Dedicación, la anécdota de Zaqueo a quien el Señor hace bajar del sicomoro para pedirle hospedaje en su casa, y lo alaba como verdadero hijo de Abraham, siendo publicano.

Es pues cierto que Nuestro Señor siente inclinación hacia herejes y pecadores, no hacia la herejía y el pecado sino hacia herejes y pecadores. ¿Por qué? ¿Por qué, siendo judío se siente tan atraído hacia herejes y pecadores? Es que para él, es claro que las almas no se juzgan según categorías externas. El único problema es el encuentro auténtico con Dios. No importa la función que alguien desempeñe, que sea fariseo o samaritano. Para él, lo que cuenta es que le hombre salga de sí mismo, que esté abierto al Reino de Dios, que no tenga corazón doble, que sea solo mirada de amor hacia Dios.

Por eso, sin olvidar la tradición de los judíos ni los usos y ceremonias de su Dios, espontáneamente con todo el impulso de su ser, nuestro Señor va hacia las almas sinceras que no tienen dobleces, que se entregan como son y exponen sus pecados y errores ante la luz de Dios. Lo que le gusta pues a nuestro Señor es la autenticidad: a sus ojos, nada es más horrible que el personaje fabricado que presenta ante el mundo una copia no auténtica de su personalidad.

Nuestro Señor busca el rostro verdadero del hombre, verdadero en la medida en que deja transparentar el rostro de Dios. Y por eso nuestro Señor causa escándalo a fariseos y saduceos que para quienes la religión consiste en prácticas, fórmulas y actitudes, y que creen que Dios es un personaje exterior a ellos y que basta con observar los reglamentos, sin comprometerse para lograr la salvación, para tener una parte privilegiada y sin comprender que Dios es interior a nosotros mismos.

Eso le hace notar él a Nicodemo, uno de los personajes mejor dispuestos de la clase de fariseos, el cual quiere informaciones sobre su identidad. Le parece que Jesús viene de Dios. Y, para salir de dudas, viene de noche a encontrarse con nuestro Señor y discretamente lo interroga. Y nuestro Señor le dice: “Nadie puede entrar al Reino de Dios si no nace de nuevo (Jn. 3:3).

Para entrar al Reino de Dios hay que nacer de nuevo. No bastan las prácticas, se necesita un corazón nuevo. Es necesario nacer mediante un cambio de ser, un cambio de nivel. Dejando de aferrarnos a nosotros mismos, escuchando la voz que habla dentro de nosotros, no limitando a Dios a nuestro horizonte particular, permitiéndole toda su grandeza creciendo con él, deviniendo cada vez más como él.

Nada hay más importante para nosotros que meditar sobre el gusto de nuestro Señor por los herejes y los pecadores. Pues nosotros tenemos una formidable dosis de farisaísmo, ya que justamente las prácticas, los gestos rituales, con la etiqueta precisa y bien realizados, nos dan la sensación de estar en regla, pues cumplimos con la Pascua y observamos los mandamientos. Así consideran generalmente la Iglesia los cristianos: es una compañía de seguros donde basta con pagar la prima cuando toca, para asegurarse la salvación eterna.

Y vemos católicos que no tienen sentido de justicia ni de caridad. Sacerdotes dedicados a la maledicencia y a las calumnias más criminales, no solo contra sus fieles, sino contra sus colegas. No se dan cuenta de que nada es más grave ante Dios que esa empresa demoledora. Llegan hasta rehusar perdonar.

Conocí a un sacerdote que por una cuestión de herencia, se disputó con uno de sus hermanos que reclamaba para una de sus hermanas la parte más grande porque era viuda y necesitada, y rompió toda relación con su hermano y no quiso ir a su entierro y murió sin haber dado un paso para acercarse a la familia de ese hermano. Es un ejemplo de sacerdote que predicaba la caridad sin saber lo que era.

¿Cuántas veces, frente a los que exteriormente no son católicos, tenemos actitudes semejantes? Y ¡qué difícil es tener un corazón bastante abierto para pensar como lo desea nuestro Señor! Lo ven respondiendo a Juan, el hijo del trueno, indignado de que otros que no están con ellos, arrojen los demonios en nombre del Maestro: “¡El que no está contra ustedes está con ustedes!” (Cf. Lc. 9:50). ¡Qué difícil es alegrarse de que otros, que no están oficialmente en el seno de la Iglesia, hagan el bien, hagan lo mejor que pueden para hacer amar a nuestro Señor! Esa no es una actitud espontánea en la mayor parte de los católicos.

Nuestro Señor se orienta claramente hacia los pecadores, los parias, los despreciados, porque sabe que el Reino de Dios recluta entre esos seres que tienen la primera gracia de no complacerse en sí mismos y cuya vida miserable pone ya en el estado de humildad y confusión que es el primer paso de la conversión.

Para él, todo es medio, y la Iglesia misma existe solo promover la unión con Dios de toda la humanidad y de cada alma. Si no amamos a Dios y lo encontramos, si él no es el fondo de nuestra vida, toda nuestra religión es mera caricatura de la verdad.

Si alguien no vive la palabra que predica, termina dándole a la palabra un significado y un acento que le ponen su propio rostro, y esa palabra ya no proclama la verdad. En el Evangelio, fueron los fariseos, los hombres de la Ley, cuya profesión oficial era leer la palabra, los que condenaron a Jesús. Fue el sumo sacerdote quien pidió la condenación de Jesús, en nombre de la justicia. Nuestro Señor fue juzgado, condenado y ajusticiado en nombre de la religión, como blasfemo. Ya no era el Dios de Moisés, ya no era el Dios de los profetas, sino el que cada uno se fabricaba.

No hay duda alguna de que nuestro Señor nos lleva aquí a lo esencial y de que para él la religión se juzga por sus frutos. La religión no es lo que hacemos, sino lo que somos. Existe una acción que nos transforma, que nos invita a nacer de nuevo, y ella proviene de personas que nacieron de nuevo, que entraron al Reino de Dios y a través de las cuales transparenta realmente el rostro de Dios.

Se siente en seguida el drama de Jesús, por qué los fariseos lo temen. Porque su Presencia hace sombra a la de ellos, y lo sienten con una especie de clarividencia que provoca celos. En las almas hay justicia, la justicia más implacable, que consiste en que no se puede fingir lo que no se es. Uno puede hacer gestos, pero hay algo más profundo que no se puede hacer. Finalmente, toda la envoltura exterior se desgarra y deja ver lo que hay por debajo, y los fariseos sentían que era imposible luchar con Jesús a armas iguales. Sentían en él una sinceridad, una sencillez que ellos no podían alcanzar.

Deseaban acallar su voz, como había querido Herodías acallar la de Juan el Bautista, porque esa voz era tan verdadera y auténtica que les era imposible escapársele. Entonces, el único medio era suprimir el personaje para no escuchar más su voz.

Los pecadores, los publicanos por su parte, no fingen sino que se presentan como son. No se fabrican un personaje y perciben mejor la voz que ya están quizá escuchando y que responde a su miseria y angustia. Por eso a Jesús lo atraen los publicanos y los pecadores, pues él no vino a sanar a los sanos sino a los enfermos que piden auxilio. Y qué terribles son las palabras para los que llevan la Ley inscrita en la frente: “¡Los publicanos y las mujeres de mala vida os precederán en el Reino de Dios! (Mt. 21:31)

En estas imágenes sentimos una invitación a la autenticidad. El discípulo de Jesús, el que desea entrar al Reino de Dios, es ante todo alguien que renuncia a aparentar y se presenta como es, primero a Dios y luego a los hombres.

Ustedes recuerdan a santa Teresa del Niño Jesús que teniendo ya fama de santidad va recibir la visita del médico y le dicen que trate de edificarlo. Ella rehúsa totalmente entrar en ese juego y decide presentarse como es y si el médico se edifica, tanto mejor, si no, tanto peor. Dios hará por ella lo que mejor le parezca.

Es pues cierto que nuestro Señor nos vuelve absolutamente al centro y nos pide un esfuerzo de sinceridad, un esfuerzo de sencillez y el gusto más profundo de la autenticidad. Ser sencillamente como somos, porque Dios quiere construir con lo que somos el santuario del Espíritu Santo. Basta ponerle en las manos esos materiales para que él los pula a su manera y nos haga entrar en la maravillosa visión de paz de que habla el himno de la Dedicación.

¿De qué sirve a los hombres que aparentemos una u otra cosa, si se trata de meras apariencias? Lo que están esperando las multitudes es un sentido agudo de la justicia, del amor, una amplitud de corazón tan ilimitada que puedan reconocer en ella algo milagroso, un pensamiento de Dios. En el caso del P. Kolbe, sintieron que había en él una nueva dimensión de la existencia humana y que Dios pasaba entre ellos por medio de esa vida transformada.

Si miramos a Dios, si hemos encontrado al verdadero Dios, nuestra vida se transformará poco a poco en él, y ese es todo el testimonio de la existencia de los santos. Cuando san Francisco pasa por las calles, todos corren tras él porque todos sienten que en él hay más que él. Nosotros seremos cristianos cuando haya en nosotros más que nosotros y que quienes nos rodean vean inmediatamente que en nosotros hay una Presencia.

Vamos a pedir a Jesús el gusto de la autenticidad, el cual es eficaz en la medida exacta en que lo miramos y, mirándolo, nos perdamos, nos conformemos más y más con él, en el deseo de ser como él, ya que el cristiano tiene una sola regla: “¿Qué haría Jesús en mi lugar? ¿Qué sería Jesús si estuviera en mi lugar?

(*) Libro « Avec Dieu dans le quotidien. Retraite à des religieuses ». Editorial Saint-Augustin – Saint-Maurice (Suisse). Presentación deMarc Donzé. Septiembre 2008. 269 páginas. ISBN : 978-2-88011-453-4

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