Conferencia de Mauricio Zúndel en la iglesia de Saint Severino, París, 3 de diciembre de 1961. (Inédita.)

Rimbaud sacó de su infierno esta intuición profética: “Yo es otro” en que podemos leer que toda verdadera intimidad es una ofrenda, que toda existencia auténtica es un éxtasis – la palabra latina existentia y la griega ekstasis tienen la misma raíz: salir de sí mismo, relación con otro. Por otra parte, por experiencia sabemos que el verdadero conocimiento de sí mismo solo se obtiene en presencia de otro y para él. Para verse es necesario dejar de mirarse.

Esta exigencia se realiza eminentemente en Dios. “Lam yalid wa lam youlad” dice el Corán: “Dios no engendra ni es engendrado”. Porque el Corán, o mejor, el profeta, mal informado sobre las creencias cristianas, creyó que ponían en la vida divina una generación material. No comprendió que se trataba de una generación espiritual. No reconoció que toda existencia digna de este nombre, como dice el gran poeta Coventry Patmore, es conocimiento nupcial, que todo conocimiento que surge en nosotros es un nacimiento en otro y para él. Dios no se mira. Dios es el anti-narciso, y la anti-posesión. Dios es una eterna ofrenda, un eterno nacimiento, una eterna aspiración; un éxtasis eterno. Dios es despojamiento, abandono, desapego infinito. En una palabra, Dios es Pobreza.

Bienaventurados los que tienen alma de pobre porque de ellos es el Reino de los cielos” es la primera bienaventuranza, la cual es la bienaventuranza misma de Dios: la alegría del don, el gozo de darse y de dar todo dándose. En efecto, Dios no está apegado a sí mismo. Porque solo tiene contacto consigo mismo ni con su acción comunicándola (Ab intus ad intra: de dentro a dentro). Por eso es soberanamente libre de toda obligación interior así como de toda dependencia externa. Por eso no es objeto, lo cual lo expondría a ser movido del exterior, sino puro sujeto, siempre movido del interior. Eso nos permite decir que, desde nuestro punto de vista, la trascendencia de Dios es el exceso mismo de su interioridad respecto a nosotros. En efecto, en esta perspectiva, Dios es absoluta inmanencia, es decir puro “interior”. Nosotros, al contrario, estamos afuera, como decía Agustín: “Tú estabas dentro pero yo estaba afuera”.

En el plano cristiano, siempre hablamos de un Dios totalmente interior a sí mismo y más íntimo a nosotros que nosotros mismos, un Dios que, una vez más, es puro interior. No hay otro. Siempre hay que partir de este dato fundamental, de esta revelación que es el centro mismo del Evangelio: el Dios “espíritu y verdad”. El Dios de que Jesús habla a la samaritana es un Dios “sin exterior” y por ende, un Dios interior a nosotros mismos.

Precisamente, puesto que Dios es puro “interior”, es decir accesible solo de adentro, pura intimidad como el amor sin condiciones que tiene su fuente en sí mismo, la revelación que puede hacer de sí mismo está condicionada por nuestro grado de interiorización.

En efecto, una intimidad solo puede manifestarse en una intimidad. Una persona solo puede revelarse a una persona. Si no acogemos a los demás dentro de nosotros y no los dejamos vivir en nosotros, si no nos identificamos interiormente con ellos permanecen necesariamente extranjeros para nosotros.

¿Cómo concebir entonces que Dios pueda revelarse sin enraizarse en nuestra intimidad y manifestarse sin transparentar a través de nosotros, sin hacerse luz en nosotros? La Revelación es justamente Dios que se manifiesta en el hombre, es decir que, en cierto modo, Dios se inscribe siempre en la historia por vía de encarnación. Quiero decir transparentando a través del hombre, pues solo puede aparecer en la transparencia humana que deja pasar la luz que es Él.

Y bajo este aspecto, se puede decir que toda la historia es una especie de encarnación. A través de los genios, los héroes, los profetas y los santos, Dios no ha cesado de manifestarse, lenta y progresivamente, en la medida misma y según el grado de la transparencia humana. Toda la historia, y por tanto, toda la creación es pues una encarnación permanente de Dios. Pero entonces es claro que si la revelación de Dios es función de la transparencia humana, los límites humanos arriesgan siempre limitar a Dios.

San Gregorio Magno nos lo hace sentir con maravillosa e incomparable sencillez. En efecto, comentando el episodio de los discípulos de Emaús, el papa san Gregorio resume todo el misterio de su ceguera, explica el hecho de que no reconocieran a Jesús que caminaba con ellos diciendo con magnífica brevedad: “Lo vieron fuera como estaba dentro de ellos”. Venían de Jerusalén después de la gran tragedia. Hablaban de él pero pensando que todas sus esperanzas habían sido enterradas en el sepulcro. De cierta manera, lo amaban pues lo añoraban alimentando su tristeza con toda su esperanza magullada. Y al mismo tiempo dudaban de que hubiera sido el que creían. Y esta ambigüedad va a deformar su visión. Lo verán, pues, al exterior como está dentro de ellos (*).

Siempre será así. Cuando el hombre cesa de identificarse personalmente con Dios, en la medida en que el hombre limita su compromiso y pierde su transparencia, el rostro de Dios se oscurece y se deforma, como, completando la enseñanza de san Gregorio, san Juan de la Cruz lo subraya con precisión magistral en el análisis de las noches místicas.

A este propósito, nada es más importante que la descripción que hace san Juan de la Cruz del alma en la prueba de la noche oscura. La prueba de que habla concierne seres muy comprometidos en la vida espiritual, durante el período de purificación pasiva en que deben caminar en un túnel cuya noche no cesa de hacerse más oscura. Se vuelve tan opaca, tan hostil en ciertos momentos, que el alma se hunde en la desesperanza, al menos le parece que todo está perdido. Más aún: le parece que Dios se encarniza contra ella, que Dios se ha vuelto su enemigo y que ella se ha hecho enemiga de Dios. En ese estado de desolación, es impermeable a toda consolación. Los maestros espirituales más preclaros son incapaces de ayudarle pues ella siente siempre que nadie puede comprenderla.

Pero si sigue el movimiento de la gracia, si persevera en la noche, verá brillar la luz divina en cierto momento. Entrará en la mañana pascual y conocerá por fin el gozo de las bodas espirituales hasta el reposo maravilloso del matrimonio místico con Dios.

Entonces el rostro de Dios será para ella una fuente de tanto gozo, de tanta paz, de tanta libertad y dilatación que se preguntará cómo pudo dar a Dios el rostro hostil y extranjero que la llenaba de terror, en el túnel en que avanzaba a tientas. Entonces entenderá que era ella la que proyectaba sobre Dios sus propias fallas, sus propios límites y sus escorias en esa fase de purificación necesaria. Comprenderá que Dios tiene solo un rostro, el rostro del final, el rostro pascual, el rostro nupcial, el rostro de amor cuya hermosura iguala a su bondad.

Este admirable análisis es la clave de la exégesis bíblica. A veces nos sentimos desollados vivos por ciertos textos de la Biblia tomados a la dureza de la letra, llena de masacres, de anatemas, de amenazas y maldiciones. No logramos reconocer al Dios del Evangelio en el terrible Yahvé.

Pues justamente, toda la Biblia, es decir la Biblia del Antiguo Testamento, debe ser entendida como la experiencia de una noche mística, como el itinerario de una humanidad en marcha hacia la luz, pero caminando todavía en el túnel de la noche oscura, proyectando sobre Dios sus imperfecciones, sus límites y escorias.

La Biblia es un libro sagrado en la medida exacta en que es el vehículo inspirado del itinerario espiritual, a la vez abierto e inacabado. Es pues importante tomarla en su movimiento y en su aspiración hacia Cristo y entenderla para superar sus límites inevitables a la luz del final a que quiere llevarnos.

Desgraciadamente, es de temer que muy a menudo hayamos tomado por la revelación de Dios los desechos y escorias de una muda laboriosa. Por eso hay que repetir continuamente: la revelación bíblica de Dios es la luz que anticipa en la esperanza, la luz del final, la luz del puro amor al que llegará la humanidad en Jesús, filtrada a través de visiones necesariamente imperfectas. Pues justamente, si podemos sentir tanta repugnancia ante ciertas representaciones bíblicas de Dios como Ex. 4:24-25 o Jos. 7:13, si ciertos textos nos desuellan el alma si no los leemos a la luz final de la venida de Jesús, pues en Jesús se realizó un cambio inconmensurable y en Jesús se inscribió para siempre en nuestra historia una revolución única.

¿Cuál es el cambio y en qué consiste esa revolución? ¿Diríamos que la eterna divinidad cambió? ¡Claro que no! Dios tiene solo un rostro, el del final, revelado en la plena luz del Evangelio. El conocimiento de la Trinidad, al centro del mensaje de Jesús puede ser nuevo para nosotros. Pero no introduce nada nuevo en Dios. Eternamente, Dios es la comunicación de amor personificada en las relaciones trinitarias.

Y la Encarnación no implica ningún cambio ni en el Padre, ni en el Hijo, ni en el Espíritu Santo. Entonces Dios no podía cambiar ni en sí mismo ni en sus relaciones con nosotros. En particular, Dios no tenía que venir entre nosotros, no tenía que bajar del cielo. Estas palabras tradicionales son parábolas venerables. Pero en realidad, Dios está presente desde siempre en lo más íntimo de nosotros, y jamás ha dejado de brillar en nuestras tinieblas. Todo el cambio que conlleva esta revolución está por el lado humano. El hombre era el que no estaba. El hombre se había alejado de Dios; no percibía dentro de sí mismo la Presencia del sol invisible que es el Dios vivo.

El hombre pues debía venir a Dios. La humanidad debía hacerse presente al eterno amor y eso es lo que expresa con admirable precisión el símbolo llamado de san Atanasio: “Cristo es uno, no por conversión o cambio de la divinidad en carne, sino porque la humanidad es asumida en Dios”.

En otras palabras, en el seno de María floreció una nueva humanidad. En el seno de María suscitó la eterna Trinidad la nueva creación de una humanidad tan transparente a Dios que el verdadero rostro de Dios pudo por fin manifestarse en ella. “Asumida”, como dice el símbolo, en el circuito de luz y de amor en que nace eternamente el Hijo como pura referencia al Padre en el conocimiento virginal en que intercambian. De ahí, en efecto, recibe la humanidad de Jesús el carácter y el estatuto de sacramento que mejor la define. Ella es, como dice el Padre Schwalm, “el Sacramento de los sacramentos”. Eso significa que está absolutamente despojada de sí, que no puede decir “yo”, que es totalmente relación viva con Dios e inseparable de Dios.

En ella se verifica de nuevo la intuición de Rimbaud “yo es otro”. En ella, se inscribe y se revela el orden, en sentido pascaliano del célebre fragmento sobre los tres órdenes de generosidad en que se expresa toda la grandeza de Dios. En efecto, como vimos, la grandeza de Dios no es grandeza de dominación sino de total generosidad. Y justamente, en las raíces mismas de la humanidad de Jesús encontramos la desapropiación que constituye la personalidad del Verbo, en quien ella subsiste, que la reviste de sí mismo y dice “yo” en ella.

Ella está pues radicalmente liberada del yo propietario que nos asfixia aprisionándonos en nosotros mismos. Llevada por el yo divino en el cual gravita y que es soberanamente libre por la exclusión de todo apego a sí misma en la pura relación que es él, se puede decir que es personificada por la libertad divina que le comunica la transparencia del despojamiento del cual ella surge.

Por eso, toda posesión le les imposible. No teniendo yo propio, no puede ni atraer nada a sí misma, ni encerrar nada en sí misma, como tampoco puede jamás dar testimonio de sí misma, pues por su ser mismo es siempre la revelación de la divinidad que la unió consigo. La humanidad de Jesús aparece entonces sellada en una pobreza única en que el yo egocéntrico es consumido hasta la raíz por el yo oblativo del Verbo que previno su eclosión asumiéndola a sí mismo.

Cuando percibimos el misterio de Jesús como misterio de pobreza cuya transparencia absoluta excluye toda posibilidad de limitar a Dios, quedamos estupefactos por la esterilidad de las discusiones sobre el “problema” de Jesús así como por la insuficiencia de las apologéticas que tratan de justificar las “pretensiones” de Jesús a la divinidad.

¿Es necesario repetirlo?:

- primero: no hay otra divinidad que la eterna divinidad cuyo amor explícito en las relaciones intra-divinas que fundan la distinción del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo,

- segundo: que la eterna divinidad está desde siempre presente en nosotros, lo mismo que está presente (considerada en sí) en la humanidad de Jesucristo, pero nosotros estamos ausentes y la negamos mediante nuestros rechazos de amor o la limitamos por nuestra opacidad,

- tercero: que la humanidad que brota en el seno de María no es Dios sino que está referida a Dios por la substancia del Verbo el cual la reviste de sí mismo despojándola de ella misma y haciendo de ella el sacramento diáfano en que se revela él en persona, sin que ella pueda afectar con ningún límite, pues ella no tiene nada propio sino la imposibilidad de apropiarse nada.

Por esa pobreza radical, eco perfecto de la pobreza divina, la humanidad de Jesús puede comunicarnos la suprema revelación de Dios y fijarla en nuestra historia.

En efecto, los bienes del espíritu no pueden estar ante nosotros como objetos. Solo pueden estar en nosotros, lo que implica que estemos en ellos. Es decir, hay que convertirse en cierto modo en los bienes del espíritu para conocerlos con fruto y alcanzarlos efectivamente. (Newman: Grammar of Assent)

Por eso, lo mismo que la ciencia no puede estar ante nosotros y no revela sus secretos sino al sabio que le dedica todas las energías de su mente, y la música no puede estar ante nosotros y requiere la sensibilidad del artista que la vive, ni el amor puede estar ante nosotros y necesita un corazón amante que lo acoja, con mayor razón tampoco la divinidad puede estar ante nosotros como una cosa sino que inevitablemente se revela según el grado de transparencia del hombre a quien se dirige. Entonces, solo una humanidad enteramente despojada, una humanidad sin frontera y sin adherencia a sí misma, solo una humanidad sacramento como la de Jesús podía comunicarnos su luz, sin limitarla, y hacerla habitar entre nosotros. Imposible encontrarla en otra parte ni de otra manera.

Bajo este aspecto se puede decir que la humanidad de Jesús representa el caso límite, finalmente inaccesible, de nuestras aspiraciones. Ya que nosotros todos, más o menos conscientemente, aspiramos a ser liberados de nosotros mismos revistiendo un yo sin fronteras y cuando, por un instante, somos liberados de nosotros mismos, cuando por un instante nos despegamos del yo propietario, es que ya gravitamos en torno al sol que es el Dios vivo, escondido en nosotros y confiado a toda conciencia humana.

Pero para nosotros, como bien lo sabemos, la recaída es casi inevitable. Apenas hemos entrevisto una cumbre, ya nos agarra la sombra del valle. Oscilamos continuamente entre el yo posesivo, el yo límite, el yo prisión y el yo divino que nos imanta y nos atrae.

En la humanidad de Jesús, al contrario, ya no hay ni oscilación ni conflicto, pues ya no hay pertenencia a sí mismo, porque en ella, como acabamos de verlo, el yo humano fue prevenido y consumido por la asunción al Verbo que la hace gravitar inseparablemente en el sol divino.

Para repetirlo otra vez, eso no significa que la humanidad de Jesús se haya hecho Dios. Según la definición dada por el Concilio de Calcedonia, las dos naturalezas, divina y humana, subsisten sin confusión. Ni Dios se cambia en hombre, ni el hombre en Dios. Es otra cosa. En el orden de la relación en que la persona se constituye como impulso de pura generosidad es donde se debe buscar una analogía al misterio de Jesús y, precisamente, bajo el aspecto de una pobreza radical, de un despojamiento que va hasta la raíz del ser.

En esa desapropiación absoluta, en ese despojamiento infinito brilla para nosotros el misterio de Jesús. De ahí sacamos la seguridad de que no nos va a encerrar en un sistema, en una prisión de palabras de doctrina, en una visión del mundo siempre discutible, sino que, al contrario, nos va a sumergir en los abismos de la luz divina en que nada puede limitar jamás nuestro campo visual.

La misión primera de la humanidad de Jesús, inscrita en la gracia de unión personal con la divinidad consiste precisamente, como acabamos de observarlo, en enraizar a Dios en nuestra historia con una plenitud tal que nada puede limitarla ni superarla en adelante. Si fuera superable ya no sería plenitud. Todavía tendría límites.

Sin duda antes de él la humanidad había podido tener intuiciones o revelaciones de Dios que fuerzan todavía la admiración y a veces constituyen una mutación revolucionaria. Pero en los profetas, en los héroes, en los santos hasta en los mayores genios, siempre había un límite proveniente de su yo biológico cuya sombra se proyectaba inevitablemente sobre el rostro de Dios.

Al contrario, en Jesús la humanidad no puede hacer pantalla. Dilatada por el yo divino en la relación que es él, evacuada por ello mismo de toda servidumbre y de toda posesión, solo puede introducir en nosotros la experiencia liberadora de la que nos da san Agustín la más bella fórmula aspirándonos hacia la divinidad de la que es el sacramento inseparable, para curarnos de nuestro yo primitivo revistiéndonos del suyo que es Dios mismo. Esta atracción purificadora que ejerce sobre nosotros supone que la humanidad de Jesús está tan abierta al hombre como a Dios en quien subsiste.

En efecto, ¿qué es lo que nos impide comunicar los unos con los otros, sino justamente nuestro yo posesivo? Son nuestras fronteras biológicas las que constituyen todo el pequeño mundo en que nuestra afectividad se siente cómoda y del que no puede prescindir y crean en nosotros la terrible indiferencia para con todo lo que no pone en peligro el círculo en que se encuentra.

En Jesús, al contrario, como no hay límites, como no hay yo posesivo que lo aprisione en su biología, como su humanidad es personificada por la libertad divina que no tiene fronteras, nada impide a Jesús ser interior a cada uno de nosotros. Y en efecto lo es.

Según una feliz fórmula, “Jesús está en su casa al interior de los demás”, es el compañero íntimo de cada uno, más que de los discípulos de Emaús. Siempre está en nosotros. Nos ama como una verdadera madre ama siempre a su hijo. Y como una madre verdadera vive la vida de su hijo más que él mismo, por él, en él y antes que él, Jesús vive nuestra vida más que nosotros, antes que nosotros, en nosotros y por nosotros, comprendiendo en este “nosotros” todos los hombres desde el comienzo de la historia hasta el final. En él reviven todos los esqueletos de la prehistoria, todos los restos anónimos de las sociedades desaparecidas y se vuelven presencia siempre actual, escapando a la indiferencia y al olvido.

Él es el eje de la evolución en que se engendra la humanidad. Él es quien le confiere su unidad y por él se sueldan y se encadenan las generaciones, y todos los siglos forman juntos una sola y única historia para realizar un mismo propósito. Él sostiene toda esa historia, le da sentido, la recapitula en la desapropiación radical de su humanidad, la cual le permite tomarnos a todos a cargo haciendo de él el segundo Adán.

Este papel y esta situación de segundo Adán es lo que Jesús expresa en el nombre de “Hijo del Hombre” que se da a sí mismo. Este es para él un nombre propio. Para nosotros, ¿qué es ser hombre? Nada más que una apelación banal y anónima. Entre dos mil millones y medio o más de hombres, nosotros representamos una unidad perdida en la multitud, como una gota de agua en el océano.

Pero Jesús no es solamente un hombre. Él es EL HOMBRE, el Hombre que sostiene toda la serie de generaciones, que sostiene toda la especie y la personifica para divinizarla. Por eso, para él, ser hombre, ser el Hijo del Hombre, es un nombre propio ya que lo es en un sentido único y justamente por serlo en un sentido único tenemos prácticamente la certeza de que es el Hijo de Dios en un sentido único. Porque lo habita la misma pobreza, la misma desapropiación, y lo califica, lo ordena a ser al mismo tiempo y simétricamente el Hijo de Dios en sentido único y el Hijo del Hombre en sentido único.

Su condición de Hijo del Hombre aparece claramente en su pasión por el hombre. Podemos decir que lo consume. Jamás el hombre ha sido amado de manera tan vehemente y generosa. Por eso también Jesús no cesa de orientarnos hacia el hombre que es el verdadero y único santuario de Dios.

La última palabra de Jesús, y la más hermosa prueba de autenticidad de su misión divina, no es amar a Dios sino amar al hombre. En efecto, Jesús sabía toda la impostura que se puede meter bajo el nombre de Dios, al que invocarían para condenarlo. Por esos nos “ordena” amar al hombre y nos orienta hacia el hombre. “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Y para traducir el rigor de esta identificación, resumirá todo el juicio final en esta secuencia: “Tuve hambre, tuve sed, estaba desnudo, enfermo o en prisión”, pues cada vez, era yo en cada uno, de donde deducimos que, a sabiendas o no, cada vez que fueron al encuentro del más pequeño de mis hermanos, fue a mí a quien socorrieron.

En realidad es demasiado poco decir que Jesús nos orienta hacia el hombre. Hace de ello el criterio exclusivo de nuestra pertenencia al Evangelio, pues nos reconoce como discípulos suyos por el don que hacemos de nosotros mismos a la humanidad ante la cual se arrodilla en el lavatorio de los pies.

Inventa por fin la Eucaristía para reunirnos alrededor de su mesa, juntos y no cada uno por sí mismo, juntos como un solo corazón, juntos como un solo cuerpo, exigiendo para poder llegar a él sin limitarlo que nos hagamos primero universales, que tomemos a cargo toda la humanidad para formar precisamente juntos su cuerpo místico único que comunica con su jefe, con su cabeza que es él mismo.

Jesús Hijo del Hombre, Jesús hombre en sentido único, Jesús consumido en la pasión del hombre, afirma su humanidad, su “filantropía” como dice la epístola a Tito, ordenándonos al hombre, haciendo del hombre el santuario de la divinidad, dando a la libertad humana la medida de la cruz, ya que la cruz no es un sacrificio ofrecido a la ira de un déspota que se niega a perdonar sin efusión de sangre, sino el contrapeso de amor que compensa todos nuestros rechazos de amor abriendo una salida al amor que agoniza por no poder comunicarse.

Así, Jesús nos arroja al centro de la reciprocidad de amor en que ya no existe señor ni súbdito, ni déspota, ni esclavo, sino que la amistad divina busca la nuestra y las bodas terrestres preludian un matrimonio eterno. En verdad Dios no se había revelado antes con tanta claridad ni jamás el hombre había sido glorificado con tanta nobleza.

Jesús nos libera de la pesadilla de un Dios que nos somete a sus caprichos y nos lleva a la única fuente de donde puede brotar la vida eterna que es Dios en nosotros. Él nos introduce en nuestra intimidad. La consagra. Sella su inviolable autonomía en la presencia y la alegría de Dios. En síntesis, se nos da él mismo y nos llama a ser lo que es él, a revestir en él el yo divino, a gravitar con él en el sol invisible que no cesa de imantar nuestra generosidad.

Así, Jesús puso todo en nuestras manos, ante todo al mismo Dios cuya fragilidad sin cesar amenazada por nuestro peso solo puede ser protegida por nuestra generosidad. Y justamente por haber dado tal dimensión a nuestra vida, nosotros tratamos de ser sus discípulos, no para rechazar a todos los que vinieron antes o después de él sin referirse a él, profetas, santos o místicos, de los vedas al budismo, o del mazdeísmo al islam, que pudieron lograr una vida espiritual auténtica en que se afirma el amor de un Dios que no tiene parcialidad sino al contrario que no excluye a nadie, porque todos son en él y viven de él, pues nadie puede escapar a su ternura universal, porque sus brazos están tendidos hacia toda criatura y abrazan todos los mundos.

En efecto, se puede decir de Jesús lo que Fenelón decía de Dios: “Su diferencia es que no tiene diferencia”, lo cual significa que mientras toda criatura está encerrada en sus límites y no puede nada más allá de los límites de su naturaleza, la diferencia de Dios es ser sin límites como plenitud de luz y de amor. Lo mismo Jesús, su diferencia es que no tiene diferencia. Así, el credo cristiano se resume todo en el misterio de la pobreza divina revelada en la pobreza diáfana de la humanidad de Jesús.

No propone un sistema del mundo, una visión estática de la historia. Nos pone en contacto con una Presencia ilimitada y universal para identificarnos con ella a fin de que en ella seamos liberados de todas las fronteras, de todas nuestras parcialidades y que toda criatura encuentre en nosotros su patria, su casa, su hogar, descubriendo a través nuestro el rostro del eterno amor que no ha cesado jamás de esperarla en lo más íntimo de ella misma.

El Hijo del Hombre que es idénticamente el Hijo de Dios, nos aspira a la comunión en que nos identificamos con el yo divino en quien subsiste su humanidad, para que con él llevemos toda la humanidad, recapitulemos toda la historia y terminemos todo el universo. Por eso puede decir san Agustín: No solamente nos hicimos cristianos: nos hicimos Cristo”. Esto puede parecer excesivo, puede parecer demasiado grande. No se puede decir que sea indigno del hombre, que ponga límites a su inteligencia, a su generosidad y a su amor.

Pero ¿cómo entrar en semejante diálogo con Dios, en una reciprocidad tan profunda, siendo tan débiles, estando devorados por codicias y confrontados a cada instante con los límites de nuestro yo propietario? El camino más seguro es quizá tomar conciencia de la fragilidad de Dios y de los riesgos a que se expone en nosotros, pues los animales que somos pueden continuamente aplastar la verdad, la hermosura y el amor que es él.

Por su parte, Dios solo puede proponerse en silencio a la decisión de nuestra libertad. Él es quien está amenazado, no nosotros. Él es el que hay que salvar de nosotros, y no nosotros de Él. ¿Qué puede hacernos Él, siendo la fuente de todas las ternuras maternales, sino amarnos eternamente y, si no lo amamos, estar eternamente crucificado por nosotros?

De esta visión sacaron su compasión san Francisco, san Juan de la Cruz, santa Teresa del Niño Jesús. De la mirada hacia el Amor víctima es de donde brotan las hermosas palabras de Graham Greene: “Amar a Dios es querer protegerlo contra nosotros mismos”.

Y probablemente, meditando al pie de la Cruz, una mano desconocida grabó en una tumba de montaña estas palabras increíbles: “El hombre es la esperanza de Dios”. Toda la perspectiva ordinaria queda así invertida porque en Jesús, Dios ya no es un límite, una amenaza, una dominación, sino el Padre y la Madre, el amor y la víctima.

Debemos pues abrirnos a él, que no cesa de darse a nosotros ofreciendo a su amor un espacio de generosidad, tratando de hacer callar todos nuestros ruidos para que pueda resonar en nosotros su música silenciosa.

Nietzsche, filósofo que pasa por ser el arcángel de la negación, escribió esta frase prodigiosa: “Que vuestro amor sea piedad para con dioses sufrientes y velados”. Me parece que no podemos concluir esta meditación sino volviendo a descubrir con él el rostro del amor crucificado para leer en sus heridas la invitación a la ternura.

Podemos estar cansados del esfuerzo y de la soledad, cansados de sufrir, cansados de luchar, pero ¿cómo no ver a Jesús, como lo muestra la Pietà de Aviñón, en el regazo de María y en equilibrio sobre sus rodillas, como el pesador de las almas?.

Ahí está el peso de las almas, el peso del hombre para Dios y la medida de su libertad. Porque Dios toma en serio al hombre. Respeta la libertad inviolable cuyo sello es él, queriendo hacer de nosotros sus iguales en una reciprocidad nupcial, ya que “Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios.

El Adviento nos invita a escuchar la invitación del amor inmolado y a contemplar, a través de todos los caminos de la vida, al Dios sufriente y velado a fin de que sea en nosotros cada día más un Dios resucitado y que podamos llevar a nuestro derredor el gozo de la vida transfigurada por su victoria sobre la muerte.

Asumiendo nuestra historia, Cristo le dio a la humanidad toda su medida y su grandeza y le ofreció la única aventura digna de ella misma que es justamente reconocer en toda conciencia humana un Dios oculto, un Dios silencioso, un Dios frágil, que nuestra generosidad debe volver a descubrir sin cesar, cerrando con el consentimiento de nuestro amor el anillo de oro de las bodas eternas.

Mauricio Zúndel

(*) Nota. El P. Zúndel dice en otra parte: “los hombres siempre han atribuido a Dios todos los límites de ellos, es decir han creído que él es como se lo imaginan”.

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