15-19/12/2013 – Dios cree en ustedes

En el Nuevo Testamento, Dios se nos confía.

Homilía de Mauricio Zúndel en Lausana (Suiza), el 9 de diciembre de 1962, el 2° domingo de adviento. Tomada de “Ton visage ma lumière”, p.239 (*)

El Evangelio de hoy, segundo domingo de adviento (Mt. 11,2-10), nos presenta a Juan el Bautista. Está preso y envía mensajeros a Jesús a ponerle esta pregunta extraña: “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?

En respuesta, Jesús evoca todos los prodigios que realiza: “Los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos son curados, los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Nueva es anunciada a los pobres. ¡Feliz aquél para quien no sea yo una ocasión de caer!” (Mt. 11,5)

Y cuando los mensajeros de Juan se han ido, Jesús hace el elogio de Juan el Bautista. Lo pone por encima de todos los profetas y declara que entre los nacidos de mujer hasta entonces nadie es más grande que Juan el Bautista. Y sin embargo, una pequeña frase de consecuencias considerables nos llama la atención: “En verdad os digo, entre los hijos de mujer no ha habido más grande que Juan el Bautista, pero el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él.” (Mt. 11,11)

Hay que recordar esta frase que termina el equilibrio de la presentación. Aunque Juan el Bautista es el mayor de los profetas, en el sentido de que llega al final, los que creen en Jesucristo, los que pertenecen a la Iglesia, los que tienen la felicidad de vivir en el resplandor de su luz y de su Presencia, tienen un privilegio tal que en relación con ellos Juan el Bautista es un lejano precursor y el más pequeño de los fieles es más grande que él.

Eso significa que, por Jesucristo, hemos entrado en un universo enteramente nuevo. Y eso es justamente lo que nos impresiona particularmente hoy, pensar que siendo Juan el Bautista tan grande y tan santo, habiendo dado su vida, habiendo muerto mártir, sin embargo no comprendió el Espíritu de Jesucristo.

Como todos los profetas, había anunciado el día de Dios como día de ira: Dios va a venir a purificar su huerta, es decir, a purificar su pueblo. Va a hacer podas. Va a ejercer una justicia implacable. Va a destruir a todos los pecadores que son sus enemigos y solamente los fieles, bien seleccionados heredarán sus promesas.

Por eso, Juan el Bautista se extraña de que Jesús no emplea esos métodos violentos. Se extraña de que Jesús se adapte, de que no haga en apariencia nada sensacional y de que no haya comenzado todavía a realizar el juicio anunciado.

Por eso, en su pensamiento y en sus concepciones religiosas, Juan el Bautista está todavía muy lejos del más pequeño de los que creen en Jesucristo que sabe que la grandeza de Dios no está en castigar sino en amar y salvar.

Y ahí es justamente donde debemos tomar conciencia de toda la novedad de Jesucristo. En el fondo, hasta Jesucristo y fuera de Jesucristo, siempre nos representamos a Dios como un faraón, un rey, un poderoso, un dominador y una fuerza capaz de aplastarnos. Y cuando los profetas de Israel se encuentran ante Dios o ante una manifestación de Dios, se llenan de terror porque Dios hace morir.

Muchos cristianos desgraciadamente están todavía en eso y se imaginan que para llevar de nuevo la gente a Dios hay que evocar los terrores de la muerte. Ese no es el Espíritu de Jesucristo. Justamente, lo sentimos bien en la oposición que hace Jesús entre el orden al que aún pertenece Juan el Bautista y el nuevo orden que inaugura él; la distancia es infinita.

Esta distancia infinita consiste justamente en que en Jesús Dios se revela, no como un poder que aplasta, fulmina, domina y nos hace esclavos y súbditos, sino como el amor: sólo puede amar, como el amor; frágil, como el amor y desarmado. Mientras Juan anuncia el tiempo de la ira, Jesús anuncia la llegada de la generosidad y del amor.

El verdadero juicio está en el Lavatorio de los pies, cuando Jesús se arrodilla ante sus discípulos y quiere suscitar en su corazón el Reino de Dios en que deben transformarse: ¡ése es el rostro del verdadero Dios! El verdadero Dios es como una madre, porque Dios es más madre que todas las madres. Dios espera como una madre, espera ofreciéndose y dándose, identificándose con nosotros, espera que madure en nosotros la luz, espera que surja en nosotros ese amor. Espera que, por un movimiento espontáneo de todo nuestro ser, nos hagamos Reino de Dios, es decir, vida transparente a su vida, vida totalmente iluminada por su amor y capaz de hacerlo brillar.

Es una concepción de Dios tan diferente que es absolutamente necesario escoger entre una y otra: son incompatibles. Y nuestro Señor es tan consciente de ello que, después de haber hecho el elogio más magnífico de Juan el Bautista, no vacila en declarar que “el más pequeño en este nuevo reino es más grande que él.

Y precisamente, el tiempo de adviento es tan rico y emocionante porque nos orienta hacia el gran descubrimiento de la infancia de Dios.

Ustedes recuerdan que Claudel, uno de los más grandes poetas de todos los tiempos, se convirtió el día de navidad de 1886. Había entrado incrédulo a la iglesia de N. Sra. de París, devorado por el aburrimiento, tratando de matar el aburrimiento con algunas emociones estéticas y escuchó de repente las Vísperas de Navidad; a través de las Vísperas de Navidad descubrió “la eterna infancia y la desgarradora inocencia de Dios” (1). Y justamente, porque de repente Dios le habló como de una infancia frágil y desarmada, salió de Nuestra Señora hecho creyente, lleno de la presencia de Dios que iluminó su vida entera la cual fue un ferviente testimonio de esa Presencia que lo había derrumbado por su misma fragilidad.

Y ustedes recuerdan lo que le respondió el Padre Pío a un joven italiano que le había declarado haber venido a verlo llevado por unos amigos pero que él no creía en Dios: “Qué importa que Usted no crea en Dios, ¡Dios cree en Usted!

Dios cree en Usted. Sí, esa es justamente la revolución magnífica del Evangelio. El Evangelio pone a Dios en nuestras manos. La vida de Dios nos está confiada porque a través del rostro de Jesucristo, Dios ya no es un faraón, ya no es un rey, ya no es un dominador, un señor, ya no es un poder que puede fulminarnos. Ya no es alguien que nos espera en los terrores de la muerte. Es una madre, es un corazón, una ternura desarmada que nos está esperando en lo más profundo de nosotros mismos, que se entrega en nuestras manos, se confía a nuestro amor y sólo nos invita a la generosidad.

Dios cree en nosotros y si no lo amamos, la consecuencia será la Cruz, la Cruz en que estará eternamente crucificado en las almas si alguna rehúsa eternamente amarlo. Una madre, si es verdadera madre, no puede hacer otra cosa que vivir la vida de su hijo.

¿Y porqué no? Ustedes no se imaginan o no pueden concebir que si una madre humana es capaz de un amor que va hasta allá, si puede realmente tomar sobre sí la vergüenza de su hijo prisionero, criminal, asesino, ahorcado o guillotinado, si puede acompañarlo hasta el final de la deshonra y seguir amándolo pues ¿quién lo amaría si su madre dejara de amarlo? ¿Imaginan que Dios pueda ser menos que esa madre, habiendo hecho el corazón de las madres con un destello del suyo?

Está pues muy claro que por el evangelio accedemos al Dios vivo y verdadero, y vamos más allá de todos los profetas porque justamente por Jesucristo aprendemos a reconocer al Dios madre, al Dios que no es sino corazón, al Dios que no es sino amor, al Dios puesto en nuestras manos, al Dios que cree en nosotros.

Necesitamos absolutamente entrar en esta perspectiva. Si tanta gente se aleja de Dios, no es que se alejen de él sino de un falso Dios, de un falso Dios del que hicieron una terrible caricatura, del Dios faraón que es ahora impensable e imposible para la humanidad que recibió el mensaje de Jesucristo.

Avancemos pues, a partir de la oposición que Jesucristo pone entre Juan el Bautista y él mismo, hacia el misterio de navidad, vamos al encuentro de la infancia divina para aprender justamente que Dios es un amor frágil y desarmado que se nos confía, que cree en nosotros, que cuenta con nuestra generosidad y nos ennoblece con esa confianza infinita que nos ha hecho, ya que inclusive a los ojos de un apóstol tan exigente como el Padre Pío, aun para el que no cree en Dios hay una solución magnífica y eterna ya que de todos modos, Dios cree en el hombre.

(1) “Tuve de repente el sentimiento desgarrador de la inocencia, la eterna infancia de Dios, una revelación inefable”. Paul Claudel, Contacts et circonstances, Œuvres en Prose, Gallimard, La Pléiade, pp.1009-1010. O bien L’expérience de Dieu avec Paul Claudel, Fides, p.36.

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