Conferencia de Mauricio Zúndel en El Cairo, Nuestra Señora de la Paz, en mayo de 1972 (Inédita).

Nietzsche, en Zaratustra, escribió esta frase maravillosamente cruel: “Que vuestro amor (el amor del hombre y la mujer) sea piedad por dioses sufrientes y velados, pero más a menudo es un animal que adivina a otro”.

Esa frase conmueve precisamente porque demuestra, rinde un testimonio extraordinario de parte de un hombre completamente exterior a la moral tradicional (esto no quiere decir que sea inmoral) que muestra que él tiene una conciencia perfectamente clara de que existe en el centro de la realidad del amor humano una exigencia infinita, una exigencia infinita en razón de una presencia que él llama de “dioses sufrientes y velados”.

Esto tiene relación con nuestro tema ya que hablando continuamente de libertad, nos esforzamos por demostrar que la libertad tiene contenido, tiene estructura, tiene dirección, conlleva una exigencia esencial, que “Libertad” no significa hacer cualquier cosa, hacer lo que se quiera, sino construirse, hacerse hombre, eliminar las sombras, los límites, las opciones pasionales, en fin, todo lo que nos impide ser fuente y origen de nosotros mismos.

Entonces, Nietzsche también tenía el presentimiento y de modo particularmente meritorio de parte suya, tenía la intuición de que el amor no puede ser cualquier cosa, no puede ser la proyección infinita de un instinto desenfrenado, sino que el amor tenía estructura, conlleva una exigencia infinita, y no podía ser tal sino estando atento a la presencia de “dioses sufrientes y velados”.

Estamos pues en un terreno perfectamente sólido afirmando que la libertad no tiene sentido, si no significa liberación y por lo mismo exigencia total, infinita y creadora.

La exigencia creadora, como lo hemos visto centenas de veces, responde interiormente al encuentro o mejor a la presencia de la belleza tan antigua y tan nueva que encantaba a san Agustín.

El cristianismo afirma al máximo esa Presencia, y una vez más estamos en terreno bien conocido, pues tratamos de mostrar que el cristianismo está centrado esencialmente en la libertad, que es la revelación de la libertad por excelencia, ya que Cristo inscribió en la historia la ecuación sangrienta: “A los ojos de Dios, el hombre iguala a Dios”.

Es absolutamente indispensable que estemos de acuerdo sobre este punto, pues ése es el sentido mismo de la cruz. ¿Qué podemos decir cuando miramos la cruz? La cruz significa eso exactamente: “A los ojos de Dios, el hombre iguala a Dios”, ya que Dios da su vida por el hombre y entonces el hombre tiene un valor inconmensurable ante el cual Cristo se arrodilla en el lavatorio de los pies.

¿Tenemos conciencia de esta experiencia? ¿Ya la hicimos? ¿Es ése para nosotros el sentido del cristianismo? ¿Tiene esa profundidad? ¿Tiene esa dimensión? ¿Nos damos cuenta de esta ecuación sangrienta cuando miramos la cruz? ¿Nos damos cuenta de que Dios se comprometió hasta la muerte para no imponernos obligaciones, para hacernos descubrir nuestra libertad, para ser el fermento de nuestra liberación?

En nuestra investigación, en función de las preocupaciones actuales, en función de la toma de conciencia que nos es tan consustancial, nada hay más importante que darnos cuenta de que el ser humano no es realmente humano si no es libre. ¿Nos damos cuenta de que Cristo nos da ahí toda la respuesta en toda su profundidad y plenitud?

Pues finalmente ¿de qué se trata? Si tengo que liberarme, si estoy llamado a eliminar todo lo prefabricado, o al menos a superarlo y transformarlo en libertad creadora, ¿de qué se trata? Justamente, de que soy teóforo, portador de Dios, de que la vida de Dios está en mis manos, y de que se trata de hacer de mí un espacio suficientemente vasto como para que Dios pueda difundir en mí su vida, y, a través de mí, comunicarla a toda la humanidad y al mundo entero.

Preocuparse por una elegancia moral, por ser independiente de los acontecimientos es ya algo muy noble, evidentemente. Pero la libertad cristiana o la vocación de libertad cristiana tiene urgencia incomparable e inconmensurable precisamente porque tengo que liberarme para liberar a Dios de mí mismo, pues si yo sigo siendo esclavo de mis opciones personales, si estoy sometido a mis prefabricaciones, la Presencia adorable, la Presencia de un Dios sufriente y velado en mí jamás podrá manifestarse, o al menos solo podrá expresarse con limitaciones que desfigurarán al mismo tiempo el rostro de Dos y el rostro del hombre.

Si el hombre lleva en sí esa preocupación, si va hasta allá, si tiene consciencia de una vida infinita que le está confiada, ¿cómo no estaría estimulado a la generosidad y al amor? Porque es claramente imposible renunciar a la ambición, a la grandeza y al valor del mundo, imposible amar al hombre, a todo hombre, si no vamos hasta el fondo, hasta la raíz, si no descubrimos que está en juego un valor infinito y que la vida divina misma depende de nuestra colaboración.

Además, sabemos por experiencia, al menos de manera negativa, nos choca ver gente que pretende llevar una vida espiritual y que está sometida a sus límites, y descubrir sus opciones disfrazadas, sus opciones de amor propio en estado defensivo, pues sentimos entonces precisamente que su interior no está asegurado, que no están firmes en su origen, que no son realmente creadores de sí mismos, que padecen su vida en vez de ser su fuente.

Jesucristo, el pesador de almas, pone su propia vida en la balanza que debe estimar el valor del hombre. Y por eso, cada uno de nosotros está llamado a estimar su vida al precio de la vida divina, pues Dios estima nuestra vida al precio de la suya.

Y del mismo golpe aprendemos, como hemos visto a menudo, que Dios es libertad, que Dios es eterna comunión de amor, que Dios sólo puede comunicar con nosotros por medio de la libertad que es él, suscitando la libertad que debemos ser nosotros.

¿Los hace vibrar este descubrimiento? ¿Sienten que ahí llegamos a la raíz? Solo eso es bastante grande para darle a nuestra libertad su verdadera dimensión. Solo eso es bastante grande como para comprometernos a buscar nuestra liberación. San Juan de la Cruz dice: “Un solo pensamiento del hombre es más grande que todo el universo. Solo Dios es digno de llenarlo”.

Es esencial que tomemos conciencia de la grandeza de esta oferta divina. Es esencial que veamos en el cristianismo una invitación a la dignidad, una invitación a la inviolabilidad y al poder creador. No es una cuestión de límites ni de obligaciones, sino de la más formidable proposición de amor que se nos pueda hacer, del más alto llamado que nos hayan hecho a la libertad.

Y como ya lo he dicho miles de veces, ni siquiera sabríamos lo que significa la libertad, esa especie de vacío, de hueco en el centro de nuestros determinismos, ese abismo, esa incompletud, no sabríamos lo que significa si no tuviéramos que retomarnos totalmente, recuperarnos a fondo de nuestros determinismos para convertirnos en espacio en que pueda expresarse y comunicarse la vida divina. Es decir que nuestro interés por Cristo, nuestro interés por el cristianismo se identifica finalmente y además lo esclarece con una luz inconmensurable, se identifica con esa aspiración a la grandeza que tenemos y que no podríamos realizar de manera equilibrada si no tuviéramos delante de nosotros, en Cristo, la revelación de la humanidad de Dios.

Imposible en efecto ir hacia la grandeza sin perder el equilibrio, sin querer dominar a los demás, sin desear que nos reconozcan, sin recibir sus homenajes, es decir sin privarlos de su humanidad. Pues todos no pueden ocupar el primer puesto: el que desea el primer puesto pone a los demás necesariamente en el segundo. Les rehúsa la realización de la grandeza a que aspiran y finalmente, cogido en la red de su amor propio y de su orgullo, termina siendo víctima de su ambición ya que solo puede realizarla con la ayuda de los demás, es decir, finalmente halagando su opinión y haciéndose esclavo de ella.

Lo incomparable de la revelación comunicada por Cristo, es precisamente que la grandeza divina se realiza en una humildad suprema pues se realiza eternamente en una total desapropiación de sí mismo, ya que para repetirlo una vez más, lo único que Dios tiene es la desapropiación.

Ante esa humildad divina, ante ese don permanente y virginal en el corazón de la divinidad, podemos al fin comprender el sentido de nuestra grandeza y realizarla en un don sin retorno pues se trata de acoger Alguien que es la suprema grandeza dándole el espacio donde pueda difundir su vida sin hacer de ella una caricatura.

Dios libertad… Dios realización de nuestra liberación, tanto que, finalmente la búsqueda del hombre, si llega a su término, es siempre una experiencia de Dios.

La búsqueda de sí mismo, quererse realizar plenamente es radicalmente imposible si no hay nadie que nos esté esperando, si no hay nadie a quien darnos totalmente, lo que implicaba finalmente la frase de Nietzsche: “¡Que vuestro amor sea piedad para con dioses sufrientes y velados!

Si retenemos la ecuación inscrita por Jesús en la historia, si retenemos que a los ojos de Dios el hombre iguala a Dios, si retenemos que el sentido de nuestra libertad está en ofrecer a ese Dios oculto en nosotros el espacio donde pueda difundir su vida, ¿qué relación existe entre este descubrimiento y la Iglesia?

La Iglesia no puede interesarnos sino porque concurre a nuestra liberación, concurre en la medida en que entra en ese circuito creador en que superándonos a nosotros mismos, podemos hacernos bien común y valor universal cuya luz puede transformar no solo nuestra humanidad sino todo el universo. ¿Qué relación hay entre la Iglesia y nuestra libertad? ¿Qué relación existe entre la Iglesia y Cristo?

Primero, existe un lazo histórico evidente. Si se representan la tragedia de Cristo al final de su Viernes Santo, en el plano público, todo está terminado. Si hubo una acción pública, si los poderes romanos y judíos entraron unidos en acción para condenar al hombre Jesús, todo terminó ahí. Desapareció, sin escribir nada, sin dejar nada. Desaparecerá de la historia. ¿Qué era un crucificado en la época romana? ¡Nada! Crucificaban miles de hombres: uno más o uno menos no cambiaba nada en la historia. Y la noche del Viernes Santo ¿quién habría podido inscribir en un documento oficial destinado a atravesar los siglos esta ejecución insignificante de un hombre entre miles de otros?

Y eso nos dejan entender los documentos de que disponemos: oficialmente el problema está resuelto. Si Cristo reaparece, si se vuelve a hablar de él, si transforma el sentido de la historia, si se vuelve el origen de una historia nueva, si su recuerdo atraviesa los siglos es porque un grupito de hombres y mujeres son testigos de las manifestaciones de su Resurrección.

Pero, como ya he dicho a menudo, este acontecimiento es confidencial. Rigurosamente, si se hubiera podido encontrar en los archivos de Poncio Pilatos la más pequeña huella del proceso de Jesús, no habríamos encontrado ninguna huella de la Resurrección, pues precisamente este acontecimiento fue confidencial ya que sus testigos fueron los amigos, los discípulos, el grupito que tomó la releva y poco a poco se manifestó y proclamó que ese crucificado es el Señor, el Cristo, y que en su nombre se ha de proclamar y comunicar la remisión de los pecados.

Existe pues un lazo histórico incontestable, es decir que solo tenemos acceso a la persona de Jesús por medio de la comunidad que tomará el nombre de Iglesia. Sin ella no sabríamos nada. Pero ella transmitió el mensaje, escribió los documentos de que disponemos, reconoció el carácter inspirado de esos escritos. Finalmente, ella nos une a la persona de Jesús.

Pero esta relación incontestable no es determinada por la masa. No basta decir que sin la comunidad naciente, sin la Iglesia apostólica, no sabríamos nada de Jesús, pues la Iglesia es algo muy diferente.

En el testimonio apostólico tenemos la prueba. La tenemos en la conversión de san Pablo. En efecto, cuando este hombre genial, cuando este hombre de sorprendente poder y de valentía que va hasta el martirio, este hombre que comprendió que el cristianismo naciente era un peligro para la Sinagoga, cuando comprendió la incompatibilidad de Cristo y la Sinagoga, quiso extirpar el cristianismo y destruirlo, con toda la fuerza de su pasión, porque percibía mejor que nadie la peligrosa novedad. Cuando la gracia totalmente imprevisible lo derriba a las puertas de Damasco e interroga al que lo derriba y lo transforma, y recibe como respuesta: “Yo soy Jesús a quien tú persigues”.

Estas palabras que hemos leído tanto, aclaran a fondo el sentido de la Iglesia, pues en la visión de Pablo, que será el gran apóstol de las naciones, la visión que lo agarra totalmente y se convierte en la luz de su vida, es la identidad de Cristo con la comunidad que él está persiguiendo y quiere destruir. Aprende pues del que lo transforma radicalmente, que la comunidad es él. “Yo soy Jesús a quien tú estás persiguiendo”.

Esto arroja una luz brillante sobre el sentido mismo de la Revelación. ¿Qué es la Revelación? Evidentemente, la comunicación de la libertad divina que es Dios mismo a la humanidad en una transformación del hombre que da justamente testimonio de esa Presencia liberadora.

Cualquiera puede hablar de Dios. Cualquiera puede decir que es enviado de Dios. La prueba será su transformación, su liberación, la transparencia que ofrece a esa Presencia, y a través de él, el llamado a nuestra liberación, tanto más eficaz cuanto más liberado de sí mismo esté el profeta, el que habla en nombre de Dios.

Finalmente solo es palabra de Dios y solo puede ser reconocida como tal una palabra que se hace Presencia real en una transformación verdadera y verificable del hombre. Y como decíamos la semana pasada, para que esa Revelación sea total y perfecta, la humanidad debe ser radicalmente expropiada de sus límites y hacerse sacramento puro que revele y comunique al Dios vivo.

Es decir que en Jesús la Revelación se confunde con su persona. Que es claro que la Palabra misma de Jesús, lo que él dijo, lo que nos reportan los Evangelios, que es a veces de la más alta sublimidad, pero otras veces evidentemente limitada por el auditorio al que se dirige Jesús, su Palabra, dirigida a los hombres, es un diálogo con ellos, necesariamente adaptado a ellos.

Si no fuera así no encontraría ninguna audiencia. Para que Jesús pudiera entrar en la historia de su época, para que lo escucharan y lo siguieran, debía necesariamente entrar en la onda. En cierto modo tenía que responder a las aspiraciones de sus auditores, aunque los rebasara al infinito, pero asumiéndolos primero para integrar su acción en la masa humana. De ahí vienen los límites de su Palabra, al menos en ciertos momentos. Por eso lo que afirma Jesús mismo, que debe recurrir a parábolas, porque sus auditores no pueden recibir más. Por eso lo que dijo a sus mismos discípulos, que había “todavía muchas cosas que decir, pero ellos no podían escucharlas y que el Espíritu Santo los llevaría a la plenitud de la verdad”.

Tenemos, pues a priori la seguridad, por el Señor mismo, de que su Palabra dicha y escrita no es todo, la Revelación completa y perfecta es la Persona misma, y la Revelación perfecta, definitiva e insuperable es finalmente la comunicación de la libertad en persona que es el Dios vivo.

De eso se trata. Debemos reconocerlo, recibirlo y vivirlo. Por eso la Revelación cristiana no puede ser separada de la Persona de Jesús. Si solo tuviéramos los textos del Nuevo Testamento, tan hermosos como puedan ser en sus más altas cumbres, estaríamos reducidos a los comentarios y a los comentarios de los comentarios en los cuales finalmente todo se diluiría en reflexiones demasiado humanas y ya no sabríamos cuál es la verdadera fuente.

Para que la Revelación dure Jesús debe permanecer. Es necesario que todos los hombres puedan encontrarse con él personalmente sin que nadie se interponga. Es necesario que todos puedan estar en contacto con la fuente divina, que cada uno pueda recibir a Cristo en persona como fermento de su liberación. Y ese es sin duda el sentido de la palabra dicha a Saulo, que es Pablo: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”.

De ahí concluimos inmediatamente, como Pablo reconoce personalmente, que la comunidad visible que llamamos Iglesia es solo un sacramento de la Presencia personal de Jesucristo.

¿Murió Pablo por ustedes?” pregunta él a los corintios. “¿Los bautizaron en nombre de Pablo? ¿Quién es Pablo? ¿Quién es Pedro? ¿Quién es Apolos, toda esa gente que pretenden seguir? ¡Son simples servidores, ministros, son solo signos y sacramentos!” 

En el camino de Damasco, en la revelación que Pablo recibe, para su fe y para la nuestra, la Iglesia aparece de inmediato como transparencia de Jesús. Se trata de su Persona que es toda de luz, se trata de su amor que es libertad, se trata de su Presencia que nos transforma en la medida en que la acogemos.

Se ve pues en seguida que la misión de la comunidad solo puede cumplirse en estado de renuncia, es decir eclipsándose totalmente en la Persona de Jesucristo. Misión en renuncia, y de nuevo vamos hasta Dios, ya que precisamente en Dios toda la vida se manifiesta en estado de renuncia del Padre en el Hijo, del Hijo en el Padre, en el fuego del Espíritu Santo.

Si en Dios todo es desapropiación, y si la Iglesia es el sacramento de la Presencia de Cristo, ¿cómo no cumpliría ella su misión en una desapropiación total?

Esta desapropiación es doble además. Por una parte, es desapropiación sacramental a que alude Pablo en la primera a los corintios: “El apóstol es enviado. No se envía él mismo”. El apóstol recibe una misión en la cual debe eclipsarse por entero. Y lo es de cierto modo por origen, puesto que recibir el apostolado a la luz de Pentecostés es ser radicalmente destituido de sí mismo para no ser más que testigo de Jesucristo y trasmitir su Presencia.

Pero la dimisión institucional si se puede decir, o mejor sacramental, esta renuncia se acompaña o debe acompañarse, no solo en los apóstoles que son el grupo responsable de la Iglesia naciente sino también en todos los fieles que escuchan sus palabras y reciben a Cristo a través de ellos, la renuncia se inscribe naturalmente en toda la vida y siempre con el mismo sentido de liberación y por tanto de realización de nuestra libertad, siempre con el significado de no limitar la Presencia infinita que es la respiración de nuestra libertad y que es la fecundidad ilimitada de nuestra acción.

De modo que par la fe de Pablo y de sus auditores, y para la nuestra, la Iglesia solo puede tener el significado de sacramento de la Presencia real de Jesucristo. La Iglesia solo puede ponernos en contacto con él, y si no lo hace, deja de ser ella misma.

Pues bien, el portador del mensaje, el que por misión recibida de Cristo es testigo de la Resurrección, el portador de Cristo, el hombre llamado a comunicar su Presencia puede traicionarlo; y Pedro el primero que recibió de Jesús mismo el nombre de Pedro por la función que debía cumplir, ese mismo hombre puede ser Satanás, el adversario, si deja de eclipsarse en la Persona de Jesús, si cesa de liberarse de sí mismo, si se somete de nuevo a su ser prefabricado.

Pero detengámonos un instante en este misterio de una comunidad, quiero decir la Iglesia naciente y de la Iglesia en su esencia eterna, y contemplemos esta comunidad en que circula la Presencia de Dios a través de la soledad de cada uno.

Solo tuve ocasión de evocar que los dos polos de la vida colectiva son “juntos y solos”, “juntos y solos”. La familia y el Estado, la familia y el clan, la familia y la nación… en toda sociedad está primero la comunidad, la colectividad y por consiguiente la necesidad o el llamado a obrar juntos. Pero para ser humana, una verdadera comunidad, para no sacrificar a sus miembros, para no despojarlos finalmente de su ser, de su libertad inviolable, debe estar centrada en la soledad de cada uno. La unidad debe reposar finalmente sobre el consentimiento interno que hace de cada uno el pivote de la sociedad, el pivote de la familia o el pivote de la nación.

Pues si no se reconoce y se respeta la soledad de cada uno, será necesariamente limitada, violada y sacrificada.

Ustedes lo han experimentado admirablemente al escuchar un concierto, cuando todos los asistentes son captados por la música. Han vivido la unanimidad de un auditorio suspendido de una música genialmente ejecutada, en que se siente realmente la presencia de la belleza. Han sentido la respiración común que hace percibir la presencia de los demás, pero no como seres extraños pues uno siente que los demás encuentran su soledad como uno mismo, contempla la belleza, la vive y es liberado por ella.

Y la unanimidad en la admiración, la unanimidad en la libertad crea el lazo más fuerte y maravilloso que hace que ya no hay sino un alma. Ya no es una multitud, una masa humana coagulada, sino al contrario, cada uno es devuelto a sí mismo y la unanimidad es tan total y perfecta porque cada uno llega al centro de su soledad.

Pues bien, la sociedad, la comunidad de la Iglesia vivida en la fe, como lo hizo Pablo de manera ejemplar, al identificar a Cristo con la Iglesia, lo cual fue para él su revelación original, la sociedad sacramento que es la Iglesia realiza precisamente en su esencia, para el que la vive según el espíritu de Cristo, que es espíritu de libertad, realiza la sociedad donde estamos juntos porque estamos solos. Estamos tanto mejor juntos por cuanto estamos solos. Estamos tanto más unidos a los demás cuanto más solos estamos, quiero decir tanto más unidos a los demás cuanto más centralmente unidos a Dios en lo más secreto de nosotros mismos.

Y esto nos interesa apasionadamente porque vemos bien que todas las dificultades de la vida colectiva, la vida colectiva que abunda, que pulula en los barrios gigantescos en que millones se amontonan con millones, vemos bien que ahí está el problema. Estamos juntos, nos tocamos, nos movemos por todos lados, nos chapuceamos con los límites humanos, estamos juntos hasta la náusea, pero no tenemos soledad. No estamos solos: la soledad está finalmente destruida por estar juntos, por todas las pasiones colectivas coaguladas y que se vuelven explosivas e incendiarias.

Y vemos que los estados, todos los estados del mundo tienen dificultades. ¿Qué hacer? Hay que darle a esa multitud una posibilidad de vivir, combatir el analfabetismo, darle al menos una instrucción elemental, pero ¿en qué sentido y de qué importancia?

Cuando no se conoce el precio de la soledad, cuando no se sabe justamente que lo importante es que cada uno pueda entrar en lo secreto de sí mismo de manera virginal, sin que nadie interfiera en sus opciones fundamentales.

Nada sería más importante hoy que tomar conciencia de que la vida social, la vida colectiva es una asfixia colectiva si no se tiene cuenta, si no se descubre el precio de la soledad, si el conjunto no reposa sobre la elección de cada uno en el respeto de cada uno.

Los medios masivos, los encuentros masivos, de 500 mil o un millón, o dos de personas, cuando todos no son sino un gesto, un grito, una pasión, ¡es horrible, horrible! Es la negación del hombre.

Respetar al hombre es disolver la masa, hacer que no haya masa sino hombres, que haya personas unidas en la libertad, que se encuentren en la raíz de sí mismas, intercambiando la Presencia que es la respiración de su dignidad común.

Eso es la Iglesia, en su esencia. Una sociedad sacramental que descansa sobre la soledad de cada uno pues no tiene más misión que la de comunicar la Presencia de la libertad en persona que es el Verbo hecho carne.

No puede entonces realizar su misión y nosotros solo podemos ofrecernos a su luz yendo hasta el final del despojamiento liberador, ofreciéndonos al poder de desposesión que es el Dios vivo.

Pero vista bajo esta luz, ¿corresponde esta Iglesia con la Iglesia de la historia? ¿Corresponde el cristianismo histórico a la vocación primera e inalienable, única que puede justificar nuestras relaciones con la Iglesia y el llamado de la Iglesia a nuestras mentes y corazones? Es claro que a los ojos de la fe, de la fe de un Pablo, de la fe de todos los grandes místicos, la Iglesia no pudo ser nunca otra cosa, jamás pudo ser vivida bajo otra luz. Pero no es menos evidente que la Iglesia ha dado lugar a las mismas confusiones que el mismo Dios.

Pongámonos en lo más concreto: en el año 380 después de Cristo, si mi memoria no falla, Teodosio, emperador romano cristiano, da un decreto que prohíbe el paganismo hasta en lo privado, es decir que hace del cristianismo algo obligatorio para todos los ciudadanos del imperio, es decir que la religión cristiana se convierte de manera definitiva en religión del estado.

Esto no puede realizarse evidentemente sin cierta confusión sobre Dios mismo. Volvemos al problema primitivo: ¿de qué Dios hablamos? Al imponer el cristianismo como religión del estado, Teodosio impone una visión estática de Dios, es decir que para él Dios es el soberano de los soberanos, a sus ojos, Dios es el fundamento y la justificación de su poder imperial.

Bajo este punto de vista, Dios es necesariamente un Dios exterior, un Dios que domina, un Dios cuyo poder puede proteger el imperio, un Dios cuyas leyes pueden unificar el imperio. Pero ¿sigue siendo un Dios interior? ¿Es el Dios que llena la soledad de cada uno? ¡Claro que no!

Si Teodosio hubiera tenido esta visión de Dios habría dejado a sus súbditos la libertad de elección fundamental. El hecho de imponer el cristianismo supone de su parte la visión que habría podido ser la del pueblo judío antes de Cristo: formar un pueblo elegido y esa es quizá la más grave tentación de la Iglesia en su historia: haber resucitado la imagen de un pueblo elegido, en que el cristianismo toma el lugar de Israel y recibe de Dios las promesas de asistencia que garantizan su integridad.

Hay un himno de la fiesta de Todos los santos que nos da la impresión de que el poeta, que es además un poeta admirable, nos da la impresión de ver la cristiandad como una inmensa nación con enemigos externos. ¡Como si la cristiandad pudiera tener exterior! ¡Como si Cristo tuviera fronteras! ¡Como si Cristo no hubiera muerto por todos los hombres!

Inmensa tentación, tal vez inevitable, de hacer de Dios el Dios de una cristiandad que no comprende toda la tierra, de una cristiandad con límites, de una cristiandad con enemigos, ¡de una cristiandad que va a la guerra contra ellos, porque ellos atacan sus fronteras!

¿Era posible evitar esa tentación? ¿Cómo juzgar? Es absolutamente cierto, y lo he dicho muy a menudo, que un estado secularizado, un estado laico era inconcebible antes de la Revolución Francesa. El estado era necesariamente solidario de una religión, y naturalmente no puede ser sino la religión de la mayoría, la religión reconocida más o menos por todo el mundo, y en particular, la religión profesada e impuesta por el soberano.

¿Se debe desear la secularización de la sociedad? ¿Se debe desear que la sociedad sea laica? Ya no es necesario desearlo, puesto que es un hecho, al menos en el mundo occidental, la sociedad es laica, está secularizada. ¿Es mejor así? ¿Es mejor estar en una situación en que todo es permitido, todo, excepto lo que mira al bolsillo y a la vida orgánica? ¿Es mejor? ¿Es un progreso? ¿Quién puede juzgar?

En todo caso, es cierto que en tiempos de Teodosio y de Carlomagno o de Luis XIV, o inclusive de Napoleón, era inconcebible que una sociedad fuera secularizada y laicizada hasta el punto de no tener relación con la divinidad.

Pero cuando uno quiere afirmar sus lazos con la divinidad, corre naturalmente el riesgo de caricaturarla, de exteriorizarla de nuevo, de convertirla en un poder dominador, limitador y amenazador y que termina por sernos totalmente extranjero e indiferente.

Es pues infinitamente probable que el compromiso del cristianismo, digamos de la Iglesia con el Imperio, con los reinos. En fin, con los estados de cualquier régimen, es probable que esa situación haya sido a la vez inevitable y peligrosa. En todo caso, no era la esencia de la Iglesia. Más aún, repugna a la esencia de la Iglesia cuya misión permanente es comunicarnos la libertad en persona que es Cristo mismo.

Entonces, por lo que nos corresponde, se trata de que descubramos su esencia a la luz de la fe, es decir a la luz de la intimidad de Cristo mismo. Y aquí debemos concentrar toda nuestra atención sobre la misión esencial de la Iglesia revelada a Pablo: ser Jesús presente en el mundo hasta el fin de la historia.

Porque si eso es la Iglesia, si tiene relación con nosotros, si percibimos su carácter sacramental, si lo vivimos, ya no se trata de nuestras aspiraciones limitadas, de nuestras conveniencias y gustos personales cuando no van hasta la cumbre del despojamiento y del amor, sino precisamente de la vida de Cristo, de su Presencia y de su Persona.

Nada sería más falso que considerar la Iglesia como institución exterior a nosotros mismos y cuya carga no debamos tomar y asumir, justamente porque la Iglesia tiene sus fundamentos, sus bases, en la soledad de cada uno y no podemos ser Iglesia sin sentirnos personalmente implicados. Tenemos que tomar a cargo la Presencia y la vida de Cristo, no hablando y haciendo proselitismo de palabras o propaganda de libros sino cumpliendo con el único testimonio que es dejar que Cristo viva en nosotros y transparente a través de nuestra existencia.

Es evidente que no habría problema, no habría problema si la Iglesia tuviera el rostro de Jesús a través de nosotros.

Pero, además de los arreglos inevitables que acabo de indicar, además de las componendas que crearon una especie de pueblo de Dios con fronteras por defender y enemigos por rechazar, es evidente que existe un peligro especial para la jerarquía, es decir para la jerarquía apostólica, que era la primera responsable de la Iglesia, y ese peligro era el de confiarse a los gestos sacramentales.

Como todo viene de Cristo, como todo parte de Cristo, como todo se resume a Cristo, como Cristo está realmente presente, como él está siempre obrando, nosotros no tenemos que hacer nada. ¡No nos queda sino utilizar los poderes que se nos dieron, sin implicar nuestra vida!

Y vimos en efecto papas totalmente mundanos, más aún, que habían comprado ese cargo para gozar de todas las ventajas que representaba. Hubo papas que se contentaron con ejercer el poder apostólico de manera anónima, sin comprometerse, cuando ese poder es en verdad una renuncia total, pero que requiere la renuncia cada vez más profunda del hombre que lo ejerce.

Sea como fuere, en la Iglesia jamás estamos obligados sino con Jesucristo. Yo lo sé de la manera más experimental, que al celebrar la Eucaristía no soy yo sino solo él. Cuando me confieso, el sacerdote con quien me confieso puede ser limitado y puedo conocer sus defectos, puede haberme traicionado, pero eso no es lo que me lleva a él, sino que es únicamente la Presencia de Cristo a través de él y, si es necesario, a pesar de él, lo que me trasmite la luz de la gracia y el gozo de la paz de Cristo.

Entonces, desde san Pablo y los apóstoles, en la fe sustraemos el hombre que es miembro o jerarca de la Iglesia. “Ni Pablo, ni Pedro, ni Apolos murieron por ustedes. No fueron bautizados en nombre de ellos” (I Co. 1:12).

En el cristianismo, en el misterio de la Iglesia, estamos a priori libres del hombre que es miembro de la Iglesia, y con mayor razón del hombre que es jerarca, responsable de la comunidad eclesial. Se trata siempre de Jesucristo, a través y a pesar de ellos si necesario.

Y por otra parte, ¿por qué escandalizarnos, si queremos o tratamos de ser cristianos? Sabemos muy bien que es algo difícil. Que es difícil de ascender al Himalaya, que recaemos sin cesar a pesar de la sinceridad de nuestros esfuerzos, en la mediocridad de que es tan difícil curarnos. Entonces ¿porqué extrañarnos de que los demás tengan las mismas dificultades, y que aunque tengan responsabilidades muy grandes puedan, en ciertos momentos renegar y traicionar como Pedro? Lo esencial es que no estamos sometidos a esos límites, no estamos limitados por esas negaciones.

Y finalmente, hay algo más porque el misterio de la Iglesia nos plantea a todos esta pregunta: “Si la Iglesia es Jesús, Jesús a través de nosotros, Jesús en el testimonio de nuestra vida, Jesús en la fidelidad de nuestro amor, ¿qué vamos a hacer de Cristo? ¿Qué vamos a hacer de Jesús que confía en nuestro amor y se ha puesto en nuestras manos?” Pues aunque todos no tenemos la misma función, aunque todos no somos jerarcas, aunque no seamos responsables sacramentales de la vida comunitaria, todos tenemos la misma misión que es de ser “cristóforos”, portadores de Cristo y de comunicar al mundo la luz de su rostro.

Es verdad: toda discusión es perfectamente estéril. Nada es más vano que juzgar el pasado en el que estamos muy mal colocados para dar lecciones en este siglo de guerras, de salvajería y brutalidad en que vivimos. Lo importante hoy, en este momento en que la luz es justamente la Presencia del Señor en lo más íntimo nuestro, lo importante es que descubramos el misterio de la Iglesia como el misterio de nuestra vida, que lo descubramos como Pablo a las puertas de Damasco, que descubramos de repente, a través del inmenso sacramento comunitario que es la Iglesia, a Jesús en persona.

Y si lo descubrimos, no tendremos más solución que seguir las huellas de Pablo, dando testimonio de esa Presencia, reconociéndola en nosotros y en los demás.

El primer prójimo que es Dios, el primer prójimo que es el huésped misterioso de nosotros mismos, ese primer prójimo que nos da un interior, que hace que seamos fuente y origen, que nos transforma en un bien, en un valor universal, ese primer prójimo que nos revela toda la riqueza de nuestra soledad y de la de los demás, el primer prójimo que hace circular en nosotros la savia de una misma vida, de ese primer prójimo tenemos que decidir.

No somos cristianos para nosotros, somos cristianos para él, como dice Agustín magníficamente: “Escuchen, escuchen, escuchen hermanos: ¡No solamente nos hicimos cristianos, nos hicimos Cristo!

En efecto, la Encarnación no es localizada, no para en la humanidad de Jesucristo, quiere difundirse sobre toda la humanidad y sobre todo el universo a través de nosotros. Nos hicimos Cristo porque somos responsables de la Presencia de Cristo y cada uno tiene derecho de reclamarnos el Señor

Y ahí estamos de acuerdo con Nietzsche… ¡Qué maravilla descubrir que a través de todas sus negaciones, a través de su odio del cristianismo, a través de la reivindicación formidable de la soberanía del hombre, a la cual nos asociamos de todo corazón, comprendiendo que nuestra señoría está ante todo en oponernos a nosotros para abrirnos a la infinita Presencia! ¡Qué maravilla entrar con él en ese descubrimiento y reconocer en nosotros la Presencia de un Dios sufriente y velado!

Es quizá la más hermosa imagen que podamos tener del misterio de la Iglesia. Hay Alguien que nos está esperando, Alguien que nos ha sido confiado, Alguien cuya vida no puede comunicarse normalmente sino por medio de nosotros.

Pascal había dicho lo mismo con otras palabras, pero no con menos profundidad: “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo. No hay que dormir durante ese tiempo”.

Quisiera que conservemos de estos encuentros con esa Presencia única, quisiera que conservemos de estas charlas la conciencia aguda de estar llamados, de estar esperados, de ser necesarios porque el Dios que se nos ha revelado…

(Inacabado. Grabación interrumpida antes del final de la conferencia).

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