Homilía para la semana santa, abril de 1966, en la Parroquia del Sdo. Corazón, Ouchy, Lausana. Ver Mt 18.1-4). Inédita.

[…] Los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: ¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos? Él llamó a un niño pequeño, lo puso en medio de ellos y dijo: “En verdad os digo si no os hacéis como niños no podréis entrar en el Reino de los Cielos. El que se haga como este niño, ése será el más grande en el Reino de los Cielos” (Mt 18, 1-4)

Nota: Desafortunadamente, el comienzo no fue grabado.

El espíritu de infancia tiene la fuente en la Palabra viva y eterna que es Cristo mismo. Como niños […] no se trata, desde luego, de entrar en un infantilismo ridículo, sino de otra cosa: se trata, precisamente de penetrar cada vez más profundamente en la eterna juventud de Dios.

¿Qué es lo que hace que un hombre sea viejo en el plano espiritual? Es sentirse atado al pasado. Un viejo es alguien que vive en el pasado, incapaz de acoger la novedad de cada día, precisamente, de alegrarse de que el mundo esté abierto y no se quede en el estado en que entró en la existencia.

Y justamente, el apóstol Pedro nos hace sentir la eterna novedad de Dios, el cual es eternamente joven porque es solo un acto de Amor, infinita y eternamente realizado. Debemos pues abrirnos a la juventud de Dios, y eso quiere decir que nuestra religión, nuestra actitud ante la vida, debe ser prospectiva, orientada hacia adelante, y no retrospectiva, orientada hacia el pasado.

Nada duele más que rumiar el pasado, volverse hacia lo que dejamos atrás, más para acusarnos y juzgarnos, pues cuando nos miramos perdemos pie. Solo alcanzaríamos una auténtica libertad en la medida en que miremos adelante, hacia la eterna juventud de Dios y nos abramos cada mañana a la novedad de la vida. Nada hay más sensible en el Evangelio de san Lucas que la novedad de la vida espiritual que brilla especialmente en el relato inagotable de la absolución de la pecadora, que la tradición identifica con la Magdalena.

Esta mujer que vive públicamente en pecado, esta mujer que entra sin ser invitada al banquete de Simón el fariseo, y que perfuma con ungüento precioso los pies de Jesús y los enjuaga con sus cabellos, esta mujer que olvida lo que es ella y no piensa sino en lo que es Él, encontró o descubrió en Él la calidad, el espacio infinito, o su amor, en fin, su libertad y su alegría. Esta mujer, en la efusión de su amor, esta mujer unida a su centro, esta mujer enraizada ahora en la intimidad de Dios, está totalmente renovada y Jesús la califica en un instante diciendo: “Ella ha amado mucho” (Lc. 7, 7).

Sin embargo, solo acaba de comenzar. Hasta ahora ella era pecadora pública. Bastó ese cambio, olvidarse a sí misma, ser toda un impulso hacia Dios para ser virginizada de los pies a la cabeza. ¡Y no queda nada de su vida pasada, la cual es encadenada en la adorable misericordia! “Ella ha amado mucho”. Así será también con el buen ladrón en la cruz. Bastará una mirada al Señor agonizante para escuchar también la palabra que lo canoniza de inmediato: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc. 23:43). Si queremos superar la arteriosclerosis de la vida espiritual, si queremos escapar al envejecimiento espiritual que es el más lamentable, tenemos que conservar esta visión prospectiva […], mirar hacia adelante y no hacia atrás sabiendo que la vida comienza cada día de nuevo, porque la gracia de Dios es inagotable.

Finalmente, solo hay dos actitudes posibles: mirarse a sí mismo y dar vueltas sin fin en un monólogo estéril consigo mismo, o mirar a Dios y vivir del diálogo de amor que es la fuente de una vida inagotablemente joven, a lo cual nos invita la Liturgia de hoy, pidiéndonos que nos acerquemos como niños pequeños a la Palabra viva que es Jesús […], es decir como seres llamados a renacer a cada latido del corazón, al contacto del corazón mismo del Señor que vive en nosotros. Qué admirable programa el de hoy, que vuelve a comenzar cada mañana y que a cada instante puede renovarse, literalmente volver a nacer ya que Dios en nosotros es la vida misma de nuestra vida.

Cuánto tiempo perdido examinándonos, condenándonos o justificándonos, haciéndonos proceso o absolviéndonos, y cuánto tiempo perdido cuando Dios está dentro de nosotros para hacer brotar la vida eterna de su Amor y dar a cada gesto un alcance universal. Cuando sepamos vivir la novedad de Dios, cuando vivamos en el corazón de nuestro Señor, ya no tendemos la vejez del alma que es la más profunda de las decadencias y podremos dar testimonio del Dios vivo y verdadero que es en nosotros fuente que brota hasta la vida eterna.

Pidamos unos por otros la gracia de escapar del terrible monólogo en que damos vueltas en torno a nosotros mismos para entrar en un diálogo vivo de respiración divina, a fin de estar de pie ante Él, con la alegría de quienes descubren un universo, a cada instante una nueva dimensión y un esplendor imprevisto, y que podamos difundir alrededor de nosotros el optimismo creador que invita a una acción siempre fecunda por estar enraizada en la eterna juventud de Dios en la cual estamos sumergidos por el encuentro con la Palabra eterna, el Verbo vivo, Cristo cuya Pasión vamos a revivir para llegar con Él a la Resurrección, para que a partir de este momento seamos en el mundo como un cirio pascual que no cesa de difundir discretamente la luz de Cristo.

 

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