Homilía de Mauricio Zúndel en Roma, el domingo 21 de marzo de 1926. Inédita.

ROME domingo 21 de marzo de 1926

(San Ignacio de Antioquía, Eph. XV,l)

Leer en la Santa Regla [de san Benito] el capítulo VI, sobre el Silencio.

Queridos hermanos y hermanas,

Sabemos que hay muchos que están muertos y parecen vivos. De ellos está escrito:

Dejen que los muertos entierren a los muertos” (Lucas 9:10)

Quizá no son culpables de ninguna falta, frecuentan quizá los oficios de la Iglesia, son quizás obispos, monjes, sacerdotes, y tal vez taumaturgos.

Alargan los bordes de sus vestidos, buscan que los saluden, se sientan en los primeros puestos, los llaman Maestros, Señores, Doctores, Monseñores, Coman­dantes, Caballeros, Duquesas y Marquesas.

Logran lo que buscaba Felipe don tanto ardor: que hablen de ellos en Atenas y dejen un nombre en la historia.

Y esa es quizás su más terrible condenación. La verdadera grandeza no se puede escribir.

El 29 de enero, al final de la misa, cuando me retiraba del altar se me acercó una mujer y me dijo: “¿Quiere Ud. orar por la conversión de mi hijo?

Se había levantado temprano, queriendo unirse al sacrificio [de la misa] antes de irse al trabajo, y se sentía que lo que la traía, su primer pensamiento, su gran preocupación, era la vida de esa alma.

La verdadera grandeza, la única nobleza. Así aparece con mayor evidencia la acción de Dios. Es la victoria de que habla san Juan:

La victoria que vence al mundo es nuestra fe” (I Jn. 5:4). ¿Al precio de qué dolores y de qué silencio?

Y de repente el fruto madura, se abre el corazón y se escucha el gemido del Espíritu Santo.

Padre, ¿nos concedes que vivamos en Ti, a tal punto que nuestras palabras, aun sin mencionarte, estén tan llenas de ti que se conviertan en camino de luz para los hermanos?

Alrededor de nosotros hay tantas almas que ya no pueden más. Están esperando respuesta. ¿Es el momento de ironizarlas y de recordarles sus antiguos errores?

Haz que nuestros corazones, Señor, les sirvan de refugio donde puedan olvidar por un instante sus errores y sufrimientos, a la sombra luminosa de nuestro amor, en la suavidad de nuestra acogida y la humildad de nuestro respeto.

Como cuando tú nos acoges por la noche en tu casa, silencio vivo, Señor, y tu Corazón que palpita en la llama de la lamparita.

Recuerden, Hermanos y Hermanas, el consejo inefable:

Ser sin hablar es mejor que hablar sin ser (San Ignacio de Antioquía, Carta a los efesios, XV:1)

‑ Oren por mí, que la mentira salga de mi vida, que me gusten el silencio y el último lugar.

Que la Paz esté con ustedes, con la alegría de nuestro padre san Benito, la dulzura de nuestro Abad Tomás y el recuerdo de su Hermano Benedicto.

Hermano Benedicto

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