Conferencia de M. Zúndel en el Cenáculo de Ginebra. Domingo 15 de febrero de 1970.

La libertad de la fe se funda en la libertad de Dios. La libertad de Dios se nos revela en el misterio central del Evangelio, el misterio de la Santísima Trinidad.

En efecto, para nosotros lo más luminoso de este misterio es precisamente que nos revela a Dios como un ser liberado de sí mismo: Dios solo tiene contacto consigo mismo comunicando. Lo más a menudo, nuestra mirada es una mirada narcisista, vuelta hacia nosotros mismos para alabarnos, defendernos, justificar­nos, admirarnos y, finalmente, para ser cómplices del yo prefabricado.

En Dios, al contrario, el yo se constituye en un impulso hacia el Otro, y el Padre no es sino mirada hacia el Hijo, que no es sino mirada hacia el Padre en el fuego del Espíritu Santo, el cual no es sino respiración de amor hacia el Padre y el Hijo.

Eso quiere decir que la vida de Dios, su vida íntima es virginal, lo cual significa que no tiene consigo mismo complicidad alguna, ninguna adherencia, que está totalmente desapropiado, totalmente libre de sí, y que por eso es Dios. Es Dios precisamente porque realiza la santidad incomparable, la virginidad absoluta, la transparencia eterna de no complacerse en sí mismo, de no poder tener contacto consigo mismo sino dándose.

Es imposible ser más pobre, más despojado que Dios, como lo comprendió tan admirablemente san Francisco, haciendo de la pobreza su absoluto. Y es evidente que si pudo hacerlo, fue porque veía en Dios, o mejor en ella, la imagen perfecta de la realidad divina. Esto pasa generalmente desapercibido.

No hablo del rompecabezas que es la Trinidad presentada como un misterio en que la inteligencia no tiene nada que descubrir, pero yo pienso que, para la mayoría de los cristianos que reciben este testimonio de Jesús, sobre un Dios trinitario, la mayoría no perciben la inmensa liberación que constituye para nosotros el misterio de la libertad divina. Y esto tiene consecuencias infinitas para establecer relaciones auténticas con Dios. Tiene también consecuencias infinitas para establecer relaciones con nosotros mismos.

Hay una distancia infinita entre un monoteísmo cerrado, unitario, cerrado sobre sí mismo, narcisista, y un monoteísmo trinitario que es esencialmente apertura y en que se realizan plenamente las palabras de Rimbaud: “Yo es Otro”, pues, según la experiencia cristiana, en Dios la personalidad no es sino relación pura con el Otro.

En esta perspectiva la transcendencia divina aparece como algo totalmente nuevo y se darán cuenta de ello si toman, por ejemplo, el último artículo del P. Pedro Enrique Simón en la revista “Choisir”.

En Choisir, en que Pedro Enrique Simón nos da cada mes un billete de su autoría. Llama la atención a un sacerdote, el cual, me parece, regresó después al libremente estado seglar, y que escribió un libro sobre la oración del hombre nuevo, del hombre de hoy, rehusando toda sumisión hacia Dios, mostrando que es más bien Dios el que debe suplicarle al hombre. Y que en el fondo, esa es la actitud de Dios: es más bien él quien está arrodillado ante el hombre, y no el hombre ante Dios, de tal modo que, finalmente este pensamiento que se quiere cristiano rehúsa toda dependencia respecto de Dios.

Y Pedro Enrique Simón reafirma el dogma cristiano, al menos lo que le parece tal, del Dios Señor de la naturaleza y de la humanidad. Se trata pues de reconocer la soberanía de Dios sobre la naturaleza y la humanidad. Esquivarla, según Pedro Enrique Simón, hace que la oración sea una especie de súplica de Dios hacia el hombre o algo parecido, para rechazar a priori toda dependencia porque el hombre moderno puede resolver sus problemas él solo sin necesidad de rencontrar a Dios en la naturaleza, ya que la domina, se las arregla bien con los determinismos cósmicos pues los utiliza, no necesita la ayuda de Dios en la naturaleza ya que la explota como quiere.

Queda entonces la relación misteriosa en que Dios está finalmente dependiendo del hombre, más que el hombre dependiendo de Dios.

Y con toda la sinceridad de su fe, Pedro Enrique Simón se indigna contra esta posición que le parece disfrazar totalmente las relaciones auténticas de la criatura con su creador. Y concluye su artículo diciendo: “Puede que esa religión sea religión. En todo caso, no es la religión cristiana. Tengamos la honestidad de reconocerlo.

Si cito este artículo, resumiéndolo, creo, con bastante fidelidad, es porque nos coloca en el centro de la ambigüedad de que sufre hoy el cristianismo y que, en efecto, se presenta de esa manera. Pretendiéndose adulta, la humanidad rehúsa someterse a un dueño trascendente, situado fuera de ella misma, que la sometería a sus decretos. Está de acuerdo con tener eventualmente un Dios interior, en el corazón de la humanidad y que constituye más bien la gloria del hombre que la Realeza divina. Y la ambigüedad precisamente nace finalmente de este hecho evidente, que no hemos escuchado el misterio de la Trinidad que es la perla del Evangelio y lo esencial de la revelación de Jesucristo, y no hemos comprendido esa revelación como la revelación de la pobreza y de la humildad de Dios.

Es claro que un hombre que tiene conciencia aunque sea vaga de su inviolabilidad, que es consciente de que la vida de la mente se define como deseo de no soportar nada, se siente mal ante un Dios exterior a la humanidad, sin compromiso alguno con la historia de ésta, y que la dominaría sin correr ningún riesgo mientras que la humanidad los corre todos.

Es claro que si los mandamientos solo comprometen al hombre y tienen la sanción terrible de un infierno eterno en caso de violarlos, tal situación parece violación del espíritu, desprecio de la dignidad humana, desafío a la interioridad de la conciencia.

¿Cómo imaginar tal situación, quiero decir, cómo pensarla a partir de la conciencia de nuestra inviolabilidad de la cualidad totalmente interior de nuestra intimidad, inviolable para los demás y para nosotros, cómo pensar todo eso sin rebelarnos? Pues, finalmente, si estamos sometidos a una ley que nos ordena amar, amar so pena de las sanciones más terribles e irreversibles, es un amor que resulta casi imposible: no podemos amar por obligación, no podemos amar por amenazas. Se puede obligar, si se cree en la fuerza y el poder; se puede temer, pero no amar.

Por eso, la solución no podía venir sino de la luz adorable de la Trinidad que revela el rostro de Dios como pura intimidad, como puro interior, como el Espíritu de que habla Jesús a la samaritana: “Dios es Espíritu y quienes lo adoren deben adorarlo en espíritu y en verdad” (Juan 4,4).

Dios es Espíritu es decir que no se basta a sí mismo. Circula libremente dentro de sí mismo por la eterna comunión de amor que constituye el misterio de la Santísima Trinidad. Entonces podemos concebir que somos inviolables primero para Dios, ya que él mismo es espíritu, es desapropiación, es la humildad infinita del ser que es eterna y totalmente libre de sí mismo.

Entonces todo ha cambiado pues ya no se trata de someterse a un yugo, a una ley, a un mandamiento, sino de hacerse humilde como Dios mismo, de hacer el vacío en nosotros, como lo hace él eternamente en sí, y ya no somos los rivales de Dios, el cual ya no es rival del hombre. Estamos comprometidos en una competencia de amor en que ya solo se trata de darse sin fin y sin medida, de darse eternamente al que se da infinitamente y que es dentro de nosotros una espera que se ofrece siempre sin jamás imponerse.

Entonces todo ese problema tan ambiguo de una sumisión a un Dios exterior a la humanidad, ese problema queda totalmente eliminado pues Dios no es ese Dios: el Dios evangélico, el Dios que se revela en Jesucristo, el Dios que en el diálogo con la samaritana es una fuente que mana dentro de nosotros hasta la vida eterna, el Dios del que somos templo y santuario, ese Dios solo puede crear la libertad, por ser la libertad esencial, la libertad infinita. Solo puede crear inviolabilidades y no solamente no viola nuestra clausura, no solamente no se opone a nuestra intimidad sino que es el que la funda, el que nos hace dioses, pues justamente, crear una libertad es crear –hablo de la parte de Dios – es crear algo inviolable para él mismo.

Este problema nos envenena. Si hay tanta oposición, tanta rebeldía, tanto cuestionamiento que destruyen las tradiciones, la disciplina y las creencias cristianas, es por esta ambigüedad fundamental. No dimos el cambio del Nuevo Testamento que iba a interiorizar a Dios como lo hizo Jesús en su diálogo con la samaritana, viéndolo como puro interior al que solo se puede llegar por la interioridad, pasando como nos lo enseña san Agustín, como lo vivió él el día de su conversión, pasando de afuera a dentro.

Esencialmente, este paso de afuera a dentro es lo que dará bases a la libertad y la inviolabilidad de la dignidad humana y del mismo golpe, nos hará encontrar a Dios como más íntimo en nosotros que lo más íntimo nuestro. Esto es una aclaración esencial de la creación.

Cuando se habla del universo como lo hace el sacerdote en cuestión, digamos que el hombre se desenreda muy bien en el universo, no necesita ayuda de Dios: caemos de nuevo en una ambigüedad porque ¿es éste el universo? ¿Existe, como el hombre? ¡Siempre se trata del mismo problema! ¿Estamos en un universo embrionario y en espera, que no existe todavía, como estamos ante un hombre en espera, que no existe todavía, que aún está por hacerse, y que al hacerse terminará el universo? ¿O estamos ante un universo hecho, realizado, terminado y cuya responsabilidad recae sobre un creador exterior al universo y a nosotros?

Como sabemos, hay en san Pablo un versículo prodigioso que abre una apertura infinita sobre el misterio de la creación. Es en el capítulo 8 de la Epístola a los Romanos, la famosa prosopopeya (1) en que san Pablo nos muestra la creación gimiendo con dolores de parto, porque está sometida contra su voluntad a la vanidad y está esperando la revelación de la gloria de los hijos de Dios.

Este versículo que es casi un bloque errático (2) en los escritos paulinos, tiene una importancia capital, precisamente porque nos permite entrever que el universo no está terminado, que está en construcción, en espera, que es un fracaso, como lo somos nosotros mientras no hayamos pasado por el nuevo nacimiento, el gesto creador aparece no como gesto mágico que impone un ser, aunque sea para abandonarlo a su suerte, sino como gesto de amor que invita a la reciprocidad, pues todo el universo es solidario con las criaturas inteligentes que tienen sus raíces físicas en él, como él tiene en ellas sus raíces espirituales.

La creación no, es pues el dato físico-químico sometido a determinismos insuperables. El verdadero mundo aún no existe. No existimos en el mundo, como decía Rimbaud, no existimos en el mundo: la verdadera vida está en otra parte.

Entonces, podemos concebir en seguida, según el tema de la liturgia de esta mañana, que Dios está en tensión en esta creación que no ha recuperado aún su libertad, y que no puede recuperarla por otra parte sino recuperando nuestra libertad. En la medida en que nosotros lleguemos a liberarnos en el diálogo de amor, en el diálogo de amor nupcial con Dios que nos habita, en la misma medida podrá abrirse el universo y entrar en el juego de la gracia y devenir un universo sosegado, y no una jungla en que todas las especies se devoran.

Entonces aparecen la creación misma y el gesto creador bajo un aspecto enteramente nuevo. Dios no es responsable de la carnicería a que se entrega el universo, en que la muerte es condición de la vida. Él es su víctima. Él no puede triunfar ya que su acción es su amor, solo puede triunfar en la medida en que su amor sea aceptado, recibido y devuelto. Donde no haya amor, Él muere. Muere de amor por aquellos que rehúsan amarlo, lo mismo que ellos lo matan.

El milagro aparece bajo un aspecto diferente también, pues es precisamente la expansión y la efusión de la libertad en el universo. El milagro no es un acto mágico sino la interiorización del universo, del universo inmenso que es nuestro cuerpo aumentado, pero nuestro cuerpo verdadero, ya que en él tenemos las raíces, de él dependemos y somos su producto, físicamente hablando; el mundo puede abrirse a la libertad ya que nosotros salimos de él con una vocación de libertad, y esa vocación concierne a todo el universo.

Y eso es el milagro, es el universo que respira en la libertad y dejando pasar a través de sus energías la luz de una Presencia infinita.

Siempre se puede explicar naturalmente un milagro, si se desea, por una secuencia de acontecimientos físicos aunque sean inexplicables. Pero lo que hace el milagro a través del fenómeno físico-químico, el fenómeno perceptible, es la emergencia súbita de un rostro, de una Presencia, de una libertad, de un amor. Si no hubiera ese elemento espiritual, si no hubiera ese elemento espiritual, ese juego de la libertad y la gracia, el milagro no tendría ningún interés, no significaría nada.

Se debe pues tener esencialmente la confidencia trinitaria como el origen mismo de nuestra libertad. Jamás habríamos sabido cómo superar nuestro narcisismo, jamás habríamos sabido cómo lograr una libertad auténtica.

En el fondo, nadie ha definido jamás la libertad de manera luminosa, nadie, a menos que la haya concebido a la luz de Cristo como liberación total de sí mismo a imagen y semejanza de Dios. “Sed perfectos como es perfecto el Padre Celestial” (Mt 5.48). ¡Eso es! ¡Despojaos como se despoja Dios, desapropiaos como se desapropia Dios, haceos amor como es Amor Dios, sed libres de vosotros mismos, como Dios es libre de sí mismo!

Entonces, el dogma esencial, es decir esta confidencia, pues el dogma es la expresión de la experiencia única que es Jesucristo, quiero decir en su santa humanidad, esencialmente el dogma es precisamente la revelación de una libertad infinita que se hace fermento de la nuestra y nosotros podemos entrar felices entonces en la humildad, en el arrodillamiento del lavatorio de los pies, pues así nos divinizamos, quiero decir, así alcanzamos toda nuestra estatura, así se actualiza nuestra inviolabilidad, así toma sentido: somos inviolables, precisamente, porque cuando hemos hecho el vacío en nosotros, ya no somos más que santuario de Dios.

Es cierto que la oposición se aclararía de manera muy profunda si escogiéramos deliberadamente ponernos frente al Dios evangélico, pero ¿seremos capaces de ello?

Si no se confundieran las nociones tales como las que hemos encontrado esta mañana en el relato del Diluvio y la Revelación totalmente interior que se realiza en Jesucristo, si tuviéramos claridad, si estuviéramos de acuerdo sobre ese Dios, el Dios humilde, desapropiado, despojado, arrodillado lavando los pies, inviolable para sí mismo y fundamento de nuestra inviolabilidad y cuya clave de nuestra intimidad es la base de nuestra dignidad, si estuviéramos de acuerdo, entonces, en efecto, los miembros de la Iglesia, los sacerdotes de la Iglesia sabrían que tienen una tarea maravillosa, exaltante e infinita, precisamen­te la de aportar al mundo la libertad en persona, en persona, de fundar la libertad humana sobre una liberación interior fuera de la cual toda libertad no significa nada.

Pero justamente, por seguir afirmando una dependencia que parece exterior y exteriorizante, una sumisión que parece contraria a la inviolabilidad, para no seguir soportando ese yugo, nos volvemos hacia el hombre, finalmente nos identificamos con él y arriesgamos ser cómplices de lo menos humano que hay en él.

Y es evidente que la humildad de Dios que solicita la nuestra no nos exalta sino simplemente hace madurar en nosotros una exigencia nupcial, una exigencia de amor ilimitado. Pero es imposible que yo sea humilde a no ser ante la humildad de Dios, porque esta humildad es la que me revela que mi liberación solo se puede realizar por el vacío que debo hacer en mí, para ser un espacio en que Dios y el universo puedan respirar.

La fe tiene pues su eje en la libertad, la fe nos comunica la libertad divina como luz que ilumina nuestra mente y le permite actualizar todo su poder, el poder de amar, y eso vale naturalmente para todo el Credo: todos los dogmas tienen esa misma característica. Primero, el del infierno, si quieren, si lo entendemos en esta perspectiva, se entiende que significa la responsabilidad infinita del hombre: se toma en serio al hombre, el hombre es creador, su “” es capital, su “” decide su destino y el del universo, el de Dios en los demás, en la medida en que son solidarios con él.

No hay que subestimar la libertad creadora, no hay que minimizarla, sino, claro está, como en el Génesis esta mañana a propósito del diluvio (3), se puede exteriorizar el infierno y lo hacemos inevitablemente: si a Dios lo ponemos afuera, el infierno está afuera como amenaza, como castigo, lo mismo que Dios que es exterior, como soberano, rey y dueño. A medida que Dios se interioriza y el hombre en Dios, el infierno se interioriza y se convierte en la muerte de Dios, en la agonía de Jesucristo, se vuelve la crucifixión de Dios en mí, por mí y para mí, crucifixión eterna mientras haya un solo ser que se rehúse.

Dios estará en agonía eternamente, en la medida en que haya una sola criatura que se rehúse porque ella pone obstáculo al amor que es Él, y que ese amor solo puede darse a ella y morir por ella.

En todos los dogmas, a medida que se interiorizan, concurren a manifestar la grandeza de la libertad, su santidad, su inviolabilidad en el fundamento de Dios interior en nosotros. Y esto, este preludio eterno a nuestra libertad, en el corazón de la Trinidad se afirma y se manifiesta en la persona de Jesucristo.

Ya entrevimos por qué, esta mañana: porque la humanidad de Jesucristo es justamente una humanidad totalmente desapropiada de sí misma.

Se ha hablado tanto de la divinidad de Jesucristo: ¿es Dios? ¿Creyó ser Dios? ¿Creyeron sus discípulos que era Dios? ¿Qué quiere decir ser Dios? ¿Cómo puede un hombre ser Dios? ¿Cómo puede haber bajado del cielo? ¿Qué quiere decir eso? ¿Cómo puede haber vuelto a subir al cielo?

Todas estas palabras chocan unas con otras y todas parecen límites para la inteligencia y la voluntad humanas.

Es claro que hay que considerar a Jesucristo a la luz misma del Dios que él nos revela, un Dios que agoniza y muere de amor, un Dios que se arrodilla ante nosotros, un Dios que no es sino amor, un Dios que está oculto en lo más profundo de nosotros, un Dios que está ahí siempre, pero nosotros no estamos. De ese Dios se trata, del Dios que está en nosotros tanto como en Jesucristo, pero nosotros no estamos en él.

Ese Dios ya presente en lo más íntimo nuestro, es el Dios que se revela en Jesucristo. Si no se revela en nosotros, si nosotros lo ocultamos, si le ponemos un velo, si lo deformamos, si lo desfiguramos, si hacemos de él un ídolo, es que nuestra humanidad es opaca, nuestra humanidad es posesiva, replegada sobre sí misma, es cómplice de sus servidumbres, y nuestras tinieblas impiden que la luz infinita que está en nosotros se difunda a través de nosotros.

A partir pues del Dios interior que nosotros desfiguramos en nosotros y en los demás y en el universo entero, a partir de ese Dios es como debemos ir al encuentro del misterio de la Encarnación que es la transformación de la humanidad en sacramento, que es la desapropiación radical que la humanidad es totalmente incapaz de afirmar un “yo” posesivo, que esta humanidad es para mí verdaderamente el Otro (con mayúscula), el Otro divino, que ella subsiste, tenga sus raíces, esté de pie siendo arrastrada por el impulso infinito que es el Verbo de Dios, el cual no es sino relación con el Padre.

Por estar atrapada por la ola infinita que arroja al Verbo en el seno del Padre, la humanidad de Jesucristo es radical, total e infinitamente desapropiada de sí misma. Y a favor de esa pobreza absoluta, de ese despojamiento translúcido, el Dios interior a nosotros pero que nosotros ocultamos, se manifiesta en él plenamente.

Es pues una vez más un misterio de libertad. En esa liberación absoluta de la humanidad de Jesucristo encontramos nosotros la suprema Revelación de Dios y nos aflige verdaderamente leer tantos comentarios, tantos trabajos exegéticos que suponen una colosal erudición, nos aflige ver que Jesucristo tiene un lugar tan reducido en todo eso, un lugar tan reducido…

El misterio de Jesús, que disipa nuestras tinieblas, el misterio de Jesús que nos enseñó todo, el misterio de Jesús que nos permite llegar a nosotros mismos, que nos hace tomar consciencia del problema que somos, que nos arroja al centro de nuestra libertad transformándola en liberación, el misterio de Jesús es desconocido de la mayoría de los cristianos. Ellos aún se preguntan por qué Jesús pretende ser Dios o yo no sé qué, como si fuera una pretensión no de una renuncia total de la humanidad que no ya no puede decir “yo” pues todo lo que ella es, todo lo que hace, todo lo que dice, todo lo que sufre es la manifestación y la revelación personal del Otro divino.

Sin duda la humanidad de Jesucristo en su carrera terrenal no puede hacernos ver en seguida la vida trinitaria, pero todo lo que se realiza en Jesucristo es en lenguaje nuestro, en nuestra historia, la traducción, la manifestación auténtica de Dios. Si Dios muere en la cruz, no diremos que muere en la Trinidad, diremos que el despojamiento es tan profundo, tan total, tan infinito y absoluto que solo puede expresarse en nuestra historia como tal en la muerte de Jesús, Verbo hecho carne.

El misterio de Jesús es un misterio de libertad, un misterio de liberación y justamente esa liberación coge todo su ser en el fracaso mismo de Dios, pues finalmente Jesucristo fracasa. Su vida es un fracaso. En el plano público, el fracaso es irremediable y a menudo hemos señalado que la Resurrección, al contrario del proceso de Jesús que fue público, que pone en movimiento las autoridades judías y romanas, la Resurrección es un acontecimiento confidencial que solo fue confiado a los discípulos, a quienes tomarían la releva.

La Resurrección no es un acontecimiento que se impuso física y mágicamente a los enemigos de Jesucristo, que habrían sido deslumbrados por una evidencia material. Es un misterio de luz infinitamente real, pero que solo fue presentado en su manifestación profunda a la fe de los discípulos.

No se trataba de transformarlo en éxito que suprimiera el misterio de la cruz, el cual sigue siendo en la historia el fracaso de Dios allí donde Dios no encuentra el amor. Donde no hay amor, si el amor quiere perseverar en sí mismo, no puede sino morir de amor por quien se niega a amar.

Y claro está, todo eso no se dice en el Nuevo Testamento, como tampoco se habla de la pobreza de Dios en Nuevo Testamento, pero todo eso fue vivido en el misterio de la Iglesia, todo eso fue vivido en el corazón de los santos.

Los compasivos, los santos compasivos que entraron en los dolores de Jesucristo, percibieron el fracaso de Dios, quisieron hacer contrapeso con su amor, resucitar a Dios, del infierno que le preparan nuestros rechazos de amor.

A propósito, porque es de suma importancia, podemos constatar que finalmente la dogmática salva la historia.

Por vía de historia, estudiando los textos y las palabras, comparándolos a otras palabras leídas en otros lugares en los manuscritos del Mar Muerto o en los textos asirio-babilonios o egipcios, no se llegará jamás a encontrar a Jesucristo. Para encontrarlo, es necesario vivirlo en el misterio de la Iglesia, quiero decir dentro de la corriente que difunde la santidad cristiana.

Después de todo, ¿qué es el Nuevo Testamento? Es el testimonio de la fe de la comunidad cristiana. Cada palabra quiere decir a Jesucristo, cada palabra quiere dar testimonio de adhesión a Jesucristo con los pobres medios del lenguaje humano. ¿Y cómo encontrar con seguridad a Jesucristo sino en su actualización en el corazón de los santos, precisamente allí donde su vida fructifica y donde se ve lo que significa el don prodigioso cuando en efecto logra la liberación del hombre y hace de él un espacio ilimitado donde vuelve a comenzar la creación?

Y así entramos en el misterio de la Iglesia que es otra renuncia radical, otra pobreza, otra desapropiación, puesto que significa nuestra transformación en Jesucristo.

Porque Dios no vino, quiero decir que Cristo no es la Encarnación de Dios para la sola persona que es Jesucristo, sino la Encarnación de Dios para la humanidad y el universo. Y esa Encarnación no puede propagarse, no puede continuar a través de la historia, sino gracias a nuestra desapropiación. Dicho de otro modo, no podemos alcanzar toda la luz que hay en Jesucristo, no podemos descubrir a través de él la autenticidad del rostro de Dios sino en la medida en que nos desapropiemos de nosotros mismos para dejar que Jesucristo se difunda en nosotros como el fermento mismo de nuestra liberación.

La Iglesia es la Iglesia solo en estado de renuncia. En efecto, Jesucristo solo podía sobrevivir normalmente en la historia a través de los hombres que llevarían no solamente su mensaje sino que comunicarían su presencia real, pues en el mundo interpersonal en que estamos, la Revelación solo se puede hacer de una intimidad a otra, en la luz interior en que las intimidades comunican.

El Evangelio no es una serie de palabras, de preceptos, de principios, de doctrinas, de conceptos separables de la persona de Jesucristo. Todos los que lo han hecho, todos los que quisieron tomar la sabiduría evangélica sin Jesucristo, se extraviaron: finalmente, transformaron a Jesucristo en moralista ordinario, en moralista finalmente prisionero de los prejuicios de su época, al que se puede imitar de lejos, tratando de adaptarnos a los problemas de nuestro tiempo. Perdieron el beneficio de la Presencia de Jesucristo en la medida en que se puede hacer, ya que Jesucristo sigue habitando en todos y en cada uno, en espera de un amor que siempre podrá florecer.

La Revelación no está en el texto que no es además sino emanación de la comunidad creyente. La Revelación es Jesucristo que permanece entre nosotros, dentro de nosotros, pero que, para revelarse plenamente, para que el hombre nuevo no lo oculte como en la antigua alianza, como atestigua el versículo del Génesis que meditábamos esta mañana (3), para que Cristo no esté de nuevo cubierto de las tinieblas del hombre, finalmente el hombre debió transformarse en sacramento y la institución apostólica de la comunidad primera que se apoya en los Doce.

Precisamente, la institución apostólica atestigua que sus actos son puros sacramentos, que no tienen la posibilidad de limitar la fe, que solo puede transmitir a Jesucristo, que no tienen otra autoridad que su renuncia en Jesu­cristo, que cuando dejan de renunciar en Jesucristo son satanás, el adversario, como lo dice Jesucristo a Pedro cuando Pedro quiere desviarlo de la perspectiva de la cruz.

En el centro de la Iglesia, a la raíz misma de la comunidad cristiana, está el despojamiento, la desapropiación, la pobreza, en fin la libertad sacramental, la libertad que hace que el jerarca, el apóstol, es inmediatamente privado de toda autoridad cuando cesa de ser puro signo que representa y comunica la Presencia de Jesucristo.

No hay pues duda de que en esta tercera etapa nos encontramos de nuevo ante una libertad infinita. Creer es liberarse de sí mismo, finalmente es lo mismo. La fe es la luz de la llama del amor, como dice Patmore, y no podemos llegar a la luz del evangelio sino en la relación nupcial con Dios el cual enraíza su intimidad en la nuestra, y la nuestra en la suya.

Cualquiera que sea la Palabra pronunciada ahora en el misterio de la Iglesia, la Palabra anunciada, cualquiera que sea el formulario de la fe, cualquiera que sea la articulación del dogma, si lo profundizamos, si lo vivimos como confidencia nupcial, si lo escuchamos dentro, si escuchamos a Jesucristo que es la única palabra viva, la única palabra eterna, todos los dogmas dan la misma luz, nos llevan a la misma intimidad y engendran en nosotros la misma liberación.

Por eso la dogmática me aparece cada vez más profundamente como el funda­mento de la vida mística. Lejos de limitarnos, la dogmática es el sacramento que comunica la luz de Cristo, y como acabamos de verlo, volviendo a su fuente, al misterio que parecía más impenetrable, legamos al corazón mismo de nuestro corazón y nos hacemos capaces de pensar el problema que somos y de resolverlo a través de Jesucristo que es el Camino, la Verdad y la Vida.

En la fe cristiana hay pues una exigencia imprescriptible de libertad en el sentido de que hay en ella una exigencia radical de liberación. Y por eso, en las dificultades que podamos encontrar, no se trata de conceptualizar o de estudiar el lenguaje, aunque el lenguaje pueda ser sacramento, y vehicular entonces la Presencia de la eterna hermosura y la eterna verdad y del eterno amor, sino que se trata ante todo de introducirnos en el centro de ese amor, se trata pues de entrar en el dogma de humildad, de vaciarnos de nosotros mismos como se vacía Dios de sí mismo eternamente.

Entonces la luz será siempre suficiente. Además, la luz, si estamos en el corazón de la renunciación, si estamos en el corazón de nuestra liberación, entreviendo este prodigio que puede actualizarse en nosotros a cada instante, ¿cómo no sentir toda la formidable realidad de Dios? Él es el único consorte con quien podamos comunicar totalmente, en nosotros y a través de los demás, por ser Él la única libertad fuente, la única libertad perfecta que pueda llegar a las raíces de la nuestra.

En todo caso, hay algo infinitamente conmovedor en pensar que somos inviolables para Dios, que Dios es el fundamento de nuestra inviolabilidad y que él nos invita a la humildad, es decir a hacer de nosotros el vacío creador solo porque él mismo es el vacío infinito de un amor eternamente comunicado.

Es raro meditar sobre la humildad de Dios. Sin embargo, nada es más confor­me con el Evangelio. Jesús mismo dijo la parábola. Si el servidor vela, si vela, si espera, si no se duerme, si espera la primera vigilia, luego la segunda, luego la tercera y hasta la cuarta, cuando el amo regrese y lo encuentre vigilante, el amo lo hará sentarse a su mesa, se ceñirá y comenzará a servirle. (Lc. 12,35-40)

Es sin duda una parábola, pero que expresa magníficamente la humildad de Dios que hace que nuestra humildad ya no es humillación, sino simplemente la expresión adorable y arrodillada de nuestro amor.

Notas:

(1) Prosopopeya: Figura retórica que atribuye acción, movimiento, palabras a cosas insensibles e inanimadas y a veces a los muertos.

(2) Bloque errático: En geología, fragmentos de roca que sin pertenecer a ninguna capa, parecen haber sido transportados lejos de las formaciones a que pertenecían.

(3) Homilía pronunciada el mismo 15 de febrero de 1970. Lectura de Génesis 9, 8-15. Evocación del Diluvio. Homilía: Dios comprometido en la Creación, en la vida y en la muerte, publicada en Ta Parole comme une source p.222

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