“Hay otra cosa que inflama el alma en el amor de Dios: la Humildad divina” (De Beatitudine, cap II)

Una de las conferencias del P. Zúndel en el Retiro de El Vaticano, en febrero de 1972. Las conferencias fueron publicadas en ¿Qué Hombre y qué Dios?”

20/02/1972, 9a.m. “Santísimo Padre y Padres míos en el Señor,

Durante mi infancia tuve el privilegio de conocer a una mujer cuya historia es maravillosa. Ella murió hace 25 años, con más de 80 años de edad. Su infancia data entonces del s. XIX. Había tenido la desdicha de no haber conocido a sus padres, de ser huérfana de padre y madre. Creció con dureza en un orfanato sin bondad ni afecto y la niñita aspiraba solo a una cosa: tener un día un hogar donde conocer por fin la bondad y el amor.

Vista su pobreza, tuvo que trabajar desde su adolescencia. Entró en una fábrica de sombreros donde conoció a un joven que la cortejó diciéndole palabras que ella escuchaba por primera vez: “Estoy enamorado de Usted”. Esas palabras la emocionaron, creyó en ese amor y como en ese entonces cuando uno se amaba se casaba, y cuando se casaba era para siempre, se casó con él para descubrir que era un borrachín que se volvía violento con el alcohol y que volvía a casa para golpearla sin piedad aun cuando ya estaba encinta del primer hijo.

Fue entonces cuando como por milagro encontró la Presencia de Dios dentro de sí misma y entró en un diálogo vivo que duraría toda su vida con la presencia del Señor, el cual era su único refugio y consuelo. Era obrera pero de una distinción interior admirable. Tenía una especie de virginidad en la mirada y en el corazón, alimentada justamente por ese contacto secreto con el Dios que la habitaba.

Su marido que estaba lejos de ser tonto, adivinó que ella había encontrado un refugio inaccesible para él y entró en celos terribles para con ese Dios que le daba a su mujer descanso en la luz interior. Decidió entonces vengarse e imaginó la venganza que más podía herirla: le prohibió hacer bautizar al hijo y educarlo en la fe. La redujo a los trabajos de la casa, reservándose la educación del niño a su modo y según sus principios.

          La mujer hizo lo que pudo para darle al hijo todo lo que le fue posible, pero fue más fuerte la influencia del padre y el muchacho, bien dotado además, nunca logró hacer nada en su vida. Inestable, vago, incapaz de ganar su vida, volvía periódicamente donde su madre para que ella pagara las deudas y le diera ropa nueva, y ella lo hacía de todo corazón, sin jamás reprocharle sus desórdenes. Ella se limitaba a ser una columna de oración ante el Señor por ese hijo que ella no podía más que confiarlo a su misericordia, esperando que un día se le hiciera conocer. Finalmente, a los 35 años, a través de todos sus errores y desórdenes, el muchacho cayó tuberculoso, lo cual en esa época parecía incurable, tanto que ningún sanatorio quiso acogerlo.

          Y naturalmente volvió donde su madre que lo recibió con todo su amor, sabiendo que estaba desahuciado y que el único problema era saber si se abriría un día a la luz divina. Pensó entonces ella: “Su vida fue un fracaso. Yo quisiera que su muerte no lo sea”. Y le pedía continuamente a Dios que le diera al menos un momento de luz para hacer de su muerte un acto de vida, ya que su vida había sido una muerte prolongada. Y sin ninguna intervención, sin ningún juicio sobre su vida, sin la menor tentativa por convertirlo, su madre redobló en oraciones convirtiéndose en su enfermera, día y noche, para ese hijo que iba a llegar pronto al final de su vida.

          Y un día, como pudo en su estado de debilidad, el muchacho le contaba su vida a un amigo de su madre, guardando la mayor discreción respecto de su alma, y en un momento de la conversación declaró: “Yo no he tenido religión pero ahora quiero tener la religión de mi mamá”. La decisión era tan firme que la puso en obra en seguida y recuerdo que asistí a su primera comunión que hizo con entera sinceridad y con un fervor conmovedor.

          Su enfermedad empeoraba y el final estaba cerca. Se acercaba la fiesta de todos los santos y la madre, sabiendo que él ya no tenía esperanzas de vida, pedía que muriera el día de la fiesta. Y en efecto, murió ese día no sin decirle a su madre estas palabras esenciales y magníficas: “Mamá, si me hubieras hablado jamás lo habría hecho. Y como no me dijiste nada, yo descubrí a través de ti esa Presencia que finalmente fue mi luz”.

          Es magnífico porque nos hace sentir la irradiación de la Presencia divina a través de un ser totalmente eclipsado en Dios. El muchacho jamás conoció otro evangelio que su madre y pudo encontrar a Dios a través del rostro de la mamá. Era el modo más hermoso de conocerlo y de aprender que Dios es solo amor.

          Y nosotros no dudamos: cada vez que encontramos a Dios en la experiencia humana, en el contacto con los humanos, es en la medida en que un rostro humano es transparente a Dios y en que una vida humana se libera de sí misma. Ahí reconocemos las huellas de Dios en la experiencia cotidiana, la marca de Dios es que libera al hombre de sí mismo, hace de él un espacio de luz y amor en que el mundo se siente acogido.

          ¡Ese fue el milagro del Campo de Auschwitz, cuando el P. Kolbe, cuya beatificación nos llenó de gozo, cuando el P. Kolbe dio su vida, escogió morir por otro. Los verdugos mismos quedaron sorprendidos, maravillados, y exclamaron: “¡Nunca vimos algo semejante!” Vieron de repente alzarse una cumbre humana, una cima de grandeza humana, justamente en alguien transparente a Dios.

          Indudablemente a Dios lo encontramos así, y cuando lo encontramos de esta manera, nos sorprende, nos maravilla, volvemos a nuestro verdadero problema y nos comprometemos a resolver el problema que consiste justamente en eclipsarnos en la Presencia adorable que brilla en lo más íntimo de nosotros.

          Una niñita a la cual le di la primera comunión en la Capilla de las Benedictinas, calle Monsieur en París, había hecho esa experiencia. El día de su primera comunión, estaba hablando con sus compañeros. Ahí estaban todos, solos. Había alguien escuchando de lejos, pero ellos no sabían. Hablaban del acontecimiento, pues todos habían hecho su primera comunión. Y todos repetían cosas que habían leído en algún libro, porque les parecía correcto, porque los ponía en valor y uno sentía que eso no había marcado realmente su corazón o su mente. Pero la niñita, con su ingenuidad, queriendo resumir lo que había sentido, dijo sencillamente: “Pues a mí me eclipsa, me eclipsa…” Había hecho la experiencia esencial, había comprendido, había percibido, había sentido que el encuentro con Dios la eclipsaba con su Luz y la liberaba de sí misma.

          Pero si Dios se insinúa así en nuestra vida como el fermento de nuestra liberación, si suscita nuestro amor, si hace surgir el don que nos realiza, es que evidentemente él es un don infinito, es que él es todo amor y solo amor, y es que en el fondo de esa experiencia hay ya como un revelación implícita de la santísima y eterna Trinidad.

        Si la Trinidad nos colma, si es una luz inagotable, si es el sol de nuestra fe y nuestro amor, es precisamente porque la Trinidad realiza a un grado infinito la desapropiación de sí mismo de que hablan admirablemente el P. Regnier y el P. Garrigou, la desapropiación que hace que en Dios la vida subsiste en estado de relación con otro.

        En el corazón del altruismo divino arde el fuego de la eterna caridad que consume nuestro corazón, evacúa sus escorias y nos permite revestir poco a poco la semejanza con el Padre Celestial a que estamos llamados.

          Y ahí justamente es donde el problema que planteamos, y que la humanidad se plantea y se planteará siempre, el problema de la inviolabilidad del hombre, de su autonomía, de su dignidad, ahí justamente se encuentra la solución. No hay otra. Pues ¿qué defiende el hombre al defender su inviolabilidad? ¿Qué es lo que defiende? Defiende, sin saberlo además, un bien infinito, un valor absoluto, un tesoro común y están de acuerdo los demás, todos los que se indignan, con razón, contra los tratos infligidos al hombre en los campos de concentración, todos los que se sienten implicados por la violación de la dignidad humana se sienten solidarios de esa dignidad ignorada, sin saber exactamente por qué.

          El hombre solo puede defender su dignidad defendiendo el bien común universal, que es el bien de todos, pero que solo puede vivir en lo secreto de cada conciencia. Y se angustia, no puede expresar la razón del combate, en el fondo no sabe lo que está defendiendo y está tentado a replegarse sobre sí mismo, a complacerse en el yo prefabricado que no tiene nada de sí mismo. Porque un ser dotado de inteligencia puede reflejarse ponerse ante sí mismo, puede escogerse, pero también puede hundirse en sí mismo en una complacencia incestuosa o replegado en el yo prefabricado. Entonces niega precisamente todos los valores que pretende afirmar, o puede liberarse, añadir a su ser una nueva dimensión que es la dimensión del amor.

          Pero solo puede hacerlo si es solicitado por la Presencia Adorable que es el verdadero vínculo que estaba esperando a Agustín en lo más profundo de su corazón, y que brilla para el coronel alemán en la historia de Koriakoff. El hombre solo puede liberarse si entra en el diálogo, si lo invitan, si reconoce de repente que no está solo dentro de sí mismo, que lo están esperando y amando desde siempre, y entonces puede realizarse haciendo de lo recibido un don: “oportet transire de dato ad donum”, podemos decir: “hay que pasar de lo dado al don”.

          Este camino nos es totalmente desconocido si no nos lo enseña el maestro interior de que habla san Agustín; este camino nos es totalmente desconocido y tenemos la tentación de afirmar nuestro valor, de afirmar todos nuestros no valores, nuestros límites y hacernos prisioneros de nuestras tinieblas.

          Lo que dificulta tanto la comunicación del hombre consigo mismo o con los demás, es que chocamos continuamente con los límites de los demás y ellos con los nuestros y eso se vuelve un diálogo de sordos porque todos tienen límites que no coinciden con los de los demás, y se produce un choque, una antinomia, un antagonismo que se desarrolla, y no logramos entendernos porque cada uno tiene su opción pasional diferente y está encerrado en ella.

          Hace mucho tiempo renuncié a discutir, justamente porque la discusión supone un terreno común, supone mucho más que un manejo de conceptos y supone una especie de apertura a la confidencia, supone que estemos dispuestos a acoger la verdad como una persona, como presencia, como rostro, como amor, como el candor de la luz eterna y cuando no tenemos esta disposición, utilizamos palabras pero esas palabras se vulgarizan, se endurecen, y ya no dejan pasar la corriente de luz y de amor. Cada uno se queda en su posición, endurecida por una discusión que ha suscitado de parte y parte un amor propio infinitamente vulnerable.

          Si Dios no está, ¿cómo encontrar un acuerdo? Si Dios no circula entre los seres, ¿cómo podrían comunicar? Es inagotable descubrir que Dios es el único camino hacia nosotros mismos, que solo Dios es el vínculo de todas nuestras ternuras, que solo Dios nos pone en comunicación esencial los unos con los otros, pues justamente, él es en nosotros el fermento de una liberación nunca terminada pero siempre posible y que puede crecer indefinidamente.

          Y ahí es donde el misterio de la Santísima Trinidad nos aparece en toda su jubilación, en todas sus posibilidades de alegría, en la admiración de encontrar por fin la respuesta al problema que somos, problema que finalmente solo puede aclarar esta revelación.

          Pues ninguno de nosotros sabe qué hacer de sí mismo mientras no haya encontrado el don que Dios lo invita a darse.

          Cuando niños, nos presentaban la Trinidad como una especie de enigma metafísico en que no había nada que retener sino que era imposible comprenderlo. Era como una prueba que la inteligencia debía aceptar. ¡Cómo se empobrecía la revelación del corazón de Dios! ¡Como si Dios hubiera hablado para no decir nada, cuando se daba a sí mismo e imprimía en nuestro corazón la caridad eterna que es él! Al contrario, toda esa luz, esa luz inagotable que jamás agotaremos en toda la eternidad, pero que nos da desde ya toda la luz de que somos capaces, toda la luz que necesitamos recibir para llegar hasta nosotros mismos.

          Era necesario para curarnos del orgullo inevitable, pues, si estamos solos, ¿a quién amar? No se puede amar un muro, uno se ama a sí mismo si no tiene a quién darse. ¿Y a quién se daría uno? Los demás son como nosotros: tienen necesidades, son limitados, están como nosotros embarazados con sus opciones pasionales, su herencia, su historia infantil, por todas las pulsiones de su inconsciente. ¿A quién darnos? Como estamos más cerca de nosotros que de los demás, tenemos la tentación natural de apegarnos a nosotros mismos, de idolatrarnos. Necesitamos la visitación divina, la revelación del rostro del Eterno Amor, necesitamos percibir en el fondo del corazón el bien vivo y que arrastre todo el impulso de nuestro ser sin ni siquiera tener que pensarlo pues cuando nos encontramos en presencia de Él hemos cesado de estar en presencia de nosotros y somos captados totalmente por la irradiación de Su presencia y de Su amor.

          En un opúsculo atribuido a santo Tomás de Aquino, un autor medieval escribió estas palabras maravillosas: “Est ibi aliud inflammans ad amandum Deum, scilicet divina humilitas” (1), la humildad divina, ¡eso es! La humildad divina, es decir la desapropiación que hace que Dios no se mira sino que su mirada es todo el Padre enteramente dado al Hijo y el Hijo enteramente dado al Padre, en el fuego del Espíritu Santo el cual es una eterna respiración de amor a la aspiración del Padre y del Hijo.

          En Dios todo es dado. Dios existe solamente en forma de don y así él nos enseña todas las riquezas de nuestra existencia. En efecto, podemos elegirnos, en cierta medida, podemos hacernos origen y causa de nosotros mismos, pero a la manera de Dios: dándolo todo. Si deseo conservar lo que soy, si deseo aferrarme a lo que he recibido, me quedo inmóvil, no tengo nada y nada he añadido al valor que pretendo afirmar, no me pertenece. Me extravío entonces esencialmente hasta perderme a la luz de la Trinidad divina, de la humildad divina. En efecto, comprendo, descubro que lo maravilloso de la plenitud del ser es el amor y que dando todo me hago realmente, no un yo posesivo sino un yo que es todo ofrenda, todo apertura y acogida.

          “Oportet transire de dato ad donum” Es necesario pasar de lo dado al don. Y esto nos lo confirma del modo más emocionante la escena del lavatorio de los pies en que asistimos a la transmutación de todos los valores.

          Jesús arrodillado delante de sus discípulos, porque quiere suscitar en ellos el descubrimiento esencial, que descubran todo el cielo en su alma, pues como dice el papa san Gregorio, “el Cielo es el alma del justo”. Jesús quiere llevarlos al cielo interior para que descubran que toda su grandeza y dignidad está en ser el santuario se la Presencia Adorable, la humildad del Señor que es el Verbo hecho carne, la humildad del Señor que es el revelador de Dios en persona, que revela a Dios en todo lo que es él y por todo lo que hace y por todo lo que sufre. En ese gesto de humildad, nuestro Señor nos revela la insondable humildad que es el corazón de la Trinidad divina en que la personalidad no es sino relación subsistente con el otro.

        ¿Cómo no maravillarse? ¿Cómo no dar gracias por ese don inefable? ¿Cómo no regocijarnos de la Buena Nueva cada vez más nueva, a saber que nuestro Dios es eso mismo, el Eterno Amor, que él es todo amor y que tenemos que amarlo y hacerlo amar amando.

(1)"De Beatitudine" cap. 2: “Hay otra cosa que inflama el alma en el amor de Dios y es la humildad divina”.

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