20-22/12/2013 - La pobreza de espíritu, condición esencial del amor

Homilía de M. Zúndel, el 3r domingo de adviento. Dicha en Suiza, en 1965. Tomada de “Ta Parole comme une source » p.46 (*)

Al responder a Juan el Bautista, Jesús recurre a los signos dados por las Escrituras. Comienza por los pobres: “El Evangelio es anunciado a los pobres” (Mt. 11:5). ¿De qué pobres se trata? Evidentemente, de los anawim (1), de los pobres en espíritu, de las almas de pobre, de los seres que no se miran a sí mismos porque su tesoro está en otra parte, que están abiertos a la luz que brilla en lo más profundo de ellos mismos porque su vida entera es ofrenda de amor.

Entendámonos bien en este punto, es importante, porque es bien evidente que el Evangelio no busca perpetuar las condiciones del pobre en el sentido material de la palabra y que la pobreza glorificada es justamente la pobreza en espíritu. Lo que se recomienda es la dignidad que hace de todo el ser una ofrenda sin ninguna especie de humillación, sino al contrario, en una realización suprema de toda la grandeza auténtica, justamente la obra maestra de la moral de Cristo que renovó todo, comenzando por el lenguaje del Dios Verbo encarnado. Es justamente su grandeza, haber infundido a la lengua de los hombres un sentido nuevo, haber puesto en cada palabra una dimensión de eternidad, haber liberado la vida y habernos introducido en una perspectiva infinita sin ninguna exaltación.

La moral de Cristo no se limita a una regla concebida del exterior. Es una dimensión de existencia, es una exigencia de ser, una exigencia de grandeza y por eso, en el espíritu de Jesús como en el de san Francisco que lo ilustró maravillosamente, la pobreza no implica ninguna especie de disminución de dignidad o grandeza. ¡Al contrario!

En efecto, la pobreza de espíritu alcanza su realización suprema en Dios mismo, y eso es lo que constituye toda nuestra liberación, mientras Nietzsche rehusaba de someterse a una divinidad que no tendría otra ventaja sobre él que la de ser todopoderosa: “Si hubiera dioses, dice, ¿cómo soportaría yo no ser Dios?” Lo entendemos, pues justamente Nietzsche veía en la divinidad un poder que nos doblega bajo su yugo, un poder que nos aplasta con total omnipotencia material, que sería la negación del espíritu. Pero eso es absurdo: el verdadero Dios, justamente, es incapaz de hollarnos de esa manera. Es absolutamente incapaz de humillarnos y no nos pide que nos humillemos pues la humildad y la humillación están en los antípodas.

No es lo mismo ser humilde y humillarse. Y como es un crimen humillar a alguien, un crimen contra la dignidad humana, un crimen contra la dignidad divina de toda alma cuya dignidad se mide con la fragilidad; tampoco se trata de que nos humillemos sino de que nos demos.

En Cristo, la humildad no es otra cosa que la ofrenda de todo el ser a la amada Presencia de Dios que es la vida de nuestra vida en lo más íntimo de nosotros mismos; y justamente, por ser ofrenda, por ser mirada hacia Otro, por ser pura oblación y pura generosidad, la humildad no es jamás humillación. Al contrario, es el honor mismo del hombre y de Dios.

¿Cómo puede ser el honor del hombre y de Dios? Pues por la simple razón que no hay nada más grande que el amor, hada hay más perfecto que tener lo único que se pueda tener de sí mismo que es el despojamiento, el vacío que uno hace de sí mismo para acoger a otro, a fin de que encuentre todo el espacio indispensable para la efusión de su vida.

Jesús renovó todo. Ya la pobreza no es sórdida, ya no es una posición humillada. Está toda en la desapropiación de sí mismo, en una ofrenda que hacemos a Dios el cual es todo don y todo amor y que, en el corazón de la Trinidad no cesa jamás de despojarse en la circumincesión (2) del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Y eso es justamente lo que debemos entender en el Evangelio, el cual es la Buena Nueva, que el Señor nos quiere grandes, semejantes a él. Y es verdad: quiere que seamos perfectos a la manera de Dios, es decir perfectos en el amor, perfectos en la caridad, perfectos en la desapropiación la cual es la única forma de grandeza según el espíritu. No lo entendimos cuando hicimos de la humildad una escuela de humillación en vez de una escuela de grandeza. No entendimos lo que Dios nos pide: lo indispensable para realizar una vida libre, una vida no soportada, una vida que sea realmente fuente y origen de sí misma, lo cual es posible justamente en la retoma de todo nuestro ser a partir de sus últimas raíces en un impulso de amor hacia el Otro, más íntimo en nosotros que lo más íntimo nuestro.

A esos pobres que debemos ser se dirige el Evangelio, a los pobres de espíritu que son precisamente los verdaderos discípulos del Dios vivo, que son hijos por la esperanza y que se parecen a su Padre celestial en la medida en que toa su vida es vida de don, de generosidad y caridad.

No consideremos pues jamás el cristianismo bajo una perspectiva de empequeñecimiento. No se trata nunca de limitar nuestras ambiciones a algo irrisorio. Al contrario, lo que se nos pide es no querer jamás menos que el infinito, pero el verdadero infinito que es tal precisamente por el don, por la ofrenda que es una hoguera encendida y en el corazón de Dios, llama eterna de caridad infinita.

Cristo se dirige a nosotros para promovernos. A cada uno nos dice: “Amigo mío, sube más arriba” (Lc. 14:10). Nos libera de toda humillación. Nos libera de todas las jerarquías en que haya un “arriba” y un “abajo”, en que haya dueños y esclavos, no empujándonos a la rebeldía sino haciéndonos entender que la verdadera grandeza está en la línea de la existencia y que actúa de manera soberana aquél cuya presencia basta para crear luz, para traer alegría, para ser fuente de fraternidad y de paz.

Debemos pues dejarnos formar por él, pero en todos los aspectos, quiero decir en toda seguridad, en entera confianza, en total abandono, porque no nos va a quitar nada, siendo el gran pobre, nos va a enseñar a crecer sin poseer nada, es decir a no estar poseídos de nada. Nos va a enseñar a crecer en el silencio, nos va a enseñar a darnos a él que es el don perfecto, y nos va a enseñar a acoger a los demás sin humillarlos jamás pues cada uno tiene posibilidad de ser hijo de Dios y porque para todos es el mismo camino, la misma dimensión, la misma grandeza, la misma humildad que no humilla sino que glorifica, ya que es la humildad en que simplemente, dejando de mirarse, uno es fascinado por el rostro que lleva dentro de sí y no aspira sino a darle la posibilidad de revelarse, de transparentar y comunicarse.

Pidamos que la liturgia de hoy que se dirige a los pobres que debemos ser se realice cada vez más perfectamente en la libertad interior que es la única grandeza, pidiendo a la Virgen Inmaculada, que es la mujer pobre, la mujer que nunca se miró a sí misma, la mujer que está en comunión con Cristo y que es toda madre por todas las fibras de su ser, justamente por ser solo donación, por ser “fiat” (“hágase”, Lc. 1:38).

Pidamos que esa sea justamente nuestra preparación al misterio de Navidad, al misterio adorable del Dios que viene. Pidamos esa alma de pobre que nos permita ser canal, signo y sacramento vivo de Dios, sin contorsiones, sin mentiras, sin hipérboles, en la pura alteridad de una existencia auténtica, donde él pueda dejar brillar su rostro por el cual suspira toda la tierra, sin que tengamos necesidad de mencionarlo.

(1) Anawim : los pobres de Dios (hebreo, singular Anawah). Es decir los “curvados”, los pequeños, los débiles, los humildes, los afligidos, los mansos.

(2) Circumincesión: en teología, existencia de las personas de la Santísima Trinidad unas en otras. Compenetración mutua fundada en la unidad de esencia, hablando de la Santísima Trinidad.

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