Conferencia de René Habachi – St Wandrille – 1982 - 4ª Conferencia.

 

René Habachi (1914-2003), amigo de Mauricio Zúndel, profesor de filosofía, escritor, antiguo director de la división de filosofía de la UNESCO. Cuarta conferencia a los benedictinos de la abadía de Saint-Wandrille en la Alta Normandía, en 1982.

Encuentran las tres primeras conferencias de la sesión en este sitio, en “artículos anteriores”, año 2012, octubre a diciembre (las dos primeras) y en el año 2013, enero a marzo, la tercera. O también, buscar “Wandrille” en la zona de búsqueda.

 

(No tendré tiempo de hablar de cierto número de problemas importantes de Zúndel. Por ejemplo, los problemas de la Iglesia, de los sacramentos, la jerarquía en la Iglesia no serán abordados. Toda la moral zundeliana, la moral de la propiedad y de la sexualidad, y sobre todo la inspiración moral que cubre todo eso, no podré abordarlos por falta de tiempo.

Si por fortuna dispongo de una hora suplementaria mañana por la tarde, espero poder hablar del problema del mal. Es un problema bastante moderno pues preocupa todas las conciencias hoy en día. Pienso dedicar mañana una hora a la Trinidad y a la Encarnación. Si me queda tiempo, mañana continuaré con el problema del mal. Es un problema importante y no se le pueden dar respuestas rápidas.)

 

Habíamos terminado esta mañana con el vigía que espera la aurora y que podrá reconocerla con dos criterios.

 

El primero es que, si existe, una revelación debería liberar al hombre transformándolo, es decir, ayudándole a convertir todo su yo prefabricado en yo origen, y desarrollando su libertad. En resumen, debería desempeñar la función de lo que fue el Monte Tabor : una verdadera transfiguración del hombre.

 

Segundo criterio : debería ser el encuentro, no con un texto, ni con las palabras de un texto. En todo caso, no debería ser un encuentro con algo sino con alguien, con una persona. Y en ese caso, sería una presencia liberadora. Y ese encuentro, por dentro, ya que la revelación debe ascender de la historia, y no caer sobre la historia. Un encuentro interior del que nosotros solo somos uno de los protagonistas, es un diálogo de persona a persona, cierta forma de historia de dos. Ahora bien, el tercer término, el “X misterioso” de que hablábamos, solicita nuestra presencia en la cita de la interioridad.

 

Y como el tercer término es el que solicita nuestra presencia, tendrá paciencia con el hombre. Su pedagogía consistirá en adaptarse a las condiciones de evolución del hombre. En síntesis, ese será el papel del peso de la gracia.

 

En la página 66 del libro "Quel homme et quel Dieu" (¿ Qué hombre y qué Dios ?), Zúndel dice : “Es un diálogo en que el primer amor solicita nuestro amor adaptándose a nosotros como lo exige todo diálogo eficaz.”

 

Y entonces la revelación se desplegará como desarrollo, como crecimiento, en función del mismo crecimiento del hombre, el otro interlocutor, si tiene un principio de discernimiento interno, un criterio intrínseco será que tiene que ser una confidencia personal, una confidencia de amor, de una interioridad a otra. Por eso, todo lo que en la revelación no es confidencia de amor, fermentación de libertad, apertura de interioridad, todo eso es solo instrumental, accidental, accesorio en cierto modo, en todo caso, secundario. No viene de Dios sino del terreno humano que la recibe. Todo lo opaco que pueda haber en una revelación no viene del rayo de luz sino del espejo que lo refleja.

 

Y en esta línea de pensamiento zundeliano que no quiere ser tratado de teología dogmática sino seguir el desarrollo de la experiencia humana que nos ha conducido hasta este punto, ¿ cuál sería el punto límite ? En “La Pierre Vivante” (La Piedra Viva) hay un capítulo intitulado “El caso límite” – Entonces solo se trata de poner en perspectiva a partir de una antropología.

 

¿ Cuál sería el caso límite del hombre para ser realmente el hombre de la revelación, la revelación implícita que somos nosotros, en espera de una revelación explícita ?

 

Si la humanidad pudiera ofrecernos un ejemplar, el caso límite tendría que ser un hombre tan realizado que su naturaleza no fuera más que impulso hacia el otro; su yo prefabricado estaría tan orientado hacia su yo origen que ya no sería sino relación ofrecida y sin retoma. Y llevando hasta la cumbre la experiencia del artista, del sabio y de toda relación interpersonal, ese caso límite sería un éxtasis constitutivo de su persona, es decir puro acto de oblación hacia el otro.

 

Y digo en acto y no solo en estado de oblación, sino en acto, en realización, en actualización de la oblación. Entonces, si en la especie humana se pudiera ver surgir un ser así, evidentemente solo entonces podrían abrirse las fuentes de la humanidad ante el que no tiene yo, ya que su yo es precisamente el otro, y él es el don hecho hombre.

 

El instinto de conservación y la posesividad que nos caracterizan ya no desconfiarían ante alguien que es la desposesión. Finalmente, la autonomía humana, voluntad de depender solo de sí mismo, ya no tendría que defenderse de alguien indefenso que no trata de invadir ya que es el respeto de la intimidad, ya que nuestra intimidad es igualmente respetada por Dios que es la intimidad en persona. Más todavía, y ya no en negativo sino en positivo, nuestra libertad podría desplegarse sin desviar y sin recaer sobre sí misma ante alguien que es la libertad en persona. Sería inclusive pura gratuidad, habiendo comulgado con la gratuidad. Y resumiendo, toda nuestra persona podría pasar en oblación para Aquél que es oblación sin reserva. Pero a condición de que ese caso límite nazca del linaje humano y sea verdadera prolongación de la experiencia humana, y sin embargo no tenga que hacerse persona sino que sea persona en acto, que sea persona por nacimiento.

 

En la página 91 de “La Piedra Viva” dice : “Así sería constituido santo el hombre, que sin cesar de ser criatura limitada y dependiente en el orden de su naturaleza humana, sería enteramente sustraído a los límites de la autonomía fraudulenta en que la naturaleza desempeña la persona en nosotros. Nacido en la perspectiva misma de la historia humana, este hombre tendría que ser limitado por su naturaleza, pertenecer verdaderamente, proceder de la naturaleza humana y sin embargo no tener que conquistar su persona sino partir de ella, estar sustraído a los límites de la autonomía que en nosotros desempeña la persona.”

 

Evidentemente, si tal caso límite pudiera realizarse, la revelación sería en cierto modo perfecta; sería la comunicación misma de un Dios a través de una humanidad sin fronteras ni opacidad. Sería el acontecimiento-advenimiento con que soñábamos, acontecimiento que sería el sacramento mismo de un adveni­miento eterno e insuperable. Y ese hombre, ese caso límite, ese “X misterioso”, ese tercer término sería el mediador entre el hombre y Dios. Dicho de otro modo, sería en verdad el primogénito, el hombre en toda su plenitud.

 

Para el cristianismo, ese caso límite es Jesús. Y esa perfecta adherencia del hombre a Dios y de Dios al hombre está precisamente en misterio de Jesús. Y aquí aparece por primera vez la palabra misterio, y con todo su sentido, pues no se trata de un hombre que, por medio del desarrollo de su yo origen deviene Dios simplemente y como en continuidad consigo mismo, sino de un hombre que nace persona.

 

Con eso podemos terminar el encuentro de esta mañana, que era nuestro tema de la mañana. Y ahora quiero entrar en un cuarto tema que podríamos llamar El hombre revelado, o si prefieren, La revelación explícita.

 

Si Jesús es la cumbre de lo humano, si es el hombre sin fronteras en quien se revela Dios, todo bosquejo de revelación, en cualquier medio cultural o momento de la historia en que se despliegue, converge necesariamente hacia la Revelación de Cristo. Todo lo que habla de Dios en el budismo, en el islam, en el judaísmo, es un aspecto que será retomado por Él, modificado, integrado, asumido de antemano con todas las transformaciones que su Persona le va a imponer, pues la Revelación de Cristo no está fuera, sino en la cumbre, en la cumbre de la interioridad.

 

Todo lo que haya de válido en las revelaciones o en lo que llamamos revelación, será necesariamente reasumido por Él pues por doquiera se trataba de tentativas de lo humano a la superación de sí mismo.

 

Y Él es la superación en sí. Él es la Revelación. Y no se trata de un discurso de Él o sobre Él sino de la Presencia misma. Toda palabra dicha a su propósito debe ser llevada a la Palabra infinita que es Él mismo.

 

Y creo además que esa es la actitud normal del exegeta, que pone primero la persona de Jesús, la totalidad, el misterio de esta Persona, su unidad ante Él antes de cualquier diccionario y cualquiera referencia.

 

En ¿ Qué hombre y qué Dios ?, p. 211 dice : “Pues la Revelación que es Él como Verbo encarnado no es separable de Él mismo. Por tanto, reducida a un discurso sobe Él, se encerraría en los límites del lenguaje, siempre inadecuado para la Realidad divina, agravada por la de los hombres que arriesgan bajo su patronato no expresar a menudo sino lo que ellos puedan comprender. No bastaría siquiera que fuera un discurso de Él, pues Él tuvo a menudo que adaptarse a su auditorio y hablarle en parábolas. Como Él mismo refirió sus discípulos al Espíritu Santo para que los condujera a la Verdad entera. Tiene pues que permanecer en su Persona, guardián de la Revelación definitiva conte­nida en Él y que Él refiera las palabras dichas sobre Él a la Palabra infinita que es Él.

 

Y es por eso sin duda que Ignacio de Antioquía decía : “Los archivos míos es Jesucristo”. Porque la Persona de Jesús es la exégesis de toda la Revelación fragmentaria.

 

En la Revelación y a todo lo largo de su desarrollo, Zundel distingue tres grandes momentos, tres grandes ondas :

  • Primero, una pedagogía progresiva, primero una preparación,
  • Luego, un advenimiento-acontecimiento,
  • Y en fin, una iluminación, una aclaración.

 

La preparación es primero lejana y luego inmediata. Lejana, es el presentimiento de un absoluto, de un Dios, un Dios desconocido que sube a través de las conciencias, antes del desarrollo de todas las religiones antiguas, antes de los monoteísmos desde luego. Ustedes recuerdan que Etienne Gilson, en la Philosophie thomiste, o en L’esprit de la philosophie médiévale, no vacila en decir que todo sucede como si los griegos se orientaran hacia la afirmación de un Dios único, mientras que los hebreos le oponían toda clase de resistencias.

 

Existe pues una preparación lejana que es la exigencia de un más y que va a ser seguida de una preparación inmediata, la cual está consignada en el Antiguo Testamento. No es todavía la Revelación de Jesús, y Zúndel aconseja no exagerar su importancia y su continuidad con el Nuevo Testamento, pues hay una separación profunda, un don totalmente nuevo que aparece en el Nuevo Testamento. Hay una ruptura.

 

En el Antiguo Testamento, muchos pasajes ofenden la dignidad de Dios. Hay prescripciones imperativas, discursos de venganza, pasiones desencadenadas. Hay páginas de pornografía sorprendente. Y todo lo que es indigno de Dios en esos relatos manifiesta simplemente la indignidad del hombre, su debilidad, su lentitud para elevarse. La parte de Dios, la parte de la Revelación es el fermento espiritual que se interioriza progresivamente. Es como el tema a través de sus variaciones. Eso es lo que revela la Revelación, todo lo demás viene del terreno.

 

Zúndel no hace alusión a cierto número de cuestiones que yo me planteo. ¿ Qué significa la Tierra Prometida ? ¿ Podemos realmente pensar, suponer un Dios topógrafo y geógrafo que proyecta fronteras y le dedica a un pueblo tantos kilómetros de territorio ? O bien, ¿ la Tierra Prometida está esperando al hombre en su propio porvenir, en su interioridad ? La “Tierra Prometida” nos está esperando a todos, más aún a todos los que siguen y entran en el espíritu de la Revelación. “La Tierra Prometida” está adelante del hombre, no está cosificada en alguna parte, fijada en la exterioridad. ¿ Se hace la Alianza entre Dios y un hombre prefabricado, o entre una interioridad divina y una interioridad a la cual el hombre está accediendo ?

 

Y sabemos en qué ocasión se realizó la ruptura entre Jesús y el pueblo elegido. Tuvo lugar precisamente a propósito de la elección misma. Es una nación que, para salvar sus privilegios, como lo decía el evangelio de esta mañana, su naturaleza, sus características, el depósito sagrado que pensaba haber recibido y que recibió, se cierra sobre sí misma y quiere separarse, alejarse de las demás. Mientras que, si Jesús es interioridad, es para salvar el bien común de la humanidad. Él se dirige a la universalidad y no a cierto grupo étnico o religioso. Y por eso, cuando los judíos quieren hacerlo rey, él se esconde. Él no se ve en la cumbre de una pirámide de poderes. Se ve mejor, se reconoce mejor arrodillado, lavándoles los pies a sus discípulos, porque precisamente entonces está de rodillas ante su interioridad y les revela a ellos que cada uno lleva en sí mismo un Dios.

 

Y si la nación estaba elegida, era quizá precisamente que su elección consistía en ser elegida en la universalidad, para la universalidad. Para que no haya ni griego, ni judío, ni amo, ni esclavo, para que haya por doquiera el hombre.

 

Ahora, a título únicamente personal, yo me hago una pregunta, una pregunta sin respuesta, y me pregunto si el pueblo judío, quiero decir el pueblo elegido, no es una consecuencia – perdón, lo que sigue es puramente subjetivo – no es igualmente consecuencia del pecado original. En el sentido de que un Dios, en el momento de la creación, esperaba ser universalidad para toda conciencia humana y rehusado por ella, es obligado en cierto modo a retomar sus bases a través de lo particular y no ya de lo universal. Y quizá toda la historia hubiera sido muy diferente sin ese momento de contacto y de ruptura, sin esa falla de la corriente que presidió a la aparición del hombre. Pero se trata de una simple cuestión, y no la tomen como una reflexión positiva.

 

En todo caso hay pues una preparación lejana y una preparación inmediata. Y hay una segunda onda o etapa, Cristo mismo : el acontecimiento-advenimiento.

 

Acontecimiento ya que pertenece a la estirpe humana, y advenimiento porque en esa estirpe aparece algo absolutamente inaudito e imprevisible.

 

Pues bien, entonces en este período del Evangelio, del Nuevo Testamento, Cristo no se excluye de la pedagogía del diálogo que evocábamos ahora, como una especie de necesidad metodológica del caso límite. Se adapta a sus auditores. Les habla en parábolas, esperando que el Espíritu se manifieste en ellos. Utiliza inclusive el lenguaje de las maldiciones, lo que a veces nos sorprende en las lecturas y podría hasta escandalizar a algunos. ¿ Pero hay que ver ahí realmente la Revelación del amor, o más bien cierto préstamo generoso al terreno y al lenguaje y a las costumbres de la época ?

 

En todo caso, él se revela poco a poco, mientras que una impaciencia divina habría podido tomarlo y revelarse de una vez. Pero no, sigue traspareciendo y no queriendo aparecer de una vez. Poco a poco : recuerdan las controversias sobre el sábado : “¿ Es el sábado para el hombre, o fue el hombre hecho para el sábado ?” Y recuerdan los “más que” de los sinópticos : “¿ Eres tú más grande que Jonás ? ¿ Eres más grande que nuestro padre Abraham ?” Y los milagros que son primero una atención a la inmanencia, quiero decir una presencia de infinita delicadeza a las situaciones, a las cosas y a las necesidades humanas. Y luego está la afirmación de Su relación privilegiada con el Padre “El que me ve, ve al Padre”. También el título de Hijo del hombre y la conmovedora confesión de Cesarea. Y en fin, la culminación del Tabor en que el cuerpo de Cristo brilla con una trascendencia que enceguece las miradas. Y luego, la cumbre de las cumbres, la Resurrección. Y no es todo : habrá otra cumbre mayor porque aunque la Resurrección es un momento último en la manifestación, Pentecostés es quizás el momento último de la Revelación.

 

Pero entonces entramos en la tercera fase, la fase de aclaración. Pues todo no está dicho con la Resurrección. ¿ Cómo lo entenderían los discípulos mismos ? Están dudando, están angustiados, tratan de reunirse para consultarse, de recu­perar fuerzas en común y habrá que esperar precisamente el fuego de Pentecostés.

 

Si el Tabor es la manifestación del Padre, si la Resurrección es la manifestación del Hijo, Pentecostés es la revelación del Espíritu.

 

Entonces quedan liberados. A partir de ellos mismos, desde su interior, va a proseguir la Revelación. Y Pentecostés es eso : todo Cristo pasa a la Iglesia, al interior mismo de sus discípulos. Toda la persona de Cristo pasa adentro y en adelante deberá ser escuchada desde el interior mismo.

 

Y eso libera en cierto modo a los discípulos. Ya no buscan en otra parte, ya no buscan a Aquél que estaba presente sino que saben que está, que vive en el calor de su fidelidad.

 

La iluminación comenzó entonces por un gran destello, pero tendrá que proseguir justamente a través de la Iglesia a la cual ha pasado toda la persona de Cristo. Y la Revelación seguirá precisándose a través de la Iglesia. Y ese es precisamente el papel de la dogmática, perpetuar la Persona viva de Jesús. Es lástima que a veces sea presentada como doctrina, cuando es una presencia creciente. Habrá que esperar el concilio de Nicea, en 325, para definir el homousios, es decir la consustancialidad. Habrá que esperar el Concilio de Calcedonia, en 451, para el “asyntykos”, es decir las dos naturalezas, sin mezcla ni confusión en Jesús.

 

Y la Revelación sigue aclarándose en la Iglesia de nuestros días, en la medida en que precisamente los que la expresan se eclipsan totalmente en la Persona de Jesús y Lo dejan expresarse a través de ellos.

 

Un teólogo que tuviera que trabajar en el progreso de la dogmática no podría decir “Yo” sino que debería eclipsarse totalmente y dejar que la persona de Cristo se expresara a través de él. Esto implica no solamente la inteligencia y el conocimiento histórico, sino que tendrían que ser santos. Y eso es además lo que funda la infalibilidad pontifical, El Papa es infalible en el momento en que deja de ser él mismo y de pertenecerse, y ya no dice “yo” porque entonces está corazón contra corazón, sobre el corazón de Jesús.

 

En esta perspectiva podemos decir con el padre Durand que una de las formas más conmovedoras de la pedagogía divina es haber aceptado acomodarse a una visión antropomórfica que ha atribuido a veces a Dios un rostro bien diferente del que debía brillar en la vida del Verbo encarnado. Y eso hay que ponerlo a cuenta precisamente de la desapropiación de Jesús, que por ser simplemente un don ofrecido, se deja interpretar y explicitar por los hombres.

 

En el Nuevo Testamento, ¿ cuál es la afirmación que le parece central a Mauricio Zúndel ? Una afirmación que sobresale es que Jesús es el Hijo en sentido único. Eso equivale a decir que Dios es su Padre en un sentido único. Él envía a sus discípulos a bautizar las naciones en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 

Y esa es una idea totalmente nueva y revolucionaria, porque es el advenimiento de un Dios no solitario sino trinitario. Un Dios cuya unicidad es absoluta y sin embargo Él es Trinidad. Y esa es una novedad que modifica la noción de Dios desde el interior. No se trata de un retoque exterior, no es un concepto que se completa sino que se trata de la interioridad misma de la vida divina. Una vez más, la revolución de la noción de Dios aparece por el interior.

 

Desde luego, aquí ya no se trata de la Causa primera de los filósofos del primer motor, ni del Dios Yahvé, el Dios indómito del Antiguo Testamento. La novedad revolucionaria pasa a menudo desapercibida en muchas biografías de Jesús, mientras que para Zúndel es precisamente el centro, “la perla del Reino”, dice él, que nos introduce en la intimidad de Dios y de nosotros mismos. Toda la visión zundeliana parte de ahí, a mi modo de ver. Me parece que todo lleva a la Trinidad, pero que también, para él todo comienza por la Trinidad, que esa es la matriz de su pensamiento.

 

Las articulaciones que hemos evocado esta mañana y una tercera que aparecerá pronto, y la cuarta que es la última, no hacen sino articular; es una dialéctica que atraviesa su pensamiento. Pero la matriz real de su pensamiento es ciertamente la vida trinitaria.

 

Para mostrar su novedad y su característica no deducible, él evoca las reacciones escandalizadas de los monoteísmos ambientes, es decir del islam y del judaísmo. Semejante paradoja, para el islam que vendrá seis siglos después pero que tuvo cierto eco del cristianismo pues al norte y sur de La Meca había tribus cristianas y judías y que él oyó probablemente a cristianos hablando de la Trinidad de un modo muy edulcorado, y el islam polemiza contra lo que llama el politeísmo cristiano. Y el Corán lo dice en uno de sus versos : “Dios no engendra ni es engendrado”. Y yo no creo que el islam haya afirmado una característica tan radical, definitiva y absoluta ni habría insistido tanto sobre la unicidad de Dios si no hubiera sido para distanciarse de los politeísmos ambientes, entre los cuales estaba el cristianismo. Y por eso el islam pretende ser el sello de la Revelación.

 

Para Mahoma, Jesús es un profeta, Abraham es un profeta, Moisés es un profeta. Y hay sectas musulmanas que piensan que Mahdi, el mensajero que vendrá al fin de los tiempos a anunciar la escatología, será Jesús. Y Jesús es citado 73 veces en el Corán, y siempre con infinito respeto, y el Corán respeta a la Virgen María y afirma la Inmaculada Concepción. Pero su manera de distan­ciarse del cristianismo fue volviéndose contra los cristianos diciendo : “Dios no engendra ni es engendrado”.

 

En cuanto al judaísmo, sabemos que trató a Jesús de blasfemo : “Tú estás blasfemando”.

 

Para los dos monoteísmos – el islam y el judaísmo, que son muy primos hermanos, y por eso quizás es por lo que jamás podrán entenderse, porque se parecen demasiado – para esos dos monoteísmos, Dios debe ser, en la cumbre de una pirámide, la última y suprema Autoridad, el Todopoderoso, y eso no puede estar sin relación con una humanidad encerrada en su yo biológico. Porque ¿ cómo puede un yo-cosa, un yo-objeto, que no está todavía interiorizado, concebir sus relaciones con el absoluto ? De cierta manera, esos monoteísmos se juzgan a sí mismos. Entonces Dios les parece como un yo solitario, dominador, en competición con el hombre. Y uno recuerda el grito de Nietzsche, feliz por haberse finalmente liberado de Dios. ¿ Pero cómo puede amar un Dios solitario ? Esa es toda la cuestión.

 

En el cristianismo, Dios es único pero no solitario. No es dominador sino que se ofrece. Es en sí mismo una circulación de amor. La revolución trinitaria nos libera una vez por todas de una terrible pesadilla. Dios no puede estar en competición con el hombre. La santidad, en Dios como en el hombre, consiste en una evacuación de sí mismo que abre el espacio infinito al otro.

 

Y por eso Zúndel se aferra a las tres palabras de san Juan que resumen admirablemente la Revelación trinitaria : “Dios es Amor”. Eso quiere decir que la única relación posible entre Él y los hombres es el Amor. Para que eso sea posible, Dios tiene que ser Amor en sí mismo, en Sí, en su propia intimidad. Ahora bien, el amor no es solitario, es el impulso hacia otro. Y precisamente, Dios encuentra al otro en Sí mismo. Por Sí mismo, posee todo lo que requiere la plenitud del Amor que es Él.

 

Quizá no es el momento de buscarle pleitos a la filosofía. Pero a veces me pregunto si lo que Gilsón llama la metafísica del Éxodo, que está a la base de toda su obra tomista, si esa metafísica no es insuficiente. Reposa toda sobre la roca fundamental del “Yo soy El que soy”, o “Yo soy El que es”. En todo caso, la afirmación del Ser (y es una metafísica del Ser, que él llama la metafísica del Existir) Y es maravilloso. Pero yo me pregunto si no habría que completar esta metafísica, en su inspiración misma, por el “Dios es Amor” de San Juan en que el ser aparece inmediatamente como relación. No es solo una afirmación de fidelidad, de permanencia, sino de invitación a un impulso hacia. Y eso habría quizá dado una filosofía mucho más dinámica. Y quizá Gilsón no habría sentido la necesidad de insistir y de renovar en su libro “El ser y la esencia” la noción de existir.

 

A veces me pregunto (una vez más a título puramente subjetivo) si en nuestro pensamiento más ampliamente cristiano no hemos hecho una teología que tiene en cuenta el amor y una filosofía que solo tiene cuenta del ser. Y que quedaría por hacer entonces una filosofía que se apoye a la vez sobre Moisés y sobre San Juan. Yo me lo pregunto.

 

Zúndel no tiene esa preocupación y es lo que nos va a decir en la p. 73 (de Quel Homme et quel Dieu) :

“La revelación trinitaria se resume más sencilla y profundamente en la pequeña frase de la Primera carta de San Juan : “Dios es Amor”. No lo es solo en relación con nosotros con todo el Universo creado sino en Sí mismo, en su propia intimidad esencial, infinita y eternamente. Como además el Amor no es verdaderamente él mismo sino en la relación con otro que lo constituye. Para poder ser caridad, el amor debe tender hacia otro, escribe el Papa San Gregorio.

 

Decir que Dios es Amor, es decir que su intimidad comporta, o mejor está constituida por el movimiento hacia el otro, sin el cual no hay amor. Es pues afirmar que Dios encuentra al otro en sí mismo, que posee por sí mismo todo lo que requiere la plenitud del Amor que es Él. La Revelación de la Trinidad no es pues un rompecabezas metafísico que sería una prueba casi insoportable para la inteligencia, y que se expresaría como lo escuchamos a veces en la pregunta terriblemente simplificada : “¿ Cómo Tres dan Uno ?” Lo que se trata aquí es la realidad de un Amor absolutamente independiente de todo objeto exterior y por ende totalmente contenido en la intimidad divina, y que para ser él mismo, brota eternamente en la relación con el Otro que es la esencia del Amor”.

 

En Dios, finalmente, liberación, desapropiación y don son perfectos y abren así la verdadera liberación al hombre. Ésta deviene posible a la luz de la desapropiación que hace de cada Persona divina una pura relación con las Otras. Dios, en suma, es puro altruismo en la eterna comunicación de las tres Personas. Y en los textos de Zúndel encontramos definiciones como estas : “Dios es un altruismo subsistente”, “Dios solo tiene contacto con su ser dándolo”. Es decir que Dios solo es Dios en el don, por medio del don. El don es lo que constituye su sustancia. Y siendo puro altruismo, Dios solo tiene contacto con su ser comunicándolo. Sólo puede poseerlo mediante el don que hace de él.

 

Este texto es demasiado importante :

“Paradójicamente, la Trinidad divina nos lo revelará. En efecto, en oposición a nuestra toma de conciencia narcisista, ella presenta una toma de conciencia altruista. Es decir que Dios sólo tiene contacto con su ser comunicándolo, que lo posee solo mediante el don que hace de él.

 

“Por eso, la dicción de sí mismo en que nosotros no cesamos de decirnos nosotros mismos, en Dios se profiere en Otro engendrado por ella. Y el amor de sí mismo que resulta en nosotros de esa dicción, y que nos encierra en nosotros mismos, en Dios ese amor se vierte en Otro exhalado como un soplo vivo. En Dios el yo, lejos de ser solitario y narcisista, surge en tres relaciones subsistentes : Padre, Hijo, Espíritu Santo, cada una de las cuales abraza la totalidad del ser divino para darlo en la transparencia absoluta de un despojamiento eterno.”

 

Cada una de las Personas de la Trinidad está así en relación con las Otras dos en una especie de impulso que hace de la Persona entera una relación viva, en éxtasis eterno. Por eso la importancia de la noción de relación.

 

Para Zúndel, esta noción era capital, fundamental, y vamos a ver en un texto cómo trata de explicarla, en el lenguaje más luminoso y transparente que existe. Pero de hecho, él sabe que desde los primeros concilios, la noción de relación está en el centro de la reflexión, a fin de tratar de expresar la vida trinitaria.

 

Pero a Zúndel le gusta partir de la experiencia. Y parte del ejemplo de los muebles en una pieza. Es bastante interesante porque revela su método. En la página 80 de Je est un Autre (Yo es Otro) :

“Como nuestra vida está implicada en una red de relaciones, ganaremos si tomamos conciencia de ella a partir de la relación más sencilla y cotidiana que es la del orden de los muebles cuidadosamente dispuestos. ¿ Qué hacen ustedes, señoras, – hablaba a unas damas, y estos textos son conferencias – ¿ qué hacen ustedes cuando desean hacer habitable una pieza ? Entre los muebles, el tapiz, el color de los muros o del empapelado y de todos los objetos que pueden decorar la pieza, establecen un concierto de relaciones. Si lo logran, de esa armonía resultará una música silenciosa que sugiere una presencia acogedora para quienes pidieren entrar. Y sin embargo, en seguida es evidente que las relaciones percibidas intuitivamente por su buen gusto, esas relaciones no añaden nada a la realidad de los objetos que participan en el conjunto. El sillón sigue siendo solo un sillón, la mesa es solo una mesa, ya estén amontonados en un depósito u organizados en la delicada disposición de su casa. Pero no dicen nada en el primer caso y se vuelven música en el segundo.”

 

Entonces, la relación puede reducirse a la entidad sutil de una simple relación, que sin añadir nada a la realidad objetiva, provoca en ella una especie de éxtasis, una salida de sí misma que establece la armonía entre los objetos.

 

De paso, notemos que todo en el universo es relación. Los físicos saben que un átomo solitario se desintegraría y que precisamente, la manera de anularlo es la fisión del átomo. Y Bachelard, el epistemólogo de las ciencias, no vacila para decir : “Al principio está la relación.” Y qué cerca está del “Al principio estaba el Verbo”, ya que el Verbo es comunicación y, precisamente, relación.

 

Y sabemos que el sujeto que tratamos de ser solo surge en comunicación con los demás ya que solo existe en relación. Y también sabemos, como lo recordaba esta mañana un hermano, que los casos patológicos son solo casos de ruptura de relaciones o malas disposiciones, malas adaptaciones a las relaciones sociales. Y ¿ no implica relación toda la ecología, en resumen, toda la ecología, todas las preguntas y respuestas y las adaptaciones recíprocas entre los elementos de la naturaleza ?

 

¿ No habría una nueva metafísica por desarrollar a partir de la relación ? Estaría justamente en armonía con lo que decíamos ahora entre el ser y el amor, entre el Antiguo Testamento y San Juan. ¿ Existe ? No lo sé. Lo digo por prudencia.

 

Desde los primeros concilios, el pensamiento cristiano introdujo esta noción en la reflexión sobre la Trinidad, afinándola al extremo. Hizo de ella una mirada que nos transfiere al otro, una oblación de todo el ser al otro. Tales relaciones no añaden ni un átomo de ser a la sustancia divina ni la multiplican. Un texto de Zúndel dice : “Todo el ser divino está consustancialmente es decir, idéntica, integral, igual y eternamente implicado en cada relación y aporta, para surgir en forma de don en una infinita desapropiación de sí mismo”. (Tienen el texto en la página 78 – no vale la pena que yo lo lea).

 

Y esas relaciones son de generación, en el Padre, nacimiento en el Hijo y aspiración en el Espíritu. Son relaciones subsistentes cada una de las cuales constituye una Persona, un foco de oblación para la otra en una pura reciprocidad. Por eso Zúndel osa hablar de una “desapropiación subsistente”, o de “un éxtasis de amor con tres focos”. Es precisamente lo que el Concilio de Nicea designó como “Homousios y que invita a no introducir en las Persona divinas ni prioridad entre las tres, ni primacía, ni jerarquía, ni subordinación. Dios es Trinidad. Cada Persona solo tiene como propio aquello que la desapropia totalmente y la hace relación subsistente con las otras dos. No hay una sola operación de la Trinidad que no sea común a las tres Personas. A través del Verbo, es el Padre y el Espíritu, a través del Espíritu, es el Padre y el Hijo; en el Padre, es el Espíritu y el Hijo.

 

Es claro que estas reflexiones zundelianas no pretenden ser un tratado sobre la Trinidad, ya lo entendimos bien, sino expresar lo que en último análisis funda la experiencia humana del amor, la experiencia del espíritu y la libertad. El devenir del hombre solo puede estar en el crecimiento del altruismo. Y precisamente, el P. Regnón dice : “La Trinidad, donación realizada sin cesar en el seno de la divinidad.”

 

Y aquí tienen un texto de Garrigou-Lagrange, (que fue profesor de Zúndel en el Angélico de Roma) en “Dios, su existencia, su naturaleza”: “¿ Dónde encontrar el menor egoísmo, escribe el P. Garrigou, citado por “Qué hombre y qué Dios” en la página 75, y este es el texto :

“El yo no es más que una relación subsistente con aquél a quien ama. No se apropia nada. Todo el egoísmo del Padre está en dar su naturaleza infinitamente perfecta a su Hijo, sin guardar nada para sí fuera de la relación de paternidad por la cual esencialmente se refiere al Hijo. Todo el egoísmo del Hijo y del Espíritu Santo está en referirse el Uno al Otro y al Padre del que proceden. Las tres Personas divinas, esencialmente relativas una con la otra, constituyen el ejemplo eminente de la vida de caridad”. Y Zúndel prosigue : “Así, en su ser mismo, Dios es Amor; por eso es totalmente Espíritu, como lo aprendió de Jesús la samaritana”.

(Mañana continuaremos, amigos míos, si ustedes quieren.)

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