Homilía de M. Zúndel en Val Saint François, cerca de Thonon, en 1938.

No somos cristianos cuando no somos humanos. El cristiano debe cultivar su inteligencia.

Si descuidan la vida del espíritu, si dejan de apasionarse por las cuestiones intelectuales, se cerrarán a las cuestiones sobre Dios, el cual es todo luz, inteligencia y sabiduría.

Si la vida de un alma se estanca, es que su inteligencia no se ha desarrollado en el plano humano. Solo conservamos en nosotros la presencia del Verbo en la medida en que hayamos recogido toda la luz del universo y de la vida, iniciándonos en cuanto sea posible en el conocimiento del mundo. Toda ciencia es restitución de amor, una de las cosas humanas más hermosas.

Dios dejó en el universo las huellas de su mente: el secreto de las cosas y de la naturaleza es siempre un secreto espiritual. En la ciencia, Dios nos hace confidencias. Abrir la mente al esplendor de las cosas es hacer comunicar el universo con Dios, ofrecerlo a Dios en el don de su amor.

Organicen un programa de estudio: los libros difíciles, los más exigentes son también los que más dan. Si la cáscara es dura y amarga, tanto mejor, con ese contacto la mente se purifica, se vuelve como un diamante. Es posible que el esfuerzo que hagan no fructifique en seguida. Lentamente se hará la maduración y terminarán cosechando los frutos. No dispersarse sin detenerse en nada, un poco de luz sobre todas las cosas pero sin profundizar en nada, y quedan vacías.

El hombre que comprende todo no es el que ha estudiado todo, (es imposible), sino el que ha penetrado profundamente con gran disciplina allá donde todas las armonías se reúnen en la realidad misma.

Perseveren en un estudio, no abandonen antes de haber terminado, siguiendo sus gustos e inclinaciones.

Estudiar una lengua es mucho más que aprender palabras. Es re-crear el pensamiento de un pueblo extranjero, es ver cómo han comprendido los hombres la vida a través de su mente. Y entonces, a menudo, las palabras familiares se consolidan en costumbre, y toman un color bien diferente en otra lengua.

El cristiano debe asumir el universo y transformarlo en ofrenda de amor.

Primera condición frente al estudio: la humildad.

La humildad no es –como la muestra a menudo una falsa devoción– un humillarse la criatura ante Dios. Eso no corresponde a nada. No se honra a Dios cuando el hombre se humilla ante él: él creó hijos y no esclavos… Decir a Dios: “Yo no soy nada”, es decirle: “No me has dado nada.”

La humildad es eclipsarse de amor que hace que invitemos a casa un ser amado, le demos el mejor cuarto y nos retiremos poniéndonos a sus disposición. Le damos lo mejor, con la reserva del amor para asegurarle el espacio en que respire a sus anchas: eclipsarnos por amor.

No le mezclemos al estudio nuestras propias tinieblas, sino acogerlo de modo que respire a sus anchas. Así tendrán la certeza de algo que se debe vivir. No tenemos certezas por haber descubierto el orden maravilloso de un razonamiento. Hay que devenir transparente, hay que engendrar la luz y el amor. No podemos ser sabios sin estar en estado de don, de gracia. Hay maestros de ciencia como hay maestros de música que no son músicos, que tocan de manera material, como autómatas, sin penetrar en la hermosura de la obra. Hay sabios que no son más que sacristanes de la ciencia.

Es como si alguien dictara cartas de amor: no faltaría nada, ni una coma, pero las confidencias no tienen sentido sino para el que ama a quien las envía. El técnico es el editor de cartas de amor. Manipula la ciencia con cierta suficiencia, pero no la conoce. El que sabe eclipsarse ante la verdad, hacerse transparente, tener la ingenuidad de un niño, permite a la ciencia progresar porque está en ella, tiene el acento del interior y puede revelarnos cosas que no podemos conocer por ser más transparente que nosotros. Eso vale en todos los campos.

Que Dios me guarde de desear que ustedes sean mujeres intelectuales, porque el buen sentido de una campesina es a veces superior a las “cabezotas” que están al tanto del último libro publicado – lo cual no significa nada: falta la mirada que ve en lo profundo, la inteligencia que brilla en el interior.

Para conocer es necesario un respeto inmenso, una inmensa humildad. Nada hay más triste que los horribles clichés a propósito de los libros. Duele oír hablar de los libros que amamos: “es hermoso”, “está bien escrito”. ¿Y entonces? ¿Eso es todo?...

Si el conocimiento científico requiere resonancia personal, coincidencia del ser con la realidad viva y eterna, el conocimiento religioso más todavía.

La doctrina cristiana ha sufrido terriblemente de la polémica. Se ha afirmado todo, todo se ha negado, pero el amor no ha progresado. ¿Qué no se ha elucubrado sobre la predestinación? Es abominable… si nuestros principios no están de rodillas ante la infinita realidad de Dios, entonces no vale la pena.

La lógica mecánica es un atentado, una blasfemia contra la vida y contra Dios. Para conocer a un hombre no lo desbaratamos como un sistema. No lo podemos etiquetar: es esto, luego llegará a aquello. Comprender a un hombre es, al contrario, arrodillarse ante su misterio, dejarle todo el espacio de infinito para que viva y pueda manifestarse.

Entonces, cuando se trata del conocimiento de Dios, se necesita un respeto y una humildad mayores todavía. Definir con el sentido de la insuficiencia de las palabras, con la apertura que presentan, con la reserva de santo Tomás de Aquino que no terminó la Suma Teológica.

Podemos recurrir a métodos filosóficos para ayudarnos, pero para sumergirnos en los abismos de lo incognoscible.

Cristo solo puede ser piedra de escándalo para quienes lo miran de afuera. Hay que exponer la vida si queremos merecer conocerlo.

Cuando los acontecimientos y la vida les sobrevengan con todos sus problemas y todas sus pasiones, las certezas inertes no les bastarán. Necesitamos avanzar en el conocimiento, a tientas, de rodillas, pues aún no somos dignos de penetrar en la luz y el más pequeño rayo es una gracia infinita. Los milagros jamás han convencido a nadie, sino a las almas de buena voluntad: ahí percibieron ellas el poder divino, pero sin su disposición interior el signo habría sido inútil.

Esas afirmaciones brutales de apologistas torpes son el arsenal de los racionalistas. Si la religión es esa escuelita de demostración, no es nada: como si a Dios lo pudiéramos sorprender infraganti. Los milagros son signos, invitaciones a “mirar”. Porque eran rectas algunas almas adivinaron lo que era, pero sin la pureza de la mirada, sin el comienzo del amor, no habrían visto nada. Los que no quieren sino razón olvidaron que la naturaleza es solo la expresión de un orden inteligible a través del cual opera la libertad de Dios. Todas las doctrinas solo valen si están centradas en la vida, apoyadas en una experiencia interior. Si entre los mensajes de Cristo y la vida no hubiera un ideal vivido, el cristianismo no tendría razón de ser. La coincidencia íntima de la vida con las proposiciones evangélicas es toda su luz. El dogma es el vitral donde se presenta la vida de Cristo, pero sin una luz que lo atraviese no sería nada.

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