2ª conferencia de Mauricio Zúndel en el Cenáculo de Ginebra, el 26 de enero de 1975. Inédita.

Aludiendo a la charla de esta mañana en que hablábamos de los dos aspectos de la fe, el de la dependencia y el de la libertad, quisiera añadir que, natural­mente, no se puede despreciar a alguien que ha sufrido dependencia, a la cual estamos todos sometidos, y que la ha sufrido como su experiencia esencial, y que va hacia Dios por ese camino que es infinitamente respetable. Y además, la dependencia puede ser experimentada con gran amor. No se trata pues de tachar [¿?] de herejía esa opción sino de respetarla, pero sin olvidar precisamente lo que especifica el cristianismo y que le da su verdadera dimensión, que es la Revelación de Dios como libertad.

Es algo único e incomunicable, que nos honra y nos permite descubrirnos a nosotros mismos y a los demás y proponer todos los problemas humanos, pues finalmente todos los problemas humanos confluyen en este único problema: “¿Existe el hombre?”, y el hombre no puede existir si no es portador de trascen­dencia. Si no es portador de trascendencia, si no tiene un elemento infinito es como todos los demás seres vivientes, no merece más consideración.

Indudablemente, todos los animales, todos los vegetales, todos los minerales merecen consideración, pero es a causa de la dignidad que tenemos nosotros y que se debe reflejar en ellos, difundiendo precisamente sobre toda criatura el amor de Dios que descubrimos como el gran secreto de nuestro corazón.

Porque todos los problemas humanos se resumen en este: ¿existe el hombre? ¿Podemos entenderlo en una dimensión universal que concierne todos los hombres más allá de las naciones, las clases, las razas, las confesiones religiosas y todo lo que puede separar? ¿Hay realmente un elemento propiamente universal en el fondo de cada uno, que solicita un gran respeto y hace brotar el amor? ¿Podemos encontrarnos unos con otros en la raíz misma del ser, en la Presencia divina en que todos somos uno?

Hablando de la libertad divina, que es justamente la afirmación esencial del Nuevo Testamento en la medida en que la Trinidad significa precisamente la libertad respecto de sí mismo, la desapropiación radical de sí mismo, y viendo en la desapropiación el modelo mismo de la creación que no puede ser sino la comunicación de sí mismo para realizar un mundo libre, es decir un mundo espíritu, no mencioné la parábola que yo citaba la otra noche, la parábola muy sencilla que pueden verificar a cada instante en sí mismos, a saber que la educación humana, aunque esté dada por padres que respetan la conciencia de sus hijos, supone que los padres se retiren totalmente respecto de las opciones que el hijo esté llamado a tomar. Porque es evidente que si los padres aprovechan de la dependencia material de los hijos para imponerles sus opiniones y prejuicios, cometer un crimen de lesa humanidad.

Yo citaba el caso del papá que mandaba sus hijos a comulgar todos los días y los obligaba para lograr controlar su conducta. ¡Es algo abominable! ¡Obligar las conciencias a hacer algo que no les nace y que se vean obligadas a hacerlo para evitar un castigo! Naturalmente, cuando la autoridad del padre se relajó, los hijos echaron todo por la borda puesto que esas comuniones no significaban nada, nada para ellos, y las hacían en cualquier condición mental o moral.

Es inconcebible que Dios, que la paternidad de Dios sea menos respetuosa de nuestra libertad y eso es justamente lo que Jesús nos enseñó de manera incomparable: que Dios desea suprimir nuestra dependencia frente a él. Se comprende que nosotros existimos solo gracias a él, que cada instante nuestra vida se alimenta de él [grabación muy poco clara] pues justamente lo que quiere hacer, ya que él no necesita un universo de robots sino un universo que comunique con su intimidad y se una con él en su amor.

Jamás debemos hablar de Dios olvidando la Revelación, todo lo que la Revelación de la Trinidad en Jesús comporta de luz y de liberación. Es la única posibilidad que tenemos de entrar en nuestra humanidad, de comprenderla, concebirla y realizarla respetándola en la de los demás y concurriendo a su realización: enraizarnos justamente en la renuncia, en el despojamiento, en la relación que constituye un yo no cerrado sino oblativo, un polo de generosidad.

Ahora podemos preguntarnos por qué Cristo pudo introducir esta dimensión esencialmente nueva de que habló poco, ya que no la introdujo proponiéndo­nos un sistema de reflexión sobre la libertad. La introdujo con su vida, afirmando el Reino de Dios que coincide con su Presencia. La introdujo por medio de su muerte que es la muerte de Dios. La introdujo por su Resurrección que es la victoria sobre la muerte. Es la Revelación de que, evidentemente, el último fin no es la muerte sino la vida. Pero ¿por qué Cristo pudo revelar esa dimensión, por qué la vivió como nadie lo hizo antes de él ni lo hará después? Finalmente, ¿quién es Jesús? ¿Cómo abordar su secreto? ¿Cómo dominar su misterio? ¿Cómo situarlo en el centro de la historia humana, ya que la historia se divide precisamente entre los siglos antes y después de Jesucristo?

El pensamiento cristiano, que tanto ha reflexionado sobre estos problemas y de modo extraordinariamente profundo y eficaz, pues no podemos dejar de ver en los grandes concilios ecuménicos de los primeros siglos un complemento, casi indispensable diría yo, del Nuevo Testamento, ya que la reflexión de la Iglesia sobre su misterio, sobre Cristo que es su vida, dio lugar a la expresión más dúctil, más fina y profunda del concierto de relaciones en el corazón de la divinidad que constituye precisamente la música eterna.

Entonces, ¿cómo pudo Jesús saber todo eso, criatura humana, nacido de la Virgen María, habiendo sido sacado de la nada, como dice el cardenal Berulio, y unido inmediatamente con la sustancia del Verbo? Nada es más difícil de expresar que esta realidad [de la encarnación].

Podemos enfocarla en cierto modo recurriendo a dos fórmulas de la Encarna­ción, la primera de las cuales la conocen ustedes mucho más que la otra, ya que la recitan continuamente en el credo: “Bajó del cielo.” Entonces, el Hijo de Dios, el Hijo eterno, bajó del cielo, lo que el apóstol san Juan traduce maravillosamente en esta fórmula: “El Verbo se hizo carne” (Jn. 1:14). Es el mismo movimiento: el Verbo se hizo carne, excepto que justamente san Juan evita la localización en el cielo.

Hay que confesar que quedamos perdidos cuando tratamos de definir el cielo de donde baja Dios. Para los antiguos los cielos, los universos, estaban superpuestos, hasta el último piso, el empíreo (1) que era un universo tan precioso que ahí podía tener su trono la divinidad. Era pues normal considerar que Dios tenía su trono en la cumbre del universo.

Todas esas imágenes se derrumbaron para nosotros ya que no existe ni arriba ni abajo, que el universo en todas sus dimensiones escapa a nuestras medidas y que, aunque alcancemos sus confines eso no nos da ninguna información sobre la morada de Dios. Y cuando Gagarin, el primer cosmonauta, dijo que no vio a Dios en el espacio, expresa solo algo banal: es evidente que Dios no puede estar en el cielo atmosférico que no entra en cuenta hablando de su Presencia.

Entonces, la fórmula “Bajó del cielo,” tan venerable como pueda ser como seguimos diciéndola, pensando en la condescendencia y al amor de Dios, estamos obligados a transponerla viendo en ella solamente una expresión simbó­lica de una realidad, absolutamente cierta por otra parte, de la Presencia de Dios en medio de nosotros, en la persona de Jesús.

Hay otra fórmula, mucho menos conocida, que se encuentra en el símbolo de san Atanasio. Este símbolo contiene tantas cosas admirables es probablemente galo del siglo V más o menos, y que leemos en el breviario romano. En él encontramos esta pequeña frase admirable en que, deseando afirmar la unidad de Jesucristo, Dios y hombre, pero uno y no dos, continúa:

« Y no es uno por un cambio de la divinidad en carne, sino por la Asunción de la humanidad a Dios.

Creo que esta fórmula es muy profunda y corresponde mejor al campo de nuestra experiencia. En efecto, y eso nos viene de Jesús, Dios está dentro de nosotros, es lo que le enseña él a la samaritana: “No busques a Dios en esta montaña sino en el fondo de ti misma como una fuente que mana hasta la vida eterna.”

Entonces Dios ya está presente, ya que san Agustín dijo admirablemente: “Tú estabas conmigo pero yo no estaba contigo.” Por tanto, la hermosura tan antigua y tan nueva que él ama demasiado tarde, la hermosura tan antigua y tan nueva que lo hace pasar de afuera a dentro, esa hermosura estaba en él mucho más que él mismo. Era el centro de su intimidad y el único camino hacia ella, en el sentido literal de la palabra, ya que Él ya estaba presente.

Él siempre está y si su acción no se deja sentir, si el mundo da el espectáculo de caos es porque esa Presencia no es aceptada, no es vivida como debería para cerrar el anillo de oro de las bodas eternas.

La Encarnación no consistirá pues en hacer presente a Dios en el mundo ya que él está siempre ahí y su Presencia es la que nos hace vivir, sino que consiste en hacer presente el hombre a Dios, lo cual se expresa en el símbolo que llamamos de san Atanasio […].La Asunción de la humanidad a Dios.

Lo que distingue entonces la humanidad de Jesús que brota en el seno de María no es el ser de una naturaleza distinta de la nuestra. Es una criatura que no existía antes del momento de la concepción y que brota de repente en el seno de la Virgen y que, desde el primer instante de su existencia la coge el yo divino, la sustancia divina.

La experiencia nos informa muy claramente sobre eso. Nosotros somos bipolares, tenemos polaridad doble, una egocéntrica que es desafortunadamente el pan cotidiano de nuestra vida, un retorno hacia nosotros mismos, un estar prisioneros de nuestro yo posesivo e instintivo, y de vez en cuando, un emerger en que experimentamos la atracción de la divina Presencia. Por fortuna, de vez en cuando un acto de admiración hace que nos perdamos de vista y nos pone en frente de la hermosura tan antigua y tan nueva que producía el encanto al corazón de san Agustín.

En ese momento somos realmente nosotros, salimos de la prisión, nos despegamos del yo que se nos impone y que es el centro de gravedad de todas nuestras esclavitudes. Hay cierto estallido espontáneo en el acto de admiración: cesando de mirarnos, estamos suspendidos de la Presencia que admiramos y por un momento realizamos nuestra vida como ofrenda pura a la belleza que nos subyuga.

Y después volvemos a caer, estamos bajo la atracción del otro polo, que es el polo instintivo y animal.

Por eso, a Dios no lo conocemos sino por intermitencia, quiero decir que no lo conocemos de manera verdadera, auténtica, experimental, con un conocimiento que nos transforma, con un conocimiento que es un acontecimiento de nuestra vida, sino en la medida en que obedecemos totalmente a su atracción, aunque no sea sino de un segundo. Fuera de eso estamos perdidos, recaemos en nosotros mismos y estamos sometidos a nuestros determinismos.

Al contrario, la humanidad de Jesucristo no es cerrada sobre ella misma sino totalmente abierta a Dios, no se pertenece a sí misma sino que está totalmente desapropiada de sí porque está sometida, o mejor, vive la atracción divina de manera total y absoluta, arrastrada hacia Dios por el impulso que arroja eternamente al Hijo en el seno del Padre.

Volvemos a la Trinidad y recordamos que en Dios la personalidad es pura relación, pura mirada hacia el Otro, despojamiento, pobreza, inocencia, en fin, amor, amor. Pues bien, eso es justamente lo que constituye el yo de Cristo que funda su subsistencia. No se sostiene en el ser por cuenta propia y para afirmarse –hablo de su naturaleza humana– sino por cuenta de Dios, para revelar a Dios, para comunicar a Dios, por estar revestido de la personalidad de Dios.

Ustedes saben que el Concilio de Calcedonia (451) definió claramente que en Cristo no había confusión o mezcla de la naturaleza divina con la naturaleza humana. La naturaleza humana sigue siendo humana, una criatura que comenzó a existir en el seno de María. En Jesús, la unión con la divinidad se realiza en el ser de la persona: mediante la personalidad del Hijo, que engloba esa humanidad, se realiza en Cristo, quiero decir en la personalidad humana de Jesucristo, una desapropiación infinita e insuperable, justamente porque lo que se le comunica, notémoslo bien, lo que se le comunica a la naturaleza humana de Jesús desde el primer instante de su existencia, es la pobreza misma que constituye la personalidad divina.

Es porque en Dios la personalidad es total despojamiento, total desapropia­ción, totalmente libre, que la naturaleza humana de Jesucristo, revestida de esa personalidad, obedeciendo totalmente a su atracción, como una cáscara de nuez arrastrada por el océano, […] la humanidad de Jesucristo es liberada de todos los límites que se oponen al brillo de la Presencia de Dios. En él la presencia de Dios es inmediata, su humanidad es el sacramento translúcido a través del cual se comunica la divinidad que está en él como en nosotros.

Se trata del mismo Dios, del mismo Dios. El que llevamos nosotros es el mismo que está en Jesucristo. La diferencia es que nosotros somos opacos a ese Dios, sufrimos la polaridad descendente y degradante del yo posesivo, mientras que en Jesús el yo posesivo fue prevenido, no puede ni siquiera surgir ni desarrollarse. Porque su humanidad es arrastrada al seno de Dios, en la intimidad de Dios por la relación misma que constituye eternamente la personalidad del Hijo en la Trinidad divina.

Entonces el misterio de Jesús es un misterio de despojamiento, un misterio de pobreza. Si nuestro Señor puede revelarnos la pobreza de Dios porque la vive a fondo, porque es su yo, su verdadera personalidad, porque no tiene otra, no tiene otro polo que el despojamiento mismo, entonces puede precisamente porque no posee nada, porque su naturaleza humana no se pertenece, porque está toda abierta, toda ofrecida, porque está enteramente liberada de sí misma en una ofrenda absoluta y que no cesará jamás, él puede acoger toda la humanidad y todo el universo.

Él realiza lo universal, presente en el vacío absoluto realizado en él precisamente por la asunción de su humanidad a Dios. Si en él ya no hay judío ni griego, ni hombre libre ni esclavo, ni hombre ni mujer, si todos son uno, es en la medida en que él es capaz de asumirlos a todos porque no tiene nada propio. Puede estar en casa, como lo han dicho maravillosamente, en el interior de los demás, sin violar su clausura, en el arrodillamiento del lavatorio de los pies. Porque solo puede comunicar la Presencia infinita que es su verdadero yo y que todo lo que hace, todo lo que dice, es siempre la revelación del Dios que por él entró en nuestra historia.

¿Y además, cómo podríamos percibir a Dios si no entra en nuestra historia? Es evidente que no podemos conocer a Dios, como todo lo humano, sino por medio de una experiencia humana: si Dios no fuera un acontecimiento de nuestra historia, en nuestra historia, no tendríamos contacto con él.

En Jesús pues, la Presencia que llevamos sin darnos cuenta, dándole la espalda lo más a menudo, dejándola sola en el desierto del alma, en Jesús esa Presencia se manifiesta por fin, está ahí y dice “Yo” como podría decirlo en el fondo de cada uno si estuviéramos radicalmente despojados de nosotros mismos, como lo está la humanidad de Jesús.

Es un acontecimiento de importancia infinita, que subraya admirablemente el teólogo protestante inglés Carlos Dodd en su libro El Evangelio y la Historia, o en el libro El fundador del cristianismo. Un libro que se debe leer con un gran sentido de los matices, pero que está lleno de un amor muy grande por Cristo y de manera muy simpática. En vez de poner la escatología al fin de los tiempos, al fin del mundo, la centra en el acontecimiento mismo de la Presencia de Cristo en el tiempo de su vida histórica.

El ésjaton, el último grado de la manifestación divina en la historia, es Jesucristo. Precisamente porque, en la historia, él es la manifestación de la Presencia divina que llevamos dentro pero que es ineficaz en la medida en que no prestamos atención a su brillo.

Y en seguida notamos que el misterio de la Encarnación no hace sino repercutir el misterio de la Trinidad: es la pobreza que es la subsistencia divina, la pobreza que constituye la personalidad en Dios, la mirada hacia el Otro, jamás vuelta hacia sí mismo. Eso es lo que constituye el misterio de Jesús, es porque esa humanidad está revestida de esa mirada, está cubierta por esa relación, por estar, repito, arrojada en Dios por el impulso eterno mismo que arroja al Hijo en el seno del Padre.

Entonces, esa humanidad así constituida no puede sino arrastrar toda la humanidad y todo el universo hacia la libertad que es el sentido mismo de la creación.

Es verdad, hay que reconocer que todo eso no es evidente en todas las páginas del Evangelio, porque afortunadamente Jesús no es un filósofo, no es alguien que nos presenta un sistema. Es un sacramento, un sacramento vivo, el sacramento inseparable de lo que está vivo, a través del cual se manifiesta y se comunica la divinidad.

Pero por medio del desarrollo de su historia, por su final, por la germinación del misterio de la Iglesia que es nuestra única referencia pues no conocemos nada de Jesús si no es por la comunidad apostólica que le rinde testimonio. Así aprendemos, mediante el desarrollo del pensamiento cristiano afirmado en los grandes concilios, así penetramos en las profundidades y descubrimos que en efecto el misterio de la Trinidad no podía ser revelado sino por Alguien que lo vivía. Si hubiera sido solo un juego de ideas, de conceptos y palabras, sería una especie de rompecabezas inaccesible. Si el testimonio de Jesús tiene peso es porque él vive la Trinidad, está enraizado en ella y su yo es el yo del Verbo, del Hijo eterno que es solo una mirada hacia el Padre.

Es evidente que nuestro Señor no podía hablar desde el principio sobre el secreto divino que él vivía pues era necesario aclimatar primero su mensaje presentando a su auditorio ideas que estaban en relación con él, como la idea del Reino de Dios que permaneció vaga antes de que la iluminaran la cruz y la resurrección. El Reino de Dios que se puede concebir de todas maneras, o precisamente como la Presencia de Dios en el centro de la historia, o como una intervención milagrosa que liberaría a los judíos del yugo de sus enemigos.

El Evangelio representa pues una pedagogía prudente, gradual, jamás definitiva: o nuestro Señor recurre a parábolas para hacerse entender por la muchedumbre que no entendería otra cosa, o se muestra más explícito con sus discípulos, pero sin hacerse muchas ilusiones sobre ellos. Sabe muy bien cuáles son sus sueños y lo verá trágicamente cuando lo abandonen en el momento de su condenación a muerte. Sabe finalmente que después de su muerte será cuando el misterio de su Presencia se revelará y dará toda su luz.

Hay pues que tener paciencia al leer los Evangelios. Será necesario siempre entrar en el movimiento, no esperar una formulación explícita de todo lo que acabo de recordar y que se celebra y se vive ahora en la Iglesia tan maravillosa­mente. Jesús debía adaptarse a los límites de su tiempo para conectarse, debía adaptarse a la comprensión de su auditorio para lograr entrar en relación con él, y sabía que todo iba a terminar en un fracaso.

Un fracaso que será sin duda compensado por la resurrección para los que serán discípulos de la fe, pero no para los que fueron simplemente testigos exteriores del acontecimiento de su condenación a muerte. Porque después de la resurrección Jesús no se mostró a los que lo condenaron. No se mostró a Pilatos ni a Caifás, ni a ninguno de los demás. Se mostró a los que lo esperaban, a los que lo amaban, a los que debían tomar la releva, a los que no podían admitir el carácter definitivo de su fracaso.

Creo que si retienen estas dos fórmulas: bajó del cielo, o lo que es más correcto, el Verbo se hizo carne, y la otra fórmula: Cristo es uno, no por el cambio de la divinidad en carne sino por la asunción de la humanidad a Dios, tendrán una dirección fecunda de pensamiento para meditar sobre el misterio de Jesús, para comprender a la vez sus límites, puesto que es criatura humana, sacada de la nada como dice Berulio, que solo existe a partir de ese momento, y al mismo tiempo es el Hijo de Dios, ya que su naturaleza humana está revestida de la filiación divina, de la personalidad del Hijo, sin confusión de naturalezas, totales, para suscitar la atracción, la polaridad infinita que hace de Jesús el hombre más libre que pueda haber existido jamás.

Y nosotros somos justamente hijos de esa libertad, en la medida en que somos fieles al Evangelio. Estamos llamados a realizar en nuestra vida lo que Jesús realiza en su persona.

Además, la distinción de naturalezas nos permitirá comprender un poco mejor cómo, en el momento de su pasión y de su crucifixión, nuestro Señor pudo a tener el sentimiento de abandono, de total aplastamiento, de maldición definitiva, como si se hubiera hecho pecado, como dice san Pablo, Co 5,2l).

Es porque la realidad de su naturaleza humana es integral y que él tiene una sensibilidad infinitamente más sutil y delicada que la nuestra pero que se le parece, y que puede vivir los acontecimientos sufriendo toda la agudeza de su novedad, aunque todo estuviera previsto y en especial a partir de las tres tentaciones que rechazó como sugestiones diabólicas que lo invitaban a utilizar sus poderes en favor de sí mismo. Pero no era así: Él está al servicio de los demás. Sabe perfectamente que está destinado a la cruz de la cual hablará a sus discípulos como de la condición misma de su propia fidelidad.

Y cuando se produce el acontecimiento, para su sensibilidad, no tiene menos toda la novedad terrible, tan espantosa que en sí mismo Jesús no muere de sus heridas, de sus heridas físicas que eran inimaginables, sino de la herida espiritual, de la herida moral que hace que está condenado, que es el pecado, que él es el mayor culpable, que él ha tomado el puesto de todos los culpables y que siente que lo es, aunque sepa que es absolutamente inocente.

Y ahora, la terrible contradicción entre la comprensión de la inocencia y el sentimiento de pecado que lo invade porque debe oponer el contrapeso de su amor a todas las ofensas del mundo, eso es lo que provoca su muerte, una muerte interior, una muerte espiritual, que apela a una resurrección, interior igualmente, que no será la reanimación de un cadáver sino el retorno –lo cual es conforme con su naturaleza de Verbo encarnado– pues siendo el príncipe de la vida, la fuente de la vida, él no tenía que morir.

Si murió, fue por causa nuestra. Murió por sustitución. Murió de nuestra muerte y no de la suya propia. […] La muerte de la que san Pablo dice que entró en el mundo con el pecado (Rm. 5:12), la muerte que Dios no quiso, es la muerte llena de tinieblas que Cristo vivió hasta morir por nosotros y en lugar nuestro.

En todo caso, es seguro que en la medida en que nos demos cuenta y tomemos conciencia de la presencia de Dios en nosotros, en un cielo interior, sobre el cual insiste santa Teresa en El camino en la perfección, [al explicar] el Padrenuestro, [diciendo] que se trata de un cielo interior, dentro de nosotros.

Pues bien, Dios reside en ese cielo interior, lo mismo que en Jesús, pero nosotros no estamos en Él. Y para superar esa opacidad que el hombre opone a Dios, era justamente necesaria la desapropiación radical que abrió la humanidad de Jesús al yo divino que la reviste totalmente, la libera tan radicalmente que puede asumir toda la humanidad y todo el universo. Si partimos de nuestra experiencia, comprenderemos que ese Dios que está en nosotros surgió de repente con su “Yo” infinito en el corazón de una humanidad que no tenía nada, que no era más que sacramento vivo, consintiente e inseparable, en el cual Dios se expresaba y se comunicaba.

No hay duda de que si Jesús nos introdujo en el seno de la Trinidad, no fue especulando sobre Dios sino viviendo a Dios como su auténtico yo y viviendo su propia humanidad como la revelación de ese Dios que termina muriendo en él.

Y ahí justamente es donde va a brillar el esplendor del amor divino; en efecto, si Dios nos deja libres, aceptará que la libertad se vuelva contra él, y para no renegarse a sí mismo, es decir para no renunciar a su amor, él mismo pagará el precio del rechazo, asumirá el rechazo y de eso morirá.

Y siempre será lo mismo: Dios no puede sino morir donde no hay amor; porque él es amor y todo lo ha creado para el amor.

Nota 1. Empíreo: La más alta de las cuatro esferas celestes, que contenía los fuegos eternos, es decir los astros.

El templo al que Júpiter bajó, con tanto esplendor,
como dicen, de lo alto del empíreo,
no es sino un lugar de matanza desde su entrada.

(Voltaire, Les lois de Minos, acto 3, escena 1)

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