Homilía de Mauricio Zúndel en Lausana en febrero de 1962, en la fiesta de la Candelaria y de la purificación de María que corresponde a la presentación de Jesús en el Templo. Evangelio: Lc 2,22-31. Publicada en "Ta Parole comme une source" p.178 (Tu palabra como fuente)

Resumen: Una manifestación de humor en la Presentación de Jesús en el Templo y la Purificación de María, pues nuestro Señor, que viene a romper todas las esclavitudes del Antiguo Testamento, comienza por someterse a ellas. Rescate del primogénito, purificación de las impurezas… Jesús viene a traer al mundo la liberación de esas leyes. La santidad es una formidable promoción de la vida y del hombre.

El humor y el contraste firman una orden radicalmente diferente

Chesterton, que es una especie de Gustavo Thibón inglés, dijo estas palabras que ustedes conocen: “Dios es humor infinito…”, “Dios es humor infinito…” En el evangelio encontramos además huellas admirables de ese humor infinito y una de las más conmovedoras es el elogio que hace Jesús sobre Juan Bautista cuando dice que Juan es el mayor de los profetas, que Juan Bautista es el más grande de los nacidos de mujer, que Juan el Bautista es Elías que ha de venir… para añadir en seguida: “Pero el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.” (Lc 7,28).

Ahí tienen el humor al que alude Chesterton. Al escuchar el elogio de Juan Bautista, uno tiene la impresión de que es insuperable y de repente viene el contraste: “Pero el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.” (Mt. 11,11). Eso quiere decir que el Antiguo Testamento, al cual pertenece todavía Juan el Bautista y el Nuevo Testamento, al cual pertenece el más pequeño de sus discípulos, son muy diferentes uno de otro.

La fiesta de la purificación

Es tanto el cambio del uno al otro que quienes pertenecen al Nuevo están en un orden infinitamente más grande que quienes pertenecen al Antiguo. Y en ese contraste inesperado precisamente están a la vez el humor y la Revelación de que Jesús es perfectamente consciente de traer al mundo algo esencialmente nuevo.

Y precisamente hoy, fiesta de la Candelaria, la bendición en que acaban de participar y que evoca la Presentación de Jesús y la Purificación de María, constituye una extraordinaria manifestación de humor pues justamente nuestro Señor, que acaba de romper todas las servidumbres del Antiguo Testamento comienza por someterse a ellas.

¿De qué se trata en la Purificación? Esencialmente de dos cosas: si el primogénito de una familia es varón (solo los varones contaban en la antigua ley), si el primogé­nito es macho (los animales también están sometidos a la misma ley) debe ser rescatado. El primogénito pertenece a Dios, a Yahvé, y entra necesariamente bajo el dominio de Dios que es el gran propietario de todo. Y Dios quiere hacerlo sentir. Exige que el primogénito sea rescatado. De hecho, habría que sacrificarlo, inmolarlo en honor de Dios. Dios tiene derecho a que se le ofrezca en sacrificio, pero está dispuesto a aceptar una compensación. En vez del niño le inmolarán un cordero, o si uno es muy pobre, dos palomas o dos tortolitas. (1)

Llevan pues a Jesús al Templo, como manda la ley. Es el primogénito. No habrá otros hijos, pero él es el primero y es un niño. Por lo mismo, está sometido a la ley, y lo llevan al Templo. Es rescatado como todos los niños judíos de su época, lo rescatan por el precio de dos tortolitas, que son la ofrenda de los pobres. Él acepta pues entrar en esas categorías, someterse a esa visión horrible de un Dios propieta­rio que exige el sacrificio de los primogénitos pero que está dispuesto a aceptar en compensación un animal en lugar del hombre.

El segundo aspecto de la Purificación es la pureza de la mujer: la mujer que ha dado a luz es impura. Si el hijo es varón, ella queda impura durante cuarenta días, si es hembra, durante ochenta días. No puede acercarse al santuario, no puede tocar las cosas santas sin contaminarlas, ni su marido puede acercarse a ella sin ser víctima de prohibición.

La prohibición

Ese es otro aspecto de la antigua ley que nos hace temblar. Lo sagrado es también lo prohibido. Todo lo sagrado está prohibido, todo lo sagrado es peligroso, puede provocar la muerte si uno se le acerca (como Uza que tocó el Arca y cayó muerto) o provocar una impureza, como el hombre que se le acerque a su mujer durante ese período.

Hay algo extraordinariamente fatídico, y lo encontramos además en todo el mundo semítico, en la palabra “harem”. Son tres letras, hé, resh, mem, que designan lo sagrado en todas las lenguas semíticas. Primitivamente, harem no quiere decir lo que imaginamos. Harem significa precisamente las cosas sagradas, que son prohibidas, la parte de la casa a la que los extraños no tienen derecho de entrar.

Pues bien, la purificación es un harem, justamente una manera de designar la mujer durante ese período como un ser intocable. La misma palabra designará las ciudades malditas, que serán destinadas a la destrucción, en honor de Dios.

El vino nuevo

En ese mundo debemos situar el misterio de la Purificación. A esa ley se somete Jesús, el cual viene a traer al mundo la libertad, siendo el revelador, la fuente y el fermento de nuestra libertad. A esa ley se sometió, como María, la cual eleva la Maternidad a una altura divina y virginiza todas las mujeres en su bendición. ¡María acepta presentarse en el Templo como su estuviera cubierta de impureza y debiera ser purificada! ¡Eso es lo que podemos llamar humor, el humor de Dios!

Porque justamente, la antigua ley a que se someten Jesús y María, va a estallar bajo el peso del inmenso amor de Dios que revela y comunica Jesucristo. Y justamente, la fiesta que celebra la Iglesia en esta fiesta recordando la humildad maravillosa de Jesús y María, quiere ciertamente hacernos sentir el contraste entre el Antiguo y el Nuevo Testamento y el gozo de pertenecer al Reino en que el más pequeño es mayor que el más grande de la Antigua Alianza.

El Dios que estaba desfigurado, revelado por el Evangelio

Es pues necesario que tomemos conciencia de que la asociación entre la prohibición y lo sagrado, la confusión entre lo sagrado y lo que hace morir, entre lo sagrado y lo que es amenaza, entre lo sagrado y lo que es impureza, es en adelante imposible.

Hoy es pues necesario que tomemos conciencia de la inmensa bendición del Evangelio y comprendamos que la asociación entre lo prohibido y lo sagrado, la confusión entre lo sagrado y lo que hace morir, entre lo sagrado y lo que constituye una amenaza, entre lo sagrado y lo que es impuro, es imposible en adelante. Porque justamente, el Dios cristiano, el Dios que se revela en Jesucristo, el Dios en tres personas, el Dios pobre, el Dios que no tiene nada, el Dios que todo lo da, el Dios que es la eterna Caridad, el Dios que era desfigurado en el antiguo Testamento simplemente por la ignorancia humana, por la incapacidad de concebir que la divinidad era pura generosidad, ese Dios ya no es un Dios propietario que necesita afirmar su dominación exigiendo el sacrificio del primogénito, el sacrificio de todo lo precioso, para mostrar que él es el Dueño.

El Dios Vivo, el Dios Espíritu y Verdad, es un Dios que no puede poseer nada, es un Dios que todo lo da, es un Dios cuyo movimiento esencial es de generosidad y un Dios que nos invita a la generosidad. Y ese Dios no tiene propiedades marcadas por fronteras impermeables. No hay un Santo de los santos infranqueable a donde habría que ir a buscarlo.

La vida es ahora el santuario de la divinidad

En Jesús, la santidad se reveló como una formidable promoción de la vida y del hombre. El hombre va a ser transfigurado, liberado, realizado, universalizado, personalizado, el hombre va a ser origen y creador.

La santidad cristiana está en la vida. La vida se ha hecho santuario de la divinidad. El campo de la santidad divina es nuestra vida, nuestra vida cotidiana, nuestro trabajo, nuestras vacaciones, las cosas que admiramos, nuestras alegrías y nuestras ternuras.

Justamente, en Jesús se reveló la santidad como una promoción formidable de la vida humana. El hombre va a ser transfigurado, liberado, realizado, universalizado, personalizado, el hombre va a ser origen y creador. Toda la vida va a ser transustan­ciada porque toda la vida va a estar revestida de un Dios interior a nosotros, y que quiere transformarnos en él, hacer de nosotros lo que es él, puro impulso de generosidad y de amor.

Todas las manos son dignas y consagradas

Según el ritual romano, el día de la ordenación le ungen al sacerdote las manos para consagrarlas. Es un símbolo magnífico. Pero en Cristo, todas las manos son santas, todas las manos están consagradas, todas las manos pueden ser manos de luz, así como todos los cuerpos están llamados en Cristo a ser Templo del Espíritu Santo y miembros de Jesucristo, y como en el Evangelio todos los rostros están llamados a transparentar el rostro de Jesucristo.

Y por eso, cuando Cristo quiere reunirnos, no nos conduce a un terreno prohibido sino que simplemente nos invita a la mesa donde comemos pan y vino, el pan ordinario, el pan que es el alimento de los pobres. Ese pan y ese vino serán el vehículo de la Presencia divina pues en adelante lo sagrado es la vida misma. Ya no hay prohibiciones, ya solo existe una inmensa promoción de toda la humanidad y de todo el universo, a condición, evidentemente, de que abramos el corazón y consintamos con el inmenso amor que quiere enraizarnos en su intimidad, a fin de que toda nuestra vida tenga valor eterno e importancia infinita.

Description
Leyenda: “Una fiesta de luces que prefigura la inmensa liberación de las cadenas que tenían la humanidad cautiva de un Dios limitado por nuestros límites, y que debe llevarnos a una conciencia cada vez más profunda de nuestra dignidad.” Obra de Odette Lecerf, « Canto del mundo », Centro de Francofonía de Francia en Verson cerca de Caen. Bronce homenaje a Leopoldo Sedar Senghor, representando un globo rodeado de manos entrelazadas que significan el esfuerzo de todos en la construcción del mundo.

Es pues perfectamente cierto que en la escena evocada hoy por la liturgia hay un humor infinito que manifiesta el amor infinito del Dios Espíritu y Verdad. Y por eso, la fiesta de las luces, la fiesta que prefigura la inmensa liberación de la humanidad cautiva de un Dios limitado por nuestros límites, esta fiesta debe llevarnos a una conciencia cada vez más profunda de nuestra dignidad: la dignidad de nuestras manos, la dignidad de nuestro cuerpo, la dignidad de nuestras ternuras. Todo eso es lo sagrado, y no hay otro.

Cristiano, reconoce tu dignidad

¡Qué necesario es que despertemos del largo sueño en que hemos estado anestesiados, del largo sueño que nos mantiene en el Antiguo Testamento y que nos hace interpretar como esclavitudes las libertades que nos trae Jesús!

Un poeta dijo magníficamente: “Hay que acercarse a sí mismo sobre la punta de los pies…”, justamente porque cada uno es para sí mismo, bajo la mirada de la fe, el santuario de la divinidad. ¡Qué necesario es que despertemos del largo sueño en que hemos estado anestesiados, del largo sueño que nos mantiene en el Antiguo Testamento y que nos hace interpretar como esclavitudes las libertades que nos trae Jesús! ¡Qué necesario es comprender que la santidad es la vida misma, promovida, transfigurada, habitada por las tres Personas divinas, dejando brillar su luz y su alegría!

La santidad es la vida misma, promovida, transfigurada, habitada por las tres Personas divinas, y dejando brillar su luz y su alegría.

El día de Navidad, san León nos recordaba: “Cristiano, reconoce tu dignidad. Has sido hecho participante de la naturaleza divina, no vuelvas a la antigua maldad de tu vida pasada.” (2)

Saquemos pues de la liturgia de hoy el humilde orgullo de ser hombres, el humilde orgullo de estar asociados con Dios para crear con él un mundo nuevo.

El mundo no será jamás demasiado grande; no temamos el porvenir

Dicen algunos: “El mundo de hoy, el mundo moderno, es inmenso, es demasiado grande: es demasiado grande para que el Dios cristiano pueda seguir entrando en él.” Pero el mundo moderno, este mundo sin límites, este mundo en que pronto el hombre conquistará los astros, lo inventamos nosotros, nuestra inteligencia y nuestro pensamiento. Sin la inteligencia seguiríamos arrastrándonos en el suelo.

El desarrollo de nuestra humanidad que conquista el universo es la medida de nuestra grandeza, de la grandeza que Jesús nos revela, que él es maravillosamente capaz de colmar, ya que él es justamente su fuente.

Porque él rompió los lazos de todas nuestras esclavitudes, ya que justamente nos hizo descubrir a Dios como Presencia en lo más íntimo de nosotros mismos, como llamado incesante a superarnos, en el silencio de nuestro corazón, a despegar de la vida animal, a transformarla, a decantarla y a hacer que de todo nuestro ser una catedral, un santuario, en la ofrenda de todo lo que somos.

Entonces sí, vale la pena, es una aventura que puede tentar nuestras mentes y corazones. Y eso es justamente lo que deseamos sacar esta mañana de la procesión de las luces. ¡Qué inmensa es la vida! ¡Qué hermosa es la vida! ¡Qué infinita es la vida! El mundo que debemos crear jamás será demasiado grande para nosotros, pues el Dios que colma nuestros corazones es también el espacio infinito en que respira nuestra libertad.

Entonces no temamos. No temamos el futuro, no tengamos miedo del desarrollo de la técnica y de su poder.

Sencillamente, recordemos que debemos equilibrar todos esos inventos magníficos mediante nuestra propia liberación, rechazando todas las esclavitudes, aceptando la promoción a la que nos invita el Evangelio, comprendiendo que lo sagrado está en la vida y tratando la vida en nosotros y en los demás como lo único sagrado, como el único Templo de Dios, acercándonos a nosotros mismos y a los demás “sobre la punta de los pies…

Notas

(1) “A media noche, el Señor hirió de muerte a todos los primogénitos del país de Egipto.” (Éxodo 12 12:29-36) El rito de la Purificación recuerda que Dios no tocó a los primogénitos de los hebreos cuando infligió las Diez plagas de Egipto a los egipcios. Las madres judías debían ofrecer un sacrificio (un cordero o dos palomas) 40 días después del parto.

(2) El papa san León Magno, en un sermón sobre la Natividad del Señor (1° sermón de navidad, 2,3) - «Cristiano, reconoce tu dignidad. Has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no vuelvas a tu antigua bajeza con un comportamiento degenerado. Recuerda de qué cabeza, de qué cuerpo eres miembro. Recuerda que “arrancado del imperio de las tinieblas has sido transferido a la luz del reino de Dios.” (Ref. Bíblicas: 2 Pi. 1:4; 1 Co. 6:16; Col. 1:13)

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