Homilía de Mauricio Zúndel en Lausana, en 1972. Tomado de Ta Parole comme une Source, p. 135.

Yo tenía unos 15 años cuando uno de mis compañeros de un poco más edad, aprendiz mecánico, me hizo esta pregunta: “¿Conoces el sermón de la Montaña?” Tuve que responderle que No. Y él se puso a leerme el Sermón de la Montaña y en seguida reconocí que yo había utilizado y recitado ya esas palabras sacadas de una Obra que nunca me había llamado la atención. Y de repente, cuando mi compañero me las leyó, las palabras de Cristo: “Bienaventurados los pobres en espíritu… Bienaventurados los pacíficos... Bienaventurados los corazones puros… Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia…” (Mt. 5).

Esas palabras se volvían vivas: Era Alguien, era Jesucristo, Alguien vivo, Alguien que estaba en medio de nosotros. Alguien que nos estaba invitando, Alguien que nos hablaba un lenguaje inmediato, inteligible, generoso y maravilloso… ¡Jesucristo! Ya no era un personaje lejano, una historia anticuada de dos mil años, sino Alguien que estaba presente, con una voz apasionadamente humana, cuyo mensaje me llegaba hasta el fondo de mi ser.

Jamás he olvidado ese encuentro. Jamás he escuchado leer en ese tono el Evangelio. Era una revelación y un encuentro con el Señor vivo. Era necesaria una voz humana, el entusiasmo de un joven que había descubierto personalmente los tesoros confiados a todos los hombres y ocultos en el fondo de nuestros corazones. Era necesario el testimonio de una presencia humana que me hiciera sentir un mensaje eterno, un mensaje único, un mensaje infinitamente profundo: la presencia de la Vida de nuestra vida. Así fue como un joven protestante fue para mí el contacto inicial más íntimo con el Señor.

Juntos pues tenemos un Amigo que nos une los unos con los otros. Juntos podemos caminar cogidos de la mano, respirando la Presencia de Jesucristo.

Amar juntos a Jesucristo, conformarnos con Él tan profundamente como nos sea posible y como la gracia nos lo permita. Imposible equivocarnos siguiendo ese camino. Ayer, en la Gaceta de Lausana, el Pastor N nos daba un ejemplo admirable de esa fraternidad, contando el caso muy doloroso de un sacerdote católico de Inglaterra, que acaba de abandonar a la Madre de quien había recibido la herencia cristiana, y el Pastor N reportaba ese caso con un tacto admirable, diciendo que ese caso es un motivo de duelo para toda la cristiandad y que lo mejor que podemos hacer es justamente hablar de él con respeto y compartir el dolor de los cristianos católicos por este acontecimiento que pone en duelo toda la cristiandad.

Tenemos pues en común el amor del Señor. Tenemos en común la Presencia de Jesucristo y, aunque no somos dirigentes, ni estamos llamados ni tenemos la misión de formular lo que pertenece indisolublemente al patrimonio católico ante nuestros amigos protestantes, estamos totalmente en el camino concreto y práctico de no equivocarnos nunca siendo fieles a la Presencia y al Amor de Jesucristo.

Si Jesucristo vive en nosotros, si Jesucristo está en nuestro entorno, si llevamos dentro la luz de su Amor, si estamos auténticamente vivos, ¿cómo no estar todos cerca de los que lo siguen y pueden amarlo con tanta fuerza, tan ardiente y apasionadamente como nosotros mismos?

Pero todo eso debe concretizarse del modo más práctico y dos cosas conservo de ese encuentro. Primero, que la maledicencia es un homicidio: hablar mal de los demás es matarlos. No conozco nada más cobarde que hablar mal de los ausentes. Cuando están presentes se pueden explicar. Cuando están presentes, uno asume la responsabilidad de lo que dice. Cuando no, nada hay más fácil que echarles la culpa. Pero hacerlo así es exactamente matarlos pues cada uno tiene derecho a su honor, necesita vivir en la estima de los demás. Me parece lo esencial de la vida poder contar con el honor. Entonces hay que cerrar el pico para no hablar nunca mal de los demás, para nunca privar a nadie de esa vida esencial en la mente y el corazón de los demás.

Porque ese es el testimonio más irrefutable de la grandeza humana: comer y beber no es suficiente para el ser humano. El hombre necesita estima, necesita amistad, necesita vivir para la alegría y el corazón de los demás. Y lo más grande que retuve es todavía más difícil de vivir: es que el otro ser humano es Jesucristo. Jesucristo es el que viene en ese mendigo. Y si es Jesucristo ¿porqué no lo alimenta? Porque Jesucristo está necesitado en ellos. En ellos está necesitando pan, necesitando un techo para pasar las noches de invierno pues tienen derecho de vivir como cualquiera, porque tienen la misma dignidad que yo, porque si los abandono, abandono a Jesucristo. ¡Jesucristo no es una palabra vana! ¿Dónde está la Presencia de Jesucristo si no en nosotros? ¿Dónde estaría si no viviera en nosotros?

Es la gran revelación a la samaritana: “No busques a Dios en el Monte Garizim, no lo busques en un santuario exterior, no lo busques en Jerusalén. Está en ti como agu viva, está en ti como una fuente que mana en vida eterna” (Jn. 4). Somos el templo del Espíritu Santo. Jesús se identifica con nosotros. Afirma que el juicio final será: “Tuve hambre, tuve sed, estuve prisionero, estuve despojado y en harapos, estuve enfermo...” (Mt. 25:35). Jesucristo pone justamene en relieve todas las necesidades materiales, todas las necesidades físicas del hombre, diciendo: “¿Quieres encontrarme? Pues ahí me tienes en ese mendigo, en ese piojoso, en ese prisionero, ahí estoy en ese criminal, en ese enfermoY en eso vas a ser juzgado: tuve hambre, tuve sed, estaba prisionero, estaba en harapos, estaba enfermo, ¡era yo!

La fe evangélica es la fe en esa identificación imposible, imposible que la vida divina se manifieste en nosotros, que la vida divina nos llene totalmente y transfigure nuestra existencia si no asumimos el cargo de la misma vida divina en los demás. Ese es el secreto de la caridad cristiana: ¡el otro, es Jesucristo! Es pura mentira pretender estar unido a la vida divina si no tomo a cargo la vida divina en los demás.

¡Cuántas veces, cuántas veces frente a la miseria, frente a la pobreza, frente al sufrimiento de la desesperanza, cuántas veces he sentido esa identidad! ¡Si lo abandono, reniego a Jesucristo, pues está en él lo mismo que en mí, porque este hombre, cualquiera que sea, tiene la misma dignidad que yo, porque está llamado tanto como yo a la vida divina, porque Cristo dio su vida por él como por mí!

¡No es un chiste! ¡Nuestro Señor ama a los hombres hasta la locura: los amó hasta morir! A los ojos de Dios, cada uno tiene el peso de la sangre de Jesucristo. Por eso, el Sermón de la Montaña, las Bienaventuranzas, no son literatura bonita que se ilustra con música hermosa… El Sermón de la Montaña es una exigencia formidable de hacer presente a Jesucristo honrando su Presencia en la vida de los demás.

No es cosa cómoda, claro está. Es más fácil cerrar los ojos. Es más fácil decirse: puesto que amamos al Señor… En la soledad, estamos seguros de ser sus discípulos. ¡Pero no es cierto! Nuestro Señor nos dio otro criterio: “En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn. 13:35). Eso es lo maravilloso, eso manifiesta toda la probidad que respira, toda la autenticidad de la humanidad de Nuestro Señor, en que no se contenta con palabras, en que no nos pide amar a Dios en las nubes sino amarlo aquí y ahora, en el hombre que está delante de nosotros.

En este camino nos encontraremos unos con otros. En este camino trazaremos infaliblemente el camino de la unidad, amando al Señor apasionadamente, amándolo concreta y prácticamente, amándolo en todos los hombres.

No basta predicar, no basta con hablar. Las palabras se las lleva el viento. Se trata de otra cosa, de un compromiso personal de cada instante, de un formidable acto de fe que transporta las montañas, que traslada los abismos del egoísmo, que hace caer los muros de separación. Se Trata del acto de fe que ve en cada persona la Encarnación de Dios. Ese es el Evangelio vivo, el cielo que se hace Evangelio vivido, y para cada uno de nosotros hoy más palabra de Dios.

San Ignacio de Antioquía, en camino hacia el martirio, decía: “¡Por fin, por fin voy a ser palabra de Dios!” Eso es lo que debemos ser: palabra viva de Dios en el silencio de una vida apasionadamente apegada a Jesucristo que ilumina con su presencia y lleva a los demás toda la luz, toda la riqueza y toda la alegría de su Amor.

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