El credo o la profesión de fe.

Extracto del libro de M. Zúndel, Le Poème de la Sainte Liturgie, p. 96 de la edición de 1998. (El Poema de la Santa Liturgia).

Le diácono inciensa el evangeliario, el sacerdote lo besa, los acólitos lo escoltan con sus cirios: es la Palabra eterna que acogemos bajo el velo de las palabras, la Persona del Verbo que aclamamos y su Presencia que adoramos.

El cristianismo reside, pues, esencialmente en Cristo. Es menos su doctrina que su Persona. Por eso los textos no pueden ser separados de Él sin perder al mismo tiempo su sentido y su vida. Toda la sagacidad de los críticos, toda su paciencia y su lealtad pudieron rendir eminentes servicios efectivamente en el estudio material de los libros en que la Iglesia primitiva resumió su creencia, pero sin la fe, no pudieron iniciarlos a la vida interior de los textos, hacerles ccomprender su continuidad, el movimiento y el misterio en la luz de la Presencia que es su alma.

Es decir que lo esencial del mensaje se revela siempre a la mirada del creyente que se esfuerza por vivirlos, como la intimidad más profunda de un ser que solo es accesible al amor que nos interioriza en él.

La fe es precisamente la interioridad divina de la mirada, como la caridad es la interioridad divina del corazón.

Ninguna demostración, ningún razonamiento podrán jamás ayudarnos en este orden supremo, a menos que vengan de adentro y se limiten a manifestar las virtualidades de la fe, [su contenido implícito y no formulado].

En realidad, eso es a menudo lo que hace el dogma, al cual le reprochan a veces que es una estructura racionalista, alejada de la sencillez del Evangelio: porque aplicaban al dogma la misma mirada carnal, [una mirada solo humana] con la que otros críticos más radicales habían mirado su fuente, es decir el Evangelio mismo.

En efecto, el dogma, cuyo mero nombre produce a veces pánico en mentes tan auténticamente religiosas como profundamente sinceras, no es otra cosa que la expresión codificada de la fe cristiana, con la formulación cada vez más desarrollada –a medida que la mirada capta mejor los diferentes planos de su objeto– de las consecuencias que han manifestado a lo largo de los siglos la fecundidad misteriosa de los datos primitivos.

El dogma nos pone entonces en el centro del misterio, y nos lleva siempre al mismo centro, la Persona de Jesús.

Parece naturalmente incomprensible a quien lo mira desde afuera, ya que es solo la expresión cada vez más explícita de la más íntima confidencia que Dios haya podido hacernos sobre sí mismo.

Así, a los ojos de los políticos, prisioneros de las apariencias, Jesús no era sino un soñador quimérico o peligroso. Ellos creían verlo porque lo tenían delante, pero su Personalidad verdadera les permanecía inaccesible.

Así también el dogma es un escándalo para quien lo aborda desde afuera, según la materialidad de las palabras. Para el creyente, es Pan de Vida. Por eso lo aborda desde el interior, como se aborda una Persona, en la humildad de la Fe, y en el arrodillamiento del Amor, como se reciben las confidencias de un ser amado, escuchando bajo cada palabra los latidos de su corazón.

En el fondo, el dogma siempre es Él. El dogma es una Persona. A través de todas las proposiciones que tratan de expresarlo, todo el ser se une a Él en una interioridad cada vez más transparente a la mirada, y en una adhesión del corazón cada vez más íntima.

En efecto, hay en el dogma cierto dinamismo sacramental que lo transforma en fuente de intimidad con Dios, siendo también la expresión de lo que es él y de lo más interior que hay en él. El dogma es un sacramento de luz y de verdad, para el que lo recibe como Eucaristía, y se deja conducir por la convergencia de los rayos en que se difunde la divina claridad, a la Fuente cuyo esplendor simplemente distribuyen, como se centra la mirada en la Presencia que brilla bajo el velo de la Hostia, siguiendo los rayos de la custodia.

Todos los dogmas confluyen entonces al centro eterno del que aquí abajo solo podemos decir que existe. No pretenden quitarnos el misterio inefable, sino al contrario, arrojarnos cada vez más profundamente en las aguas de vida.

La verdad está en todas partes, siempre al interior del ser, al interior de la mirara. Entonces, mientras más espiritual es, más perfecta es su interioridad y más debe interiorizarse la mirada que pretenda captarlo. Y si se trata del fondo más íntimo de la Divinidad, se trata de profundizar al infinito.

La fe nos hace participar en la interioridad de la mirada divina, nos da el gusto de los abismos.

Su luz, sin duda solo ilumina nuestros ojos a través del velo corrido de los párpados. Propiamente hablando, aún no vemos sino una claridad difusa que nos deslumbra. Pero a través de las palabras de la Revelación, sentimos la irradiación viva de una Presencia, y mediante una misteriosa circumincesión (1), todos los dogmas se unen en el centro del alma, en la luz infinita del Rostro inefable. Todos solamente deletrean en lenguaje humano la realidad insondable de la Caridad divina.

Y el Credo que los resume todos en la procesión divinamente ordenada de sus magníficas estrofas, en el fondo, solo dice lo siguiente, que es todo: Dios es Amor. Dios es Amor en la eterna difusión de su ser, en el altruismo subsistente que constituye las Personas divinas por la apropiación comunicante del mismo Ser y del mismo Acto.

Dios es Amor en el don de Su [Hijo] Único el cual asumió nuestra humanidad, vivió nuestra vida, venció nuestra muerte con la suya y prefiguró por Ella nuestra resurrección, y vive junto al Padre, como Hermano nuestro para siempre, como nuestro Intercesor y Juez, ya que el Padre puso todo en las manos de Aquél que se manifestó en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado (Jn. 5:22-23; Heb. 4:15 et 7:25)

Dios es amor, en su cuerpo místico, la Iglesia, informada por su Espíritu que nos descubre la eterna verdad bajo el velo de las palabras y nos dispensa la vida divina bajo el velo de los signos –de los cuales el bautismo, por su carácter, abre en nosotros la eficacia sacramental, poniendo ya en el alma del más frágil recién nacido el germen auténtico de la vida eterna– que se desarrollará solo más allá de sombras, de figuras y símbolos en que aún camina la fe mientras aparece la luz.

Pero nosotros conocemos el amor que Dios nos tiene, y creemos [porque] Dios es Amor” (Jn. 4:16)

Con esta convicción y con esta luz interior debemos cantar las estrofas de este poema inmenso, base de la Fe y sacramento de su rectitud.

~ EL HIMNO DE LA FE ~

Creo en un solo Dios

Que es Amor.

Padre todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra,
de todo lo visible y lo invisible.

Creo en la Trinidad en que el Padre es el Principio; en el universo cuya fuente es la Trinidad, resumida en el Padre, de los espíritus más sublimes a los más pequeños elementos materiales. Aquí comprendemos todo el Génesis.

Creo en un solo Señor,
Jesucristo
Hijo de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos
[que tiene su origen],
Dios de Dios,
Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
Engendrado, no creado,
De la misma naturaleza que el Padre,
Por quien todo fue hecho.

Cantamos ahora el nacimiento eterno del Verbo, eternamente naciendo en el Seno del Padre, conociendo solo en Él su propio Rostro, y que imprime su imagen sobre toda criatura.

Que por nosotros los hombres
Y por nuestra salvación,
Bajó del cielo.
y por obra del Espíritu Santo,
Se encarnó
De María, la Virgen,
Y se hizo Hombre.

Tanto amó Dios al mundo que le dio su Hijo único, para que el que crea en Él no perezca sino que tenga la vida eterna. Siendo, pues, de condición divina, no consideró como algo que debía defender celosamente el ser igual a Dios, sino que se despojó él mismo, tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres y siendo reconocido como tal en toda su actitud.

Y por nuestra causa
Fue crucificado
en tiempos de Poncio Pilato:
Padeció
Y fue sepultado.

Se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y la muerte en la cruz (Jn. 3:16 et Phil. 2:6-8).

Y resucitó al tercer día,
Según las Escrituras,
Y subió al cielo,
Y está sentado a la derecha del Padre.
Y de nuevo vendrá con gloria
Para juzgar a vivos y muertos
Y su reino no tendrá fin.

Por eso lo exaltó Dios y le dio un Nombre que está por encima de todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos, y que toda lengua proclame que Jesucristo es Señor, en la gloria de Dios Padre (Ph. 2:9-11).

Creo en el Espíritu Santo,
Señor y dador de vida,
Que procede del Padre y del Hijo,
Que con el Padre y el Hijo
Recibe una misma adoración y gloria
Y que habló por los Profetas.

Cantamos el origen eterno del Espíritu, el cual es el beso eterno del Padre y del Hijo, el Don subsistente de su eterna Caridad, cuyo éxtasis se difunde sobre nosotros, en toda la economía de la santificación cuya fuente es el Espíritu, los heraldos los profetas, Jesús el Mediador, y la Iglesia el misterioso Tabernáculo.

Creo en la Iglesia,
Que es una,
Santa,
Católica
Y Apostólica.

La Iglesia visible como la Hostia y como ella inefable, la Iglesia que es Jesús en la humanidad desposada. La Iglesia que es una “Persona” con cuatro características.

Reconozco un solo Bautismo
Para el perdón de los pecados.

Nuestra Madre, la Iglesia, nos da la vida en el Bautismo, en que es sepultado el hombre viejo, y revestimos el Hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y la santidad de la Verdad (Eph. 4:24).

Espero la Resurrección de los muertos,

La vida divina es tan infinitamente rica que no puede manifestar toda su fecundidad en este lado del velo. Pero la muerte no significa nada definitivo. La carne consagrada por el sello del Espíritu lleva en sí misma un germen de resurrección espiritual que llegará a su plenitud el último día, cuando el orden del amor será definitivamente etablecido.

Y la vida del mundo futuro.
Amén.

La vida que ha preparado Dios para quienes lo aman (1 Cor. 2:9) y que es la eterna contemplación del eterno Amor.

Nota

(1) Inhabitación recíproca.

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir