Manuscrito de M Zúndel, bajo el seudónimo de Fray Benedicto, en Londres, en 1930. Inédito.

Para un edificio más alto, las fundaciones han de ser más profundas.

La plenitud de la caridad supone la plenitud de la humildad. La una está en lo alto, la otra en lo profundo.

El único Altísimo, Jesucristo, se puso de rodilla para lavar los pies de Judas. Conocía el precio de un alma.

Y nosotros, en la medida de nuestra unión con Jesús, hemos de salvar el mundo e iluminar a todo hombre que viene a este mundo. Y no tendremos más éxito que él con meras palabras. Tenemos que dar la vida.

Se habla mucho de sobrenatural, pero lo sobrenatural es un escándalo para todos los que no lo han encontrado vivo en el ser que pretende convencerlos.

Muéstranos al Padre, y eso nos basta” (Jn.14:8). Eso es lo que se necesita y sin eso el mundo perecerá. Si lo sobrenatural no es lo real para nosotros, ¿cómo lo será para quienes nunca han oído hablar de ello?

Y ¿qué es lo sobrenatural sino el misterio de la vida divina convertido en el misterio de nuestra vida? Y ¿cómo ponerlo al alcance de los demás sino tratándolos como a quienes tienen derecho a esa vida, con el respeto indecible que preside a todas nuestras relaciones con Dios?

No i, respeto convencional, revestido de fórmulas y compuesto de actitudes sino un respeto que es propiamente un acto de fe, un acto de caridad para con todos y a propósito de todo.

No se trata de saber lo que recibimos de los demás y de la atención que nos otorgan, sino de saber cómo salvarlos, qué hacer para que ninguno de los valores que tienen se pierda y para que sean Santos.

Entonces veremos más claramente el deber que tenemos de santificarnos, y que para dar testimonio de Jesús en los encuentros con los hermanos, él tiene que ser continuamente la clave suprema de nuestro pensar, actuar y amar.

Lo más pequeño y oculto hace parte de nuestro apostolado. Y si nunca estamos fuera de la Presencia de Dios, tampoco estamos nunca fuera de la presencia de los hermanos.

Pues aunque no nos vean, nosotros ganamos su vida – su vida eterna – lo mismo que un Padre jamás deja a los suyos sino para ganar su pan, sin cesar de llevarlos en el corazón.

Y nosotros hemos de trabajar para ganar el alimento imperecedero del mundo, el Pan vivo bajado del Cielo, pues Él nos dijo: “Vosotros sois la sal de la tierra. Y la luz del mundo.” (Mt. 5,13-14)

El único temor que podemos tener en adelante es el de haber estado en presencia de un Alma si haberle dado la vida.

Y como nada se pierde respecto del Amor, nos faltará ofrecer a Dios, con un corazón de niño, la humillación de haber sido servidores inútiles, redoblando de celo en el cumplimiento de nuestros deberes, para que nuestros actos sean Palabras en el Verbo y expresen humildemente nuestra alegría de amarlo.

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