Homilía de Mauricio Zúndel en Lausana el domingo de ramos. Evangelio: Lucas 19:41-44.

            La entrada mesiánica de Jesús a Jerusalén, ordinariamente llamada “el día de Ramos”, está en el centro de los evangelios. Ustedes recuerdan la escena: Jesús desciende del Monte de los Olivos. Tiene ante los ojos toda la ciudad de Jerusalén, el Templo con todo su esplendor que brilla bajo el sol. Y llora sobre la ciudad cuya ruina y total destrucción prevé.

Las lágrimas de Jesús nos conmueven tanto más cuanto que hoy es el día de Ramos, día al que asociamos una especie de triunfo del Señor. Y vemos que Jesús se da cuenta, que a unos días de la crucifixión que está previendo por ser portador de toda la humanidad, de toda la Historia, de todo el universo, a la luz de la Revelación formidable que va a hacer de la muerte de Dios una afirmación de su omnipotencia.

Ya había reportado san Lucas el inmenso dolor de Cristo ante la ingratitud de Jerusalén: “Tú que asesinas a los profetas y lapidas a los que te son enviados, ¡cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina reúne sus polluelos bajo sus alas… pero no quisisteis!” (Lc. 13:34). Jesús lloró sobre Jerusalén en el evangelio de hoy (Lc. 19:41) y su llanto es una profunda revelación sobre “¿Quién es Dios?” […] Jesús lloró sobre Jerusalén.

Pero ¿cómo es posible que Dios llore, y qué significa eso? ¿No nos han dicho y repetido que Dios es todopoderoso? ¿No podía él transformar la ciudad y obligarlos a que lo reconocieran? ¿No podía su omnipotencia hacer un milagro, resucitar a “vivos y muertos”?... quiero decir, los precipicios de la sombra de la muerte espiritual en que todos estaban sumergidos.

Pues justamente no. Jesús viene a revelar al mundo el fracaso de Dios, es decir que en Jesucristo Dios se revela como el Amor que es solo amor. ¿Y qué puede el amor? Amar y solo amar. Y si el amor no es correspondido, si busca y se rompe, si encuentra rechazo de amor, no puede vivir, y Dios, por excelencia, muere precisamente a causa de todos nuestros rechazos de amar y eso es lo que significa en la Historia, lo que quiere decir la muerte de Jesucristo.

El evangelio de hoy […] es como un aplazamiento, como un progreso cada vez más trágico hacia la derrota y el fracaso. Así es como Jesús viene a liberarnos de un dios que sería solamente límite y escándalo, de un dios que quisiera someternos arbitrariamente a sus leyes. En su persona, en su agonía, en su muerte, en su inmenso Amor, Jesús nos reveló un Dios interior a nosotros y que solo puede amar, esperarnos infinitamente, esperarnos eternamente, en lo más íntimo nuestro.

Si Dios es así, todas nuestras relaciones con él se transforman, ya que su omnipotencia es solo la omnipotencia del Amor y entonces es limitada por todos los rechazos de amor que nosotros le oponemos. Entonces comprendemos mil veces mejor la salvación del mundo. Sería escandaloso que Dios fuera alguien que goza de su felicidad, que esté en una gloria imperturbable y para quien todo sucede maravillosamente y el mundo esté en la situación en que está.

Es evidente que la visión de hoy es la de san Pablo que veía en el mundo en que estamos un mundo embrionario, un mundo en espera, un mundo incompleto, un mundo que aspira a ser, un mundo en dolores de parto. Y en estos dolores, en primer lugar, está el sufrimiento de Dios (Rm 8, 22).

Si Dios no estuviera implicado en nuestro destino, implicado en nuestra Historia hasta la muerte de la cruz, sería un Dios incomprensible y escandaloso. Afortunadamente Jesús nos liberó de ese escándalo. Jesús abrió los ojos a nuestro corazón. Jesús inscribió en lo más profundo de nuestra alma la imagen de un Dios silencioso, incapaz de forzarnos, de un Dios que se abandona en nuestras manos, de un Dios que nos tiene una confianza loca. Finalmente, un Dios que solo puede entrar en nuestra Historia mediante nuestro consentimiento.

Evidentemente, para nosotros eso no es sino palabras. Estamos tan lejos, tan lejos de la realidad, tan lejos de nosotros mismos y tan lejos de Dios que las lágrimas de Jesús nos parecen como una especie de anécdota. No vemos que son realmente las lágrimas de Dios, no vemos que constituyen la más alta Revelación de un Amor visceral, de un Amor que nos está confiado, de un amor totalmente abandonado en nuestras manos.

Hay que esperar a san Francisco para convencernos sin palabras lejanas e ineficaces, porque justamente san Francisco comprendió tanto las lágrimas de Cristo, comprendió tanto el dolor de Dios que lloró durante 20 años por la pasión de Cristo, hasta perder la vista. Ese es un testimonio irrefutable y magnífico, ese es un cristiano que fue hasta el fondo de la Revelación de Cristo, ese es alguien para quien las lágrimas de Jesús eran la más alta Revelación de Dios.

Nos falta abrirnos a las invitaciones del Señor, tomar conciencia de que si no Lo amamos está en peligro continuo por obra de nosotros: basta que nos cerremos a los demás, basta que seamos cómplices de nuestro egoísmo, basta que estemos voluntariamente distraídos de su Presencia para que él sea como inexistente.

¡Es totalmente inútil hablar de Dios si no lo vivimos! Y si vivimos de él, es aún más inútil hablar de Dios, pues justamente toda mi vida bastaría si fuera auténtica, bastaría como testimonio irrecusable.

¿Y cómo revelar a Dios si no como un niño que sigue a Jesús? ¿Cómo revelar a Dios si no respirando en nosotros y en los demás el sufrimiento divino expresado en el llanto de Jesús? Un cristiano sería alguien que sienta a cada instante, que vaya al socorro de Dios, en sí mismo y en los demás y que se esfuerce justamente superando sus propios límites, haciendo de su vida un espacio para acoger al eterno Amor. Un niño puede entenderlo, un niño es capaz de entender las lágrimas de Jesús, lágrimas de amor, lágrimas de infinita ternura que solicitan nuestro amor.

Uds. recuerdan el niñito de la historia del P. George (El guerrillero de Dios, Ediciones du Rocher, Mónaco, q954, p. 175). Ese niñito en Moscú, bajo Stalin, cuando las leyes inscritas en la constitución prohibían la instrucción religiosa fuera de la familia. El P. Jorge está vestido como médico militar e interroga a uno de los niños que encuentra en la sacristía de una iglesia: “¿Qué estás haciendo? ¿Quién te enseñó religión? – Un camarada mío. – Y ¿a él quién se la enseñó? – Un camarada suyo, y a éste, su abuela. Y el niñito añade: todos nos comprometimos, tengo cinco dedos en mi mano derecha, todos nos comprometimos a enseñarla cada uno a cinco camaradas. – Pero, lee dice el P. Jorge, ¿No te da miedo de la policía? – La policía no me da miedo, responde el niñito. – ¡Pero te pueden matar! – Nunca podrán matar a Cristo que quiero dejar vivir en mí.

            En todo hombre hay un Cristo que quiere vivir en nosotros. Hay un Dios escondido en el fondo de nuestro corazón. Él es la luz y la esperanza del mundo, pero nosotros tenemos que dejarlo vivir. Y las lágrimas de Jesús hoy ante Jerusalén que rehúsa acogerlo, ante el mundo hundido en sus tinieblas, en el universo de lágrimas y sangre, nos deben indicar que Dios es la primera víctima, Dios nos toma como pasión, Dios está en el centro de todas las desgracias, mediante un amor siempre ofrecido y siempre incapaz de imponerse.

Por eso, si quieren, podemos resumir, considerar todo el Evangelio desde el punto de vista de las lágrimas del Señor llorando sobre Jerusalén. Y si nuestro corazón es sensible algo cambiará en nosotros. Si Dios es así, si es el Amor que es solo Amor, si solo puede vivir sin imponerse ni obligarnos, entonces está puesto en nuestras manos, nos está confiado y nos toca ir a su encuentro para inscribir en la Historia la Presencia por la cual gime toda la tierra esperándola. Eso es lo que escribió con tanta profundidad el poeta Coventry Patmore diciendo: “¿Quién es el hombre? ¿Quién es el hombre?” Y entonces da esa respuesta que traduce admirablemente el misterio de las lágrimas de Jesucristo: “¿Quién es el hombre? ¡Es aquél que tiene a Dios en sus manos!

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