Notas de Mauricio Zúndel para una homilía sobre San José.

María, prometida a José, concibió del Espíritu Santo. Secreto de Dios que ella no reconoce poder revelar, ni siquiera a José… Que Dios defienda sus derechos…

José, inquieto, toma la decisión de abandonarla en secreto.

Ambos están en el nivel del amor perfecto que se traduce por un abandono total en las manos de Dios.

Dios esperaba esa entrega absoluta de ellos para hablar. Envía su Ángel y la docilidad de José a la Palabra de Dios merece para él, por intermedio de María, la más hermosa canonización posible, cuando la Virgen Santa (que lo sabía) dijo un día a Jesús: “Tu Padre y yo, inquietos, te estábamos buscando.

Confiando en la divina Providencia, José se superó para vivir en el misterio de amor del Hijo de Dios convertido en hijo SUYO. Pero solo conocerá el lado oscuro del misterio, pues no verá los prodigios de la vida pública de Jesús ni la gloria de su Resurrección.

Si los siglos cristianos dieron testimonio de amor a María elevándole tantas hermosas catedrales, ¿qué pensar de la veneración y la ternura de José por su esposa?

Él, el gigante del silencio de quien no se conserva ni una sola palabra, vivió en el olvido de sí mismo el don que hizo de sí mismo a Dios, conservando para sí mismo el sufrimiento y esforzándose por ahorrarlo a sus dos tesoros que colman su vida. ¡Qué hermoso modelo, pues, para terminar, la perfección, la santidad, es LA ALEGRÍA DE LOS DEMÁS!

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