Conferencia de Mauricio Zúndel, en la clínica de Bois-Cerf, Lausana, en mayo de 1973. Publicada en Ses Pierres de Fondation, p. 189ss. El texto presentado aquí es una transcripción de la conferencia, sin correcciones.

Queridas Hermanas,

Dios es Espíritu y quienes lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad.

Estas palabras de nuestro Señor expresan admirablemente la necesidad de transformarnos para conocer a Dios. Vimos que esa es la ley misma de las relaciones interpersonales. Los esposos solo se conocen mutuamente en la medida en que se identifican el uno con el otro, en la medida en que cada uno hace el vacío en sí mismo para acoger al otro. No se puede conocer a una persona sino en la medida en que la acogemos en nosotros.

El amor supone pues una transformación profunda en que nos liberamos para ser en cierto modo el otro. Es evidente que esto se realiza al máximo, en el más alto grado, en nuestras relaciones con Dios, como nuestro Señor lo dijo admirablemente a la samaritana: “Dios es Espíritu y quienes lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad” (Juan 4:23). Eso quiere decir que el conocimiento de Dios está unido, en cierto modo, a una encarnación.

El conocimiento de Dios no es un conocimiento teórico, abstracto e impersonal que se podría obtener como se aprende un teorema de geometría. A Dios lo conocemos en la medida en que vivimos de él, y vivir de Dios es entonces acogerlo en nosotros, dejarlo vivir en nosotros, es pues, de cierto modo, vivir la encarnación de Dios.

Dios está dentro de nosotros. Agustín nos lo enseño del modo más profundo y magnífico. Dios está dentro de nosotros, siempre está ahí. Pero nosotros no estamos, y justamente, para que Dios sea un acontecimiento de nuestra vida, nuestra presencia debe añadirse a la suya o, en todo caso, responder a su presencia.

Se puede decir que la Revelación, dondequiera que se realice, en el Antiguo Testamento o en otros pueblos, que pudieron recibir iluminaciones de parte de Dios, todo conocimiento auténtico en el mundo, todo conocimiento eficaz de Dios es una forma de encarnación, es decir que Dios se manifiesta en una vida humana. Se refleja en ella, transparenta a través de ella.

Esas encarnaciones, desde luego, no son perfectas. Al contrario, son imperfectas, en la medida en que el hombre es imperfecto.

Jeremías es uno de los más grandes profetas. Sin embargo, cuando ora –en el capítulo 17 de su libro– cuando ora por la destrucción de sus enemigos, reconocemos en él los límites del hombre. Nuestro Señor, al contrario, oró por la salvación de sus enemigos y no solamente oró sino que dio su vida por ellos.

Entonces, siendo el modo normal como Dios se revela en la humanidad, haciéndose Presencia que transparenta en el hombre, la encarnación es imperfecta, en la medida en que el hombre es imperfecto.

Vemos al profeta Isaías, el gigante del profetismo, que contempla a Dios en una especie de magnífica gloria de rey y en que evidentemente no son extranjeras las imágenes de la corte en que vive precisamente el profeta. Él representa a Dios como el “Rey de los Reyes”, como el “Señor de los Señores”, conforme a su propia psicología. Para él la gloria se expresa en imágenes regias porque en su experiencia cotidiana es así como se expresa mejor la gloria humana.

A su manera, pues, los profetas, los santos y los genios, son encarnación de Dios. Y además, no nos equivocamos: ¿qué buscamos en la vida de los santos? Buscamos justamente una Presencia de Dios, y cuando tenemos el privilegio de encontrar un ser que está verdaderamente totalmente unido a Dios, no pensamos en él sino inmediata­mente en el Dios que brilla en él.

La encarnación es pues una especie de experiencia de realización que se encuentra en todas las etapas de la historia humana, con más o menos evidencia, y siempre limitada por la imperfección del hombre.

Lo que distingue la Revelación en Nuestro Señor es que en él la Encarnación tiene características únicas, definitivas e insuperables. Pero no hay que aislar su Encarna­ción de las demás que la prefiguran, que la preparan y nos preparan en cierto modo a recibirla, comprenderla y vivirla.

La fórmula del Credo, fórmula que cantamos y que es tan venerable, “bajó del cielo, se encarnó en la Virgen María por obra del Espíritu Santo”, es evidentemente una imagen cuyo carácter simbólico percibimos en seguida: “El cielo”, enseña nuestro Señor a la samaritana, “está dentro de nosotros.”

El cielo está en nosotros como fuente que brota hasta la vida eterna y en la medida en que nos interiorizamos nos acercamos al cielo. Dios no está detrás de las estrellas, en una especie de empíreo (1) misterioso donde tendría su trono rodeado de una corte que podríamos visualizar de cierta manera: Dios está en nosotros como un secreto de amor y lo que lo distingue de nosotros es justamente su interioridad. Y lo que llamamos “la trascendencia de Dios”, es justamente su interioridad.

Dios es todo interior, y nosotros estamos afuera. Y para llegar a él debemos interiorizarnos, encontrar nuestra intimidad a la luz de la suya. Dios no tiene pues que bajar del cielo, no tiene que venir sobre el éter, puesto que ya está ahí. Como dice Agustín en su célebre estrofa: “Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.

Dios jamás ha cesado de estar presente en el universo. Jamás ha cesado de estar escondido en el corazón del hombre. No tenía pues que venir, era el hombre el que debía venir a Dios. Eso, además, lo experimentamos como Agustín. Cuando descubrimos a Dios en lo más profundo de nosotros mismos, sabemos que él ya estaba ahí, esperándonos, y que nosotros estábamos afuera, distraídos, dispersos en el exterior, ausentes y entregados a nuestro “yo posesivo” que nos impedía justamente entrar en el universo de amor que es el universo de la Santísima Trinidad.

Por otra parte, una experiencia capital para nosotros es la que hemos evocado continuamente ayer, y es que nosotros llegamos a nosotros mismos por medio de Dios. Dios es el único camino hacia nosotros, y el único camino hacia los demás y hacia toda realidad. Si queremos llegar a nosotros por nuestros propios medios, fracasamos lamentablemente y si queremos penetrar en la intimidad de los demás por nuestros propios medios, fracasamos aún más miserablemente.

Porque justamente el ser humano, en su calidad de humano, existe solamente en el momento en que se abre al sol de la verdad y del amor que es Dios oculto en nosotros. Entonces sentimos de cierto modo la Encarnación de Dios cuando dejamos de percibirnos, cuando nos perdemos totalmente de vista, cuando estamos suspendi­dos admirando la Presencia divina bajo cualquier forma, sea en la música, la pintura, la escultura, la arquitectura, sea en un espectáculo natural o en la mirada de un niño. Cuando estamos suspendidos en la admiración de la Presencia de Dios, sentimos que existimos precisamente, que existimos plenamente en una libertad única y maravillo­sa, precisamente porque finalmente nuestro verdadero “yo” está en él. Es en él que somos verdaderamente nosotros mismos. ¡Y en él únicamente!

Sentimos pues que nuestra vida está suspendida a la vida divina, y que nos es imposible llegar a nosotros sino en la respiración de Dios en lo más profundo de nosotros mismos. Pero, y esa es nuestra experiencia, recaemos continuamente, es decir que no permanecemos en ese estado. Si estuviéramos siempre suspendidos de Dios, si obráramos solo por cuenta de Dios, si percibiéramos a los demás a través del amor de Dios y para el amor de Dios, nosotros seríamos Cristo. Pero no lo somos, y vemos bien cada día qué poco tiempo podemos estar a esas alturas. Inmediatamente volvemos a caer en nuestra biología, nuestra psicología, nuestra fisiología y endocrinología, en las energías físicas y cósmicas dentro de nosotros y somos incapa­ces de mantener la unión con Dios sin recaer en “el valle de sombra de la muerte”, como dice el salmista (Ps. 23:4). Necesitamos volvernos a levantar continuamente, volver a comenzar a escalar la montaña interior donde encontraremos a Dios.

En Jesús, la Encarnación alcanza su punto culminante y todas las demás encarnacio­nes que convergían, se orientaban hacia él se realizan de manera definitiva e insuperable. Y ¿qué significa entonces la Encarnación, cómo concebirla? ¿Qué es lo que sucede cuando se realiza el acontecimiento en el seno de la Virgen Inmaculada? ¿Qué es lo que sucede cuando de repente brilla la nueva humanidad que es la humanidad de Nuestro Señor?

El Cardenal de Berulio evoca el misterio de la Encarnación en una página muy conmovedora. Como san Pablo en la Epístola a los Filipenses (Fp. 2:6-8), donde nos presenta de repente a Jesús como el que “siendo de condición divina, no retuvo esa condición como una presa a la que se habría aferrado, sino que se vació, se anonadó tomando la condición de hombre y presentándose como esclavo.” Es pues en una exhortación a la humildad que san Pablo nos revela las profundidades admirables del misterio de la Encarnación.

Y lo mismo el Cardenal de Berulio, pues nos habla de la Encarnación exhortando­nos a la unión con Jesús diciendo: “Y nosotros debemos mirar a Jesús como nuestra realización, porque, en efecto, lo es y quiere serlo, como el Verbo es la realización de la naturaleza humana que subsiste en él.” Y viene la frase famosa: “Pues como esta naturaleza –la naturaleza humana de Jesús– como esta naturaleza considerada en su origen está en manos del Espíritu Santo que la saca de la nada…

Entonces la naturaleza humana de Jesús comienza a existir, no existía antes. Comienza a existir en el seno de María. “Pues como esta naturaleza considerada en su origen está en manos del Espíritu Santo que la saca de la nada y la priva de su subsis­tencia, que la da al Verbo para que el Verbo la invista y la haga suya, viniendo a ella y realizándola en su propia y divina subsistencia, así también nosotros estamos en las manos del Espíritu Santo que nos saca del pecado, nos une a Jesús, como Espíritu de Jesús emanado de él, por él adquirido y enviado.”

Berulio expresa pues admirablemente a la vez la creación de la humanidad de Nuestro Señor en el seno de María, y al mismo tiempo, la privación de la subsisten­cia, es decir que, en vez de existir por su cuenta, en vez de estar encerrada en sí misma por un “yo” que la domina y la hace autónoma, la humanidad de Nuestro Señor está abierta a la subsistencia del Verbo. Va a ser asumida por la personalidad del Verbo que es su verdadero “yo,” de tal suerte que la humanidad de nuestro Señor solo existirá por cuenta del Verbo. De tal modo que la humanidad de nuestro Señor no se expresará jamás por sí misma sino que todo lo que haga, todo lo que sienta, todo lo que sufra, todo lo que viva, todo lo que diga, todo lo que padezca esa humanidad será expresión y revelación del Verbo, es decir de la divinidad.

En un lenguaje más concreto y radical, podemos considerar el misterio de la Encarnación diciendo en una palabra: ¿Qué es lo que se comunica a la naturaleza humana de nuestro Señor? No es la naturaleza divina en cuanto tal, ya que la Tradición cristiana excluyó formalmente la mezcla de las dos naturalezas, la naturaleza humana de nuestro Señor sigue siendo humana, sigue siendo criatura sacada de la nada, como dice Berulio, abierta al Verbo de Dios, revestida de la subsistencia del Verbo, es decir unida al Verbo de Dios en la persona.

Diremos pues: ¿qué es lo que se comunica a la humanidad de nuestro Señor? Es la pobreza de Dios, la pobreza infinita que constituye la personalidad en el corazón de la Trinidad divina.

Vimos justamente que la toma de consciencia en Dios es altruista, mientras que en nosotros es narcisista en su primer movimiento. Mientras nosotros estamos centrados en nosotros mismos, nos miramos y nos hablamos a nosotros mismos, en Dios la toma de conciencia es altruista, como un movimiento infinito, como mirada eterna hacia el otro.

Es decir que en Dios la personalidad es desapropiación, despojamiento y pobreza, y eso es justamente lo que se comunica a la humanidad de nuestro Señor. Está enraizada en la pobreza divina, en la desapropiación infinita. La humanidad de nuestro Señor no puede pues en modo alguno pertenecerse a sí misma. Está cogida por decirlo así en la ola que arroja eternamente al Hijo en el seno del Padre.

Si la humanidad de nuestro Señor es criatura como una cáscara de nuez, y si la subsistencia del Verbo es representada por un océano que sería una sola onda, se podría decir que justamente la humanidad de nuestro Señor, la cáscara de nuez, es arrojada en Dios por la onda infinita que es el océano divino. De suerte que esta humanidad ya no puede ser sino sacramento; y este término es admirable, como decía el P. Schwalm: “la humanidad de nuestro Señor es el sacramento de los sacra­mentos.” Es el sacramento translúcido, diáfano, vivo y consintiente, el sacramento inseparable de la divinidad a la cual está unida esta humanidad, precisamente por la desapropiación absoluta, total e infinita que es la subsistencia del Verbo. Pues el Verbo no tiene nada, es solo una mirada hacia el Padre, es solo un impulso eterno hacia el Padre, como el Padre es solo una mirada eterna hacia el Hijo.

Esto no puede sorprendernos, sino en la admiración, en la realización perfecta, pues nosotros, cuando existimos realmente, somos arrastrados hacia Dios por su Presencia en lo más íntimo nuestro; y que, por intermitencia, en instantes muy breves, podemos decir que nuestro “yo” es Dios, precisamente en el sentido de que en esos momentos privilegiados, nos conocemos y actuamos por cuenta de Dios y no por cuenta e interés nuestro.

La humanidad de nuestro Señor es pues la humanidad en estado de supremo despojamiento que hace que sea el sacramento perfecto en que se revela y se comunica personalmente la divinidad. Es pues la más alta Revelación, la Revelación perfecta, la Revelación definitiva, es la Revelación insuperable; y observemos, puesto que estamos en un universo de personas, que Dios es soberanamente personal, que nosotros somos personas solo en él y por él, que la suprema Revelación no podía tomar otra forma, ya que todas las revelaciones que hubo antes eran ya bosquejos de encarnación. Puesto que ya era mediante una transformación del hombre, gracias a cierta transparencia en el hombre que el rostro de Dios se manifestaba poco a poco.

La plena luz de la Revelación se hará pues en la humanidad de nuestro Señor el cual ya no tiene nada, no puede ni siquiera decir “yo” sino por cuenta de Dios y a través de la persona del Verbo en la cual subsiste y está enraizada, en la cual es arrastrada hacia Dios por la ola infinita que arroja eternamente al Hijo en el seno del Padre.

Y comprendemos entonces que la Revelación de nuestro Señor sea ante todo la Revelación de la Trinidad, pues precisamente él vive en el centro de la Trinidad, porque es en el Verbo que se constituye su personalidad. Y puesto que entra en el misterio de la Trinidad por su desapropiación radical, comprendemos que nuestro Señor nos oriente siempre hacia la pobreza que es la primera bienaventuranza, que es la bienaventuranza de Dios. Y comprendemos que toda la Revelación, finalmente toda la Revelación cristiana, se resume en ese despojamiento total en que la existencia se constituye como pura ofrenda.

Ya vimos –y hay que repetirlo– que siempre estamos tentados de considerar la humildad, la caridad, como virtudes que se nos añaden, que debemos conquistar para ser conformes con la voluntad de Dios. No vemos que es nuestra existencia misma la que está en juego: no podemos ser hombres, no podemos emerger del animal, no podemos ser personas, no podemos afirmar nuestra dignidad, no podemos justificar nuestra inviolabilidad sino pasando de afuera a dentro, lo cual es el paso del yo posesivo al yo oblativo.

En forma de ofrenda es como se realiza nuestra vida y no de otra manera, y si queremos poseer cualquier cosa, todo se acabó, renunciamos a existir humanamente, somos cogidos por la escoria animal, y como el resto de los seres vivos privados de inteligencia, somos llevados y conducidos por el universo

Nuestra única posibilidad de humanidad es esa, despegar de nosotros mismos, en el don total que podemos realizar solamente estando suspendidos a la Presencia divina, en lo más íntimo de nosotros.

Por otra parte, todo eso lo sabemos por Cristo: él fue quien nos lo enseñó. No solo revelándonos el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, sino viviendo ese despojamiento liberador hasta la muerte de la cruz, ya que solo somos libres cuando somos libres de nosotros mismos. Entonces, la humanidad de nuestro Señor es la humanidad totalmente libre de sí misma, por ser totalmente abierta a la personalidad divina que la reviste y hace de ella el sacramento inseparable de su Revelación y de su comunicación. La Presencia de Dios en el mundo jamás puede ser comprendida sino como acontecimiento vivido por el hombre en una transformación del hombre.

Cuando están admirando, es un acontecimiento que las transforma, las libera, desvía por un momento su mirada de ustedes y las orienta hacia “la hermosura tan antigua y tan nueva que está ahí siempre.” Pues bien: en nuestro Señor ya no hay límites para esta manifestación. Sin duda, Dios está en nosotros como en la humanidad de nuestro Señor, pero nosotros no estamos presentes. Si estuviéramos tan presentes a Dios como nuestro Señor, nosotros seríamos Cristo. Cristo es pues la humanidad que subsiste, se realiza, se manifiesta siempre por cuenta de Dios, justamente porque subsiste y está enraizada en la eterna pobreza.

Todas las creencias, digamos todos los dogmas cristianos que son expresiones cada vez más precisas del testimonio apostólico, y por lo mismo, finalmente, de la enseñanza de nuestro Señor mismo, todos los dogmas cristianos tienen su foco en ese despojamiento, en esa pobreza, en esa desapropiación, es decir finalmente en la Santísima Trinidad. No tenemos que creer otra cosa ni que vivir otra cosa que ese despojamiento infinito que es Dios mismo.

Por eso el Evangelio no es una doctrina, el Evangelio no es un sistema, el Evangelio no es una “Weltanschauung(2), una especie de visión filosófica del mundo, sino la luz misma de la pobreza infinita en la persona de Jesús, donde el mundo alcanza por fin la claridad en la desapropiación de todo. El mundo se hace transparente a Dios cuando cesa de ser poseído. Si queremos poseerlo, estamos seguros de no conocerlo en sus profundidades. Cuando deviene pura ofrenda de amor, entonces revela sus raíces divinas y brilla en toda su belleza. Esto es extremadamente importante porque la evangelización no consistirá en distribuir nociones.

Recuerdo al misionero antiguo que me contaba que atraía a los niños con regalos, que compraba a los padres con asistencia material, y que así atraían a los niños al catecismo. Y los catequizaban enseñándoles el catecismo de Francia: ¿Qué es Dios? ¿Qué es la Trinidad? ¿Qué es Jesucristo? Y después les daban los sacramentos. ¡Y luego había una parroquia de convertidos! ¿Y los padres? ¡Allá ellos! Eran de una generación que no podían alcanzar, pero deseaban atrapar a los niños mediante cebos materiales.

Todo eso me parece bien pobre como concepto de la evangelización: no se trataba de dar nociones a los niños chinos o japoneses sino de presentarles a Alguien, de llevarles una Presencia, de ser el corazón de Dios en medio de ellos. Se trataba justamente de ayudarles a descubrir un Dios que estaba ya dentro de ellos pero al que solo podían reconocer si una presencia humana lo dejaba transparentar con una evidencia indiscutible.

Justamente, el misionero cristiano no tiene que refutar los errores ajenos, es decir, no tiene que echarles la culpa diciendo: “Ustedes no han entendido nada. ¡Están equivocados!” sino hacer aparecer lo mejor de lo que tienen, una Presencia que, de repente, coloca todo en su lugar. El culto que llamamos de ídolos, ¿no se parece a nuestro culto por las imágenes sagradas?

Recuerdo a otro misionero que era además genial y magnífico, que me decía: “Fuimos al África negra suponiendo que los negros eran idólatras entregados a bajas supersticiones. Ni siquiera tratamos de comprender lo que significaban para ellos sus ritos ni cuál era el espíritu de sus sacrificios. Eso se debería haber hecho en primer lugar.” Y por su parte, habiendo sido admitido a filmar sacrificios, estaba convencido de que tenían un sentimiento religioso muy auténtico, que era necesario respetar, y eventualmente ampliar y purificar, pero sacando desde el interior justamente, una Presencia de luz que permitiera, sin violar la consciencia, descubrir justamente en sí mismo el espacio infinito que Cristo abre en nosotros.

No se trata de llevar definiciones y de imprimir preguntas y respuestas de un catecismo. Se trata de hacer brotar la vida misma, la existencia en toda su grandeza y en toda su nobleza, llevando la Presencia única que la hace desarrollarse.

Ahí está todo, hay un ecumenismo que arriesga de abortar si se busca estar de acuerdo en esto o aquello, en la Eucaristía, el culto de la Virgen, la virginidad de María, etc., etc. La cuestión es mucho más profunda: ¿de qué Dios estamos hablando? ¿Están de acuerdo los cristianos a propósito de Dios? ¿Tienen una misma visión? ¿Es que su fe está enraizada en la Trinidad, ven la Trinidad justamente como la expresión de una eterna comunión de amor? ¿Ven la Trinidad como la pobreza, el despojamiento infinito al cual estamos invitados y al que debemos llegar, si jamás debemos liberarnos de nosotros mismos? ¿Entienden acaso que el acuerdo se obtiene por medio del vacío, del despojamiento, la desapropiación, por el hecho de que cada uno supere sus límites? ¡Ahí está todo!

Cristo no nos pide que adhiramos a un sistema del mundo, sino que seamos lo que es él, que entremos justamente en su pobreza, que nos dejemos arrastrar con él en la ola infinita que arroja eternamente al Hijo en el seno del Padre. No hay cristianismo fuera de eso y este cristianismo no necesita expresarse de otra manera sino viviéndolo plenamente. Hay que temer justamente que, elaborando fórmulas, tratando de ajustar unas fórmulas con otras, el ecumenismo se ocupe finalmente de problemas periféri­cos y no vaya al centro que nos cuestiona totalmente.

¿Estamos de acuerdo con ser totalmente desapropiados de nosotros mismos? ¿Estamos de acuerdo con hacer el vacío en nosotros para acoger todo el universo? ¿Estamos de acuerdo con arrodillarnos para lavar los pies, sirviendo a toda la humanidad y todo el universo? Ese es el problema. Nuestro Señor es el ecumenismo en persona. El ecumenismo está inscrito en su estructura, justamente porque su humanidad no tiene fronteras.

Cuando dicen: Cristo es judío, yo protesto con todas mis fuerzas. Cristo no es judío: es el segundo Adán. No pertenece a ninguna nación. Nació virginalmente y no de la carne y la sangre, nació como principio de una criatura, de una creación totalmente nueva. Por su estructura misma, Jesucristo es UNIVERSAL, está presente en todas las razas, en todas las naciones, en todos los pueblos, en todos los individuos, en todas las conciencias, es interior a cada uno de nosotros.

Ese es el sentido mismo de su desapropiación y por eso está encargado de la Redención. Tiene que hacer el contrapeso, mediante el don de sí mismo, a todos los rechazos de amor por estar identificado totalmente con toda la historia humana. Es justamente lo prodigioso y magnífico: que la unión de la humanidad de nuestro Señor con la divinidad en la personalidad del Verbo, la unión insuperable en que la comunicación de Dios a la creación alcanza su cumbre, es al mismo tiempo y con la misma amplitud, una identificación de la humanidad de nuestro Señor con todos los hombres que hayan jamás existido…. [pasaje audio perdido:] o que jamás existirán. Pues la raíz de la unión hipostática que constituye la Encarnación es el despojamiento absoluto.

Lo que nos impide comunicar con los demás es nuestro espíritu de posesión: (retoma de la grabación) los queremos para nosotros, queremos poseerlos, en vez de ser espacio ilimitado en que puedan respirar el aire de su patria divina. Nos asfixiamos mutuamente con nuestros límites porque estando estrechos en nosotros mismos, somos incapaces de ser espacio para los demás.

Nuestro Señor no tiene esos problemas, no conoce esas dificultades, justamente porque su humanidad no se pertenece en modo alguno, porque no puede poseer nada, ni siquiera a sí misma, ya que está suspendida del Verbo de Dios que es su verdadero “yo”. Nuestro Señor es todo acogida, todo apertura, todo presencia, y nos asume a cada uno en lo más íntimo de nosotros mucho más profundamente de lo que podemos nosotros asumirnos.

Les cuento una parábola que me impresionó sobremanera a mí mismo: estaba yo en Biblos y de repente me encontré en presencia de un esqueleto prehistórico, en fin, es mucho decir “prehistórico”, ya que remontaba al año 2500 antes de Jesucristo. Delante de ese esqueleto, que estaba en un jarrón roto en el que reposaba en posición de feto en el seno materno, de repente surgió en mi mente la pregunta: ¿Qué relación entre este ser humano cuyos restos veo en este esqueleto, qué relación hay entre él y yo? ¿Es simplemente un animal cuya carcasa encuentro, como un león que podría encontrar la carcasa de un ancestro muerto hace 3500 o 4000 años? ¿O existe una relación personal entre ese ser humano y mi persona? ¿Pertenecemos a la misma historia? ¿Somos contemporáneos? ¿Estamos unidos en un mismo destino? ¿Tenemos ambos el mismo fin? ¿Nos volveremos a encontrar?

Y mientras todas estas preguntas surgían en mi mente, me vino la imagen del segundo Adán, Jesucristo, y entendí que en él, este hombre y yo estábamos unidos en la misma historia, que teníamos ambos el mismo fin, que éramos contemporáneos y estábamos llamados a reunirnos un día. Jesucristo hace la unidad del género humano. Él es quien sostiene toda la cadena. Y eso es lo que significa la concepción virginal: nuestro Señor, nacido de la contemplación de María, toda orientada hacia él, porque justamente él no es un eslabón de la cadena de generaciones sino el que sostiene toda la cadena, le confiere unidad y hace contemporáneos a todos los hombres en su amor.

Ustedes ven que la fórmula: “Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre. Jesús es el Verbo Encarnado. Jesús bajó del Cielo”, todas estas fórmulas son verdaderas a su manera pero es necesario matizarlas, volverlas a poner en una experiencia de la Encarnación que se extienda a toda la historia. Toda la historia es Encarnación de Dios, progresiva, parcial, intermitente, pero siempre orientada hacia la Encarnación suprema en Jesucristo que es la Encarnación suprema porque es imposible ser más despojado que la humanidad de nuestro Señor el cual subsiste por cuenta de Otro que solo expresa a ese Otro en todo lo que ella es y en todo lo que hace.

Si no somos discípulos de Bouddha, aunque Bouddha sea un santo, a su manera, si no somos discípulos de Brahma, [pasaje audio perdido:] no es que seamos insensibles a la grandeza de ellos, sino que en Jesucristo se revela la [retoma de la grabación:] suprema libertad en la suprema liberación. Y que solo en Jesucristo podemos alcanzar nuestra plena realización mediante la liberación completa de nosotros mismos. De todo eso debemos ser liberados: del yo posesivo que nos encierra en la más cerrada prisión.

Tendremos pues que dar testimonio de Jesucristo, no afirmando que él es la única filosofía posible, como si Jesús fuera simplemente un Maestro que enseña una doctrina que podría ser separada de su persona. Deberemos dar testimonio de Jesucristo mediante nuestro propio despojamiento. Es la única manera de dar auténtico testimonio. Es inútil enseñar el catecismo si no estamos en una voluntad profunda, en un deseo constante de desapropiación.

Y, en efecto, ¿qué les vamos a enseñar a los niños si no les ayudamos a que vivan el misterio de pobreza que es su única liberación posible, su única grandeza posible? Ahí estamos en el centro del ser y tenemos que decidir del sentido mismo de la existencia.

Precisamente, porque subsiste en el Verbo de Dios, porque en él se realiza el despojamiento supremo que es la suprema libertad, Jesucristo tiene por misión recapitular toda la creación, reunir todo el universo y hacer de toda criatura un hijo de Dios. Porque la gracia dada a la humanidad de nuestro Señor no era para su humanidad misma sino para todos. ¡Toda gracia es misión! ¡Toda gracia es dada a un ser para los demás tanto como para él mismo! Y mientras más grande sea la gracia más grande será también la misión, y más extensa y más tendrá que profundizarse, y más exigirá un don perfecto de aquél que haya recibido esa gracia.

Como es única e insuperable la gracia de la Encarnación hecha a la humanidad de nuestro Señor, su misión es también única e insuperable; ella lo identifica con toda la humanidad, lo constituye justamente como garantía de toda la humanidad, como representante de toda la humanidad, como el que debe portarla, sanarla, enraizarla de nuevo en el corazón de Dios, volverla a su origen verdadero que es la Trinidad divina.

Entonces la Redención no comienza con la cruz sino en el momento en que la humanidad de nuestro Señor surge en el seno de María porque desde ese instante la humanidad de nuestro Señor está orientada hacia toda la humanidad y todo el universo, porque existe como el sacramento de los sacramentos y subsiste en el Verbo.

Y puesto que el universo ha caído, por estar herido por el pecado, por ser el pecado es una herida hecha a Dios ya que el Bien es Alguien y no algo, el mal hiere a Alguien y finalmente le da la muerte. Nuestro Señor expresará en su vida, tendrá el cargo expresar en su vida y de compensar con su vida todos los rechazos de amor, no porque Dios no quiera perdonar a otro precio, sino porque siendo la creación una historia de dos, Dios solo no podía crear un mundo nupcial, un mundo en que crea dioses, un mundo que él llama a la libertad, tampoco el mundo puede volver a Dios de quien se ha separado sin un movimiento de parte suya.

Y justamente nuestro Señor va a reunir a todos los hombres en su humanidad, y hará contrapeso en nombre de ellos, solidario con todos, como si fuera culpable de todas sus faltas, hará contrapeso con su amor inmolado a todos los rechazos de amor. “Se hará pecado por nosotros” como dice san Pablo a los Corintios (2 Cor. 5,21). Y expresará en su pasión justamente de manera incomparable la fragilidad de Dios, la fragilidad de Dios en relación con nosotros que somos animales, exteriores a la grandeza de la vida.

Dios es frágil, como lo es todo amor. Ustedes saben muy bien que para alguien distraído, la más alta filosofía y la música más hermosa no significan nada: no las escucha. Entonces no puede recibir y hacer fructificar el don que se le propone ya que no se da cuenta. Jesús nos revela la fragilidad infinita de Dios que depende justamente del valor infinito de Dios. Por ser tan precioso y tan frágil, porque cual­quiera puede pasar a su lado sin verlo, porque cualquiera puede rechazarlo y cerrarse a su amor. Nada nos es más cercano, quiero decir, finalmente nada puede conmover­nos como la cruz del Señor, ya que es la prueba visible, la manifestación más palpable del amor de Dios que se entrega totalmente en nuestras manos.

Si Dios muere, es que en efecto se entregó totalmente a nosotros. Si Dios muere en el universo, es que quiso que la vida del universo brotara de su propia vida comuni­cada. Y si la rechaza, el universo de descrea al mismo tiempo, se precipita en las tinieblas, se entrega a sus automatismos, pierde su libertad y su dignidad.

Y justamente Dios lo va a recuperar mediante el don de sí mismo, va a rodar la piedra de nuestro corazón y a abrirnos finalmente a su ternura. Imposible vacilar sobre el sentido del bien en presencia de la cruz. El bien es la vida de Dios puesta en nuestras manos. El mal es la muerte de Dios abandonado a nuestra muerte. No hay neutralidad, no hay neutralidad. O nos abrimos a Dios, o nos cerramos a Dios. ¡Entiendo por neutralidad cuando estamos despiertos! La mayor parte del tiempo estamos dormidos, noche y día. La mayor parte del tiempo estamos en letargia, vivimos solo a la superficie de nosotros mismos y no estamos unidos a la profundidad.

Pero cuando las profundidades se despiertan y somos capaces de un acto realmente libre ya no hay neutralidad posible: o acogemos a Dios o lo abandonamos.

Y, en efecto ¡qué motivo para salir del sueño! ¡Qué motivo para superar nuestros límites! La vida de Dios está en nuestras manos. Nos toca decidir si Dios va a existir en la historia humana.

No se trata de declarar que Dios está por encima de todo, como un principio metafísico, sino de saber si Dios tiene Presencia real en la historia humana. Y en la práctica, somos nosotros quienes decidimos de la Presencia de Dios en la historia humana. ¿Vive Dios en nuestra casa? ¿Vive Dios en nuestra comunidad? ¿Vive Dios en nuestra escuela? ¿Vive Dios en nuestro hospital? ¿Vive Dios a través de nosotros?

En verdad, es evidente que todo nuestro apostolado está unido a la Presencia de Dios vivida por nosotros. Si no la vivimos, ¡es el desastre! Si la vivimos, es la fecundidad. No se necesita expresarla en palabras. No son necesarias las acciones visibles. El que vive realmente de Dios abraza todo el universo, está presente a toda criatura. El que no vive de Dios puede hablar de él todo el día, es totalmente estéril porque habla de un falso Dios ya que no vive de él.

Y esto nos lleva justamente a la exigencia del silencio, del silencio, que es la condición absoluta de nuestro encuentro con Dios. Cuando hacemos ruido con nosotros mismos, con una puerta, con un objeto, con la voz, con afirmaciones, con discusiones, Dios se reporta, Dios se vuelve reporte, aviso de neón, etiqueta, concepto y fórmula. Deja de ser Dios. Dios es el secreto de amor y nuestro corazón es su relicario. Dios solo puede manifestarse a través del silencio. Se trata pues de mantener el silencio en nosotros y de volver al silencio. Volver continuamente al silencio, volver por todos los caminos posibles. No se trata de decir: Voy a guardar silencio. Si se crispan en esa actitud de guardar silencio, simplemente se tensionan y se enervan.

Se trata de tomar los medios que tienen a su disposición: tienen un disco que les ofrece una música profunda, pónganlo y escúchenlo. Tienen un libro que les apasiona, que las libera de ustedes y les abre horizontes y provoca su admiración, ábranlo. Tienen un jardín donde hay flores que sembraron, y de pronto descubren su esplendor: vayan a caminar en su jardín o al bordo del lago o en la naturaleza maravillosa que se levanta en esta primavera tardía pero admirable.

Hay mil maneras de inducir el silencio, de provocarlo. Tomemos lo que tenemos a la mano y que nos parece más eficaz. La meditación no debe ser una forma de frenarse y tensionarse dedicándose a fraccionar un tema en partes pequeñas. Se trata más bien de llegar al estado de silencio total en que escuchamos, en que todo ruido se disipa y donde, en el fondo del itinerario descubrimos el rostro que encontramos siempre cuando dejamos de mirarnos.

Pero aquí está todo: una comunidad religiosa debería ser una comunidad de silencio, en que el silencio está en primer plano. Claro, no se trata de un silencio hostil, que rehúsa sonreír, ni de un silencio que se cierra a las necesidades ajenas, sino de un silencio de vida en que cada uno está en diálogo con el Señor. El Señor encontrado en su corazón o en el corazón de los demás o de cualquier criatura, pero un diálogo con el Señor. Hay que entrar siempre en el recogimiento en que nos transformamos en presencia a Dios. Dios siempre está, pero nosotros no estamos.

El misterio de Jesús es pues un misterio para ser vivido y no tiene significado sino en la medida en que entramos en el despojamiento que es lógico, que se hace solo, justamente en la medida en que encontramos a Dios. Pero encontrar a Dios es al mismo tiempo estar libre de sí mismo y existir en forma de don, en forma de ofrenda.

El cristiano es pues “porta-Cristo”, el cristiano es el santuario de la Divinidad, el cristiano es el sacramento vivo de la Presencia del Señor en la historia de hoy. Se trata pues de que llevemos la llama del cirio pascual, de llevarla o mejor, de ser la llama, de ser la llama. Y la seremos simplemente en la medida en que tomemos con­ciencia cada vez más profundamente de que en nuestra vida se juega la vida de Dios.

¿Qué le va a pasar a Dios en este día? ¿Qué le va a pasar? Todos nuestros exámenes de conciencia pueden resumirse en testas palabras: ¿Qué le sucede a Dios a través de mí? ¿Qué le sucede? ¿Ha sido recibido? ¿Ha sido reconocido? ¿Ha sido amado? Cuando pedimos “Que venga el Reino de Dios”, no puede llegar sino por medio de nosotros. Y ahí tenemos justamente nuestro campo de acción: ese es el universo que tenemos en las manos para hacernos presencia de Dios.

Entonces, en todos los encuentros de este día, tratemos de subrayar esta Presencia, no hablando de ella sino viviéndola. Si estamos atentos, la Presencia se manifestará sin que necesitemos indicarla por otro medio que nuestra propia vida. Una mujer que ama, que ama de verdad, que ama a su marido, que ama a sus hijos, lleva en la cara el amor. Uno siente en ella la llama interior que la hace vivir. De eso se trata. Nuestro ecumenismo puede ser solo la llama interior que se adivina y que revela una Presencia infinita.

La vida es bella en la medida justamente en que se transfigura. La vida es bella en la medida en que se diviniza. La vida es bella en la medida en que à a través de nuestro rostro brilla el rostro de fiesta de Cristo Jesús.

Notas:

(1) Empíreo: la más alta de las cuatro esferas celestes, que contenía las llamas eternas, es decir los astros.

«El templo en que Júpiter con tanto esplendor,

bajó, como dicen, de lo alto del empíreo,

no es más que carnicería en su primera entrada»

Voltaire, Las leyes de Minos, acto 3 sc.1

(2) Weltanschauung: concepción del mundo de cada uno según su sensibilidad personal. A partir de Welt (munde) y Anschauung (visión, opinión, representación). “…imagen del mundo y de sí mismo, saber qué es el mundo, saber qué somos. [...] Toda concepción del mundo tiene una singular tendencia a considerarse como la verdad última sobre el universo cuando es solo un nombre que les damos a las cosas.” (C.G. Jung)

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