Homilía de Mauricio Zúndel, pronunciada en Lausana el 24° domingo después de Pentecostés de 1965. Evangelio sobre el fin del mundo (Mt. 24.15-35). Publicada en Ton visage ma lumière, p.71 (*)

Queridos amigos,

La catástrofe a que alude el Evangelio de hoy, ¿es el fin del mundo? ¡No! Es el fin de un mundo. Pronto se acabará el Templo y en las llamas que lo reducirán a cenizas se acabará el Antiguo Testamento. Para quienes habían puesto toda su esperanza en el Templo, este fin de un mundo apresura el comienzo de un mundo nuevo, de un mundo extraño y desconocido, de un mundo que quizá no conocemos todavía.

En adelante, las instituciones serán radicalmente transformadas y el santuario de Dios se edificará en el corazón del hombre. La santidad ya no estará en las piedras, aunque también ellas puedan proclamar la gloria de Dios. La santidad estará primero y esencialmente en la vida del hombre, transformada, liberada, transfigurada por la vida divina, pero para darnos cuenta de la novedad esencial de este mundo salido de Cristo, salido de la Cruz que es el Árbol de Vida, debemos simplemente considerar que todos hemos sido arrojados al mundo sin quererlo. Ninguno de nosotros escogió la existencia y además ningún ser que exista jamás se habrá dado a sí mismo la existencia.

Estamos pues en el mundo sin haberlo querido. Soportamos una historia que no hemos hecho. Estamos en un universo que no es obra nuestra. ¿Qué hay que sea nuestro? ¡Nada! ¡Nada! Si miramos atrás, ¡nada es de nosotros!

Todo lo que llevamos de energía nos viene del universo. Porque las células, los tejidos nerviosos, las glándulas endocrinas, todo nos ha sido impuesto. Nada de eso lo hemos creado. Somos como los guijarros, los vegetales y los animales. Somos un resultado, un producto. Si todo se redujera a eso, si solo pudiéramos seguir un destino prefabricado no habría hombre, no habría problema, no habría Historia. El sainete estaría presentado desde antes en nuestras células y en toda nuestra bioquímica. Solo tendríamos que presentar una película inscrita en el organismo y no habría hombre.

Al anunciar la catástrofe que destruirá el Templo y pondrá fin a la Antigua Alianza, lo que Jesús anuncia es justamente el génesis, la creación del hombre que nos incumbe y cuya iniciativa debemos tomar. Crear en nosotros mismos una dimensión, una grandeza, una dignidad que no puede existir sin nosotros, pues justamente ahí es donde comienza la historia humana.

La historia humana comienza con la iniciativa creadora de cada uno de nosotros. La historia humana comienza por la decisión en que nos comprometemos totalmente, y que determina nuestra calidad o nuestro no-valor, según la orientación que escojamos.

Pero nuestra humanidad está delante de nosotros. Dicho de otra manera, nuestro origen humano está adelante y no atrás de nosotros. El verdadero hombre está delante de nosotros y no detrás. Detrás de nosotros están nuestros orígenes animales; delante, nuestros orígenes humanos. Y esta distribución es capital pues no podemos comprender nada del hombre si lo buscamos en sus orígenes animales, en lo prefabricado, en lo que está hecho, en lo que se nos impone, en lo que no tenemos de nosotros mismos. Nuestra verdadera vida está delante. Nuestro verdadero origen depende de lo que escojamos realizar. Debemos hacernos, nos toca crearnos en la dimensión humana. Tenemos que inscribir en la Historia algo que no puede existir sin nosotros, transformándonos radicalmente en el nuevo nacimiento de que habla Jesús a Nicodemo como de algo esencial.

Todo lo que se ha podido decir, todas las historias del pasado, todos los resultados grabados por la ciencia en lo que respecta la paleontología y la geología, el nacimiento de los mundos, todo eso es infinitamente precioso e indispensable, pero solo explica lo que hay detrás de nosotros. Lo que está delante, lo conoceremos cuando lo hayamos creado: cuando nos hayamos hecho Hombre, entonces sabremos quién es el hombre.

La dignidad de la persona, la grandeza que hace que un ser sea irremplazable, que sea fuente y origen, nadie puede realizarlas en lugar nuestro. Nosotros somos el creador indispensable del universo interior que puede hacer de cada uno un bien común, una nueva riqueza, una fuente de libertad para todo el universo.

Y, en la medida en que nos hayamos hecho hombre, en que hayamos realizado la dignidad de nuestra persona, en la medida en que triunfemos de lo prefabricado, transfigurándolo, en esa misma medida encontraremos al verdadero Dios, al Dios vivo, al Dios Espíritu, el cual solo se puede revelar en un espacio de luz y amor ilimitado.

Enormes confusiones en el mundo científico y en el mundo religioso, opuestos el uno al otro, vienen precisamente de que el hombre y el universo han sido limitados a la construcción del pasado, nos hemos detenido en los orígenes animales de la humanidad, no hemos visto que todo eso todavía no es el hombre, aunque como fenómeno espiritual, como dignidad, el hombre como sujeto de derecho es capaz de grandeza, todo eso está adelante.

Poner a Dios en lo prefabricado, mezclarlo con todo el universo embrionario que es todavía subhumano, es hacer de él una caricatura impensable e inaceptable. Sabremos quién es Dios cuando nos hayamos hecho nosotros mismos. Sabremos quién es Dios cuando seamos un espacio de luz y de amor donde Él pueda difundir su Vida.

Entonces todos los problemas cambiarán esencialmente de aspecto, pues cada cuestión nos pondrá en cuestión a nosotros mismos. Y para poder plantear la cuestión y responderla tendremos que pasar primero por el nuevo nacimiento, y eso es lo que debemos escuchar en este evangelio: no es el fin del mundo, es el fin de un mundo limitado, de un mundo en que Dios no podía expresarse sin encontrarse en límites humanos, sin que su rostro se alterara y se hiciera cada vez más caricaturesco e imposible.

Había que salir de esas fronteras, hacer estallar la ganga, revelar el santuario de Dios en una creación que está en nuestras manos, en una creación que no puede realizarse sin nosotros, en una creación que nos está esperando a cada uno y que cada uno está llamado a realizar en lo más secreto de sí mismo.

Es pues el comienzo de un mundo, el comienzo del mundo propiamente humano, el mundo de la dignidad, de la grandeza, de la generosidad, en fin, el mundo de la persona que ya no sufre su destino sino que es origen y fuente de su propia historia.

Y es verdad, radicalmente verdad, cada vez que recaemos en lo hecho, en lo prefabricado, cada vez que nos dejamos llevar por los nervios o las glándulas ya no somos hombres. Somos hombres sola y estrictamente a partir del momento en que, despegando de nosotros mismos, entramos en contacto con la infinita generosidad que se revela dentro de nosotros como Amor eterno que no cesa de esperarnos; pues ahí se dibuja la imagen del verdadero Dios como Amor, un Amor silencioso, un Amor escondido dentro de nosotros como sol invisible, un Amor que nos está esperando en lo más profundo de nosotros, un Amor que no puede nada en nosotros sin nosotros, un Amor frágil y desarmado que tiene indispensablemente necesidad de nuestra ayuda y de nuestra presencia.

Solo conocemos a Dios cuando encontramos al hombre auténtico. La luz de Dios se comunica a través del hombre. Nuestros orígenes están delante de nosotros y es de importancia esencial retener esta perspectiva para no hacer del Evangelio un encierro, como si el anuncio de la catástrofe que pondrá fin a la Antigua Alianza no fuera justamente el comienzo de un mundo nuevo, de un mundo universal, de un mundo por fin humano, en que ya no sufrimos la vida, en que ya no somos conducidos por energías prefabricadas, en que se restituye toda cosa a su raíz para volverla a crear en la generosidad y el amor.

Todas las discusiones sobre el papel de Dios en la historia pasada, sobre el sentido de la historia físico-química, vegetal y animal, no podemos penetrar en el sentido de toda la historia si no creamos nuestra propia historia dándole a nuestra vida nuevas dimensiones infinitas y eternas, dimensiones de amor, de luz y de generosidad.

Es inútil encontrar a Dios, mezclarlo con la vieja historia que está detrás de nosotros, si no hemos encontrado su verdadero rostro a través del nuevo nacimiento que provoca en nosotros la promoción humana que solo puede realizarse en un despojamiento radical en que uno hace de sí mismo una ofrenda para el Dios que está ofrecido, eternamente dado como espacio en que respira nuestra libertad.

Conservemos pues el corazón abierto. No nos encerremos en un pasado que no contiene nuestro secreto. Contemplemos nuestro origen delante de nosotros y busquemos a Dios donde se encuentra el hombre. Dándole justamente a la vida dimensiones humanas cada vez más, haciéndola más vasta, más fraternal y hermosa, a fin de que el rostro de Dios pueda reflejarse en ella sin convertirse en caricatura, ya que las dos cosas están esencialmente ligadas, Dios y nosotros, la autenticidad humana y la Verdad de Dios.

Por eso, de cierto modo, el verdadero Dios y el hombre auténtico, están delante de nosotros. Debemos surgir hoy como seres totalmente nuevos para entrar en nuestra creación, la cual dará al mundo su verdadero significado. Añadiéndole lo que no puede existir sin nosotros, haciendo de nosotros el Cuerpo de Dios y dejando que el Dios vivo se realice y se revele a través de nuestro rostro. Porque es imposible que Dios sea Presencia real en la Historia si no puede encarnarse en nosotros, si a través de nosotros no aparece hoy a todos los que nos rodean como el rostro de luz y de Amor por el que todo el mundo está suspirando.

(*) « Ton visage, ma lumière, 90 sermons inédits » (Tu Rostro, mi Luz. 90 sermones inéditos. Publicado por la Editorial Mame, París. 2011. 510 páginas.

ISBN : 978-2-7289-1506-4

http://www.fleuruseditions.com/livres/zundel/

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