Conferencia de Mauricio Zúndel en Ballaison, Francia, en 1965. (Inédita) (1)

¿Dónde se sitúa la vida monástica en el Misterio de la Iglesia? ¿Dónde se sitúa?

Existen dos concepciones posibles de la vida monástica: o ella concierne la santificación de los individuos, de los miembros de la Comunidad, o la vida monástica y todos sus derivados en la vida religiosa tienen un fin eclesial…

Si la vida monástica, la vida religiosa, concierne la santificación de los individuos, si concierne sus miembros, su propia perfección y salvación, hace doble empleo con la misión de la Iglesia.

Precisamente, la misión de la Iglesia concierne la santificación de todos sus miembros, y como Iglesia no se comporta de dos maneras diferentes: no hay dos fidelidades en la Iglesia, la santidad es para todos, es la perfección de la caridad, no vemos porqué constituir en la Iglesia, es decir bajo su solicitud y su consagración, una especie de gueto que busca una santidad que no puede ser diferente de la santidad común.

La vocación bautismal es la misma que la eucarística. La vocación eucarística, digamos, es la vocación común: todos los cristianos están comprometidos en ella, todos los cristianos están llamados a la santidad, a la misma santidad, definida por San Pabloen la 1ª epístola a los corintios como la perfección del Amor (1 Cor. 13).

Si por el contrario la vida monástica cumple un fin eclesial, hay que considerarla bajo un aspecto muy diferente y eso quiere decir que una de las dificultades para equilibrar la vida religiosa es la confusión entre las dos finalidades. Considerarla como escuela de perfección (¡si ésta es posible!) o como vida apostólica, como misión eclesial

Parece que se hanconfundido las dos finalidades, muy especialmente en los institutos femeninos creados durante el siglo XIX con una reglamentación muy rigurosa y muy detallada, y que en el conjunto de la Iglesia y en la conciencia ordinaria se ha dado a la vida monástica o religiosa el carácter particular de hombres o mujeres que se retiran para buscar una perfección especial que les es propia, de tal modo que ciertos reglamentos parecen haber sido concebidos para “poner al paso” al individuo, para quebrar su voluntad, para privarlo de toda iniciativa, para hacer de él finalmente un menor de edad, un ser sin responsabilidad en manos de los superiores.

Esta concepción me parece imposible, primero porque hace injuria a la finalidad común de la Iglesia que es la santificación de todos sus miembros, y luego porque tiende a instituir dos cristiandades, dos pueblos cristianos: los seglaresque no están obligados sino a dar su contribución financiera a la Iglesia y que finalmente se salvan cogidos de la sotana de los monjes o los sacerdotes, y los consagrados, obligados a una santidad particular por estar justamente consagrados a Dios.

Los demás, los laicos, se reparten entre Dios y el mundo y como el mundo coge la mayor parte, le dan a Dios muy poco lugar. Son “seglares”, se entregan a ocupaciones indispensables: ganar el pan, educar a los hijos, competir por sus negocios… ¡El Señor se arreglará con lo que le den! Los monjes “compensarán” y las personas del mundo harán fundaciones que contribuyan a erigir monasterios, les ayudarán a vivir y ¡así se santificarán por procuración!

El peligro de esta dicotomía del pueblo cristiano es evidente ya que la concepción de la exigencia cristiana se vulgarizó, perdió su sabor, y los laicos se sienten, o no están prácticamente comprometidos en nada, y sus tentaciones, sus pecados mismos, son normales en su situación: están cerca de los monjes, tienen la fe, ¡pero en moral, hacen lo que pueden!

Y entonces por el lado monásticomismo, por el lado de los institutos religiosos como tales, la voluntad, la intención, o el deseo de organizar la vida para santificar a la gentemediante la organización misma, sometiéndolos a pruebas que realizan en ellos la perfección del despojamiento, tendrá por resultado la práctica de todas las virtudes cristianas.

Y eso además dándoles a los superiores una autoridad sobre toda la vida ordinaria, autoridad que puede degenerar muy fácilmente en tiranía, que puede provocar en los “súbditos” como se les llama, o bien un infantilismo que perpetúa en la vida una irresponsabilidad aceptada, o bien rebeldías, o astucias para agradarles, para alabarlos y así “colarse”, es decir, procurarse los favores que permitan escapar a lo más duro de la vida comunitaria. En eso hay ciertamente un despilfarro de energías personales y también empresas contra la libertad y la dignidad humana, que han provocado (en los institutos religiosos) dramas que van a veces hasta el suicidio, porque ¡el ser humano está llamado a alcanzar la edad adulta! Si se nos comunica el personalismo divino, (y ése es el fondo íntimo del cristianismo), es evidente que la perfección cristiana, que se realiza precisamente mediante el personalismo divino, no comporta una existencia de menores de edad que se dejan simplemente conducir, que no tienen iniciativas, que, siendo adultos, pasan el tiempo pidiendo permisos.

Hay comunidades femeninas donde hay brillantes diplomadas de Universidad, y que recaen bajo el yugo de superioras sin estudios, y se ven tratadas como niñas, o hacia las que se guardan secretos de polichinela porque se imaginan que humillándolas se las mantiene en la humildad. Se pierde mucho tiempo controlando, controlando los gestos, los actos, las cartas, toda la correspondencia y todo lo demás. Y en ese despedazamiento que hace que todo sea controlado, recuerdo las palabras de una superiora de religiosas del Sagrado Corazón, de gran talla además, una mujer ciertamente muy santa pero que compartía la mentalidad del “antiguo régimen”, y se había escandalizado porque una de sus religiosas, en conversación con una abogada, le había indicado los momentos en que estaba libre: “tal día no tengo clase, entonces si quiere verme, sería más oportuno que venga ese día”. La madre superiora le dice: “¿Cómo? ¡Soy yo la que programo su tiempo!” Eso puede tener sentido, pero es evidente que esa reglamentación, ese control detallado de todo, que lleva a las superioras a “dar permisos” y obliga las inferiores a pasar el día “pidiendo permisos”, ese régimen pudo reforzarse precisamente por el hecho de pensar que la vida religiosa conduce a la santificación de los individuos y por eso pues hay que despojarlos tanto como sea posible de su propia voluntad y ¡mientras más sometidos y controlados estén más se realiza la liberación!

Por eso las comunidades religiosas tienen hoy tanta dificultad para “reclutar”, y vemos hospitales que mueren por falta de religiosas, congregaciones amenazadas de extinción, justamente por esas humillaciones para con mujeres que estaban acostumbradas a asumir responsabilidades, que manejaban negocios, que ganaban su vida de manera totalmente independiente, esas humillaciones les duelen mucho naturalmente, no pueden superar la dificultad demasiado grande de un yugo que no parece siempre necesario. Una superiora de congregación me decía: “Como están las cosas, ni siquiera puedo desear que haya novicias, porque las reglas son tan anticuadas, tan poco adaptadas a la vida de la mujer actual que me parece una especie de crimen atraer jóvenes a nuestra institución: ¡no aguatarían!”

Es evidente que no es por ese lado que se debe considerar la vida monástica y religiosa, sino más bien por el lado de una misión eclesial, de una misión apostólica. Esto me parece absolutamente capital.

Para su vida, la Iglesia necesita empresas, obras colectivas que sólo pueden ser realizadas por comunidades liberadas de otras preocupaciones, y que al mismo tiempo aseguren estabilidad para que la obra pueda durar y continuarse. Tomo un ejemplo que tengo a la mano, el de la Orden dominicana en Jerusalén, el inmenso movimiento exegético que era indispensable a la vida eclesial, y en que se ha logrado recuperar genial y magníficamente el tiempo perdido. Habría sido imposible emprender ese trabajo y llegar a tales resultados si no hubiera sido emprendido por una orden religiosa, con un equipo rigurosamente unido por la vida monástica que asegurara su continuidad. Como también la obra gigantesca que los jesuitas han realizado en Roma, con organización comunitaria igualmente.

Hay obras colectivas indispensables a la vida monástica, como la liturgia, la liturgia monástica, esa especie de fiesta de Corpus y de hechizo del Amor en que Dios aparece verdaderamente como fin último de la vida, que ocupa toda la vida y en que el oficiante, quiero decir las comunidades oficiantes, precisamente por estar encargadas de la alabanza divina, ofrecen a toda la humanidad refugios de silencio, de contemplación, de renovación.

Pienso en las Benedictinas de la calle Monsieur de París, donde fui capellán durante cierto tiempo, pienso en ese monasterio desaparecido hoy por circunstancias totalmente materiales, y que se trasladó a Vauhallan, en el Depto. de Sena y Oise. En ese monasterio había incontestablemente una gracia de sacramento colectivo absolutamente sensible. Iba allá gente de todo París, como Du Bos, Mauriac, Isabel Rivière, actores, actoras, artistas… de todo París y de otras partes, a esa capilla sin belleza, pero donde se cantaba divinamente, donde se respiraba silencio.

En pleno París, al lado del Boulevard de los Inválidos, y dando sobre los Inválidos, casi frente a la Iglesia de San Francisco Javier, es evidente que ese monasterio no atraía a la gente sino porque ahí se respiraba una Presencia que no encontraban en otra parte. Se sentía inmediatamente que el silencio no era una consigna, como en otros lugares donde se toca la campana para ponerse en fila para la procesión litúrgica, para terminar las chácharas que habían llenado la sacristía. ¡No! No era eso. En el monasterio de la rue Monsieur había una centena de religiosas que vivían el silencio y que permitían a sus huéspedes respirarlo.

La gracia era tan sensible que Isabel Rivière se convirtió en una misa de la calle Monsieur. Antes no conocía sino misas de gran lujo, de matrimonios y entierros mundanos, y no había tomado la cosa más en serio aunque era hermana de Alain Fournier, el autor de El Grand Meaulne.

Cuando participó en una misa de la calle Monsieur, asistió sin guantes, habiendo sentido que había ahí un acontecimiento capital, que sucedía algo, que había Alguien, que era realmente un acontecimiento. Quedó tan penetrada que se hizo asidua de la calle Monsieur y sus dos hijos se hicieron benedictinos.

En el monasterio concebido como misión eclesial hay pues un sacramento colectivo que atesora silencio y lo ofrece a la humanidad. El abad de Getsemaní de Estados Unidos, de paso por Europa, en camino hacia Citeaux, me decía que su monasterio había creado filiales hasta cinco o seis veces, y estaba repleto de novicios. Eran doscientos en el monasterio y los novicios eran tan abundantes que había que instalarlos en tiendas de campaña. Había en el monasterio permanentemente unas 50 personas en retiro, lo que supone un intercambio prodigioso indispensable en esa América sobrecalentada.

Hay pues hombres, y muchos, que tienen absoluta necesidad vital de alimentarse en un espacio contemplativo, y de encontrar el silencio vivo del Amor. Es indispensable, cada vez más indispensable en la vida de hoy, pero hay que concebirlo como misión eclesial, y, en fin de cuentas, todas las órdenes enclaustradas tienen la misma misión de ser jardines de Dios en la humanidad, donde se pueda respirar la vida espiritual, de tal modo que el entorno se empape de su silencio y reconozca lo único necesario.

Si los hombres de Estado pudieran pasar 15 días en un monasterio, viviendo verdaderamente la vida monástica como los monjes, asociados a toda la vida de los monjes en un verdadero monasterio, los problemas políticos quedarían pronto resueltos. El primer efecto de poder tomar distancia es escuchar, en vez de hablar siempre bajo influencia de exigencias pasionales. El hecho de poder escuchar simplemente los pondría inmediatamente en una perspectiva humana. Y asumir la perspectiva humana en su centro divino es precisamente el papel de la vida monástica o religiosa, ya que todo el personalismo humano sólo puede constituirse por un personalismo divino.

Hay obras de enseñanza que la Iglesia pudo asumir por suplencia y que son quizá menos necesarias hoy. Hay países subdesarrollados que el P. Gauthier nos presenta como un campo de acción ilimitada. Es pues evidente que hay comunidades que son indispensables para asegurar esos servicios colectivos y su continuidad. Bajo este aspecto es importante para la Iglesia la vida monástica que emana de su esencia. Es indispensable para realizar el Cuerpo de Cristo y por eso la consagra, y consagrándola le comunica una misión apostólica.

La misión apostólica, entendida precisamente en la perspectiva de una finalidad eclesial y conlleva naturalmente la santificación de los que la ejercen. Es evidente, pero como la misión apostólica es común a todos los miembros de la Iglesia, no es una diferencia específica. La diferencia específica es la obra común que no puede realizarse sino en comunidad, en una estabilidad que asegure la continuidad.

Con esto, es evidente que la organización, es decir la estructura misma de la vida monástica recibe una luz muy profunda, porque no se trata ya de quebrar los individuos y de quebrar su voluntad para santificarlos ya que se santifican por los medios comunes a la vida eclesial; se trata de hacerlos aptos a la misión particular que es una misión apostólica. Y la obediencia en particular toma inmediatamente el aspecto de un envío en misión apostólica.

No se trata de quebrar a los individuos, de quebrar su voluntad, sino, mucho más, de hacer hombres, de confiarles responsabilidades, y una vez que se les han confiado, dejarles la iniciativa de todo lo que conlleva la función que se les ha confiado, sin intervenir para coordinar esas responsabilidades en vista del fin propuesto a la comunidad, fin que la Iglesia consagra precisamente recibiendo los votos de la comunidad.

Concebida así, la obediencia que les confía una responsabilidad tiene sentido de misión admirable, de misión que vuelve a comenzar cada vez con el Señor.

No me envío a mí mismo: ¡soy enviado por el Señor! Este me parece que es el sentido que revelan la vida monástica y la vida religiosa si se las concibe totalmente como misión apostólica en que recibimos de manos del Señor mismo el envío que consagra la misión. Creo que esto tiene una gran importancia.

He aquí un ejemplo infinitesimal. Estaba yo en Inglaterra, al comienzo de mi estadía, cuando comenzaba a balbucear el inglés. Estaba en un convento de mujeres y vinieron a pedirme remplazar a un sacerdote de una aldea para la misa dominical. Era sábado y no encontrando a nadie más, me preguntaron a mí si quería encargarme… Debía decidirme inmediatamente, y acepté. Fui arreglando mi sermoncito, mi primer sermón en inglés, escrito con mucho cuidado. Había escuchado confesiones.

Al día siguiente, cuando iba a decir la misa y me preparaba para mi sermoncito, veo aparecer un dominicano irlandés completamente imprevisto. Pensé: “no voy a hacer de esta misa un laboratorio de experiencia lingüística, el Señor mismo me envía un reemplazo, el auditorio no tendrá que soportar mi ensayo ya que hay un sacerdote cuya lengua materna es el inglés, voy a pedirle que predique.”

Él parecía embarazado porque no había preparado nada, y yo estaba un poco decepcionado de no hacer mi sermón. Pero me dije que lo más importante era la misión, ¡la misión! No se trataba de mí ni era para mí sino de la Iglesia y debía hacerse en el espíritu de la Iglesia. Entonces, ya que las circunstancias me liberaban “yo ya no tenía la misión”. Al contrario, la misión la tenía el dominicano, ya que eso le caía encima aunque no estuviera preparado. Él hizo un sermón muy hermoso, cuya gracia le fue dada por ese cambio.

Entonces es muy cierto que no hay que meterse jamás en una acción de que no estamos encargados.

La Iglesia es una misión, una misión apostólica. En ella somos solamente sacramento de Dios. Tenemos la gracia cuando somos sacramento de Dios. Si comenzamos a entregarnos a iniciativas que no están en la línea de la misión, quedamos solos. Y si hacemos errores, somos responsables de ellos. Y eso puede ser muy perjudicial para el Reino de Dios.

Si ejercemos los sacramentos teniendo la misión, estamos seguros de la gracia. Aunque seamos instrumentos muy elementales, la gracia pasará a pesar de todo, porque justamente estamos en la misión y que la primera condición de nuestra vida sacramental y de nuestra existencia de sacramento es justamente la entrega, abandonarse en las manos de Cristo.

Observemos que, comprendida así, la misión es obediencia litúrgica. Es obediencia jerárquica. Es obediencia sacramental. Es obediencia apostólica. Está plenamente en la perspectiva eclesial. Y, justamente, por ser apostólica no conlleva la destrucción lenta de la vida sino la entera confianza en aquellos a quienes se confía una función, dejándoles la responsabilidad mientras sean aptos para cumplirla y la cumplan efectivamente. Y cuando se necesite reorganizar las funciones en vista de la misión confiada a la comunidad, se hace en comunidad, consultándose y redistribuyendo los cargos, pero siempre en la perspectiva apostólica que nos coloca bajo la mirada de Cristo y en sus manos.

La pobreza tendrá la misma característica: siempre se la entenderá en espíritu. Hay cantidades de religiosos que pueden siempre recibir, siempre les está permitido recibir, pero jamás tienen permiso para dar. Cuando se encuentran ante una miseria, no pueden dar porque no les está permitido. Es evidente que eso es contrario al espíritu de pobreza. Es evidente que, como todo cristiano, los conventos no son dueños de sus bienes: los bienes pertenecen a todo el mundo. Es evidente que si un religioso o una religiosa se encuentra ante una miseria que es necesario auxiliar inmediatamente, y puede hacerlo sin que la comunidad sufra un daño mortal, es evidente que puede hacerlo. ¡Esa especie de consigna: ‘nunca dar y siempre recibir’ tiene algo de sospechoso!

La pobreza debe ir evidentemente en el sentido de la misión apostólica, que consiste precisamente en dar a Cristo a los hombres y en darse para darlo. Ya vimos lo que implica: la misión es común a todos los cristianos y asegura la misión monástica en la medida en que justamente debe ser una de nuestras preocupaciones, debe preocuparnos todo lo que pueda impedir la realización de la obra que es un sacramento colectivo.

Pero lo que me parece importante, es insistir sobre el carácter eclesial, sobre la misión eclesial de la vida monástica, de la vida consagrada, y reformarla en función de la misión apostólica, separando claramente la preocupación de la santificación personal, devolviéndola a la vida común de la Iglesia, y especificar bien que los compromisos contraídos conciernen la misión eclesial, dándole este sentido a la interpretación que implica una misión que se dirige a adultos que son responsables y que deben tomar sus responsabilidades como toda persona adulta. Sería singular que los hubieran admitido en el convento y a la profesión religiosa si no se les tuviera confianza. Pero si se les da por el contrario una perspectiva amplia, ellos darán lo mejor de sí mismos.

Cuando tenemos una responsabilidad, teóricamente eso nos estimula a cumplirla lo mejor posible. Un control riguroso, que divide la vida y pone en duda la buena voluntad del sujeto, lo hace pasivo: si no debe tomar ninguna iniciativa, esperará que lo pongan en movimiento. Esto engendra crisis muy graves.

Recuerdo un Instituto hospitalario en que la madre superiora, que se mantuvo 30 años como superiora, no sé cómo, treinta años a pesar de todas las leyes canónicas, esa superiora, excelente mujer y además muy sencilla, campesina que era, quería absolutamente, absolutamente, estar en todas partes. Tenía todas las llaves de la casa, tanto que una de las religiosas sintiéndose como prisionera contrajo una claustrofobia muy severa, y una noche se escapó. Afortunadamente tuvo la buena idea de refugiarse en casa de un médico católico que comprendió inmediatamente su caso y, después de haberla calmado, la llevó a su orfanato. No se dieron cuenta conocimiento de su fuga. Pero como las humillaciones continuaban, contrajo una meningitis y murió. Sean cuales fueren las intenciones de la superiora, si esa religiosa hubiera podido respirar en medio más humano, habría podido desarrollarse y dar lo que debía dar.

Pienso que si se desea reformar actualmente los institutos religiosos, hay que hacerlo en esta perspectiva: una misión eclesial, una misión apostólica debe implicar responsabilidades y justamente un desarrollo armonioso de la personalidad, es decir con bases sobrenaturales.

En su comunidad ustedes están destinados al sacerdocio. Están destinados a la vida parroquial, a evangelizar el pueblo cristiano, a asumirlo como sacerdotes según la orientación de su instituto, su fundación heroica, difícil, y creo muy necesaria pues la vida parroquial exige naturalmente la santidad del sacerdote.

El sacerdote debería santificarse, debería ser sacerdote y monje a la vez, como lo pensaban en el siglo 17 los fundadores de compañías de sacerdotes, San Sulpicio, los Lazaristas o los Oratorianos. Pensaban que la vocación del sacerdote es vocación de santidad y que basta con vivir puramente el sacerdocio para tener una vida muy rigurosamente cristiana, de modo que esas compañías no tienen votos, en todo caso los sulpicianos y los oratorianos; los lazaristas no los tuvieron sino más tarde, salvo error. En la mente de los fundadores, eran sociedades de sacerdotes que, por el hecho mismo de su sacerdocio, debían vivir una vida religiosa intensa y perfecta. Basta ver los primeros fundadores del Oratorio: gentes como Berulio, de Condren… eran colosos de santidad. Sus escritos comportan y revelan una consagración a Dios de tal amplitud, de tal profundidad y novedad extraordinaria.

Pero de hecho en la vida de parroquias modernas donde hay varios sacerdotes, la reunión de sacerdotes es con frecuencia bastante mediocre. No hay lazos entre los sacerdotes, están yuxtapuestos, tienen casa o mesa en común, pero no tienen lazos espirituales entre sí, o muy pocos, … Están demasiado ocupados, desparramados al exterior, arriesgan convertirse en funcionarios, en gentes que tienen un poder… algo así como brujos, brujos del cielo. Y por de ese poder, son pagados y alimentados por los seglares que necesitan su mediación. Pero ese poder emana de un Dios faraón, de un Dios exterior, de un Dios todopoderoso del que son delegados, ese poder no les da siempre el entusiasmo para el ministerio. Pudieron comenzar siendo muy fervientes, y luego eso se gasta y si viven solos, atendidos por una sirvienta, o si viven en comunidad de mesa con cohermanos con quienes no tienen vínculos espirituales, mantienen entre sí conversaciones que no llevan a ninguna parte. Se vacían, aun en el seno de una pseudocomunidad, arriesgan mucho terminar reducidos a los gestos rituales y no hacer irradiar sobre los fieles lo esencial que es el testimonio de una presencia vivida, lo único necesario después de todo.

Entonces todos los poderes se vuelven magia, y los sacramentos se hacen ineficacessi no van acompañados del testimonio de una presencia divina vivida, de tal modo que, prácticamente, la actividad sacerdotal arriesga reducirse a algo muy exterior, agrupando gente, aglutinándola en obras, en manifestaciones que no comprometen profundamente, que no convierten, que dan buena conciencia pero sin hacer pasar por un nuevo nacimiento, y que exteriorizando más y más la vida cristiana como manifestación de masa, arriesga comprometer profundamente el Reino de Dios.

El Reino de Dios sólo puede construirse del interior. El Reino de Dios necesita la Presencia actual de Jesucristo, la cual sólo puede producirse en la realidad de una vida consagrada, de modo que prácticamente, si queremos llegar a una vida sacerdotal fecunda y común, como es indispensable, si queremos llegar a una vida sacerdotal común, es necesario que sea comunitaria, bajo uno u otro aspecto, que haya vínculos espirituales, que haya un acuerdo espiritualy que haya también continuidad. ¡El cambio de coadjutor no debe perturbar todo!

Creo que, por la fuerza misma de las exigencias consustanciales del sacerdocio, hay como un llamado a hacer de la comunidad sacerdotal una comunidad religiosa, lo que había realizado San Agustín en Hipona aun antes de ser obispo, y creo que es en este espíritu como llegó a constituirse la comunidad de ustedes, y si Dios quiere, que dure tanto como se los deseo. Me parece muy importante que la vida parroquial no se exteriorice, que el sacerdote no se secularice, en el sentido negativo de la palabra.

¡Desde luego, yo comprendo que la vocación de un sacerdote obrero es admirable! ¡Pero qué despojamiento! ¡Es evidente el despojamiento riguroso que se necesita para realizarla! Son también vocaciones que corresponden necesariamente a la finalidad eclesial en primer lugar, pero la vida de las parroquias es igualmente necesaria, y si las parroquias deben santificar, si tienen que ser focos de vida cristiana auténtica, es naturalmente necesario ante todo que la comunidad de los sacerdotes sea foco de vida auténtica, y eso es imposible si no hay una chispa de buena voluntad y de generosidad. Es necesario que la comunidad viva realmente, que se impregne, se recoja, y que tenga los medios de escuchar, de respirar a Dios y de comunicar esa respiración.

Es cierto que no son los sermones, sobre todo como los que oímos, los que convertirán a la gente, ni los comentarios rutinarios de un Evangelio que no ha sido estudiado profundamente, que no ha sido actualizado, que no ha sido vivido, que no ha sido pensado en función de los acontecimientos porque finalmente la gente que viene a la Iglesia ha vivido una semana en que han hecho forzosamente trabajos indispensables en el arreglo de las casas, en la educación de los hijos, en el sostén de la vida, se plantean problemas, la vida se los plantea, la educación de los hijos se los plantea, la fidelidad conyugal se los plantea. Y ahí están el domingo, ¿y qué tenemos para decirles? Sólo podremos decirles algo que pueda brotar del corazón en respuesta a la pregunta que ellos son. Es absolutamente imposible hablar sin ponerse en su lugar, en lugar de la gente a quien uno se dirige.

Es domingo, un domingo de invierno, un domingo de verano, o un domingo de primavera, o un domingo de otoño. Es domingo, a las 7 o las 8 de la mañana, o a las 7 de la noche, y ¡no es lo mismo! No es lo mismo si llovió todo el día o si hizo buen día. La gente trae otra estructura, otra psicología, otra espera. Hay que ponerse en su alma, en su corazón, en su sensibilidad, en sus preocupaciones. Hay que decirse: “¿Qué quisiera oír si yo fuera la gente que me escucha aquí a las 5 de la tarde, el 19º domingo después de Pentecostés, después de la lluvia o el sol? ¿Qué quisiera escuchar? Inútil darles un cursoy aburrirlos con una teología sosa y cansona que no tiene nada que ver con nosotros.

En función de su llamado, se trata de reinventar al Señor, de hacérselo descubrir de nuevo, de no hablarles sino con el entusiasmo de un descubrimiento que acabamos de hacer. Si el sacerdote mismo no lo vive, si recita una lección, es un funcionario y no le llegará al alma a nadie. Habrán cumplido su oficio pero no habrán hecho nada por responder a la espera humana que es la espera de Dios en el hombre.

Nada más desastroso que un sermón que oímos repetir por séptima vez a la misma persona, en una especie de repetición mecánica. En el fondo, es una lección que se da, que estamos encargados de darla porque somos funcionarios dominicales. Pero sólo podemos comunicar la vida si estamos en la escucha de la vida, si hemos vivido los acontecimientos de la semana que la gente ha vivido en su universo, en su medio, en su barrio, con sus preocupaciones, de manera que si no podemos hablar de los acontecimientos, que al menos sientan que hemos pensado, sufrido, vivido, amado, reaccionado con ellos, y sobre todo, que hemos encontrado en el corazón del Señor la respuesta que vinieron a buscar.

Tienen que salir de la iglesia llenos de Dios, del sentimiento de que Dios está en plena actividad, y de que Él es la respuesta. Si estamos vertidos al exterior, todo el tiempo como seglares, lo más seglares posible, confundidos con los demás seglares (con camiseta o no sé qué que oculte a los ojos de todos que somos sacerdotes), si queremos absolutamente parecernos a ellos en la playa, no tendremos nada que darles. Si no escuchamos a Dios, si no tenemos una parte contemplativa en nuestra vida, quedaremos vacíos en el contacto con los demás, vacíos de nosotros mismos, y perderemos el equilibrio, y no tendremos más nada que dar.

Es absolutamente necesario que nuestro ministerio sea la irradiación de una Presencia, eso vale más que todo. Lo que importa, no es que la gente reciba los sacramentos, ni que tengan una predicación aburridora y que les llene la cabeza con un misionarismo (?) estéril, sino ¡que encuentren a Alguien!… Ese Alguien que reconocemos siempre sin jamás conocerlo, que reconocemos en seguida porque crea un espacio y trae la libertad.

Es muy cierto que no es llenando la cabeza con lecciones aprendidas, recitando una teología limitada, occidental, reducida a una Suma de Santo Tomás diluida, y eso a la tercera potencia, no es así como llevaremos algo a los que vienen a la Misa… No es eso lo que va a alimentar a la gente, sino un testimonio auténtico que, empleando palabras cualesquiera, los llene de una Presencia. ¡Estamos en un diálogo nupcial y una vida nupcial no se alimenta con palabras! Las palabras pueden expresar esa vida si existe (si es real en el que habla), pero ya no se trata de palabras sino de presencias, son personas, son sacramentos.

La vida sacerdotal se esteriliza lamentablemente cuando no es a base de contemplación. No se trata de dar palabras místicas, no es eso lo que quiero decir, no se trata de eso. Es algo que no podemos simular, algo que no puede existir sino en la autenticidad de la vida.

La gente que nos recibe, que viene a vernos, cree en nosotros. Presta crédito a la ordenación, piensa que somos hombres de Dios, espera encontrar a Dios en nosotros, que le vamos a dar la respuesta de Dios. Si no escuchamos a Dios, ¿qué podemos darles? ¿Cómo podremos eclipsarnos? porque eso es lo esencial. La respuesta que debemos darles no la vamos a sacar de un manual, será una respuesta que debemos sacar sólo de nuestra entrega. Tenemos que escuchar su corazón, comprender lo que pueden recibir, adivinar sus dificultades profundas a través de las palabras, hasta estar en comunión con lo más profundo de ellos por lo más profundo de nosotros mismos. No tendrán ni siquiera idea de entrar en esa comunión si nosotros mismos no entramos en ese nivel de silencio en que se llega a Él, en que se está en contacto con Dios. Es absolutamente capital. La gente no será abastecida por lo que les digamos, sino por lo que seamos.

Lo que somos es lo que va a penetrar en su profundidad lo cual va a abrir el vacío donde Lo encontrarán, si vivimos en el nivel de la Presencia Divina. En ese vacío, en ese grito de amor, es donde van a ofrecer a Dios un espacio donde podrá difundir Su Vida.

En este sentido ustedes comprenden que su fundación y su comunidad pueden constituir en efecto una misión eclesial y apostólica. Es el llamado a realizar un sacerdocio que renuncia y rehúsa ser funcionarismo mágico, y que sabe que todo lo exterior debe ser asumido por el interior y que los sacramentos – que además tienen ordenación comunitaria y deben constituir la Iglesia como Amor, como Caridad – y que ningún sacramento será recibido como tal si quienes los dan, quienes los administran, quienes los confieren no están implicados en ellos.

Todo lo que concierne la vida personal es finalmente un secreto de amor. En el misterio de la persona es donde se contiene toda luz, la luz es la persona, no la razón. La luz de la Persona es la que se debe alcanzar, porque el Evangelio se dirige a la luz de la Persona.

El Evangelio no es un sistema, no es una doctrina, es una Persona, la Presencia más personal que existe ya que es el Personalismo divino de la Santa Trinidad, que se nos comunica por medio de la Humanidad de Jesús. ¿Cómo llegar a la Persona sino personalizándonos nosotros de manera divina? Es la condición primera de nuestro ministerio, es la condición fundamental, y su fecundidad depende rigurosamente de nuestra identificación con el silencio de Dios, el silencio que es Dios, y desde el fondo del silencio es como toda acción fecunda debe partir, y permaneciendo en el silencio es como la acción guarda su dimensión humana y divina y es portadora del Infinito.

Además, todo el mundo lo siente. La gente que se convierte, la gente que escapa a la superstición de las obras, la gente que se convierte lo hace siempre bajo la influencia de un encuentro, de un encuentro con la Presencia de Dios encarnado en alguien habitado por Él.

Entonces pienso que su fundación se sitúa en esta línea, creo que responde a una necesidad capital de la vida eclesial, porque el sacerdocio terminará corriendo grandes peligros con esos solterones (en que pueden convertirse los sacerdotes) sin ningún encuadre material, sin cocina común, en que cada uno por sí mismo participa sin ningún vínculo espiritual, sin ninguna coordinación rigurosa, y que terminan por ya no atreverse a hablar de Dios (¡eso parecería beaterías!...), y que no hablan de Dios sino cuando toca, por ser su oficio, y que hablan entre ellos de cosas sin consistencia alguna y con frecuencia completamente tontas, de chistes de gusto más o menos dudoso, porque ya no se atreven a poner en común aquello de que más viven en fin de cuentas. Entonces ya solo se presentan ante los seglares en la función sacramental y ritual que ejercen.

¡Pero son hombres! También necesitan alimentarse, necesitan afecto, necesitan creer, necesitan entusiasmo. ¡Eso no puede darles entusiasmo! Y si un día pueden, se van, abandonando todo, ¡y eso no es nada sorprendente!

Muy recientemente un sacerdote de París se arrojó al Sena. Había preparado su suicidio, lo había preparado pidiendo perdón por adelantado, lo había preparado porque no era feliz. Es desde luego un caso patológico, pero muestra en verdad el aislamiento, la inopia de un hombre sin ninguna comunidad humana y que vivía en un espacio cada vez más exterior a la zona profunda de la persona, y que ya no se sentía en equilibrio.

La comunidad de ustedes tiene carácter de urgencia absoluta porque nada sería más peligroso para la vida cristiana que las parroquias que reúnen simplemente gente que busca ayuda, o más bien ayuda espiritual, que busca darse buena conciencia, creer que constituye un pueblo elegido, a pesar de su mediocridad.

Es necesario que sientan al contrario que no es eso, que la Iglesia les da algo esencial, algo que renueva toda la vida, algo que corresponde a lo que Nuestro Señor llama el nuevo nacimiento. ¡Es verdad! Es verdad, ¡es el nuevo nacimiento, o no es nada! Pero si queremos dar el nuevo nacimiento, ese nuevo nacimiento se tiene que realizar primero en nosotros. ¡Tenemos que ser como recién nacidos, como dice la epístola del Domingo de Cuasimodo, tener toda la riqueza del recién nacido, todas sus potencialidades, y llevar al mundo el rostro entusiasta y entusiasmante de un amor infinitamente esperado y finalmente encontrado!

Ahora quisiera abordar brevemente el problema de la revelación. Mi primera cuestión será: ¿existe un pueblo escogido?

La tesis que defiendo es que jamás hubo pueblo elegido, que es un error considerar al pueblo de Israel como un pueblo elegido. Con esa supuesta elección se alimenta el antisemitismo. Nunca existió un pueblo elegido, existe una Iglesia elegida, y eso es muy distinto. Y lo que entiendo ahí, lo van a entender inmediatamente si piensan en el sacrificio de Abraham.

En esta perspectiva, el sacrificio de Abraham es precisamente prueba de que no es la descendencia carnal la que recibe la misión sino la descendencia espiritual. Ismael es hijo de Abraham, pero no encargado de la misión. Isaac es hijo de Abraham, encargado de la misión, pero rescatado, recuperado por el sacrificio de Abraham. Fue engendrado por el sacrificio de Abraham. Esta descendencia nacida del sacrificio, nacida del espíritu, es la que recibe la misión.

Esa será además la tesis de San Pablo a los romanos: el Israel de Dios es el Isaac de la fe, no el Israel de la carne, y Juan Bautista dirá: “¡De estas piedras puede Dios suscitar hijos a Abraham! No crean que por ser hijos de Abraham van a escapar al juicio. ¡Dios puede suscitar hijos a Abraham de estas piedras!” (Mt 3, 19). Porque no es la posteridad carnal la que crea el Pueblo de Dios, sino la posteridad espiritual, la herencia de la fe. Por eso San Pablo puede argumentar: “Y Dios no es infiel a sus promesas: el Israel de Dios continúa, el Israel de Dios es la Iglesia” (Romanos, 11,1).

Entonces propongo justamente que existe una Iglesia precristiana, pero no un pueblo elegido, y que la misión de los profetas era justamente impedir la identificación de la religión con una nación. “¡No digáis el Templo! ¡El Templo no os protegerá! ¡Si no cumplís la justicia, el Templo no os protegerá! ¡No practiquéis los sacrificios, me horrorizan! Comenzad por proteger a la viuda y al huérfano para cumplir la justicia. ¡Me tapo las narices ante vuestros sacrificios!” les dice Dios en Isaías, ¡porque eso no es la justicia!

En Europa hacemos una confusión, como los cristianos que identificaron la cristiandad con Europa hasta en los himnos litúrgicos: “¡Arrojad a los enemigos fuera de las fronteras cristianas!” ¡Como si existieran fronteras cristianas! ¡Como si la cristiandad fuera un gueto perteneciente a una raza o a un continente! La Europa cristiana ¿sí? ¡Vemos bien lo que ha hecho! ¡Hay una Iglesia universal, ¡pero no es europea, ni de ningún otro continente!

Pero existe un Israel de Dios salido de la carne, que hay que llamar Iglesia, una Iglesia que no es la única desde luego. Al comienzo del mundo hay una Iglesia precristiana, y esa Iglesia se difundió sobre toda la tierra mediante revelaciones que no eran todavía universales, que se dirigían a cada uno, que eran regionales; esa Iglesia comienza a tomar unificación específicamente universal en la misión de Abraham. Abraham es justamente encargado de la evangelización del mundo entero, que se realizará en su posteridad espiritual que es Cristo Jesús.

Me parece que Dios no puede tener dos caras. ¡No hay dos Dioses! Sólo existe el Dios trinitario y siempre tuvo la misma cara, la cara del Amor que es la cara de la Pobreza, la cara de la dimisión y de la humildad. Si en el Antiguo Testamento no presenta esa cara no es culpa suya, sino a causa de los hombres.

Cuando decimos: “¡Palabra de Dios! ¡Palabra de Dios!”, leemos la Biblia sin comprenderla, la damos al público, exhortamos a la gente a leerla, ¡y vemos en ella que el más sabio de los reyes tenía 700 esposas y 300 concubinas! Es curioso que la santidad de Salomón, que llenó de admiración a la Reina de Sabá, haya manifestado tal magnificencia: ¡700 esposas y 300 concubinas! El “Santo” rey David que tomaba como “cobija” a la Sunamita, ¡la hermosa doncella que lo calentaba cuando se llegó a viejo! ¡Es una especie de santidad que evidentemente no es muy corriente en el cristianismo! ¡Mal sea el que mal piense!... En la mentalidad de la época no veo ningún inconveniente desde luego. Eso supone un nivel que no es el cristiano. Y la Historia “Sagrada” nos cuenta sin ambages que los consejeros de David lo indujeron a tomar a la bella Sunamita. Y eso era costumbre: el rey podía disponer de todo, ¿verdad? ¡Y era inclusive un honor para la mujer el cumplir con ese papel!

Vemos que en el capítulo 15 (1 S., 15 ss.) Samuel da a Saúl la orden de masacrar a los Amalecitas y de destruir totalmente su territorio, condenándolo al anatema. El anatema es conocido: Josué lo utilizó, como ustedes recuerdan: el anatema, la enfermedad atribuida a Dios en numerosos ejemplos…

(El resto no fue grabado y sólo poseemos unas notas de un auditor)

Me parece que ya no seguimos los pensamientos de Dios sino pensamientos humanos (salmos de maldición).

La Revelación es una Palabra dirigida al hombre, y toma al hombre donde está para llevarlo más lejos. Palabra de Dios, pero Palabra dirigida a hombres. El libro de Job muestra el conocimiento insuficiente de Dios en su época, plantea el problema del mal sin resolverlo, espera la Revelación.

La Biblia busca ponernos en presencia de Alguien. La Biblia es una vez más el Sacramento de la Presencia de Dios, orienta la mirada hacia la Revelación de Dios. Ni libro de Historia, ni libro de Ciencias, sino Sacramento de Alguien: Jesucristo, encarnado imperfectamente en los Profetas, aparece plenamente en la cumbre de la Revelación. Dios asumió la Pobreza en los Profetas, los Salmistas, aceptó figurar bajo ese aspecto imperfecto, bajo ese vestido que Lo desfiguraba, para llevar a los hombres al pleno conocimiento. Qué distancia entre los dos Testamentos: “… el más pequeño en el Reino es más grande que el mayor de los Profetas’.

Todo lo que hay de imperfecto en esta Revelación no es de Dios sino del hombre”.

La pobreza. En tiempos de Jesús, las condiciones materiales eran otras y parece difícil identificar a Jesús con el proletario. La pobreza bien comprendida debe llegar a la supresión de la pobreza.

Hay que reflexionar sobre el sentido de la propiedad. La mujer pobre: “El gran dolor de los pobres es que nadie tiene necesidad de su amistad”.

El dolor supremo es el desprecio de que están rodeados los pobres: “Nadie se detiene donde nosotros. Nosotros los pobres tenemos también un corazón para darlo, ¡no somos solamente estómago!” la exigencia suprema es su dignidad.

La propiedad parece ser un espacio de seguridad para ser espacio de generosidad. No puedo ser fuente de generosidad si estoy aplastado por las condiciones materiales.

El fundamento de la propiedad parece ser: la pobreza según el espíritu. La posibilidad de darse. Esta pobreza exige una seguridad suficiente, lo necesario, para tener la libertad de darse. Si el hombre no tiene esta seguridad es imposible que se haga fuente, creador.

La pobreza evangélica es fundamento del derecho de propiedad. Un monasterio debe estar provisto de lo necesario para no tener que preocuparse por ello. Todos los hombres tienen derecho a lo necesario, es una condición para ser hombre. El derecho de propiedad no me concierne a mí solo, sino a todos los demás.

La biología no tiene ningún derecho. Si el hombre reivindica sus derechos, es en cuanto persona. El derecho de propiedad cerrado sobre sí mismo está muerto.Lo que va más allá de lo que me es suficiente para ejercer mi libertad de persona, pertenece por derecho a los demás que no poseen el espacio de seguridad necesario a su desarrollo. El derecho de propiedad comporta necesariamente la apertura a los demás que solicita una redistribución de los bienes.

Cuando las personas no pueden ejercer su dignidad de personas es necesario redistribuir los bienes. El derecho de propiedad es pues revolucionario en esencia… en vista de la redistribución.

Eso vale tanto para el bien privado como para el territorio nacional. La propiedad debe ser continuamente revisada en función de la situación humana.

La única manera de prevenir el comunismo es realizando las reformas que preconiza, pero en nombre del Espíritu.

Si el hombre es esclavo, la libertad política es un engaño; si es responsable en la fábrica, ¿cómo no serlo en la sociedad civil?

Todos deben comenzar en el mismo servicio y ascender luego los grados de la empresa. Lo único que le interesa al obrero actual es su salario y parece que no le interesa la marcha de la fábrica.

Es normal que quien tenga mayores responsabilidades tenga mayor salario, a condición de que haya posibilidad de promoción y cada uno pueda acceder a esas responsabilidades si tiene las calificaciones necesarias.

Esta igualdad de principio es indispensable. Cada uno debe poder calificar por su trabajo y sus capacidades. No debe haber “patrones” en el sentido actual sino jefes.

Cada uno debe ser propietario de todo lo que le es necesario para vivir como ser humano.

Es necesario al mismo tiempo suprimir la pobreza y la riqueza, salvar a los patronos y a los obreros.

Podemos considerar todos los problemas humanos en esa exigencia de liberación para un personalismo.

Son las heridas del Amor: solo puede sanarlas el Amor.

(1)Todo el retiro de Ballaison fue publicado entre el 07/07y el 24/09/09, con notas y comentarios del P. Paul Debains, q.e.p.d. Esta es la novena y última conferencia de ese retiro.

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