8ª conferencia de M. Zúndel a las franciscanas de Lons le Saunier en Ghazir en julio de 1959. (Ya publicada en el sitio el 14 y 15/11/2006) (Ver « Silence Parole de vie  » - Silencio Palabra de Vida -, Ed. Anne Sigier, Sillery, septiembre de 2001, 250 páginas. ISBN: 2-89129-146-8).

El mal, bajo todas sus formas, es ante todo sufrimiento de Dios. Él sufre por identificación con nosotros. Ahí descubrimos el verdadero sentido de la Creación…

 

Acompañaba yo un día en Egipto a un cura copto a casa de una familia en que la joven hija única se había ahogado. Iba en carro con su tío al bordo de un canal y un caballo desbocado se precipitó contra el carro; el tío perdió el control de la dirección y el carro cayó al canal. El tío pudo desenredarse y salir del paso, pero la joven se ahogó. Y la mamá que la esperaba, recibió el cadáver de su hija. El cura, que por otra parte era buena persona, le dijo: “Señora, hay que resignarse con la voluntad de Dios.” Esas palabras me hirieron tanto como debieron herir a la madre. ¿Cómo puede ser Dios el que arroja a los hijos a los canales para arrancárselos a la madre? ¡Es pura locura! Dios es más madre que todas las madres, y, por tanto, debía sufrir por esa muerte mucho más que ella misma. El mal, bajo todas sus formas, es antes que todo sufrimiento de Dios.

 

¿Cómo es posible, cómo admitir que Dios sufre? Lo entenderemos si recordamos la madre admirable cuya historia les conté. Esa mujer que vivía la vida de su hijo en un grado único, sufría por todo lo que podía sucederle a él. En particular, el mal que él hacía era una herida para su corazón, ¡ella lo sentía antes que él, en él, por él, más que él! Porque justamente, como ella no esperaba más nada para sí misma, como era pura generosidad en su amor, era tanto más capaz de vivir a su hijo en lugar de él. ¡No sufría por sí misma porque había perdido todo, ya no podía perder nada! Sufría por él porque ella había dado todo: así es como Dios sufre. Él no puede perder nada porque ha dado todo, y porque el suyo no es el gozo de la posesión, de la propiedad, de la dominación sinoel gozo del don. Y sé muy bien que si le hubiera preguntado a esa madre: “¿Quisiera usted no tener hijo, nunca haberlo tenido, mejor que ser desgarrada por él y en él?” me hubiera respondido: “¡No!” porque el verdadero gozo, el único gozo que no se agota es el gozo del don.

 

Y justamente el que no tiene otro gozo que el de dar, puede identificarse tanto más con los demás y vivir por ellos y en ellos, y sufrir antes que ellos y por ellos todo lo que pueda herirlos. Dios es el gran compasivo, que sufre con nosotros, en nosotros, por nosotros, antes que nosotros, más que nosotros.

 

Pero una vez más, no es un sufrimiento que Lo desintegra, un sufrimiento que lo deshace, como nuestro sufrimiento pasional, en que nos desgarramos porque no queremos abandonarnos, porque no queremos perder algo a que estamos apegados. Dios no puede perder nada porque no quiere conservar nada. Su dolor es infinitamente puro, es sufrimiento de identificación con nosotros.

 

Justamente porque Dios es infinitamente más madre que todas las madres, no habrá que decir jamás a esa mujer: “¡Fue voluntad de Dios! ¡No! Dios sufre en usted, sufre en usted, más aún que usted porque todo el amor y la ternura que usted tiene, no es sino el eco lejano del Amor que es Él.” Diosno hace víctimas, Él está siempre en el lado de las víctimas y nunca en el de los verdugos. Más aún, Él es la primera víctima.

 

Dostoievski, el gran novelista ruso, planteó el problema del sufrimiento, en particular el del sufrimiento de los niños, de los inocentes, en Los Hermanos Karamazov, e Iván Karamazov le opone a su hermano Aliocha, que es un joven monje, le opone a Dios el sufrimiento de los pequeñitos. Y cuenta la historia de una niñita de 5 años que, porque se mojaba en la cama, sus papás la encerraban toda la noche en el baño en la huerta, expuesta al frío terrible del invierno, y golpeaba la puerta con sus puñitos llamando a Dios en su ayuda, y nadie le ayudaba. ¿Cómo es posible que exista Dios si existe el sufrimiento de los pequeñitos, el sufrimiento de los inocentes? Pero justamente todo el Evangelio responde: “En los pequeñitos, ¡es Dios la primera víctima!” Porque, ustedes entienden, ¡si en el ser humano, en la naturaleza, no hubiera Presencia de Dios, un Dios como un inmenso tesoro escondido en nosotros, no existiría el mal! No existe el mal sino donde hay un tesoro amenazado, donde hay un valor ignorado, y si el mal es a veces tan terrible y monstruoso, es justamente porque profana un tesoro. Si fuéramos insectos, el mal no tendría tal dimensión.

 

Cuando aplastan un insecto, no corren a confesarse como de un asesinato. Saben que habrá siempre demasiados para la felicidad humana. Pero si herimos una conciencia, si dañamos una reputación, si voluntariamente hacemos sufrir un corazón, si ignoramos la fragilidad y la inocencia de un niño, eso es abominable justamente porque en el niño está Dios, porque en él está todo el cielo, porque en él es posible una revelación de la divina hermosura, y que estropear ese valor es lo que da al mal una dimensión horrorosa.

 

Entonces, el problema del mal se plantea exactamente en la medida en que Dios está comprometido en la vida, comprometido en la creación, comprometido en el universo. En efecto, por eso toma toda su agudeza y toda su gravedad en Iván Karamazov, es decir en Dostoievski, como también en Albert Camus, el cual nos muestra en "La Peste" justamente el horror de la agonía de un niño atacado por el mal y luchando contra la muerte. ¿Dónde está Dios? Dios está ahí, justamente,en ese niño, agonizando en él, ¡porque Dios es siempre el primero en ser herido en todos los sufrimientos, en todas las enfermedades, en todos los egoísmos, en todos los crímenes! El mal no es pues jamás un argumento contra la Providencia, contra la santidad, contra la bondad de Dios ya que Dios está siempre en el lado de las víctimas, Él es siempre la primera víctima del mal.

 

¿Pero, no podría Dios impedir que se produciera el mal? ¿No es Él quien hizo el mundo y puede intervenir a cada instante en el mundo para transformarlo e impedir la catástrofe? ¡Pues no! ¡Justamente, Dios no puede nada! ¿Qué quiere decir eso? Van a comprenderlo.

 

Saben qué es un regalo, por ejemplo un libro, una hermosa biografía de San Francisco de Asís, un libro suntuoso que les regalaron, con un espléndido empastado en cuero. Pero ¿es el libro el regalo? ¡No! Lo que constituye el regalo no es el libro, ni el empastado, ni el cuero, sino la amistad. Pero si usted no recibe el regalo con la misma amistad con que se lo ofrecen, no lo recibe y le impide existir como regalo. Si alguien nos regala lo más precioso que pudo darnos, y ve después en una librería de segunda el libro que nos dedicó, porque lo vendimos para sacar un beneficio, sabrá el precio que le damos a su amistad, comprenderá que su amistad no es nada para nosotros, pues si tuviéramos amistad para con él no habríamos visto en el libro algo con que se podía negociar, de lo que podíamos aprovechar, sino que habríamos visto en el regalo una Presencia, una Persona, porque a través del regalo había justamente su amistad que se nos ofrecía y solicitaba nuestra respuesta. Toda la dimensión del regalo es una dimensión de amistad. Pero justamente, es imposible que esa dimensión de amistad la construya solo el que nos regala el libro, o el reloj, o la pulsera, o lo que quieran: es necesario que nuestro SÍ responda al suyo, que nuestra amistad encuentre la suya, y entonces el libro, o el objeto cualquiera será realmente un regalo, un intercambio, el sacramento de la presencia y de la amistad.

 

Pues bien, eso es la creación. Dios no crea como el alfarero que fabrica jarros, Dios crea como la amistad, crea como la simpatía es capaz de crear. ¿Saben qué es la simpatía? Saben que no se puede vivir sin simpatía, que una vida donde no hay simpatía, donde no hay presencia humana, donde no hay sonrisas, es una vida condenada a morir. Vivimos de la sonrisa, vivimos de la simpatía, vivimos de la amistad y morimos de ausencia de simpatía y de amistad, y ¡la mayor potencia mundial es precisamente esa, la simpatía, la amistad, la bondad, el amor! Pero es una potencia que cualquiera puede reducir a la impotencia: ¡basta con cerrarse, basta con encerrarse en sí mismo, basta con oponer un NO al SÍ, con rehusar la amistad y escapar a la simpatía! Entonces ya nada sucede, sea cual fuere el poder de la generosidad de la persona que nos ofrecía su simpatía y su amistad.

 

Observaron en los hospitales de Londres que los bebés que eran cuidados por sus mamás, cuando ayudaban a los cuidados de las enfermeras, se curaban más pronto que los demás. Era como si en su organismo mismo se desencadenara una especie de ola de salud, suscitada y producida por la presencia de la madre y a la que respondía todo el organismo. Pues bien, así es el poder de Dios: su poder creador, es ese rayo de simpatía, el impulso de amistad, la presencia de amor que hace que en su pensamiento y en su voluntad el mundo es un regalo, un intercambio, un testimonio, un sacramento de Amor. Y si no respondemos a su amor, si no damos el consentimiento de nuestro SÍ, el mundo no es creado, no hay sino un mundo falso, un mundo mutilado, un mundo desfigurado, un mundo objeto, un mundo donde ya no pasa el soplo de la presencia y de la luz del Amor; es un falso mundo, que Dios no quiere crear, porque el único mundo que pueda querer crear es el mundo donde Él se intercambia con nosotros y nosotros con Él, a través del universo que nos rodea y en el que estamos enraizados.

 

Pero ese mundo cuya primera dimensión es el Amor, Dios no puede crearlo solo, como tampoco puede brillar en nosotros la verdad si nos tapamos los oídos; así como la música no puede resonar en nosotros si hacemos ruido con nosotros mismos, tampoco el Amor puede tomar raíces en nuestra intimidad si nuestro corazón se cierra a su llamado.

 

Justamente, el mundo, el verdadero mundo, no es una máquina: el verdadero mundo es el relicario de la ternura divina, es el sacramento de su Presencia, es el Don de su amor, y por eso justamente el verdadero sabio es un contemplativo. El verdadero sabio puede encontrar en el mundo, en las piedras, en los insectos, en la materia y en el átomo, la alegría, el gozo de un encuentro, justamente porque el mundo está lleno de la Presencia y la ternura de Dios, hasta en la piedra que pisamos y que existe porque Dios piensa en ella y la ama, o mejor porque piensa en nosotros y nos ama a través de ella.

 

Entonces; una vez más: Dios es víctima, víctima en el mundo, víctima en el universo, víctima en la creación, en la medida en que no tomamos el mundo en su fuente, en la medida en que no lo recibimos de rodillas como regalo de su ternura. Entonces el mundo se descompone, como una emisora loca que no trasmite sino una horrible cacofonía: el mundo se hace cacofonía, aplanadora, terremoto y volcán, y Dios sufre en todo eso, sufre antes que nosotros, más que nosotros, en nosotros y por nosotros.

 

No es pues por impotencia mecánica, que Dios no impide el mal sino porque el mundo no es una máquina, porque la creación no es puro objeto sin significado, porque la creación entera es el cántico de su Amor que sólo podemos escuchar si estamos sintonizados con su Amor, como San Francisco cuando canta el Cántico del Sol. Y si Francisco lo cantó, fue justamente porque, más que nadie, vio en el mundo un regalo que era necesario recibir de rodillas. Y es el más hermoso testimonio de su santidad el haber querido antes de morir, sabiendo que no dejaba nada, que la muerte iba a unirlo a todo más aún uniéndolo más profundamente a Dios, quiso recoger en un manojo inmenso de alegría y de amor, quiso estrechar toda la creación contra su corazón escuchando cantar el “Cántico de las Criaturas”, porque en cada una oía una nota, una nota de alegría en que se revela y se canta el eterno Amor.

 

El mundo no existe todavía, aún no ha sido creado, pues todavía no somos verdaderamente humanos, todavía no somos enteramente personas, ¡aún no hemos conquistado nuestra libertad, la cual sólo puede ser fruto perfecto de un amor sin límites! El mundo está en nuestras manos, y nosotros estamos confiados a nosotros mismos, y Dios nos está confiado, en el mundo como en nosotros mismos.

 

Entonces no digamos: “Esa fue la voluntad de Dios”. Digamos más justamente: “Dios es víctima”. No hay que añadir al mundo el mal que podríamos hacer nosotros mismos, ¡ya hay suficiente para sumergirnos! ¡Y hay suficiente para matar a Dios, eso basta! Al contrario, es necesario que nos sintamos movilizados por el Evangelio para exorcizar el mal, para detenerlo, para atenuar sus efectos, para extirpar sus raíces.

 

Porque el que se ha reposado sobre el corazón de Cristo como San Juan, ya no puede ser cómplice del mal. Por eso San Juan, para recordarnos la tarea, nos dice que somos enviados al mundo para llevar la vida y la alegría. San Juan nos dice: “¿Cómo puede un hombre pretender amar a Dios al que no ve, si no ama al hermano al que ve?” (I Jn. 4:20)

 

Según las Florecillas, San Francisco desarmó al lobo de Gubio. Hizo con él un pacto de amistad, le prohibió hacer daño, hacer mal a las criaturas de Dios, y le prometió que sería alimentado hasta la muerte si respetaba el pacto de amistad. Esa exquisita historia es el símbolo de la victoria de Francisco, de la victoria de la santidad, de la victoria sobre las fuerzas de las tinieblas y del odio, apoyada justamente sobre la intención creadora del eterno Amor.

 

Gandhi el gran libertador de la India cuenta que en su ashram, en su escuela hermita donde había niños, jóvenes y adultos, en una región poblada de serpientes venenosas, había prohibido absolutamente matar una sola, y que durante 25 años no hubo el menor accidente. Justamente porque los animales sentían la atmósfera de bondad de parte del hombre, no estaban a la defensiva, no se sentían amenazados, y los niños mismos estaban perfectamente tranquilos, cubiertos por la palabra convencida y convincente de Gandhi, de que no les sucedería nada malo.

 

El mundo no es una realidad arrojada ante nosotros como un paquete que podemos coger con las manos. El mundo es un secreto de amor y existen tantos mundos cuantas miradas para percibirlo, conocerlo y construirlo. Hoy vemos además el formidable poder que tenemos, la fuerza atómica que da poder sobre el corazón mismo de la materia, sobre las energías más profundas del universo, y sabemos bien que no será Dios el que arroje la bomba atómica, sino nosotros, ¡nosotros!

 

¿No es el grito de la inocencia de Dios el primer grito de la Biblia? Toda la Biblia está llena del grito de la inocencia de Dios. No fue Dios el que inventó la muerte, no fue Dios el que inventó el dolor, la agonía, el sufrimiento de los inocentes, como tampoco el pecado y el rechazo del amor. Como es víctima del pecado, víctima hasta la muerte de la cruz, Él es también víctima de todas las consecuencias del pecado.

 

El mal, el espectáculo del mal, el grito del dolor humano y sobre todo los abismos tremendos de la maldad y la crueldad humanas piden auxilio, auxilio del universo, de la creación deshonrada, auxilio para el hombre, para el inocente pisoteado e insultado, pero más todavía auxilio para Dios. Porque donde está el mal, se desfigura la imagen de Dios, como el rostro de la madre se ensombrece y se desgarra por el mal que hiere a su hijo y la hiere aún más que al hijo porque ella vive en él y por él.

 

No repitamos los viejos clichés, “que Dios lo quiere”, que “Él envía la prueba”, que “Dios nos espera al final del tormento”, que “es por nuestro bien”. Dios está sin duda siempre ahí, está siempre en la muerte, en la agonía, en la enfermedad, en la desesperación, en la prisión, en el hospital, en el cadalso, está al final de la cuerda del ahorcado, está en el horror del odio y de la guerra, pero está ahí como víctima, como el Amor que quiere detener el golpe, está ahí para protegernos, para defendernos, cubriéndonos con Su presencia, escondiéndonos en su corazón, pero no es Él quien pone en marcha la máquina infernal, sino el que nos invita a destruirla, es Él quien nos envía a curar el mal, a calmar el sufrimiento, a llevar a todas partes la sonrisa de su ternura.

 

Verlaine que era solo un borrachín y un perverso, pero que en su debilidad sabia que Dios lo había visitado y podía visitarlo todavía escribió estas palabras conmovedoras: "¡Nada es mejor para el alma que hacer un alma menos triste!"

 

Entonces de esta meditación guardemos justamente el deseo ardiente de no añadir al mal, de no aumentarlo, de no propagarlo, de no publicar nuestro sufrimiento para multiplicar el de los demás, sino al contrario, la voluntad de alivianar la vida, de hacer circular la gracia y la ternura y evitar por encima de todo la guerra atroz, la guerra de alfileres en las relaciones de la vida cotidiana, evitar la habladuría que mata la confianza, que deshace la reputación, que impide el brillo de una vida y de una acción, porque en las cosas pequeñas, en los matices infinitesimales de la vida cotidiana es donde comienza el mal y donde tiene el aspecto más horrible, porque eso lo podemos evitar.

 

Hay golpes de pasiones locas que arrastran al hombre antes de toda reflexión: ¡eso es fácil de entender y de absolver, porque es una fuerza de la naturaleza que brota y derrumba una sensibilidad demasiado frágil! Pero los alfilerazos, los pequeños matices pérfidos de la habladuría, de la dureza, de la ausencia calculada, eso es lo que comienza por deshacer la atmósfera, por sembrar en ella miasmas y gérmenes de odio y de guerra. Eso es lo que emponzoña la vida de las comunidades, eso es lo que impide que la Presencia de Dios circule y se comunique.

 

Sabiendo pues que Dios es siempre la primera víctima del mal, que Él paga siempre por nuestras fallas, lo importante es esencialmente liberarlo, bajarlo de la cruz donde no cesa de estar crucificado. Es necesario que sintamos que nuestra vocación es, con Jesús, vencer el mal en su raíz, primero en nosotros, a fin de que cada uno de los que nos rodean pueda llegar a ser una nota de amor y de alegría en el Cantico del Sol, y que realicemos así a cada instante del día las palabras de Verlaine:

"¡Nada es mejor para el alma que hacer un alma menos triste!"

o las palabras no menos admirables de San Juan de la Cruz:

"Donde no hay amor, pongan amor y sacarán amor."

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