Conferencia de M. Zúndel en el Cairo, en 1965, a unas religiosas. Inédita.

 

Como ustedes saben los coptos, cristianos admirables de Egipto, tienen a menudo el signo de la cruz sobre la piel, a veces en los labios. Pero desafortuna­damente, son con frecuencia muy ignorantes. Simplemente saben que son cristianos, pero eso es todo más o menos. Hace unos años fueron al Alto Egipto unos jóvenes de la Acción Católica para tomar contacto con jóvenes coptos y reanimar su fe cristiana, fortificarla y esclarecerla. Uno de los jóvenes de la acción Católica de El Cairo preguntó a un joven copto que tenía la cruz en el puño: “¿Conoces a Jesucristo?” y el joven copto respondió: “Perdone, pero yo no soy de aquí, pregúntele al alcalde”. Para él, Jesucristo era un desconocido, aunque él fuera cristiano y tuviera un signo de la cruz en su puño.

 

¡Cuántos cristianos están en esa situación! ¡Cuántos cristianos no conocen a Cristo! ¡Se puede decir que la mayoría de los cristianos no conocen a Jesucristo! Y sin embargo en este país es de importancia capital conocer a Jesucristo.

 

Ustedes saben que el Corán, que manifiesta una profunda veneración por Jesucristo y la Santísima Virgen María, rehúsa absolutamente aceptar la Trinidad. El Corán dice que Dios “lam yalid wa lam yulad”. Dios no engendra, en Dios no hay nacimiento, no hay paternidad, no hay filiación. Dios es único y solitario.

 

Evidentemente, el profeta Mahoma había oído hablar de la Trinidad a cristianos que no habían entendido nada de la Trinidad y que se representaban quizás a Dios como un viejo jeque que necesita asociarse un hijo para gobernar el mundo. Los cristianos no comprendían, no sabían que en Dios la generación es espiritual, que en Dios la generación procede del conocimiento, que en Dios, como en nosotros, el conocimiento es un nacimiento, pues para nacer, para nacer a nosotros mismos, para nacer a la conciencia hay que co-nacer. El conocimien­to es una generación, imperfecta en nosotros, perfecta y eterna en Dios. El profeta Mahoma no había escuchado nunca cristianos que le hablaran de la pobreza de Dios, que le hablaran de Dios como alguien que es todo Amor y que da todo, que le hablaran de Dios como alguien que no tiene nada, porque es la perfección eterna del Amor. Y por eso el Corán acusa a los cristianos de ser asociadores, mushrikin, hombres que adoran varios dioses, politeístas, idólatras. En este país es pues particularmente necesario que sepamos exactamente lo que significa la divinidad de nuestro Señor Jesucristo.

 

¿Qué entiende la Iglesia, qué entendían los apóstoles, qué entendían todos los santos, todos los místicos, todos los mártires, cuando afirmaban o confesaban la divinidad de Jesucristo, al precio de su vida y de su sangre?

 

Primero tenemos que recordar que Dios es eternamente Trinidad, eternamente Amor, eternamente Caridad, que Dios es eternamente Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por eso, en cuanto sea posible, hay que evitar decir que Dios tiene un Hijo, así como debemos evitar decir que Dios tiene Padre. Es mejor decir “Dios es Padre, Dios es Hijo, Dios es Espíritu Santo” porque no existe primero alguien que es Padre que se da un Hijo; en Dios, la paternidad es una relación imposible sin la filiación, como la respiración de amor que es el Espíritu Santo. Eternamente Dios es Trinidad y solo existe una divinidad que es Trinidad y cuando hablamos de la divinidad de Jesucristo, hablamos de la eterna divinidad.

 

San Agustín nos enseña que Dios ya está siempre ahí. Dios no está allá arriba, más allá de las estrellas. Dios está aquí, dentro de nosotros. Es pues esencial recordar que la Encarnación no introduce ningún cambio en Dios. ¿Qué sucede en Dios en el momento de la Encarnación en el seno de la bienaventurada Virgen María? ¿Qué sucede en Dios? ¡Nada, nada! La encarnación no produce ningún cambio en Dios, ni en el Padre, ni en el Hijo, ni en el Espíritu Santo, los cuales son además absolutamente inseparables y su acción es absoluta, eterna e indisociablemente común. Porque la única distinción entre las personas es la desapropiación, la cual hace que cada una sea pura mirada, pura relación con las otras dos.

 

En el credo decimos “Dios bajó del cielo”. Eso es solo una imagen. Dios no tenía que bajar, ya estaba ahí, ya estaba en la humanidad, ya estaba en el mundo. Como dice el prólogo de san Juan, la luz estaba en el mundo y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Dios ya estaba ahí, no tenía que venir a la humanidad. Ya estaba dentro de toda humanidad, en el interior de todas las conciencias humanas. Pero el hombre estaba ausente, el hombre no estaba ahí, tenía que venir a Dios. San Agustín nos lo dice de manera muy sencilla: “Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo”. Dios no ha dejado nunca de estar con la criatura y muy especialmente con la criatura espiritual que debe ser santuario de su Presencia y en la cual se debe realizar el Reino de Dios, el cielo interior a nosotros mismos de que habla el papa san Gregorio.

 

En Dios no hay pues ningún cambio, ningún cambio, ninguno. Dios no bajó del cielo. Eso es una imagen que expresa el amor de Dios. Dios ya estaba ahí, pero nosotros no. Entonces, todo el cambio de la Encarnación se sitúa en la naturaleza humana de nuestro Señor.

¿Y en qué consiste ese cambio en la naturaleza humana de nuestro Señor? ¿Fue cambiada la naturaleza humana de nuestro Señor en naturaleza divina? No. Como dice el Concilio de Calcedonia, las dos naturalezas quedaron inconfusibles, las dos naturalezas no se confunden, en Jesús, las dos naturalezas conservan su propiedad.

 

En Jesús, la naturaleza humana es criatura y comienza a existir en el seno de la Bienaventurada Virgen María. Es criatura, y por ende limitada, no puede entender la totalidad del misterio divino. Santo Tomás nos enseña admirable­mente que en Dios hay cosas que escapan a la inteligencia humana de nuestro Señor. Y nuestro Señor mismo nos dice en el Evangelio, hablando de su naturaleza humana, que nadie conoce la hora y fecha del último día, ni siquiera el Hijo, ¡ni siquiera el Hijo!...

 

¿Qué fue lo que cambió en la naturaleza humana de Jesús? Por parte de Dios, es claro, nada cambió. No hay nada nuevo, por el lado de Dios. Y ¿cuál es la novedad, por el lado de la naturaleza humana? Pues bien, para entenderlo, debemos recordar que el gran obstáculo para el reino de Dios en nosotros es nuestro yo propietario, nuestro yo posesivo que es nuestra prisión. Esa es la raíz del mal, esa complacencia en nosotros mismos que nos amarra, que nos ata, que nos amarra a nosotros mismos, que hace que nos opongamos siempre a Dios, poseyéndonos a nosotros mismos. ¿De qué necesitamos curarnos? Justamente, del yo propietario.

 

Sin embargo, sabemos muy bien que sólo podemos llegar a nosotros mismos a través de Dios mismo, como nos lo enseñó tan admirablemente san Agustín. Dios es el único camino hacia nosotros mismos. Solo llegamos a nuestra intimidad cuando estamos ante él y perdidos en él. Estamos pues imantados por Dios, el cual no cesa de atraernos hacia sí, y cuando somos fieles a esa atracción divina nos hacemos finalmente nosotros mismos, ya que siempre “Yo es Otro”.

 

Pero la mayor parte del tiempo volvemos a caer en nosotros y cuando no estamos en contacto con Dios, inmediatamente caemos en el yo propietario. Si han orado bien, si a veces oran bien y están profundamente recogidas, si piensan “¡Qué buena está mi oración!”… ¡ya se acabó, se acabó! Se ha interpuesto el yo propietario, ha puesto un velo entre Dios y ustedes, ya no están orando porque se están mirando. Y si al escuchar música están encantadas con ella y piensan: “Tengo alma de artista, qué inteligente soy…” ¡se acabó! Ya no escuchan música: se están escuchando a sí mismas. El gran obstáculo es el yo propietario en el cual se concentra todo el egoísmo, todas nuestras sombras, todas las tinieblas, todos nuestros rechazos de amor.

 

Pues ahora, ¿cuál es la gran novedad en la humanidad de nuestro Señor? Es que en él, el yo natural o connatural, el yo que nos encierra en nosotros mismos, el yo que nos limita, el yo que nos separa unos de otros, que hace que estemos todos encerrados en un pequeño mundo, ese yo no existe en Jesús. Ahí está todo el misterio de la Encarnación: en Jesús, la naturaleza humana está despojada de su propia sustancia. Su naturaleza no está cerrada sobre sí misma sino totalmente abierta hacia Dios, hacia la humanidad, hacia el universo, y por eso la humanidad de Jesucristo está totalmente abierta a la atracción divina, totalmente asumida por el Verbo de Dios.

 

Ahora comenzamos a ver, y lo veremos aún mejor, que el misterio de la Encarnación es un misterio de pobreza, que es la comunicación de la pobreza divina a la humanidad, a la naturaleza humana de Jesucristo. Si Jesús debe salvarnos del yo propietario, si debe liberarnos del yo animal, es necesario primero que el yo animal no tenga ningún lugar en él, que el yo posesivo esté totalmente desenraizado.

 

Mientras que nosotros estamos atraídos por Dios pero como a distancia, atraídos y luego retomados, atraídos por Dios y nos damos, y volvemos atrás y caemos en el antiguo yo pues podemos escapar continuamente al imán divino, en Jesús la naturaleza humana adhiere al imán inmediatamente; en vez de gravitar, de tornar, de estar enraizada en sí misma, torna y gravita, está enraizada en la personalidad del Verbo. Su yo es Otro, su yo es Dios, de modo que la naturaleza humana de Jesucristo no puede decir nunca “yo”, no puede apropiarse nada, la naturaleza humana de Jesucristo es solo el sacramento vivo e inseparable de la divinidad, el sacramento vivo, diáfano, transparente y perfecto a través del cual se da y se comunica la divinidad en persona a toda la humanidad y a todo el universo.

 

Les leo un corto pasaje, totalmente clásico, de la Suma teológica en el comentario del P. Heris que dice (1): “Llegamos necesariamente a la conclusión que la realidad creada (que la novedad de la humanidad de Jesucristo), que la realidad creada que hace actual la unión de las dos naturalezas, divina y humana, en Jesucristo, no es otra cosa que la naturaleza humana misma, por estar despojada de su propia sustancia y estar atraída pasiva y realmente al ser personal del Verbo.

 

Entonces, todo el misterio de Jesús está en la humanidad formada por la Trinidad entera en el seno de la Bienaventurada Virgen María. Toda la novedad está en que en la naturaleza humana, el yo humano fue consumido, fue prevenido por el yo divino, de modo que la naturaleza humana de Jesucristo, en vez de expresarse a sí misma como nosotros que no cesamos de ponernos delante, de publicarnos, de proclamarnos, de llamar la atención sobre nosotros mismos, la humanidad de Jesucristo solo puede dar testimonio de Dios.

 

Por todo lo que hace, por todo lo que sufre, por todo lo que dice, por todo lo que es, su humanidad es continuamente la revelación de Dios en persona, porque su yo es Dios. Y ¡atención! Como dice admirablemente el mismo comentador, como lo enseña toda la teología, como lo afirma el dogma católico de los grandes concilios, la unión de la divinidad y la humanidad en Jesucristo es una unión en la persona. Escuchen este texto admirable:

 

En efecto, el Verbo no comunica a la naturaleza humana su ser por el cual es formalmente Dios, sino su ser personal por el cual subsiste en su naturaleza divina. Hace subsistir la naturaleza humana uniéndola a su ser personal y comunicándole su propia sustancia. Entre el Verbo y la naturaleza humana no hay pues unidad de ser respecto de la naturaleza sino respecto de la Persona”.

 

En Jesús, la naturaleza humana sigue siendo humana, creada, finita, limitada y no puede agotar la infinitud de Dios, sino que es asumida a la personalidad del Verbo, está revestida de la personalidad del Verbo, es decir que está desenraiza­da de toda posesión y revestida de la Pobreza divina. Hay que entender esto, y es admirable. Como en Dios la personalidad es pura desapropiación, lo que se comunica a la naturaleza humana de Jesucristo es la desapropiación que constituye la personalidad del Verbo. Es pues una evacuación, un vacío infinito hasta la raíz de su naturaleza humana, un vacío infinito de todo lo que sería propiedad, apropiación, posesión, adhesión a sí mismo.

 

¿Me entienden? ¡Es prodigioso…! No se trata de un hombre que dice: “¡Atención, yo soy Dios!” Es una naturaleza humana que dice: “¡Es Dios el que es, no yo! Yo no puedo decir Yo, yo soy todo Otro y gravito en él, doy testimonio en él y me eclipso en él, como hostia viva en que la divinidad se revela personalmente y se comunica.

 

Es pues capital comprender que la Encarnación, la Trinidad y todos los misterios cristianos, son misterio de Pobreza. Si Dios es eterna Pobreza, cómo puede revelarse perfectamente sino justamente en una naturaleza humana que no tiene nada, que no puede poseer nada, que jamás puede volverse y replegarse sobre sí misma, sino que es puro sacramento, que es transparente y vive enteramente asumida, enteramente unida a la divinidad, tanto que la naturaleza humana así desapropiada de sí misma solo puede dar testimonio de Dios el cual se expresa personalmente en ella, a fin de que nosotros podamos encontrarnos en presencia de Dios.

 

Comprendan cómo una persona, una intimidad puede revelarse solo como Presencia de luz y amor. Y si Dios es eternamente comunión de luz y amor, ¿por qué no pudo revelarse nunca antes de Jesucristo y fuera de Jesucristo? Porque antes de Jesucristo y fuera de él, en los profetas de Israel y en otros profetas fuera de Israel, había siempre límites en la naturaleza humana, sombras, posesiones, prejuicios que desfiguraban el rostro de Dios, limitaban su Presencia y le impedían aparecer con su verdadero rostro, como eterna comunión de amor.

 

Cuando leen la oración de Jeremías por la destrucción y la aniquilación de sus enemigos, saben que eso no corresponde al verdadero rostro de Dios. Saben que Jeremías era todavía un hombre limitado, apasionado, que a pesar de la sinceridad de su religión estaba todavía muy lejos de la religión del Evangelio, porque justamente Dios, que es esencialmente personal, Dios que es pura intimidad de Luz y de Amor, solo podía comunicarse total, plena y perfectamente en una humanidad virgen, en una humanidad sin fronteras, en una humanidad sin límites, en una humanidad universal como es el segundo Adán, el segundo Adán que es Jesucristo, en una humanidad universal, vaciada entera y totalmente hasta la raíz, vaciada de sí misma. Así es como Jesucristo es nuestro Salvador; puede curarnos de nosotros pues no tiene yo posesivo que le impida resplandecer y comunicar personalmente la Luz divina.

 

¿Me entienden? Comprenden que nosotros estamos en camino, tenemos el yo en Dios pero por intermitencias, cuando estamos unidos a él. Y luego nos retomamos, nos volvemos a nosotros mismos. Pero en Jesucristo, todos los hombres, todo el universo está llamado, todo el universo, toda la creación está llamada a ver su yo en Dios, porque el misterio de la Encarnación no se realiza para esa humanidad, para esa naturaleza humana formada en el seno de María, sino para que, a través de ella, toda la humanidad, todo el género humano y todo el universo estén unidos con Dios, a fin de que, como dice el apóstol san Pablo, Dios sea todo en todos. Jesús es la realización perfecta, única e infinita de aquello a que tendemos nosotros, de aquello hacia lo cual estamos en camino, de aquello que se realiza en nosotros en ciertos momentos de manera imperfecta y provisoria.

 

Pero es cierto, y san Agustín lo demostró maravillosamente, que nosotros solo podemos llegar hasta nosotros en Dios, penetrar en nuestra propia intimidad. Lo que nos sucede a nosotros por intermitencias, por momentos, se realiza de manera perfecta, definitiva e inseparable en la humanidad de nuestro Señor. Además, todo eso está perfectamente claro si recordamos que a nuestro Señor Jesucristo le debemos la revelación de la Trinidad.

 

¿Por qué nos inició nuestro Señor en ese secreto? ¿Por qué la Trinidad es el corazón del corazón del Evangelio? Pues porque el misterio mismo de que vive nuestro Señor Jesucristo hasta la raíz de su ser no es alguien que nos enseña un sistema del mundo, una filosofía, que nos enseña algo que descubrió en el trabajo de su inteligencia. Jesús da simplemente testimonio de lo que él es, da testimonio de lo que vive, deja transparentar en sí mismo la Trinidad porque ella es la vida de su vida, porque tiene su yo en Dios, porque en él verdaderamente “Yo es Otro”. ¿Entendemos?

 

Si queremos pues hablar del misterio de la Encarnación, es necesario primero que recordemos que Dios es eternamente Trinidad. Segundo, es necesario recordar que Dios siempre está presente. Es necesario recordar que la Encarnación no introduce ningún cambio ni en el Padre, ni en el Hijo, ni en el Espíritu Santo, que es la eterna e indivisible Trinidad.

 

Debemos recordar que todo cambio está en la humanidad de nuestro Señor y que el cambio concierne los límites que constituyen nuestra prisión. Era necesario liberar esa humanidad de ella misma, de sus fronteras, de sus sombras, de todo lo que en nosotros obstaculiza el Reino de Dios, para que la humanidad única de nuestro Señor sea el fermento de la masa humana para hacerla levar en Dios. Jesús no tiene nada, como Dios no tiene nada. Jesús no posee nada, como Dios no posee nada. En la humanidad de nuestro Señor, la Encarnación es el eco perfecto, la réplica perfecta, la revelación perfecta de la Pobreza trinitaria, porque la humanidad de Jesús no puede atraernos nunca a sí misma, nunca puede dar testimonio de sí misma y para sí misma, sino siempre de Dios y para Dios.

 

La clave del Evangelio es el misterio de Pobreza que experimentamos todos en la medida de nuestra fidelidad. Sabemos bien que Dios es nuestro centro de gravitación, el polo de luz de nuestra vida. Justamente, reconocemos a Dios en que en él nos hacemos luz, espacio y libertad. ¡Pues bien! En Jesús la libertad es total, infinita y sin límites. La transparencia de la humanidad de nuestro Señor es perfecta y las palabras más justas y más hermosas que hayan sido dichas sobre la humanidad por un gran teólogo “La naturaleza humana de Jesucristo es el sacramento de los sacramentos, es toda entera el signo vivo que representa, que revela y comunica personalmente la Presencia divina o mejor, que comunica la Presencia divina en Persona.

 

¿Dónde quieren tomar a Dios? Dios no es un objeto, no se le puede meter en un armario, no se le puede colocar ante los ojos. Dios solo puede revelarse en nosotros, como puro “interior”. La verdad no se puede meter en un armario, o bajo una pila de ropa, la música no se puede poner sino en los oídos, ni meter el amor en un vaso para beberlo. Los bienes del espíritu solo se comunican al espíritu, en el intercambio, en la reciprocidad, en la comunión, en el matrimonio de amor. Por eso, la revelación auténtica de Dios jamás puede ser otra cosa que una presencia transparente a Dios.

 

Pero todas las presencias de los profetas, los santos, los héroes, los mártires, los genios anteriores a Jesucristo o fuera de Jesucristo, son todas presencias imperfectas porque todas están más o menos encadenadas al yo posesivo del individuo o de la colectividad. En Jesús es pleno medio día, es el sol sin nubes de una revelación definitiva y eterna, porque en Jesucristo el Yo es el Otro, porque en Jesucristo el yo es Dios, porque en Jesucristo el yo es la eterna Pobreza.

 

Estaba yo en Biblos, Líbano, donde hay en un campo de excavaciones unos 20 pisos de civilización y se puede remontar hasta 4000 años o más. Hay en Biblos un cementerio de la era calcolítica que data de 3500 años antes de Jesucristo, y en ese cementerio hay esqueletos. Los esqueletos están encerrados en jarrones, jarrones de arcilla, de terracota, y están ahí encorvados y, cosa admirable, los esqueletos toman la forma del jarrón, yacen como el embrión en el seno materno; uno tiene la impresión de que están esperando, esperando en el jarrón, esperando volver a la vida.

 

Y ante uno de esos esqueletos me decía yo: “Veamos, este hombre vivió hace 3000 años o mejor 5000, más de 5000 años ya que remonta a 3500 antes de Jesucristo. Hace más de 5000 años este hombre estaba aquí, de pie y vivo, mirando el mar como yo. Se maravillaba como yo ante el paisaje. Se creía moderno como yo; pensaba que el mundo comenzaba antes de él, como yo. Y hace 5000 años o más que yace en la tierra reducido al estado de esqueleto, en espera de la resurrección.

 

Y me decía yo: “¿Qué lazo existe entre él y yo? ¿Cuál es el lazo entre todos los que lo precedieron y yo? ¿Dónde están todos los hombres que existían hace 5000 o un millón de años? ¿Qué se hicieron? ¿Cuál era el sentido de sus vidas y cuál es el sentido de la mía? ¿Significa algo la historia, o no significa nada? ¿Existe algún lazo entre las generaciones? No soy yo, ¡ay!, no soy ese lazo, yo que acabo de llegar a este cementerio, yo que no conocía estas tumbas, yo que jamás había visto este esqueleto, no soy yo el lazo entre él y las generaciones venideras. Entonces, ¿qué es lo que le da sentido a esta historia? ¿Qué es lo que une todas esas generaciones?” Y sólo podía decirme una cosa: “¡Es Jesucristo!

 

¿Por qué Jesucristo? Porque su humanidad es la única universal, porque solo la humanidad de Jesucristo no tiene fronteras, porque solo la humanidad de Jesucristo puede estar dentro de cada uno de nosotros. Nosotros que estamos aquí, somos extranjeros unos para los otros. Ustedes pueden vivir en la misma comunidad, estar cada una sentada unas al lado de las otras y estar a distancias infinitas una de otra, y con mayor razón respecto de los que están afuera, afuera y en otros lugares. ¿Qué es lo que constituye la unidad del género humano? ¿Qué es lo que puede hacernos interiores los unos a los otros? Solo una humanidad enteramente vacía de sí misma puede vivir dentro de cada uno de nosotros, estar en casa dentro de los demás por estar vacía, vacía, vacía hasta convertirse en espacio en que el mundo entero encuentre su respiración divina. Pero también nosotros tenemos la misma vocación, pues a través de Jesucristo, todos los hombres sin excepción están llamados a hacerse una sola persona en Jesucristo, como dice el apóstol san Pablo (Rm l2:5).

 

Por eso, si conservamos esta admirable luz que es simplemente la expresión rigurosa del dogma cristiano, que es la expresión admirable de las definiciones de los primeros concilios de Nicea, de Éfeso y de Calcedonia, si conservamos esta luz admirable comprenderemos que nuestro único testimonio para Jesucristo, especialmente en este país y en todos los países, no es discutir, traer pruebas que no sirven de nada, sino dar testimonio, mediante nuestra propia vida, de la Pobreza de Jesucristo.

 

Cuando cada una de sus niñas no cristianas, cuando cada uno de los padres de familia no cristianos de sus niñas no cristianas descubran en ustedes un espacio ilimitado, y descubran que ustedes son cristianas y sientan quizás el deseo de serlo ellos y que en todo caso a través de ustedes reconozcan el rostro de Dios vivo, el rostro del verdadero Dios, el rostro de la eterna Pobreza. Ese es todo nuestro apostolado: hacer sensible la Presencia de Jesucristo, despojarnos, desenraizarnos, despojarnos de nosotros mismos para convertirnos en espacio de luz y de amor en que Dios respire. Eso es ser cristiano, o nada.

 

Miren, el Evangelio es la Buena Nueva, la maravillosa Noticia de que es posible una libertad, una grandeza, una universalidad, de que nuestra vida puede ser verdaderamente infinita como la de Dios, porque la grandeza de Dios no es grandeza de poder, grandeza de faraón; la grandeza de Dios es grandeza de humildad, grandeza de pobreza, grandeza de Amor.

 

De eso debemos dar testimonio, y el único testimonio que podamos dar es vaciarnos, vaciarnos continuamente de nosotros mismos para que los demás se sientan en casa. Cuando toda alma, sea cual fuere y venga de donde viniere, reconozca en nosotros el rostro del amor, ya no habrá necesidad de hablar, todo habrá sido realizado.

 

Porque Dios no es una frase, Dios no es una fórmula sino un rostro, Dios es Presencia, Dios es corazón, y en la medida en que los demás sientan en nosotros latir el corazón de Dios, comprenderán que Jesucristo es nuestro Salvador, que Jesucristo es Dios en el sentido en que lo propone el dogma cristiano, como sacramento adorable y translúcido en que se comunica al universo, a toda la humanidad, el amor que no se puede expresar pero que se reconoce siempre pues cuando lo encontramos comenzamos a vivir libres de nosotros, y a ser capaces de acoger a los demás como otros Él mismo.

 

Pidamos a la Santísima Virgen, la cual era totalmente vacía de sí misma para ser la cuna de Jesucristo, que nos enseñe a vaciarnos de nosotros mismos para que Jesús pueda nacer hoy en nosotros y que hoy sea Navidad, por medio de nuestro corazón.

 

Notes

(1) Ch.-V. Héris,Comentario sobre la 3ª parte: Cristo, los sacramentos, los fines últimos, y 2ª cuestión: El modo de unión del Verbo encarnado. Reflexiones sobre la realidad creada entre la naturaleza humana y la naturaleza divina, que haga el lazo entre las dos.

(2) Zúndel cita al Padre Schwalm en su Comentario a la 3ª parte de la Suma teológica (Cristo según santo Tomás de Aquino, Lethielleux, Paris 1910, 7ª edición, p.124) “Nuestro señor es pues el Sacramento por excelencia, del cual los demás son solo representaciones y derivados; y la Eucaristía en la Iglesia militante, tiene como finalidad conservarnos en su realidad sustancial este Sacramento de los sacramentos que es su Jefe.

 

 

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