Mauricio Zúndel en Suiza, en 1951. Inédito.

San Agustín dijo estas espléndidas palabras que había recibido sin duda de san Ambrosio: “Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios” (1). Es un deseo de comunicarse, de introducirnos en su intimidad. Tenemos arras impresionantes de esto: el hombre comunica la vida, el hombre comunica la ciencia, el hombre comunica la gracia. Dios se revela al poner en nuestras manos todos los tesoros. Él está fuera del hombre. Jesús se convierte en el camino de nuestro encuentro con Dios. Jesucristo nos confía su oficio de Redentor, hasta el Lavatorio de los pies. Su generosidad es tal que Dios se hace hombre.

Al escuchar las declaraciones de la Comisión de desarme, nos llama la atención esta contradicción: el programa oculta un rearme. Porque el hombre no tiene confianza en el hombre y por eso prepara su propia destrucción. Los enemigos de Cristo tampoco creían en el hombre, lo despreciaban. Los fariseos, judíos que pasaban su tiempo comentando los Libros Sagrados, despreciaban al hombre. Jesús sabía que sus enemigos creían en Dios para poder dispensarse de amar al Hombre. Es tan cómodo tener una religión para amar a Dios más allá de las estrellas y dispensarnos de amar a los hombres. La humanidad con mayúscula nos dispensa de amar a los hombres, de velar por lo que más necesitan. Parábola del Buen Samaritano.

Ahí está la verdadera religión: encontrar a Dios, en el hombre no es fácil pues el hombre se atrinchera detrás de un rostro que oculta su angustia y sus preocupaciones. Se necesita un acto de fe, hacer surgir en el hombre el Dios oculto en él, que revele el rostro de su nacimiento divino. No hay más religión que esa y el hombre debe hacerse Dios.

La leyenda de san Cristóbal que consagra su fuerza al servicio de alguien más fuerte que él. Se pone primero al servicio de un rey y éste le tiene miedo al diablo. Y se pone al servicio del diablo. Pero el diablo le tiene miedo a la cruz. Y san Cristóbal se pone al servicio del Dios que está en la cruz. Se instala al bordo de un río como transportador. Un día transporta a un niñito que se hace cada vez más pesado sobre sus hombros, tan pesado que está a punto de hundirse en el río. Y reconoce en él al Niño Dios.

Hay que divinizar al hombre, pues todo lo que tenemos que hacer, ustedes y yo durante todo el día lo podría hacer una máquina; pero lo que no puede hacer una máquina es mirar al hombre con mirada de amor y bondad.

Jesucristo nos permite creer en el hombre porque él solo nos revela lo divino en el hombre. El único misterio que necesitamos: el hombre está perdido si deja de creer en el hombre. Jesús nos lleva al hombre, nos inculca en cada texto de su Evangelio: Dios no está detrás de las nubes sino en el hombre. Conservemos esta imagen de la liturgia, esta transformación de la sangre y de la carne de Jesús en hostia. Hoy se realiza el misterio de Navidad, Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios.

(1) Nota. El Verbo se hizo carne. Tunc in utero virgo concepit, et Verbum caro factum est, ut caro fieret Deus. (San Ambrosio). Entonces una virgen concibió en su seno y el Verbo se hizo carne para que la carne se hiciera Dios… Talis fuit ista susceptio, quae Deum hominem faceret et hominem Deum. (san Agustín). Sí, hermanos, decía este santo doctor, el efecto de esta encarnación fue tal que el hombre se vio elevado hasta Dios en Jesucristo, y que en Jesucristo Dios se vio reducido a la forma de un hombre. Obras, volumen 3, 2° sermón sobre la anunciación de la virgen, Louis Bourdaloue (en: http://www.abbaye-saint-benoit.ch/saints/bourdaloue/)

 

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