Notas tomadas en una conferencia de Mauricio Zúndel en el Cenáculo de París en 1950. No revisadas por el autor. Inéditas.

Todos los problemas lo son en la medida en que podemos hacer una experiencia.

Elegir: poder elegir puede ser considerado como debilidad. El hecho de poder elegir no basta para hacer de la libertad un valor esencial, pero la elección debe hacer de nuestra libertad una experiencia en que nos comprometemos. Es todo el problema del existencialismo.

¿Qué es el yo? ¿un valor? ¿un Himalaya? ¿o un determinismo?

La prueba de la libertad se vuelve verdadero problema cuando uno la percibe como cambio de nivel. Pero no podemos realizar el cambio por nosotros mismos. Se necesita ayuda para acceder al acto mismo de la libertad que es la liberación. El problema no es sino ser capaces de ser uno mismo, siendo uno mismo su propio devenir.

Problema de la Tradición

El problema de la Letra supondría que la religión cristiana es una religión del Libro. Primero, los Apóstoles no tenían libro. Tenían el Antiguo Testamento, que los judíos les oponían además. Tenían sus testimonios, sus recuerdos comunes, pero no libros propiamente, ni estilo.

El Nuevo Testamento se constituyó poco a poco y hubo que esperar hasta el final del siglo para tener “el Evangelio”. Hacía 50 años que la Iglesia existía y todavía no tenía el Evangelio. La colección que tenemos hoy se constituyó entre 150 y 175… y no definitivamente: el Apocalipsis fue discutido por mucho tiempo. Durante ese tiempo, la Iglesia seguía viviendo.

En la época de los orígenes no había imprenta. Había que copiar. Los materiales son caros: pergaminos, pieles o papiro. La tinta es mala y también las plumas. Copiar lleva un tiempo inmenso: para un escriba diestro, se necesitaban 10 días para copiar la Epístola a los Romanos y 150 días para copiar todo el Nuevo Testamento. Es un lujo que sale caro. El precio mismo era un obstáculo para la difusión del Evangelio.

Otro aspecto del problema es que no tenemos los textos originales. Tenemos copias de copias: hay variantes en las márgenes que indican diferentes maneras de leer una frase. ¿Cómo saber qué variante escoger?

Un ejemplo concreto: el final del prólogo de san Juan: “A todos los que lo recibieron…etc. Que no nacieron de la sangre ni de la voluntad…” Variante: “… les dio el poder de llamarse hijos de Dios a todos los que creyeron que él había nacido, no de la carne sino de Dios.

Otro ejemplo: en el capítulo 9 de san Juan, cuando Jesús sana al ciego de nacimiento: … Al final, el ciego defiende su sanación, lo echan, encuentra a Jesús el cual le dice, según una versión: “¿Crees en el Hijo de Dios?”, y en otra: “¿Crees en el Hijo del Hombre?

¿Cuál escoger? Para mí: “Hijo del Hombre” que es una lección más difícil para la verdad, mientras que en la época Hijo de Dios era una expresión que venía más naturalmente al cerebro del escriba. Esta diferencia cambia la orientación de la investigación, si no la conclusión.

Otro ejemplo: En el encuentro de los discípulos, Jesús dice a Natanael: “Te vi bajo la higuera”. Y él responde: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.” Como concuerda eso con Mateo: “¿Quién dicen que soy yo?” Mesías era entonces una bomba atómica. Los Apóstoles dicen laboriosamente: “Tú eres Elías”, etc. Y luego Pedro dice: “Tú eres el Mesías.” Y Jesús dice: “Tú no dices eso de ti mismo, sino que mi Padre te lo ha revelado.” Mesías no tiene el mismo significado en Juan. Hay una diferencia de nivel, o bien, la historia de san Mateo no tiene sentido. Esto no está en el texto, no lo vemos. Hay que conocer los textos, estar acostumbrado a las variantes, etc..

Entonces, ¿cómo quieren que la Encarnación dependa de un texto? Lo importante era presentar la persona de Jesús y que esa Persona fuera la luz y la vida.

El Evangelio no comenzó por la Escritura sino por la Palabra. La Tradición es una palabra viva. Él mismo es una Palabra que atraviesa la historia. Los Apóstoles se dispersan. Él mismo no convirtió a nadie. Él no convierte con textos irresistibles, sino porque sus palabras son tan ardientes que constituyen una especie de intimidad que hace vivir. Conciencia de vida, de una Presencia que permanece en la comunidad la cual no cesa de meditar esa historia… una especie de conciencia aplicada a una intimidad que comprende lo que se puede decir sin traicionarlo y que dice lo que significa traicionándola.

Vemos las conexiones entre la persona del Señor y la conciencia de la comunidad. No se trata de tener un libro al que se adhiere, pues el principio, la vida cristiana es Cristo. Jamás hubo dogmas que no fueran como una simple representación de la persona de Cristo. Siempre hay relación entre ella y el ser.

Ahí están los Apóstoles con su naturaleza obtusa y obstinada, sin querer romper con el judaísmo. Pero poco a poco, mediante rupturas interiores, llegan a entender que aferrarse al judaísmo no es sin traicionar a Cristo. Tienen que vivir el acontecimiento formidable con Cristo, del cual esperaban que los llevara a la gloria. No tienen la Trinidad –no la excluyen– pero para vivir solo tienen la persona de Cristo.

Esto es tanto más importante porque no sabemos si un día no se descubrirá un texto que modifique considerablemente los textos. En la medida misma en que vivan la liturgia, no saben a qué se refiere el texto y lo toman como tal para indicar la presencia de Cristo. Hay textos de venganza que se transforman en textos de amor en la liturgia (el texto de la Preciosa Sangre). Hay que ser muy prudentes al leer los textos, no darles un valor absoluto sino leerlos como mensaje de amor: la Escritura es el mensaje de amor del corazón de Dios y, si lo presentamos bajo ese aspecto, a nadie le puede chocar.

La Tradición cristiana no es la fijación definitiva de un texto sino una Presencia. La Escritura es un texto que se debe leer armonizándose con él, si no… Vimos eso en las obras de juventud: se lee un pasaje, hay que inventar un comentario, y es la mejor manera de estropearlos. Vemos que el cristianismo primitivo no se fijó en una sola fórmula. Aceptó ir en diferentes direcciones. Es claro que la de Juan es diferente de la de Mateo. La Persona de Cristo fue la que permitió las diferenciaciones porque es viva y no nos pega a un ser definido.

Las palabras de Ignacio de Antioquía: “Oí decir a ciertas personas: No creo sino en lo que veo en los archivos. Y yo les respondí: Mis archivos son Jesús.” De eso se trata, justamente: “Mis archivos son Jesús”: Jesús, su Pasión, etc. Así no se necesita buscar los textos que dieron pretexto al dogma de la Asunción, sino simplemente, era que la confidencia había madurado.

Eso complica las cosas; pues si tenemos un texto en el bolsillo es definitivo. Mientras que si se debe leer a Cristo, eso es otra cosa.

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