Homiía de M. Zundel en el domingo de la Unidad. Lausanne, 1972.

La calidad de la grabación es muy mediocre. Se han interpretado ciertas partes de frases incomprensibles, sin perjudicar el sentido general.

[?…] la preocupación por el ecumenismo, vocación particular de esta semana, la preocupación por la unidad que es el ecumenismo, se deriva de la estructura personal de Jesucristo. Siendo Jesucristo lo que es, siendo el segundo Adán, porque comprende toda la humanidad, porque es interior a cada uno de nosotros, nosotros tenemos la tarea o estamos llamados en todo caso a realizar la tarea de la unidad [?].

Además, la mejor prueba de que el ecumenismo se deriva de la estructura personal de Jesucristo es que de hecho Jesucristo entro en la historia bajo forma de Iglesia.

La noche del Viernes Santo, todo está consumado en el plano de la Historia visible, o si se puede decir, de la Historia oficial. Todo se detiene, el asunto está archivado. Se desembarazaron definitivamente del enemigo, del perturbador que ahora está en la tumba. Ya no se hablará más de él. Y sin embargo, Jesús va a resurgir más vivo que nunca, no en una aparición sensacional, ni confundiendo a las autoridades con su sobrevivencia, mostrándoles su presencia viva para mostrarles su fracaso. ¡Nada de eso! Jesús va a revivir, a resurgir, a tomar posesión de la Historia en forma de Iglesia, es decir en una comunidad universal, en una comunidad ecuménica, en una comunidad de la que por derecho hacen parte todos los hombres.

El advenimiento de Cristo en la Historia no es un “gesto”. Va a dejar una forma de comunidad que abarca todos los hombres. Es decir precisamente que es imposible adherir a Jesucristo sin asumir toda la humanidad y todo el universo. Y la presencia de Cristo en la Historia en forma de comunidad universal nos es tanto más sensible por cuanto que fue expresada por el más judío de todos los judíos, Saulo, que se hizo san Pablo. El más judío de los judíos, el más hostil y opuesto, el más apasionadamente enemigo de la comunidad de la Iglesia naciente. Él precisamente fue cambiado de los pies a la cabeza, transformado totalmente en miembro de Cristo en forma de Iglesia: “Yo soy Jesús a quien tú persigues” (Hechos 9:5).

Y precisamente este hombre que deseaba destruir la comunidad naciente como réplica de la sinagoga, será el gran apóstol de las naciones, el hombre más apasionadamente entregado a una misión para con todos los hombres sin excepción, el hombre que se dedicará con amor inagotable a derrumbar todos los muros de separación.

Y no solo Cristo toma posesión de la Historia en forma de comunidad universal, sino que esa comunidad universal, es decir la Iglesia, se mantiene por la fracción del pan, es decir precisamente por un gesto de comunión universal.

Porque practicar la fracción del pan (que es ahora la liturgia, la Eucaristía, que es la misa, la comunión) practicar la fracción del pan es vivir el acto redentor, es asimilarlo, es actualizarlo. Ahora bien, el acto redentor realizado por Cristo en la cruz por el don de su vida, concierne todos los hombres y realiza la santificación de toda la Historia y de todo el universo.

En todos sus aspectos, el Misterio de Cristo que será precisamente la Presencia de Cristo en la Historia, toma la forma de estructura de comunidad universal, de modo que es imposible adherir a Jesucristo sin asumir toda la humanidad y todo el universo. Podemos pues trazar un fresco extremadamente breve que va de San Martín al Padre Kolbe.

Todos los niños conocen el gesto de san Marín. Es catecúmeno y va a ser cristiano, y entra precisamente en el misterio de la Iglesia que es el misterio de Jesús perpetuado en la Historia, entra compartiendo su capa con un pobre. Vive inmediatamente la referencia al otro, la referencia a la humanidad, total en la adhesión a la persona y la Presencia de Jesús.

Muchos siglos después (san Martín es del siglo IV), en el siglo XVII, san Vicente de Paúl, con inagotable caridad, va a pedir a los grandes de su época que abran sus puertas. Tendrá el genio más inventivo para responder a todas las angustias. Y su vida terrestre no basta para su obra: continúa después con magnífica sobreabundancia en la vida de la Iglesia, mediante todas sus fundaciones.

En el siglo XIX, el Padre Damián se hace leproso por amor de los leprosos, a quienes no podía hacer sentir la fraternidad de Jesucristo sino asumiendo su condición viviéndola hasta la muerte.

En Auschwitz en 1941, el Padre Kolbe dará su vida física aceptando morir de hambre y sed en remplazo de un padre de familia que no está listo para sufrir esa prueba suprema.

Y no hay que olvidar un ejemplo más profundo todavía, la santa admirable que es santa Teresa del Niño Jesús, que llega hasta las raíces del mal humano, se hace víctima de amor para compensar por los rechazos de amor, ya que, finalmente, la raíz del mal es nuestra ausencia al amor, rehusar acoger al Dios que no cesa de dársenos y que nos está esperando a cada uno en lo más íntimo de nosotros mismos.

Vemos pues admirablemente que el misterio de la Iglesia se realiza asumiendo toda la humanidad, todos los males, todas las miserias, todo tipo de sufrimiento, todas las esperas y todas las esperanzas.

Y nosotros estamos aquí precisamente por eso y nada más: para asumir con él, renovando esta noche el acto de la Redención y actualizarlo. Aquí estamos para eso: para asumir a todos nuestros hermanos humanos, para recapitular toda la Historia, para estar presentes a todos los que están esperando su redención, sabiéndolo o sin saberlo.

Pero no vamos a quedarnos en una especie de sueño integrista. Este asumir debemos realizarlo en nuestra vida de cada día. Todos tenemos ese cargo, debemos soportar algo o a alguien, y todos tenemos la tentación de quejarnos de nuestra suerte, de quejarnos de los demás que nos hacen más dura la vida, olvidando que justamente tenemos la misión de tomar a cargo el mal mismo de los que nos hacen mal pues, precisamente, estamos encargados de realizar y de aceptar en la vida de hoy el misterio eterno de la Redención en que el amor hace contrapeso a todos los rechazos de amor.

Cómo pues entrar mejor en un ecumenismo eficaz, concreto, práctico y cotidiano sino tratando, volviendo a comenzar cada día, de asumir el mal mismo de los que nos hacen mal, sabiendo que ¡para eso somos cristianos! Para dar testimonio del Hijo del Hombre y del Hijo de Dios, para dar testimonio del segundo Adán que es el jefe y la cabeza de una humanidad nueva, y como dice el apóstol san Pablo en un resumen magnífico venciendo el mal con el bien (Rm. 12:21). Vamos a retener esta invitación del apóstol que resuena en la Epístola a los romanos: “Bendigan y no maldigan. No te dejes vencer por el mal, sino vence el mal con el bien.” (Rm. 12:14 y 21)

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